Las hijas del visir 39
65%

39

El susurro del sicomoro

Pacer había madrugado para llegar a Tebas antes del amanecer.

La ciudad se había engalanado para conmemorar el enlace de la hija mayor del gobernador.

Desde los templos hasta las plazas, guirnaldas de flores de loto, papiro y tamarisco colgaban entre las columnas y puertas de las casas.

Y, aunque solo unos pocos elegidos podrían asistir a la ceremonia en el templo de Karnak, la mayoría de los tebanos tendrían comida y bebida gratis durante todo el día.

Todo el mundo estaba pendiente de los preparativos y había salido a las calles masivamente.

Los niños se arremolinaban en los puestos de dulces, con las manos pegajosas de miel, mientras en cada esquina humeaban braseros donde se asaban pescados y ocas, y las mujeres servían pasteles de dátiles y cerveza dorada en cuencos de barro.

Los nombres de Neferkay y de Rejmira resonaban por las calles como una bendición: «¡Qué los dioses protejan a “la perfecta de Ra”!», gritaban unos, «¡Que el gobernador sea bendecido con nietos sanos y fortuna!», proclamaban otros.

Rejmira, orgulloso, había ordenado abrir las bodegas y los hornos de la ciudad para que la ciudadanía fuera partícipe de su dicha. Por supuesto, él también se merecía su baño de masas y no le importó invertir una pequeña fortuna en aquel acto de generosidad.

A lo largo de la avenida procesional, los sacerdotes de Amón habían dispuesto altares adornados con flores azules y jarras de agua perfumada para bendecir a los transeúntes.

Nadie se percató de la persona que deambulaba sigilosamente entre la muchedumbre, vestido con un shendyt [82] de lino hasta las rodillas y tocado con una peluca descuidada y larga.

Al pasar por una plaza limítrofe con la entrada al templo de Karnak, Pacer se detuvo delante de un puesto en el que unas mujeres, ataviadas con vestidos de lino fino en tonos pastel, servían pan de centeno caliente, estofado de ganso y cerveza.

Tenía la garganta seca por el asfixiante calor y los nervios.

—¿Puedes darme una jarra de agua? —demandó el escriba.

La joven y bonita mujer que atendía tras el mostrador se inclinó hacia él, alzando la voz por encima del bullicio.

—Lo siento, no te he escuchado con tanto ruido.

—Agua, por favor —voceó Pacer.

La mesera, al ver cómo se acumulaba la gente en la cola, le sirvió una jarra de cerveza y atendió a otra persona.

Pacer no protestó y se la bebió de un trago.

Su rostro, apenas visible tras los mechones de la peluca, estaba endurecido por el cansancio y la desconfianza.

Sabía que cada esquina de Tebas estaba vigilada por los guardias reales y los medjay , y que, a medida que se acercara al templo, le sería más difícil pasar desapercibido.

Mientras deambulaba por las calles, detenía la mirada en los rostros felices de las personas que se acercaban en procesión hacia los pilonos del complejo de Karnak.

Los niños corrían con pequeñas estatuillas de barro de la diosa Hathor para que los sacerdotes las bendijeran, y las muchachas bailaban con las alegres melodías que resonaban por cada rincón.

Por un momento, una chispa de nostalgia le encharcó los ojos. Él también había conocido días así, antes de que la corrupción y la ambición lo arrastraran hacia la oscuridad.

Por desgracia, una voz gélida, se coló en su mente, despertándolo de aquellos recuerdos de tiempos más amables. «Encuentra a Hekhem. Él abrirá el camino. ¡No falles!» .

Pacer se avanzó por la avenida procesional hasta que llegó a las inmediaciones de los pilonos de entrada al templo.

Allí, los soldados mantenían el orden mientras los medjay controlaban los carros que transportaban los presentes nupciales: cofres con joyas, vasijas de vino, collares de lapislázuli y lino bordado, entre otros productos de lujo.

Una persona se le aproximó con sigilo y le susurró:

—Acompáñame.

El escriba siguió al hombre de origen nubio hacia un callejón. Estaba muerto de miedo y palpaba el puñal que le había dado el devorador de almas antes de salir hacia la ciudad, que llevaba oculto bajo el shendyt .

El individuo se detuvo junto a un carro y le hizo un gesto para que se acercara.

—¿Qué haces ahí parado? Coge ese cofre y cambia esas roídas ropas por algo decente —dijo mientras le entregaba una túnica de lino fino, propia de un ayudante de ofrendas.

—¿Será seguro que entre a cara descubierta? —quiso saber Pacer, no muy convencido con aquella idea.

—Nada es seguro en esta vida, salvo la muerte. Sin embargo, será menos sospechoso pasar los controles vestido de ese modo que con esos andrajos. Los medjay ya empiezan a hacer la vista gorda con el calor que está cayendo —señaló, mirándolo con apremio—. Vamos, cámbiate deprisa.

El hombre cargó con el carro y se incorporó a la avenida procesional con Pacer siguiéndolo detrás.

El sol de mediodía caía a plomo sobre las losas de piedra, y pasaron el control sin problemas, aunque el escriba estuvo todo el rato tenso sintiendo cómo los goterones de sudor le resbalaban desde la nuca hasta la espalda.

Una vez estuvieron dentro del recinto sagrado, el aire se hizo más fresco, aunque recargado con el aroma a sándalo y mirra.

Todas las columnas, desde el gran pilono hasta el lago sagrado, estaban adornadas con flores; las estatuas de Amón, bruñidas para que reflejasen la luz de Ra, y los relieves estaban recién pintados.

—A partir de este momento, no quiero saber nada más de ti —le advirtió el hombre antes de desaparecer entre el enjambre de personas.

El devorador de almas se había reunido con Khnumose la noche anterior, y lo había convencido para que Pacer se encontrase con Hekhem antes de la ceremonia.

El escriba no quiso preguntar cómo lo había conseguido, sobre todo después del reciente altercado que el asesino había tenido con el jefe de los medjay, en el que este perdió la mano izquierda.

Pacer se deslizó como una sombra entre los servidores que entraban y salían del santuario.

Se acercó al lugar de encuentro, fingiendo ser uno de los encargados de transportar perfumes para los rituales.

«Lo hallarás en el corredor norte del patio de las columnas.

No lo nombres, solo dile: “La sombra del sicomoro ha regresado”.

Él entenderá» , le había revelado el devorador de almas cuando le dio las últimas instrucciones antes de que partiera hacia Tebas.

Pacer avanzó sorteando sacerdotes y, al fondo, junto a una de las columnas con capiteles de papiro, vio una figura aguardando de pie que se movía impaciente.

El sudor perlaba la frente del escriba, pero su mirada se mantenía fría y calculadora.

Se acercó, subrepticiamente, hacia su objetivo, y le susurró la palabra clave al oído.

Hekhem lo miró con una mezcla de desprecio y altivez.

—Llegas tarde… Sígueme.

Avanzaron por el corredor, donde la luz se filtraba en haces dorados entre las columnas, y llegaron a un patio que estaba apartado del bullicio.

—Habla. ¿Qué quieres de mí?

—El devorador de almas quiere que tu líder esté presente en el acto inaugural del templo de Millones de Años de Hatshepsut. Y quiere que le des este mensaje.

Pacer le entregó un documento escrito, de puño y letra, por el asesino. Hekhem lo desplegó y leyó:

«¡Por fin he conseguido desenmascararte!

Ahora conozco tu verdadera identidad, aunque hayas cambiado de nombre y no sepa dónde encontrarte por el momento.

Estamos a mano: ambos sabemos quiénes somos y cuáles son nuestros anhelos.

Sin embargo, ninguno de los dos alcanzaremos nuestros sueños si no volvemos a vernos, para bien o para mal.

¿Qué pasará si revelo tu rostro a tus enemigos?

¿Crees que podrás mantenerte oculto por mucho tiempo?

Si crees que no digo la verdad, recuerda que Pacer ha sido la clave de tu desenmascaramiento. Irónico, ¿verdad?

Piénsalo. Mi aliento se cierne sobre ti, y ahora sabes que tu anhelo está en mis manos. Si no quieres que eche a perder el esfuerzo de todos estos años, acude a la cita con tu destino; de lo contrario, despídete de tus sueños de grandeza. Pronto recibirás mi invitación.

Hasta entonces… Tuyo,

Nebamun».

—¿Has venido a verme el día de mi boda para soltarme tal idiotez? ¡No respondo ante fantasmas! —le escupió, tirándole el escrito a la cara.

El escriba no pudo evitar sonreír.

—Tú eres un peón más, como yo, y tu vida no vale más que un deben de cobre para el devorador de almas o para el líder al que rindes pleitesía. ¡Y lo sabes!

Hekhem perdió los estribos y agarró a Pacer por el cuello.

—¿¡Crees que ese engendro puede darme órdenes!

? No tardaréis en estar en el infierno, y si me he dignado a reunirme con un gusano como tú es porque me lo suplicó un buen amigo —murmuró con los ojos fuera de las órbitas—.

Quizá ese demonio pueda atemorizar a Khnumose, pero no a mí.

Pronto seré uno de los hombres más influyentes de la corte —se carcajeó.

—¡Quítame tus sucias manos de encima, desviado! —Pacer se revolvió, zafándose de Hekhem de un manotazo—. ¿Sabe tu líder los fondos que desviaste para tu propio beneficio en Menfis? Ya sabes a lo que me refiero. Tengo las pruebas que te incriminan —lo amenazó.

—Mientes… —replicó con voz nerviosa.

—He sido muy meticuloso con la contabilidad de la organización desde que se constituyó.

No solo me he encargado de registrar todo lo recaudado en Tebas y Coptos; también recibí el cometido de llevar un seguimiento exhaustivo de los movimientos en la Ciudad Blanca —dijo, al tiempo que se le iba dibujando una sonrisa en la cara—.

Lo cierto es que me sorprendió descubrir los gustos que compartías con Satepnahk: los muchachos jóvenes, el poder y el oro.

Tu líder pasó por alto el expolio que cometió tu degenerado amigo, porque aquel infeliz solo sisaba las migajas.

En cambio, tú… ¿Quieres que te muestre todo lo que le robaste a la organización?

El alto funcionario palideció.

—¡No voy a seguir escuchando sandeces!

—Compruébalo tú mismo.

Pacer le entregó un papiro enrollado, que Hekhem leyó sin dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos.

El escriba había registrado cada uno de los fraudulentos movimientos que habían hecho sus emisarios en Menfis al detalle, con declaraciones juradas obtenidas bajo tortura, en las que se definía el tipo de material substraído y el lugar en el que había sido depositado. Su cara habló por él.

—No puede ser… —balbució Hekhem.

—¡Lástima que todos esos fondos hayan sido confiscados por el devorador de almas! Asumir tantos riesgos para quedarse ahora en la ruina. ¡Qué incorrección! —le reveló el escriba.

—¿Qué habéis hecho con mi patrimonio, malditos? —murmuró, torciendo el gesto.

Pacer sonrió.

—Solo tienes que colaborar y conseguir que tu líder acuda a su cita con él. Tal vez entonces vuelvas a recuperarlo todo —le indicó.

El alto funcionario estaba en manos del devorador de almas.

—¿Cómo sé que no me traicionaréis?

—Tendrás que confiar en mi palabra —respondió el escriba—. Procura hacer bien tu papel y te devolveremos tu botín. Además nos aseguraremos de que tu secreto jamás sea revelado. Sin embargo, si fracasas en tu cometido…, no solo perderás tu fortuna.

—Aunque lo consiga convencer, no lograréis nada con vuestro plan demencial —respondió Hekhem.

—Ese es nuestro problema. Recuerda que tu vida está en nuestras manos y que el devorador de almas te estará observando oculto en las sombras.

No te gustaría que Neferkay se quedara viuda antes de que puedas engendrar un hijo en su vientre, ¿verdad?

—advirtió con una burlona sonrisa—. No te entretengo más.

Seguro que tu radiante novia espera ansiosa tu llegada en el altar.

Y no olvides recoger la carta del devorador de almas del suelo.

Hekhem se quedó paralizado, observando cómo se alejaba el escriba por el corredor. La ira se había apoderado de su voluntad y la única manera de controlarla era buscar a alguien con quien poder desquitarse.

Tiró el documento incriminatorio en un brasero que quemaba mirra y, tras comprobar que se había carbonizado, se fue a buscar a una víctima.

La fortuna le sonrió de camino al patio ceremonial. Hekhem se topó con un guapo mozo que transportaba un cesto con flores de loto. El joven, al ver que un noble lo miraba con deseo y ante la posibilidad de ganarse una buena recompensa, le sonrió mientras dejaba en el suelo el cesto.

En cuanto Hekhem acabó de poseer brutalmente al pobre desdichado en un establo, se lavó las manos en un bebedero y acudió con paso pausado hacia el gran patio del templo.

En su semblante no había cabida para la felicidad, y el frugal encuentro sexual se había encargado de calmar momentáneamente el furor que gobernaba su voluntad, lo suficiente para aguantar la ceremonia nupcial.

En la noche de bodas, por fin, podría saciar su frustración con su joven esposa.