Las hijas del visir 41
68%

41

Tejiendo la tela de araña

El devorador de almas despertó con una jaqueca que amenazaba con volverlo loco.

Los ojos le quemaban, pero cuando los entornó, descubrió que podía ver sombras.

A tientas, se acercó a un cántaro de agua y se lavó la cara.

El frescor le aclaró la vista y vio a Pacer dormitando junto los arcones del tesoro.

Aquel hombre había conseguido ahondar en su alma para destapar sus emociones más profundas, y se encontraba en un dilema: hacérselo pagar o perdonarlo.

Al mirarlo, sintió compasión por él. Había sido traicionado por la única mujer a la que le había entregado su corazón, y, aun así, se aferraba a la esperanza de ser amado por ella, aunque fuera por una sola vez.

Se levantó y salió del taller. El aire fresco de la noche se encargó de limpiar la mente de cualquier sentimiento o emoción que lo conectara con el pasado, y se centró en comenzar a tejer una red con la que atraparía a la causante de su dolor.

Aunque, para hacerlo, primero debía colocar el cebo que atraería a su presa a su trampa mortal.

Y para ello, tendría que regresar a Tebas.

Cuando encalló la barca en las afueras de la ciudad, el devorador de almas deambuló por los suburbios como una sombra. Le sorprendió comprobar que Khnumose se estaba tomando con suma diligencia la tarea de dar con ellos. Tuvo que sortear varias patrullas de policías hasta que llegó a su objetivo.

Como esperaba, al llegar a la casa del jefe, la encontró fuertemente custodiada por los medjay .

Le bastó observar los movimientos de la casa durante una hora para saber el número exacto de efectivos que el jefe había dispuesto para proteger su hogar.

Dos estaban en la entrada; dos más, en los tejados, y ocho, en el interior de la vivienda, repartidos entre las dos plantas.

La estrategia del devorador de almas era clara: saltar el muro exterior por la parte trasera, más inaccesible y, por ende, menos vigilada, para colarse en su interior.

El muro del jardín sur no era como los otros: era alto e irregular por las crecidas del río.

Los ladrillos cuarteados y las raíces de las palmeras formaban un entramado retorcido de sombras que le permitiría acceder al recinto de la casa sin ser visto y con cierta facilidad.

Los medjay preferían evitar hacer rondas por aquel flanco, debido a que el terreno era demasiado estrecho para patrullar y el barro húmedo del terraplén engullía las sandalias con cada paso.

Por esa razón, Khnumose había apostado a dos efectivos en el tejado, vigilando el único punto de acceso a la casa por el patio sur.

El devorador de almas avanzó sin prisas por el firme embarrado. Su peso liviano y la destreza que tenía para aprovechar los pocos trechos que aún quedaban empedrados lo ayudaron a salvar su primer obstáculo. Trepó por las ranuras del viejo canal de drenaje hasta que alcanzó la base del muro.

Alzó la mirada y, en un instante, tuvo clara la ruta de ascenso.

Las muescas del adobe lo recibieron como si siempre hubieran estado allí, esperándolo, y en unos pocos segundos, su sombra se deslizó sobre el muro y desapareció por el jardín.

Se detuvo en un hueco para observar el tejado de la vivienda y sonrió cuando descubrió que los vigilantes allí apostados dormitaban apoyados sobre sus lanzas.

Subir al tejado le resultó aún más sencillo.

Nadie escuchó el leve roce del lino contra la piedra ni el ligero murmullo del aire que anunciaba su presencia.

Los dos medjay fueron degollados en un santiamén.

El devorador de almas se deslizó en la casa por una trampilla y fue ejecutando uno a uno a los policías del piso superior, a los que sorprendió durmiendo en sus puestos de vigilancia.

Quedaba un último escollo, y el asesino descendió lentamente por la escalera y avanzó por el corredor que conducía a la cocina. Dos medjay dormitaban sentados, con las cabezas apoyadas sobre la mesa, mientras los otros dos estaban ocupados asando panceta en el fuego.

A uno lo degolló, y al otro lo apuñaló en el corazón sin darle tiempo a reaccionar. El leve tumulto despertó a sus compañeros, pero no les dio tiempo a incorporarse: a uno le atravesó el pecho lanzándole la daga, mientras se abalanzaba sobre el otro para romperle el cuello.

Sin tiempo que perder, recogió la hoja y corrió hacia la puerta, justo cuando esta se abría.

Al primer medjay le hundió la daga en un ojo en cuanto cruzó el umbral.

El segundo, armado apenas con una porra, huyó al contemplar la horrible estampa del devorador de almas, pero fue abatido por la espalda con un certero lanzamiento del puñal.

Al darse la vuelta, el asesino vio a un niño que observaba la escena, aterrado.

Estaba tan paralizado por el miedo que ni siquiera lloró.

Al instante, apareció la madre en la cocina, con otro niño colgado en los brazos.

La mujer gritó, pero el asesino cogió una porra de los medjay y la neutralizó de inmediato golpeándola en la cabeza.

Con sangre fría, durmió a los niños con una poción a base de opio y loto azul y los metió en el interior de un carro junto a su madre. Los cubrió con una lona y los trasladó a una casa que había alquilado no muy lejos de allí.

Antes del amanecer, regresó a la casa y aguardó la llegada del jefe.

Unos pasos apresurados acercándose a la puerta lo alertaron de que Khnumose había llegado a casa. Al entrar, se encontró al devorador de almas sentado en una silla, justo frente a la puerta.

—¿¡Qué has hecho con mi familia, maldito!? —bramó al tiempo que desenvainaba su espada.

—Si quieres volver a verlos con vida, te aconsejo que abandones esa actitud —respondió el asesino con absoluta tranquilidad. El jefe se quedó paralizado y tiró su arma al suelo—. ¿Por qué haces sobreesfuerzos innecesarios, jefe? ¿No ves que se te ha abierto la herida del muñón?

Khnumose presionó el apósito para detener la hemorragia mientras contemplaba la dantesca escena. En su mirada se palpaba la desesperación.

—Dime…, ¿qué más quieres de mí? —preguntó, conteniendo las lágrimas.

—Necesito que infiltres a Pacer en el templo de Karnak el día de la boda de la hija del gobernador y le conciertes una cita con Hekhem.

—Lo haré. Pídeme lo que quieras, pero antes quiero que me garantices que no le harás ningún daño a mi familia —suplicó.

El devorador de almas se levantó de la silla y se acercó a él con una sonrisa inquietante.

—En su día fuimos amigos, jefe. Jamás sentí animadversión hacia ti, pero me lo pusiste muy difícil en nuestro último encuentro.

Nadie se burla de mí —dijo con voz seca—.

No pongas esa cara, no creo que vuelvas a verme más —anunció al tiempo que le daba unas palmaditas en la espalda—.

En cuanto lo tengas todo organizado, deja las instrucciones en el lugar de siempre y no se te ocurra jugármela.

Si haces bien tu trabajo, te diré dónde puedes encontrar a tu familia. De lo contrario…

—¡Lo sé, maldito demonio! En breve tendrás noticias mías —advirtió.

—Así me gusta, jefe. ¡Hasta nunca!

El asesino puso rumbo hacia la puerta y desapareció tras el umbral.

*

Un rayo de sol se coló en el antiguo taller de embalsamamiento e impactó de lleno en el rostro de Pacer.

El escriba abrió los ojos y tuvo que alzar la mano a modo de visera para no quedar cegado por la luz del amanecer.

Durante unos instantes, no se ubicó, pues no había más claridad que la que pasaba por la rendija del pasillo.

Se incorporó, sobresaltado, y recorrió el lugar con la mirada, aunque solo percibió penumbras.

Se acercó a la mesa y, a tientas, tropezó con la lámpara de aceite que había allí.

La tomó y la dejó en el suelo, justo en una franja iluminada por el sol.

Pacer cogió una tablilla de acacia y comenzó a friccionar un palo puntiagudo, haciéndolo girar con rápidos movimientos, hasta que se alzó un hilo de humo.

Colocó una tira de lino seco sobre la incipiente brasa y sopló suavemente hasta que danzó una pequeña llama.

Acercó la mecha de lámpara y, poco a poco, la luz se extendió por toda la estancia.

En cuanto encendió alguna más, se dio cuenta de que no había ni rastro del devorador de almas.

—¿Dónde se habrá metido? —susurró mientras inspeccionaba la cueva.

Los arcones del tesoro estaban intactos, al igual que las bolsas que habían traído.

Eso le tranquilizó, pues descartó una posible fuga con el botín.

Estaba sopesando las posibles hipótesis de aquella extraña desaparición cuando el rugido de su estómago le recordó que llevaba más de un día sin comer.

Buscó entre las bolsas algo que llevarse a la boca, pero no halló nada que fuera comestible.

—¿Tienes hambre?

Pacer dio un respingo al escuchar la voz del devorador de almas a su espalda.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó, todavía molesto por el susto.

—¿Me echabas de menos? Vengo de hacer unas importantes gestiones que marcarán nuestro destino. Pronto sabrás de lo que te hablo —advirtió sonriente.

El escriba no podía creer lo que estaba viendo.

—¡Estás sonriendo como una persona normal!

Nebamun dejó el cesto encima de la mesa y espetó:

—¡Venga, déjate de romances y ayúdame a encender un fuego en el hogar!

En el interior de aquel cesto, traía unas percas del Nilo.

—¿De dónde las has sacado?

—¿No sabes pescar? —atajó mientras colocaba unos leños en un fuego a tierra que había en un rincón.

Pacer se acercó sin salir de su asombro.

—No sabía que estos antiguos talleres dispusieran de un fuego para cocinar. ¡Hasta tiene chimenea!

—¿Cómo crees que se alimentaban los que trabajaban aquí? Dame esa lámpara, que voy a prender el fuego.