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El dilema de Hekhem
Hekhem despertó con un sobresalto. Durante unos instantes, no supo dónde se encontraba: no reconocía la habitación ni el mobiliario ni el fresco aroma a mirra que procedía de la ventana abierta al patio. Sin embargo, la mente se le despejó al reparar en la mancha de sangre sobre las sábanas.
A su lado, distinguió una esbelta silueta que se cepillaba el cabello sentada al borde de la cama.
Neferkay se giró al sentir un movimiento en el colchón.
Hekhem sonrió, con una mezcla de sorpresa y culpa, pero no fue capaz de aguantar la dureza de la mirada de su joven esposa.
Pese a que lo que conservaba de la noche de bodas no era más que un vago recuerdo, comprendió de inmediato el motivo de su reacción.
—No vuelvas a tratarme así jamás o, de lo contrario, le contaré a mi padre lo que ocurrió anoche en esta habitación, y será él quien se encargará de restaurar mi honor.
Neferkay había practicado durante mucho tiempo aquella frase delante de Tiaret y, a juzgar por la expresión de su esposo, supo que su esfuerzo había dado fruto.
—Lo siento, querida…
—¡No volverás a tocarme nunca más! ¿Te ha quedado claro?
La mirada de Neferkay fue definitiva. Hekhem recordó la dura advertencia que le había hecho el líder enmascarado y palideció al pensar en las terribles consecuencias que acarrearía si su indecoroso acto llegaba a sus oídos.
—¡Perdóname, por favor! Nunca osaré a acercarme a ti, pero no le cuentes a nadie lo que ocurrió anoche —suplicó poniéndose de rodillas.
La sacerdotisa sostuvo una mirada helada cuando le gritó:
—¡Apártate inmediatamente de mi vista!
Hekhem recogió la ropa y se vistió apresuradamente antes de abandonar la habitación sin levantar la vista del suelo. Solo entonces Neferkay relajó su tenso cuerpo y se dejó caer sobre la cama para llorar.
*
La jornada no había empezado nada bien para Hekhem, que no sabía ni en qué día vivía.
Al salir de la habitación, se percató de que ya era entrada la tarde.
Tenía la mente confusa y le costaba razonar con claridad.
Sin embargo, tenía muy presente la advertencia que le había hecho Pacer, y las pruebas incriminatorias que tenía el escriba no eran una amenaza que pudiera tomarse a la ligera.
Reprimió la ira que le provocaba ser extorsionado por unos miserables y abandonó el templo de Amón, dándole vueltas a la mejor manera de transmitir el mensaje que el devorador de almas le había encomendado al líder de la organización, mientras ponía rumbo al el templo de Montu.
En el patio aguardaba su carruaje, que Hekhem tomó para ir a Armant, situado a unas dos horas de Karnak.
El templo no tenía la entidad devocional de los templos dedicados a Isis o a Hathor; su arquitectura era sobria, casi militar.
Los muros estaban reforzados, los accesos, vigilados con guardias provistos de lanzas y escudos de cuero.
El zumbido de las ruedas de los carros se mezclaba con los rezos de los sacerdotes que rendían culto a Montu, Señor de la Guerra Victoriosa.
A aquellas horas, el templo parecía un hormiguero: por las galerías, los escribas transitaban con sus tablillas, los oficiales se dirigían a los patios de entrenamiento y los sacerdotes, vestidos con lino rojo, se aprestaban para realizar sus rituales de purificación y de mantenimiento del fuego ritual que ardía sin descanso ante la estatua del dios.
El complejo no se limitaba al santuario principal, era casi una pequeña ciudad.
Constaba de varias áreas, cada una bajo la supervisión directa de Hekhem, como la Comandancia del Recinto de Montu y la Capitanía de la Guardia del Templo.
Contaba, además, con amplios patios, armerías, barracones de acuartelamiento, depósito de carros y caballerizas, un lago ceremonial y grandes áreas de entrenamiento.
El recinto albergaba unos cuatrocientos efectivos en total, entre tropas de infantería, unidades de carros, medjay , oficiales y mando militar, escribas, sacerdotes y personal auxiliar.
Aquel lugar era conocido como la Ciudad del Toro de Montu, donde se criaban los toros sagrados asociados al dios, comparable al del templo de Apis en Menfis.
En cuanto saltó del carruaje, Hekhem fue recibiendo felicitaciones por su reciente matrimonio mientras pasaba por uno de los campos de entrenamiento.
Pasó junto los barracones de guardia y el patio de ofrendas antes de llegar a la oficina de la administración militar, donde se encontraba su despacho.
Nada más llegar, le pidió a un escriba que fuera a buscar a su lugarteniente, Pahemre, y se sentó en la silla frente a su mesa de trabajo de sicomoro.
El sudor le corría por la cara y la delicada tarea que tenía entre manos le tensaba los nervios. Apartó los rollos de papiro y el tintero de bronce que había sobre la mesa y desplegó el documento que le había entregado Pacer de parte del devorador de almas.
Pahemre abrió la puerta y lo sorprendió mordiéndose los padrastros de los dedos. El rostro de funeral de su jefe le borró la sonrisa que tenía pintada en la cara.
—¿Qué se le ofrece, mi señor? —preguntó, con tono sumiso.
Hekhem le hizo un gesto para que se acercara y deslizó el manuscrito que tenía sobre la mesa con la palma de la mano. Pahemre lo tomó y lo leyó con detenimiento. Luego, dirigió la mirada a su jefe y le preguntó:
—¿Quién ha escrito esta ponzoña?
—¿No lo adivinas? —bramó torciendo el gesto—.
¡El maldito embalsamador! El bastardo de Pacer me asaltó ayer, en plena boda, y me mostró un documento que, de ver la luz, nos puede enviar al infierno.
Y ese asesino se ha atrevido a amenazarme con hacer público nuestro desvío de fondos ante el líder de la organización.
Su lugarteniente, veterano de las campañas nubias y curtido en mil batallas, meditó con calma aquella información. Su experiencia manejando situaciones complejas en el combate cuerpo a cuerpo lo había aleccionado para no dar consejo a quien no se lo había pedido.
—Es una situación complicada, mi señor —se limitó a decir.
—¿Y no vas a decir nada más? —le gritó Hekhem—. El inútil de Khnumose ha sido incapaz de dar con esos imbéciles desplegando a sus sabuesos medjay por las calles de Tebas, y nosotros no hemos hecho nada al respecto. ¿Puedes decirme por qué?
—El líder quiere que mantengamos un perfil bajo, y no sería prudente movilizar a nuestras fuerzas para…
—¡Joder, Pahemre, no me vengas con estas mierdas! ¡Estamos jodidos! —aulló, fuera de sí—. ¿No podemos hacer nada? ¡Dame una solución, inepto!
El subalterno optó por una respuesta pragmática:
—No veo inconveniente en que transmita ese mensaje a nuestro líder.
A fin de cuentas, ni ellos ni nosotros somos capaces de encontrar a los fugitivos ni el tesoro perdido.
Sin financiación, no hay sublevación —apuntó—.
¿Qué puede ser peor que acudir a una cita con la única persona que conoce el paradero del tesoro?
—¡Estúpido! ¿Acaso crees que no he pensado en esa solución?
—le escupió—. Esos dos no deben de andar muy lejos de Tebas, y, conociendo las costumbres del descerebrado de Pacer, no debe ser una quimera dar con él en algún burdel de la ciudad.
Planifica una batida con algunos de tus hombres de confianza esta misma noche.
Si damos con ese bastardo y lo hacemos hablar, se solucionarán todos nuestros problemas.
Pahemre no sabía cómo comunicarle una noticia de última hora. Así que optó también por la vía pragmática:
—Veo que aún no se ha enterado de la notica, mi señor. Anoche asesinaron al escriba en las inmediaciones del templo de Karnak. Parece que fue obra de un mercenario que…
Hekhem saltó de la silla hecho un basilisco y comenzó a tirar todo lo que tenía a mano. Pahemre observaba la escena sin inmutarse; había estado demasiados años viviendo sus arranques de ira y sabía que lo mejor era dejar pasar la tormenta.
—¿¡Quién se ha atrevido a matar a ese gusano!? —rugió—. ¡Quiero saberlo todo sobre el asesino de Pacer! ¿Me has oído, cabeza de estiércol?
—Alguien se encargó de eliminar al asesino y se aseguró de no dejar ninguna pista —respondió Pahemre—. Todo apunta a que el responsable fue el devorador de almas.
Hekhem no paraba de dar nerviosos paseos mientras se rascaba la nuca con profusión.
—¡Por qué todo me sale mal, maldita sea! —estalló—. ¿Dónde está el cuerpo de Pacer? ¿Habéis registrado a ese desgraciado?
Pahemre tragó saliva antes de contestar.
—La hija mediana de Rejmira y una joven que la acompañaba lo llevaron al templo de Karnak —dijo con tono dubitativo. Por un momento, Hekhem se quedó paralizado, pálido como la cera—. ¿Se encuentra bien, mi señor?
El todopoderoso supervisor de los registros militares y del clero de Montu, temblaba como un niño asustado, con la mirada perdida.
Pahemre le dio su espacio, conocedor de la capacidad de su jefe para sobreponerse a la adversidad y de la férrea voluntad con la que siempre había superado las dificultades.
Hekhem se dirigió hacia su mesa de trabajo con determinación.
—Prepara un carruaje y una pequeña escolta.
Partiremos antes del alba hacia el templo de Mut.
Debo hablar con la suma sacerdotisa para solicitar audiencia con el líder.
Como bien dices, ¿qué puede haber peor que perder definitivamente el tesoro?
—añadió mientras tomaba asiento. Acto seguido, cogió un trozo de papiro y un cálamo.
Al alzar la vista, reparó en que Pahemre continuaba parado frente a él—. ¿Qué haces ahí?
Su lugarteniente carraspeó para que le salieran las palabras.
—Mi señor, ¿no será imprudente acudir a ver a Nebet-Iset con tanta premura?
Es probable que Hapuseneb haya puesto espías para vigilar todos sus movimientos.
Será mejor que posponga esa visita unas semanas y aproveche su reunión mensual con la suma sacerdotisa del templo de Mut para no levantar sospechas.