Las hijas del visir 40
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Preguntas sin respuestas

Neferkay despertó radiante. A su lado, sobre el lecho, Hekhem dormía plácidamente, ajeno a lo que había sucedido en la noche de bodas.

Durante un instante, la sacerdotisa permaneció inmóvil, sintiendo el suave y fresco tacto de la seda en su cuerpo desnudo.

En su mente, un cálido recuerdo la transportaba hacia el momento más especial de toda su vida: el aquel en que se entregó en cuerpo y alma al hombre que amaba.

Su cuerpo recordaba el temblor que precedió al doloroso instante en que perdió la virginidad, pero también, la suavidad de sus caricias y el placer que fue incendiando sus sentidos mientras se fundían en un único ser.

La felicidad que la embargaba era tan exuberante que le costó contenerla y no ponerse a gritar.

Giró levemente la cabeza y se quedó mirando a Hekhem mientras dormía.

Su respiración era lenta, y tenía la mano extendida sobre el borde de la cama.

Neferkay lo observaba sin rencor. Lo peor ya había pasado, y a partir de entonces, debería comportarse como una esposa distante pero devota ante los ojos de los demás.

Ahora sabía que tenía el valor para interpretar aquel papel.

Se levantó despacio, recogió el velo que había caído junto a la cama y caminó hacia la ventana. El sol comenzaba a elevarse por el horizonte tebano, despertando los tonos dorados de los muros del templo y haciendo brillar el Nilo como una senda líquida.

En el silencio del amanecer, Neferkay comprendió que el destino era caprichoso y no estaba escrito. Por primera vez, sentía que era dueña de sí misma, aunque el mundo aún no lo supiera.

Se acercó al lecho una última vez. Tiñendo de carmesí las sábanas, la efímera huella de su virtud, que la honraría a los ojos de su esposo y guardaría un secreto que jamás vería la luz.

—Duerme tranquilo, Hekhem. El despertar te mostrará una nueva realidad que no esperas —susurró con calma.

Neferkay sonrió con una mezcla de ternura y determinación. El peso del pasado se había disuelto, como miel en agua, y en su corazón resonaba el eco de la voz de Hekai, suave como un juramento.

Al alba, se vistió con la intención de ir al patio del templo, donde solían desayunar. Sin embargo, Neferkay fue asaltada por sus compañeras nada más salir de la habitación, y la hostigaron con preguntas sobre la noche de bodas.

Hekai contemplaba la escena muerto de vergüenza, pues, de forma directa, él era una de las dianas de los pícaros comentarios de las muchachas.

—Parece que estuviste a la altura, bribón —le susurró Meriamon al oído.

La sonrisa de su amigo lo delató.

—Lo único que pienso decirte es que en este momento no puedo ser más feliz —respondió Hekai, incapaz de dejar de sonreír.

Después de gastarle todo tipo de bromas, bajaron al patio y se sentaron en unas sillas bajas mientras les servían el desayuno. Tiaret le relató a su hermana el incidente ocurrido durante la boda, que había concluido con el arresto y posterior asesinato de Pacer.

—Me has dejado de piedra, hermana —señaló Neferkay con semblante serio—. ¿Qué haría ese criminal en la boda?

—Sabemos que Pacer quería reunirse con alguien importante de la organización, aunque no conseguimos que confesara con quién —respondió Tiaret.

—¿Y no le sonsacasteis nada más? —inquirió Neferkay.

Tiaret negó con la cabeza.

—Solo llevaba encima un documento, que me entregó antes de morir. Parece ser un poema, o quizá un texto encriptado. Lo único que tengo claro es que lo escribió él —declaró mientras le entregaba el trozo de papiro a su hermana.

—«El amor verdadero es el que mana del corazón de una madre, sin velos ni condiciones, aquel que se abre cada día al amanecer, como la flor de Amón» . ¿Qué significa este acertijo? —preguntó Neferkay, arqueando las cejas.

—Mi hipótesis es que ese verso hace referencia a su madre —aventuró la médica—. Pacer era una persona sensible y solía esconder su dolor en los poemas que escribía. No hablaba mucho sobre él, pero, en sus momentos de embriaguez, solía maldecir a alguien de su familia a quien llamaba «flor de Amón».

Meriamon se levantó y se acercó a Tiaret con cara de preocupación.

—No sabía que ese traidor llevaba un documento encima. ¿Alguien más está al tanto de esto? —le preguntó.

—¿A qué viene tanto interés, Meriamon? —cuestionó Tiaret, con gesto contrariado—. Solo lo sabemos los que estamos en esta sala, y seguramente Hapuseneb se lo habrá contado a Hatshepsut y a Senenmut. ¿Por qué lo preguntas?

En ese instante, el juez fue consciente de lo imprudente que había sido su comentario.

—Tú misma lo has dicho. Pacer salió de su escondite para reunirse con alguien de la organización que había sido invitado a la boda; con toda seguridad, un miembro de la cúpula infiltrado íntimamente en la corte de Hatshepsut.

Solo digo que deberíamos ser extremadamente prudentes a la hora de compartir información —declaró, con una impecable verborrea de jurista.

—¿Y ese consejo lo debemos aplicar también contigo? —intervino Zayineth con tono tajante.

—Es exactamente lo que acabo de decir —respondió Meriamon sin pensar—.

Solo podéis confiar en vosotras mismas y en aquellos que os han demostrado una lealtad inquebrantable.

En mi caso, es comprensible que receléis de mí, y lo más coherente sería que me desvinculara de inmediato de vuestra compañía.

Zayineth no quedó convencida por la palabrería de Meriamon.

—Lo que propones nos expondrá ante nuestros enemigos y nos hará más vulnerables —lo contradijo—. Hasta el momento, hemos salido adelante gracias a la ayuda de personas influyentes como Hapuseneb o Pashedemheb. Aunque coincido contigo en una cosa: a partir de ahora, desconfiaré plenamente de ti.

Todas las miradas se centraron en Meriamon.

—No se hable más. Os deseo mucha suerte en vuestra misión, de corazón —dijo el juez antes de abandonar el patio.

—¡No lo hagas! —medió Sat-Ire.

—¿Qué estás diciendo, Shaït? ¿De verdad confías en él? —señaló Neferura.

La intérprete de sueños sostuvo la mirada al juez.

—No confío en Meriamon, pero sí en su consejo.

No podemos descartar la posibilidad de que la organización tenga contactos en las altas esferas de la corte de la reina, y cualquier información trascendental que pueda llegar a sus oídos podría convertirse en nuestra sentencia —razonó Sat-Ire—.

Además, él ya sabe de la existencia de este documento, y es preferible mantenerlo lo más cerca posible de nosotras.

Así tendremos la certeza de que, si se filtra esta información, no habrá sido él el espía.

¿Tienes algún inconveniente con esto, magistrado?

El juez respiró más tranquilo al contar con el apoyo de aquella inesperada cómplice.

—No sé qué decir —admitió Meriamon, al sentirse observado por los demás—.

Supongo que la confianza se gana con hechos.

Espero ganármela a partir de este momento.

Ante Maat, prometo lealtad al grupo y actuar siempre con rectitud y justicia —dijo, alzando la mano derecha, con la palma ligeramente inclinada hacia delante.

—No me corresponde solo a mí tomar esta decisión —señaló Sat-Ire—. ¿Alguno de vosotros está en contra de que Meriamon continúe formando parte de nuestra compañía?

Nadie respondió salvo Zayineth, que alzó la mano.

—No me opondré, Shaït, aunque tengo una condición: me encargaré personalmente de la vigilancia del señor juez.

Sat-Ire miró a Meriamon.

—Ninguna objeción —respondió él.

—¿Y en quién debemos confiar a partir de ahora? —inquirió Neferura.

Todos guardaron silencio, aunque las miradas se dirigieron hacia Sat-Ire. La intérprete de sueños caviló unos instantes y, finalmente, declaró:

—Además de todos los que estamos aquí, únicamente confiaría en Hapuseneb.

—¿No incluyes a mi madre y a Senenmut? —inquirió Neferura.

—La reina debe quedar al margen hasta que identifiquemos a todos los miembros de la organización criminal y tengamos en nuestro poder las evidencias que los incriminen en la trama, como hicimos con el juez Satepnahk —replicó Sat-Ire—.

Respecto a Senenmut, he tenido dudas hasta caer en que él sería incapaz de mantener en secreto una información que pueda poner en peligro la vida de la princesa Neferura —añadió mientras recorría con la mirada al grupo—.

¿Estáis de acuerdo? —Todos asintieron excepto Meriamon, que decidió abstenerse dadas las circunstancias—.

Entonces, ya está todo decidido. Esperaremos a que regrese Hapuseneb para informarlo de las decisiones que acabamos de acordar, y nos pondremos en marcha de inmediato.

—Por cierto, ¿dónde está Hapuseneb? —preguntó Neferkay.

—Se ha reunido con Senenmut en el palacio de la reina para informarla sobre el altercado de ayer con Pacer —la informó Tiaret.

A mediodía, regresó el sumo sacerdote con cara de pocos amigos.

—¿Qué ha pasado? —lo interrogó Neferura.

—No son buenas noticias —declaró, con el ceño fruncido—. Tu madre y Senenmut están muy preocupados con la incursión de Pacer durante la ceremonia; intuyen que, si el escriba consiguió burlar los controles de seguridad, el devorador de almas no debería andar muy lejos.

—¿Y nadie vio a Pacer reunirse con alguno de los invitados de la boda? —insistió la princesa.

Hapuseneb negó con un gesto.

—Son tan escurridizos esos dos malnacidos que resulta desesperante que seamos tan ciegos y necios como para no atraparlos —señaló el sumo sacerdote, con rabia contenida—.

Cuando nuestros espías descubrieron el paradero de los fugitivos, llegaron tarde.

Los medjay que intentaron detenerlos fueron asesinados por el devorador de almas, y ambos huyeron de la ciudad sin dejar rastro.

Ocurrió la misma noche que el jefe Khnumose fue atacado por un sujeto que le amputó la mano izquierda en un tugurio de los suburbios —les informó.

—¿Están relacionados ambos incidentes? —quiso saber Meriamon.

—El jefe medjay afirma que quien lo atacó fue un peligroso asesino hicso, vinculado con el espionaje y las revueltas en los antiguos asentamientos de Avaris. Por desgracia, ese individuo también logró huir y no podemos contrastar esa versión —reveló Hapuseneb, con evidente fastidio.

Todas las noticias resultaron ser desalentadoras: el enemigo parecía ir siempre un paso por delante de ellos.

—¿Has averiguado algo más sobre la procedencia del devorador de almas, Hapuseneb? —preguntó Sat-Ire.

—Poco más de lo que ya sabemos. En efecto, ese sujeto de llama Nebamun y fue jefe de los embalsamadores reales en tiempos de Tutmosis II. Su rastro se pierde después de que asesinara a su prometida —añadió—. Ya estoy harto de tanto interrogatorio. ¿Es que nadie tiene hambre?

Tiaret, que esperaba con impaciencia su turno, intervino al ver que el sumo sacerdote daba por concluida la reunión:

—¿Y de Pacer? ¿Qué habéis descubierto de él? —indagó, ansiosa.

El sumo sacerdote la escrutó con la mirada.

—¿Así que ese era el novio que te robó el corazón durante tus noches locas? —dijo con tono irónico.

—¿Novio? Solo mantuvimos una corta relación sentimental hace un tiempo —replicó Tiaret, dolida por el comentario.

Hapuseneb suavizó el semblante.

—La verdad es que he podido averiguar muy poca cosa de él —comenzó a decir—.

Su nombre aparece únicamente en el documento por el que fue nombrado como escriba en el puerto de Coptos, pero no hay ningún registro de Pacer en toda la ciudad.

Me temo que era uno de los tapados de la organización y utilizó varios nombres en los diferentes roles que haya desempeñado para ellos.

—¿Y no se sabe nada del asesino del escriba? —preguntó Zayineth.

—Todos los indicios apuntan a la organización; tal vez el responsable fuera el devorador de almas —aventuró Hapuseneb.

—No creo que haya sido obra suya: no es su modo de proceder —atajó Sat-Ire, arrugando la nariz.

Volvían a estar en un punto muerto.

—¿Y qué vamos a hacer? —inquirió Neferkay.

—Hay que seguir tirando de las diferentes líneas de investigación con la máxima discreción —respondió Hapuseneb—. Propongo que continuemos con las pesquisas sin alterar nuestras rutinas para no levantar las sospechas de nuestros enemigos. ¿Qué te parece la estrategia, Meriamon?

Zayineth chasqueó con la lengua en señal de desaprobación.

—Espero no ser muy atrevida si le pregunto qué opinión tiene usted del juez Meriamon —dijo, bajando la mirada—. Esta mañana hemos discutido al respecto y necesito escuchar de sus propios labios que confía en él.

—Mi querida, Zayineth, no podemos emprender una misión tan delicada como esta si no confiamos los unos en los otros —aseveró Hapuseneb—.

Conozco a Meriamon desde hace años y doy fe de su eficacia resolviendo intrincados casos en la judicatura.

Para mí, es un alivio contar con su presencia en nuestras filas —el veredicto del sumo sacerdote terminó por convencer a Zayineth—.

¿Qué os parece si repartimos tareas antes de irnos a comer?

No quiero más interrupciones mientras nos sirven las viandas.

Tras el intenso debate, acordaron que Neferkay se encargaría de vigilar los movimientos de Hekhem.

Meriamon instruiría el caso del incidente de Khnumose, acompañado por la sanadora Tiaret y de Zayineth, que se encargarían del cuidado de las heridas del jefe de los medjay .

Hapuseneb investigaría las intrigas casamenteras de Huy y de su hija, Meritra Hatshepsut.

Por su parte, la princesa Neferura y Sat-Ire se encargarían de seguir una pista que se le había revelado a la intérprete de sueños, aunque esta no especificó de qué se trataba.

Meriamon no pudo evitar mirar de soslayo a Sat-Ire. Había estado muy cerca de echar a perder años de trabajo por un pequeño desliz, y sabía que, a partir de ese momento, tendría que andarse con pies de plomo.