Las hijas del visir 43
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El templo de Mut

Durante la noche, Sat-Ire volvió a soñar.

Ante ella se elevaba la estatua de Mut, diosa madre, y junto a ella, la insondable silueta de una sacerdotisa con el rostro cubierto por una máscara de Anubis.

La sacerdotisa realizaba el ritual nocturno en honor a la diosa; sostenía un ramo de flores de loto entre las manos y su figura temblaba bajo la vacilante luz de una lámpara.

—Oh, Mut, madre del silencio, que el orden renazca en la oscuridad.

Concluido el ritual, la sacerdotisa se dirigió al lago ceremonial. Se arrodilló en la orilla y contempló la imagen que le devolvía el reflejo del agua. Cuando sumergió las manos, advirtió que las tenía ensangrentadas. El contacto fue frío, casi doloroso.

—Todo renace, todo se borra —susurró, alzando la vista hacia un cielo sin estrellas.

Permaneció inmóvil unos instantes, observando cómo las ondas se alejaban en el lago.

Lentamente, se retiró la máscara de chacal y se inclinó sobre el agua.

Una fresca ráfaga de aire acarició su rostro, y cerró los ojos al percibir el fragante aroma del loto azul.

Le traía tan gratos recuerdos aquella fragancia.

Acto seguido, volvió a fijar la mirada en el agua, pero se sobresaltó al ver que el reflejo no le devolvía su propia fisonomía: era el rostro de Hapuseneb, con los labios hinchados y cianóticos, y los ojos velados por la muerte.

«Osiris lo espera en Occidente» .

*

—¡No! —gritó Sat-Ire.

Neferura se incorporó y estrechó a su amada entre los brazos.

—Ya ha pasado todo, Shaït. Has tenido una pesadilla —intentó tranquilizarla.

Sat-Ire miró a su alrededor, desorientada, buscando alguna referencia que le permitiera ubicarse. Neferura la tomó por las mejillas y orientó la cara, suavemente, hasta que sus miradas se encontraron. En cuanto Sat-Ire reconoció aquellos ojos, poco a poco fue calmándose su respiración.

—¿Dónde estamos? —preguntó aún agitada—. ¿Y Hapuseneb…? ¿Está bien?

—Tranquila, amor, estamos a salvo, en nuestra habitación —musitó Neferura, acomodándola sobre su regazo—. Hapuseneb debe de estar durmiendo; todavía no ha amanecido. Solo ha sido un sueño, y yo estoy contigo, Shaït.

La princesa sentía las palpitaciones de su amada y se compadeció de ella. No lograba acostumbrarse a las secuelas que le causaban aquellas pesadillas, sobre todo porque intuía que estaban motivadas por ella.

—En mi sueño, he visto muerto a Hapuseneb —confesó Sat-Ire, con los ojos anegados en lágrimas—. Y esta vez… su muerte se ha anunciado.

La princesa la abrazó con fuerza sobre su pecho.

—En cuanto amanezca, iremos a ver a Hapuseneb a Karnak y ya verás cómo se encuentra perfectamente bien —la intentó animar.

Sat-Ire fue sosegando paulatinamente la respiración hasta quedarse dormida.

Al despuntar el día, se dirigieron al despacho del sumo sacerdote.

—¡Buenos días, señoritas! —las saludó Hapuseneb en cuanto las vio paradas en el quicio de la puerta.

El sumo sacerdote charlaba animosamente con Neferkay. Sat-Ire se quedó muda. Fue Neferura quien se apresuró a explicar la reacción de su amada:

—Shaït ha soñado con tu muerte, y me temo que debe de haberse quedado bloqueada al comprobar que estás bien, Hapuseneb.

—La muerte no debe rondar muy lejos de un hombre viejo como yo, pero cuando llegue el momento de partir hacia Occidente, recibiré a Anubis con una sonrisa en los labios —aseguró mientras les hacía un gesto para que pasaran—. Anímate, Sat-Ire, hoy nos visita Neferkay.

La sonrisa de su hermana la hizo reaccionar. Había pasado ya un mes de la boda y era la primera vez que recibían su visita.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Neferura con curiosidad.

—Traigo noticias de Hekhem.

Neferkay les explicó lo que había descubierto durante su trascendental visita a su esposo en el templo de Montu.

—Hekhem no me ha dejado sola ni a sol ni a sombra hasta el día de hoy —continuó—.

Incluso me ha llevado al templo de Montu a diario para que ayude a los sacerdotes en las tareas dedicadas al dios.

Ese degenerado quiere tenerme controlada y evita, a toda costa, que mantenga contacto con vosotras.

Sin embargo, esta mañana ha salido temprano, esgrimiendo una burda excusa para no llevarme con él.

Tengo la intuición de que va a reunirse en secreto con la persona a la que iba dirigida una carta que tuve ocasión de ver sobre su mesa de trabajo.

—¿Conseguiste identificar al remitente? —indagó Neferura.

—Apenas pude echarle un vistazo a su contenido —respondió Neferkay—, pero retuve una frase que me llamó poderosamente la atención: «Envío mis saludos a la suma sacerdotisa de la flor de Amón» . Os suena de algo, ¿verdad?

La conversación se estaba poniendo muy interesante.

—¿Quieres decir que el escrito iba dirigido a la madre de Pacer? —aventuró Sat-Ire.

—Es una duda razonable, ¿no? —replicó Neferkay.

Sat-Ire se rascó profusamente la nariz.

—¿Has tenido alguna revelación, Shaït? —preguntó Neferura.

—¿No estaría haciendo referencia a la suma sacerdotisa del templo de Mut? —vaticinó—. En mi último sueño apareció una sacerdotisa de Mut portando un ramo de flores de loto azul. Mut es la diosa madre, esposa de Amón; ¿no podría ser ella su flor?

Hapuseneb sonrió.

—Es posible —admitió—. Conozco a la suma sacerdotisa desde que era una joven novicia de Mut, y sé que no siente simpatía por la reina. No sería de extrañar que estuviera relacionada con la conspiración.

—¿Por qué? —intervino Neferura—. Madre sentía mucho aprecio por ella. Recuerdo que, siendo niñas, nos llevaba a menudo al templo para hacerle ofrendas a la diosa Mut. ¿No te acuerdas, Shaït?

—Hatshepsut tenía una razón oculta —reveló Hapuseneb—. La joven novicia estuvo enamorada de tu padre, y él la rechazó.

—No tiene sentido. De ser cierta tu tesis, mi madre jamás se habría dignado a visitarla. Debían odiarse mutuamente —objetó Neferura.

—Aún te queda mucho por aprender, princesa. Al enemigo hay que vigilarlo de cerca; es una de las frases preferidas de tu madre —replicó Hapuseneb, con un guiño.

Sat-Ire miró de reojo a Neferura y apuntó:

—Va siendo hora de que hagamos una visita a la suma sacerdotisa de Mut. Hace tiempo que no le llevamos ofrendas a la diosa madre, ¿no crees?

—Tienes razón, Shaït —respondió con un guiño—. Recoge un ramito de flores del jardín mientras me pongo algo que impresione a la suma sacerdotisa.

—¿Os vais ya? —refunfuñó Neferkay—. Hacía mucho tiempo que no os veía. Veníos a casa después de salir del templo y quedaros a cenar.

—Así lo haremos, hermana. ¡Ya puedes ir preparando unas buenas viandas! —respondió Sat-Ire más animada.

El templo de Mut estaba ubicado en el extremo sur del recinto de Karnak, abrazado por un manantial sagrado con forma de luna creciente, el Isheru, símbolo de la diosa madre.

Desde la distancia, el templo parecía un refugio de paz, pero, al aproximarse, imponía un respeto casi místico, sobre todo, al atravesar la avenida de acceso, flanqueada por esfinges con cabeza de leona que encarnaban a la diosa Sejmet.

Sat-Ire y Neferura llegaron al primer pilono, decorado con relieves en los que Hatshepsut ofrecía ofrendas a Mut y a Amón en actitud piadosa, y cruzaron el patio solar.

Llevaban presentes a la diosa: pequeños recipientes con aceites esenciales y un ramillete de flores silvestres recogidas en el jardín del templo de Amón.

Avanzaron entre las palmeras hasta llegar a la sala hipóstila, de anchas columnas con capiteles de papiro cerrado. El humo de los braseros, donde se quemaba mirra y aceite de sándalo, serpenteaba entre los fustes deprendiendo espirales doradas en su ascenso.

—Esperemos aquí, Shaït —le susurró Neferura—. Mi madre me advirtió que la suma sacerdotisa es una mujer de armas tomar y no tolera que nadie entre en el santuario de Mut sin estar ella presente.

El silencio en aquella estancia, sumida en la penumbra a primera hora de la mañana, resultaba inquietante cuando apenas había nacido el sol. Sat-Ire apretó con fuerza la mano de su amada al percibir una presencia que le heló la sangre.

De la nada emergió una mujer alta, envuelta en un manto negro. Ocultaba el rostro tras una máscara de cabeza de leona tallada en ébano, y de su cuello pendía un colgante de turquesa con forma de loto abierto.

A su lado aparecieron unas sacerdotisas vestidas con túnicas blancas de lino ribeteadas en oro.

Llevaban guirnaldas de loto en el cabello y los ojos pintados con kohl [84] .

Sat-Ire empezó a sentirse incómoda al ver cómo la suma sacerdotisa la observaba a través de la máscara con sus penetrantes ojos negros.

—Bienvenidas a la casa de Mut. La diosa os recibe con los brazos abiertos, como una madre recibe a sus hijas —anunció con una leve reverencia—. Hacía mucho tiempo que no la veía, mi señora Neferura. Ni a ti, intrépida Sat-Ire —añadió, alzando su mano fina hacia su cara.

Al sentir cómo el perfume de loto azul la envolvía, penetrante y embriagador, Sat-Ire apartó el rostro antes de que la sacerdotisa llegara a tocarla. Neferura se percató de inmediato de la incomodidad de su amada y decidió actuar de interlocutora con la suma sacerdotisa.

—Hemos acudido a Mut para entregarle una ofrenda de parte de mi madre, la reina Hatshepsut, y pedirle su bendición por mi próximo matrimonio con Tutmosis —anunció mientras entrecruzaba los dedos con los de Sat-Ire.

Aquel gesto no le pasó desapercibido a la suma sacerdotisa.

—Ya veo —musitó—. Siento discrepar de su majestad, pero resulta osado afirmar que una simple mortal acude a la casa de una diosa por un motivo personal.

Muy propio de la hija de Hatshepsut —añadió con un deje ácido—.

Es evidente que habéis sentido la llamada de Mut, y no conviene hacer esperar a una madre —precisó, endulzando la voz—.

Por cierto, podéis llamarme Nebet-Iset. No sabéis cuánto me alegro de vuestra visita después de tanto tiempo.