41 #2
Por un momento, se quedaron en silencio contemplando cómo las llamas proyectaban su cálida luz en el hogar. Pacer observó al hombre que tenía delante y se estremeció al pensar que tenía la misma apariencia del devorador de almas, aunque su talante había dado un giro de ciento ochenta grados.
—¿Ya ves bien? —le preguntó el escriba, con cautela.
—Vaya, vuelves a mirarme con temor —respondió mientras atizaba el fuego—. De veras, por un momento sentí que me tratabas como a un amigo. Debió de ser el hambre.
—No te ofendas…, pero es que has dado un cambio tan drástico que me cuesta asimilarlo.
—No pienses que se me ha ablandado el carácter por haber derramado unas cuantas lágrimas.
Sigo odiando a tu madrastra con todas mis fuerzas, y esa zorra debe morir —advirtió, volviendo a ser el mismo de siempre—.
Sin embargo, debo reconocer que ayer me ayudaste a liberarme de un peso que arrastraba desde hacía demasiado tiempo sin importarte sufrir las consecuencias.
Nadie me había hablado con tanta franqueza en muchos años, y eso solo lo hace un amigo.
—Vaya, me dejas sin palabras…
Por un instante, Pacer no supo cómo llamarlo.
—Llámame Nebamun, por favor —señaló sin apartar la mirada del fuego—. Busca una piedra plana, debe haber alguna por ahí, mientras yo limpio el pescado. Pronto tendremos brasas para el asado.
Se dieron un buen festín sentados frente al hogar. Mientras reponían fuerzas, Nebamun fue desgranando parte de su plan.
—¿Confías en que Khnumose no te traicionará? —cuestionó Pacer, no muy convencido con la estrategia.
—No se atreverá a traicionarme, descuida.
—¿Y qué pretendes hacer después?
—Eso ya no te incumbe, amigo mío. En cuanto interpretes tu papel en la boda, no tendrás que volver a verme nunca más.
Pacer lo miró contrariado.
—¿De qué estás hablando?
—No es necesario que te expongas más en este embrollo —le reveló—. La misión es muy peligrosa, incluso para mí, y tú mereces tener una vida normal. Créeme, cuando todo termine, serás un hombre inmensamente rico y podrás hacer con tu vida lo que te plazca, sin estar bajo el yugo de nadie.
—Vaya… —musitó el escriba, algo conmovido por aquellas palabras.
El devorador de almas se incorporó y tomó un trozo de papiro.
—¿Puedes prestarme tu paleta de escriba y un cálamo?
—Claro. Pero ¿para qué lo quieres? —preguntó Pacer con curiosidad.
—Quiero que tu madre sepa que la tengo en mis manos, y debe saberlo a través de un redactado de mi propio puño y letra —respondió.
El escriba no comprendía del todo lo que le decía, pero se limitó a observar cómo Nebamun escribía con trazo firme sobre el papiro. Cuando finalizó, le entregó el documento a Pacer para que lo leyera.
—¿Crees que aceptará tu propuesta? —preguntó el escriba mientras le devolvía el escrito.
—No le quedará más remedio.
—Aun así, si acude a tu cita, te tenderá una trampa. ¡Es un suicidio! ¿Acaso no conoces las artimañas de esa mujer?
—No te preocupes por mí, amigo mío. Si todo sale bien, la lideresa de la organización estará envuelta muy pronto en problemas más acuciantes que dar conmigo o con el tesoro —declaró con misterio—. A partir de este momento, se rompe nuestra compañía, y no te conviene saber más.
Pacer se quedó mirando cómo Nebamun cerraba los baúles del tesoro y preparaba un hatillo con unas mudas.
—¿Te vas?
—Aún tengo asuntos pendientes —respondió—. Ayúdame a sacar el tesoro de aquí para ponerlo a buen recaudo. Y no pongas esa cara —dijo al ver que Pacer fruncía el ceño—. Toda esta fortuna regresará a ti cuando haya concluido mi misión en este mundo.
El escriba lo ayudó a trasladar los pesados cofres fuera de la cueva y a cargarlos en un carro.
—¿Ya no nos volveremos a ver, Nebamun? —indagó el escriba una vez cubrieron el tesoro con una lona.
—No en este mundo. Pero estaré cerca de ti cuando estés cumpliendo con tu misión, por si ocurre algo.
Ambos hombres se miraron sin saber qué decir.
—Supongo que será mejor que nos despidamos sin más. Buena suerte, Nebamun.
El devorador de almas asintió con una sonrisa y respondió:
—Mantén un perfil bajo hasta el día de la boda. Buena suerte, amigo mío.
Luego, tomó las varas del carro y se alejó del taller de embalsamadores.
**
La tarde languidecía cuando Pacer fue apresado por Zayineth y Tiaret en una de las callejuelas aledañas al templo de Karnak.
El devorador de almas observaba la escena con impotencia, resultaba demasiado arriesgado dejarse ver a plena luz del día, con las calles repletas de soldados y medjay .
Decidió seguirlas a una prudencial distancia, ocultándose entre las sombras, y confió en encontrar una oportunidad para rescatar a su compañero en cuanto se pusiera el sol.
Nebamun aguardó pacientemente su momento, y este se presentó cuando Pacer detuvo su paso para hablar con sus captoras.
El devorador de almas se ocultó tras un carro, apenas a unos veinte codos reales [83] del escriba, y empuñó su daga con determinación.
Sin embargo, cuando estaba a punto de abalanzarse sobre ellas, un sexto sentido lo alertó de un peligro inminente.
Giró la cabeza y, al otro extremo de la calle, vio a un arquero encajando una flecha en el arco, apuntando directamente hacia el lugar donde se encontraba su compañero.
La única opción era detener al francotirador antes de que disparase, y sabía que podía lograrlo.
Echó a correr como una exhalación, pero el infortunio quiso que tropezara con una losa suelta cuando se encontraba ya a escasa distancia del arquero, cayendo por un terraplén.
La cuerda silbó y, al instante, Pacer cayó inerte al suelo.
Nebamun perdió entonces el poco vestigio de humanidad que le quedaba y corrió tras el asesino del único amigo que había tenido en su miserable vida.
El arquero era rápido, pero no lo suficiente para escapar de él.
El devorador de almas cayó sobre el francotirador como una sombra y lo mató con una certera estocada en el corazón.
El arquero llevaba el rostro oculto por un trozo de tela.
El embalsamador lo registró y encontró una bolsa con una considerable cantidad de oro y un papiro que desenrolló con manos temblorosas.
Era un contrato que contenía el encargo de eliminar al escriba.
Sin embargo, lo que más le sorprendió fue comprobar que el documento llevaba el sello de Hatshepsut.
Las voces de los medjay resonaron a lo lejos. Alertado, el devorador de almas se escabulló por las oscuras callejuelas de Tebas como un soplo de aire en una noche sin luna.