Epílogo #2
—Meriamon lo tenía todo perfectamente organizado —comenzó a decir—.
Sabía que la única forma de que fuéramos libres y de llevar una vida alejada de conjuras era fingir nuestras muertes.
Tutmosis siempre vería a Neferura como una gran rival en la disputa por el poder supremo, incluso casándose con ella; tenía un ejemplo viviente en la reina Hatshepsut.
Meriamon sospechaba que el faraón vería con buenos ojos una muerte prematura de la princesa, y por esa razón nos retuvo en la cámara cuando vio que os habíais marchado: era preciso que creyerais que habíamos perecido en el incendio.
Después, salimos de la cámara secreta por la misma puerta por la que habíamos entrado y abandonamos el templo siguiendo nuestros pasos por una vía segura que Meriamon nos desveló.
A nadie le sorprendió ver a dos mujeres cubiertas por una manta huyendo del fuego —prosiguió emocionada—.
En el exterior, nos aguardaba un carro con órdenes precisas de sacarnos de allí, y al atardecer, ya habíamos dejado atrás Dyeser-Dyeseru para poner rumbo hacia este lugar.
»Meriamon se había ocupado incluso de adquirir esta casa para nosotras —explicó con voz trémula—.
Perdonadnos por no haberos hecho llegar noticias hasta dos meses después de los funerales.
El dolor que nuestras familias debían mostrar tenía que resultar convincente para que nadie dudara de nuestra muerte.
Ahora —añadió, tomando la mano de Neferura—, vivimos una vida libre, tranquila y feliz en este maravilloso oasis.
—Al final, ese desgraciado no resultó ser tan canalla como creía —señaló Zayineth—. Lamento haber tenido tan poca consideración por el juez, a pesar de que me estuvo enviando pistas durante todo el tiempo que no me separé de él.
—¿Por qué lo dices? —indagó Neferura.
Zayineth las miró con gesto triste.
—Ahora comprendo que todo lo que hizo Meriamon estuvo motivado por su amor a Egipto y para evitar que cayera en manos de criminales dispuestos a imponer un nuevo orden basado en el fanatismo y el miedo —respondió—.
Él sostenía que la organización debía ser desarticulada desde la raíz, o, de lo contrario, siempre existiría el riesgo de que su sombra volviera a alzarse para alterar la Maat [101] .
De ahí su obsesión por identificar al tapado que tenía la lideresa en la corte de Hatshepsut —añadió—.
Gracias a él, disponéis de una vida nueva, un verdadero comienzo en plena libertad.
Pero ¡qué mal rato nos hizo pasar al hacernos creer que habíais muerto en el incendio!
—bromeó, con los ojos velados por las lágrimas.
Se hizo un silencio cargado de emoción, que las cinco mujeres aprovecharon para mirarse con la alegría reflejada en los rostros. Sin embargo, también había cabida para la nostalgia.
—¿Cómo está mi madre? —preguntó Neferura, con la voz quebrada por la emoción.
—Hatshepsut es una mujer fuerte, pero la edad y sus dolencias no le dan tregua —respondió Tiaret—.
Ha cambiado algunos hábitos que no le sentaban bien: duerme mejor gracias a mis medicinas, come a sus horas e intentamos visitarla a menudo para aliviarle el alma.
Cuando llegue el momento y deba iniciar el tránsito hacia Occidente, le revelaré la verdad sobre su querida hija.
No te preocupes, Neferura. ¡Cumpliré mi promesa!
La princesa dejó escapar unas lágrimas, que pronto contagiaron a su amada.
—¿Cómo está padre? —preguntó Shaït mientras se enjugaba las mejillas.
Neferkay se encargó de ponerla al día:
—Lloró mucho tu pérdida, y no hay semana que no acuda a ponerle flores a tu tumba.
Ahora se ha empeñado en embellecer vuestros sepulcros para que luzcan como los de un rey —respondió, emocionada—.
En lo político, ejerce casi de chaty de Tutmosis III y sigue la regla de Maat con rectitud.
Su dedicación y pasión por el cargo lo convertirán en un gran visir de Egipto.
Por lo demás, desde el nacimiento de Hekai, su carácter se ha suavizado y sonríe más.
Incluso Tiaret ha regresado a la casa, pues le permite vivir a su manera —añadió, mirándola de soslayo—.
Y, aunque sigue siendo igual de alocada, se toma mucho más en serio su profesión desde que acogió a Zayineth como adepta.
—¿Qué hay de ti, Neferkay? ¿Cómo se porta el pequeño Hekai? —se interesó Shaït, observando cómo dormía su sobrino.
—¡Es una bendición de niño! —dijo sin poder dejar de sonreír—.
Tiene los ojos de su padre, y creo que llegará a ser incluso más guapo que él.
Aunque ha heredado el genio del abuelo, su talante tranquilo me recuerda a Hapuseneb.
En breve lo llevaré al templo de Amón para que se familiarice con la vida sacerdotal.
¡Quién sabe si algún día llegará a convertirse en su sumo sacerdote!
—¡Corta, Neferkay, que estás hecha una madraza! —atajó Zayineth—. ¿Y vosotras qué nos contáis? Por lo que veo, no os va nada mal en este lugar, ¿eh?
Neferura cogió de la mano a su amada y respondió:
—La vida aquí es fácil y sencilla, ¿verdad?
La comunidad nos acogió como una bendición.
La llegada inesperada de una intérprete de sueños y de una maestra a una aldea tan apartada les cayó como lluvia del cielo.
Los sacerdotes del santuario de Amón nos ayudaron a restaurar la casa del pozo y entre todos los vecinos nos cuidamos como si fuésemos una familia —les explicó—.
Además, ya tenemos una rutina que nos alimenta el alma.
Cada mañana llevamos ofrendas al santuario de Amón; hasta el mediodía, nos ocupamos de nuestras tareas en el Per-Shaït, y al caer la tarde, salimos al lago a despedir el sol.
Por la noche subimos a la azotea a contemplar el firmamento, y muchas veces nos quedamos dormidas bajo la protección de Atum [102] .
Somos felices disfrutando de las cosas cotidianas de la vida. ¿Qué más podemos pedir?
Cruzaron miradas cómplices, pero ninguna dijo nada: cada una había encontrado su propio camino hacia la felicidad. Cinco mujeres decididas, independientes y adelantadas a su tiempo que, por fin, podrían vivir sus vidas sin pedir permiso a nadie.
De pronto, Zayineth rompió a reír. No supo por qué, pero aquella dicha le brotó del corazón. Su risa fue contagiosa, y una tras otra se le unieron hasta acabar abrazadas, incapaces de contener las carcajadas.
Las risas despertaron al jovencito Hekai, que empezó a llorar. Instintivamente, todas callaron y observaron cómo Neferkay lo tomaba en brazos para calmarlo. La mirada amorosa que el niño dirigió a su madre les enterneció el alma.
Lejos quedaba aquel reencuentro de las tres hermanas, cuando el destino decidió unirlas acuciadas por la necesidad.
Atrás quedaron el miedo, la incertidumbre y las dudas que las empujaron a emprender una travesía a lo desconocido, pues gracias a ella tuvieron la oportunidad de descubrirse a sí mismas.
El viaje a Punt fue el punto de inflexión en el que se reforzaron unos lazos que fueron más allá de la amistad.
Su paso por Coptos resultó ser clave para comenzar a desenterrar la verdad.
En Menfis descubrieron la doble cara de la lealtad; la cimentada en el amor y la sostenida en la regla de Maat.
Y el regreso a Tebas se convirtió en el final de un ciclo que las condujo hacia la regeneración y el renacimiento.
Aquellas experiencias las moldearon hasta convertirlas en las mujeres fuertes, seguras e independientes que ahora reían en aquella sala; auténticas supervivientes de un sistema patriarcal opresivo.
Tal vez habían pagado un alto precio por esa libertad, pero estaban plenamente convencidas de que volverían a hacerlo.
Neferkay consiguió calmar el llanto de Hekai mientras lo amamantaba. Aquel gesto de amor primordial quedó grabado en sus corazones para siempre.
O, quizá, para toda la eternidad.
FIN