Las hijas del visir 38 #2
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—¿A qué viene tanta prisa? —replicó el escriba.

—¡Pacer, habla! —bramó Zayineth.

—No aquí. Es mi seguro de vida —terció—. Se lo diré a Hatshepsut en persona, siempre que me garantice inmunidad.

—¡Corta, hermana! —soltó Zayineth, al ver la vacilación de Tiaret—. No me digas que crees en sus mentiras.

Un golpe seco cortó el aire. Pacer torció el gesto antes de echar una bocanada de sangre y desplomarse, con una flecha clavada en la espalda.

Zayineth localizó de inmediato al agresor al fondo de la calle y echó a correr tras él.

Tiaret, consciente de que la herida era mortal, se arrodilló junto al escriba y lo acomodó sobre su regazo.

Pacer abrió los ojos y la buscó con la mirada.

—Siento no haber sido el hombre que merecía tu amor. Te amaba, pero fui débil y me doblegué ante… —su voz se quebró—. Lo lamento, Tiaret.

—Discúlpate ante Osiris, pero antes dime a quién rindes pleitesía —replicó Tiaret, luchando por contener las lágrimas que le inundaban los ojos.

Pacer le aferró con fuerza de la mano antes de decir:

—El verdadero traidor está más cerca de lo que crees…

El escriba se ahogó con su propia sangre y no dijo nada más.

Los comerciantes, que recogían los tenderetes al caer la noche, comenzaron a arremolinarse alrededor de la escena. Tiaret lanzó un grito de rabia y frustración por no haber conseguido sonsacarle el nombre de alguno de los instigadores de la conspiración.

Al rato, regresó Zayineth, casi sin aliento.

—No has conseguido alcanzarlo, ¿verdad? —adivinó la médica.

—Esa rata se movía por la ciudad como si la conociera palmo a palmo, y consiguió darme esquinazo —dijo resoplando—. ¿Has logrado sonsacarle algo antes de que muriera?

Tiaret negó con la cabeza. En ese momento, la sanadora abrió la mano y vio que tenía un pedazo de papiro arrugado en la palma: Pacer se lo había dado antes de morir.

—¿Qué es esto? —preguntó asombrada.

Zayineth tomó el papiro y lo alisó con cuidado antes de recitarlo en voz alta:

— «El amor verdadero es el que mana del corazón de una madre, sin velos ni condiciones, aquel que se abre cada día al amanecer, como la flor de Amón [81] ”» . ¿Sabes qué puede significar?

Tiaret estaba tan confusa que no podía pensar.

—Vamos, ayúdame a levantarlo —dijo finalmente la sanadora—. Tal vez descubramos alguna cosa más cuando revisemos lo que lleva encima. No es seguro permanecer aquí.

Uno de los comerciantes, que observaba la escena, se ofreció a prestarles un carro tirado por un burro y las acompañó hasta el templo de Karnak con el cuerpo de Pacer. Al llegar, pidieron a los sacerdotes de la entrada que fueran a buscar a Hapuseneb.

El sumo sacerdote se personó en las puertas del templo, acompañado por Sat-Ire y Neferura.

—¿Ese individuo es Pacer? —les preguntó el sumo sacerdote.

—Así es —respondió Tiaret—. Lo descubrimos en la boda y lo capturamos con vida en la calle de los mercaderes. Por desgracia, había alguien más siguiéndole el rastro y consiguió acallarlo antes de que pudiéramos interrogarlo.

Hapuseneb ordenó a unos sacerdotes que trasladaran el cuerpo de Pacer a sus dependencias. En cuanto lo dejaron sobre la mesa, Tiaret sacó el instrumental médico de su bolsa y procedió a extraer la flecha incrustada en la espalda del escriba.

Luego lo desnudaron, y, mientras Sat-Ire iba dejando encima de una mesita las pertenencias del difunto, su hermana realizaba un reconocimiento visual del cuerpo.

—Ya nada puedes hacer por él, pero Neferkay puede estar en apuros en su noche de bodas con ese depravado. Ve con ella y vela para que sea su noche más feliz —la apremió Zayineth.

Tiaret corrió hacia el lugar donde agonizaba la fiesta, pero no halló rastro de los novios. Sin pensarlo, se apresuró a llegar a la habitación donde se consumaría el matrimonio.

Contuvo la respiración al hallar la puerta semiabierta.

Con el corazón galopando en su pecho, se acercó al umbral y miró a través de la rendija.

Neferkay estaba desnuda al pie de la cama, luchando por sostenerse sobre unas piernas temblorosas, viendo cómo Hekhem avanzaba hacia ella con paso vacilante, con una copa de vino en la mano.

El novio apuró la copa de un trago y la estampó contra el suelo antes de agarrar a su esposa por la muñeca.

—Pronto te borraré esa mirada altiva de la cara, perra. ¡No sabes cuánto tiempo he esperado este momento! —murmuró.

Neferkay se recompuso y replicó, mirando de soslayo el falo inerte de su esposo:

—¿Quieres que vaya a buscar al joven al que manoseabas los genitales, a ver si así consigues que se te levante?

—¡Maldita zorra! —bramó Hekhem antes de abofetearla—. Te vas a arrepentir de tus palabras. Esta noche no la vas a olvidar jamás.

Hekhem la agarró con violencia del cuello y la obligó a inclinarse. Neferkay intentó resistirse, pero él estaba acostumbrado a imponer su voluntad por la fuerza y no tardó en someterla. El terror se apoderó de ella, dejándola paralizada.

—¡Suéltame, por favor, me haces daño!

Sus lágrimas no hicieron sino alimentar la excitación de su marido.

—No voy a dejarte ni un agujero intacto esta noche.

Hekhem la prendió por las nalgas y orientó el falo erecto hacia su vagina.

De repente, algo cambió. La vista se le nubló y sintió un mareo que le hizo perder el equilibrio, cayendo sobre la cama.

Por un instante, luchó contra la fuerza que lo obligaba a cerrar los párpados.

Finalmente, se sumió en un profundo sueño.

Tiaret entró en la habitación y corrió a abrazar a su hermana, que no cesaba de llorar.

—¿Por qué ha tardado tanto en hacer efecto? —la reprendió Neferkay, entre sollozos.

—Hay que ser muy prudente a la hora de calcular una dosis para que no sea letal.

Pero estaba preparada para actuar por si algo salía mal —añadió, mostrándole una pequeña daga—.

Vamos, ayúdame a acomodarlo ahí. —Entre ambas, lo recostaron en un diván situado en un rincón de la habitación—.

Este imbécil dormirá como un bebé, al menos hasta mañana por la tarde. Y aún te queda una cosa por hacer.

—¿De qué estás hablando?

—Hekai, ¿estás ahí? —Alguien respondió al otro lado de la puerta—. Ya puedes entrar y cumplir con tu deber con la mujer amada.

Hekai entró en la habitación, visiblemente ruborizado al ver cómo Neferkay cubría su desnudez con una sábana.

—¿Está bien lo que vamos a hacer? —musitó el joven, sin alzar la vista del suelo.

Meriamon le había explicado que, llegado el momento, debería acudir al tálamo nupcial, y le había dado instrucciones claras de lo que se esperaba de él.

—Ese cretino debe creer que ha consumado su matrimonio, y tiene que quedar constancia de ello —dijo Tiaret mirándolos a los dos—. No os tengo que explicar cómo se hace el amor, ¿verdad?

—Hermana, esto no estaba planificado… ¡Qué vergüenza!

Tiaret tomó el pulso de Hekhem y comprobó que era regular.

—Ahora no hay tiempo para explicaciones. No hay peligro de que despierte, pero si no quieres hacerlo, me llevo a Hekai y mañana se lo explicas a tu esposo —añadió, tomándolo del brazo.

—¡Espera! —la detuvo Neferkay, dejando caer la sábana al suelo.

Hekai se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar.

—¿Aún no se te ha ido la resaca? —dijo Tiaret mientras le tocaba la entrepierna—. ¡Vaya, parece que hay vida ahí abajo! Os dejo solos, tortolitos. Recuerda que debes abandonar la habitación antes del alba y que nadie puede verte salir de aquí, Hekai.

La sanadora salió de la habitación sin cerrar del todo la puerta. Espero un tiempo prudencial antes asomarse por el quicio para observar lo que ocurría en el interior.

Comprobada la fogosidad que mostraban los amantes, Tiaret se alejó para reunirse con el resto en el despacho de Hapuseneb, con una sonrisa dibujada en la cara.