Las hijas del visir 38
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La boda

El gran patio del templo de Karnak estaba engalanado para la ocasión.

Los monumentales pilonos estaban decorados con estandartes de lino blanco y guirnaldas de flores de loto y papiro.

Habían limpiado los dos obeliscos para que lucieran resplandecientes bajo los rayos de sol.

Una larga alfombra de lino rojo conducía desde la entrada del templo hasta el lugar donde se hallaba el estrado real en el que Tutmosis III aguardaba como oficiante del enlace.

Sat-Ire advirtió a sus compañeros para que estuvieran alerta a cualquier movimiento sospechoso que se produjera durante la ceremonia.

Cabía la posibilidad de que los miembros de la conspiración aprovecharan un evento tan multitudinario para enviar a algún acólito a atentar contra Neferura, y todavía no habían dado con el paradero de los fugitivos.

Neferkay iba con un tocado de flores azules y un vestido de lino transparente ceñido con oro, caminó lentamente hacia el estrado bajo la atenta mirada de su padre, quien la observaba desde el palco de las autoridades.

Hekhem vestía con una túnica blanca, lucía un pectoral de lapislázuli y la esperaba en el estrado con gesto contrariado.

Parecía que aquella boda nada tuviera que ver con él.

Entre los presentes había un alma totalmente eclipsada por la desazón.

Hekai, vestido con túnica negra y unas sandalias, observaba la ceremonia conteniendo las lágrimas.

No habría acudido al enlace de no ser por Meriamon, quien había insistido en que la novia no podría cumplir con su deber sin que estuviera él presente.

Tiaret y Zayineth también estuvieron muy pendientes del joven sacerdote, mientras que Sat-Ire se mantenía en un discreto segundo plano intercambiando cómplices miradas con Neferura, que compartía palco al lado de la reina Hatshepsut.

El más sonriente de todos era Rejmira, quien por fin había hecho realidad el sueño de casar a una de sus hijas.

Los novios se situaron ante el estrado y un escriba real leyó el contrato matrimonial: bienes aportados por Hekhem, los que conservaba Neferkay y las cláusulas de divorcio.

El faraón unió las manos de los novios con un lazo de lino blanco y azul y otorgó su reconocimiento al enlace, dando por concluida la ceremonia.

El eco de los sistros de los sacerdotes resonó en el patio, cerrando la unión de la pareja ante los dioses y dando inicio al banquete nupcial.

El festín se realizó en un jardín anexo al patio.

Los novios ocupaban los asientos de honor, unas sillas altas, y los parientes cercanos se situaron frente a ellos, sentados en un banco.

El resto de invitados estaban dispuestos en filas laterales, sentados sobre cómodos cojines.

Aun con el ambiente festivo, la frialdad mostrada entre Tutmosis y Hatshepsut, que compartían unos asientos altos bajo un dosel, podía cortarse con un cuchillo.

El almuerzo se inició con el servicio de las viandas en unas pequeñas mesas auxiliares que los sirvientes fueron dejando a cada invitado.

El menú estaba compuesto por pan de trigo, cerveza, vinos de Armant, carne de buey asada, pescado del Nilo y una variedad de postres, entre los que destacaban higos, dátiles y quesos rellenos de miel y frutos secos.

La comilona estuvo amenizada por músicos que tocaban arpas, flautas y tambores, mientras las bailarinas contoneaban las caderas al son de las melodías.

Acabado el banquete, el faraón y la reina se retiraron, y el ambiente se volvió más distendido. Los sirvientes se llevaron las bandejas, empezaron a repartir vino entre los comensales y renovaron los conos de ungüentos perfumados [80] sobre las cabezas.

Un grupo de bailarinas, ataviadas con lino fino transparente, dio inicio a la fase más simbólica y festiva de la ceremonia, con sus movimientos ondulantes, rítmicos y expresivos al son de las arpas, sistros y tambores.

Poco después, se unieron los cánticos a Hathor, con versos sobre el amor, el deseo y la procreación.

El vino y la cerveza, que repartieron por doquier, se encargaron de animar aún más la fiesta.

Sat-Ire y Neferura permanecieron junto a Neferkay, viendo cómo Hekhem coqueteaba con un guapo sacerdote.

Meriamon, por su parte, decidió llevarse a Hekai a su habitación para que durmiera la mona.

Tiaret y Zayineth, cansadas de aquella farsa, prefirieron mantenerse al margen del gentío y salieron a dar una vuelta por el patio del templo para contemplar el atardecer.

Mientras paseaban entre las columnas, Tiaret se fijó en una persona que abandonaba el templo por el otro extremo. Había algo en su porte que le resultó familiar, aunque no lo reconoció hasta que lo vio de perfil.

—¡Es Pacer! —le susurró a Zayineth mientras le hacía un gesto para que echara a correr.

El escriba no se percató de que lo estaban siguiendo hasta que escuchó unos apresurados pasos detrás de él. Se giró y, al reconocer a sus perseguidoras, comenzó a correr.

Pacer salió del templo e intentó despistarlas internándose por los callejones que discurrían siguiendo el curso del Nilo. Sin embargo, las muchachas, mucho menos ebrias que él, fueron recortando distancias hasta alcanzarlo a la entrada de una calle repleta de tenderetes.

Tiaret saltó sobre él y lo tiró al suelo. Tras un leve forcejeo, Pacer logró zafarse de una patada, pero, cuando se iba a incorporar para huir, se encontró con la afilada hoja del puñal de Zayineth en el cuello y tuvo que darse por vencido.

—¡Maldito cabrón, voy a matarte ahora mismo! —masculló la joven.

Tiaret percibió la determinación en los ojos de su amiga y le gritó:

—¡No lo hagas! Es vital que lo llevemos a palacio para interrogarlo.

¡Él sabe dónde se oculta el devorador de almas!

—exclamó la sanadora. Zayineth parecía no haberla escuchado.

Poseída por la ira, presionó el puñal sobre el cuello del escriba, rasgándole la piel—. ¡Por favor, entra en razón, hermana!

—¡Corta, que ya lo he pillado! —murmuró con rabia mientras le retorcía del brazo para inmovilizarlo—. Busca algo con lo que atarlo antes de que me arrepienta y acabe con su mísera vida.

Tiaret asió un trozo de cuerda de uno de los puestos y lo maniató sin contemplaciones. Zayineth guardó el puñal y lo tomó del brazo para obligarlo a levantarse.

Pacer la miró con desprecio y le escupió a la cara.

—¿Creéis que voy a confesar? —se carcajeó—. Ya podéis matarme aquí y os ahorraréis una decepción.

Zayineth se limpió el escupitajo con el dorso de la mano y sonrió.

—No tengo prisa… Matarte después de hacerte pasar por un calvario será mucho más placentero que hacerlo a sangre fría. Además —dijo mirándolo a los ojos—, tengo una deuda pendiente con el devorador de almas, y gracias a ti, la voy a poder saldar.

—Démonos prisa, Zayineth —señaló Tiaret oteando el cielo—. Está oscureciendo y no me gustaría que nos sorprendiera la noche antes de llegar al templo.

Tomaron a Pacer, cada una de un brazo, y pusieron rumbo al complejo de Karnak. De vez en cuando, tenían que ir tirando de él para que acelerase el paso.

—¿No vais a decir nada en todo el camino? ¡Qué aburridas sois! —dijo el escriba con tono burlón.

Tiaret le pegó una patada en la espinilla.

—No serás tan impertinente cuando te estemos interrogando. Te recuerdo que soy médica; conozco sustancias y técnicas con las que te puedo provocar mucho dolor.

Pacer se rio a carcajadas.

—Si son tan efectivas como las que practicabas conmigo para darme placer, no me quedará más remedio que ponerme a temblar.

—¡Corta, majadero! —dijo Zayineth al tiempo que lo pinchaba en las costillas con la punta del puñal.

Continuaron avanzando al pesado paso que imponía el escriba hasta que llegaron a una calle que desembocaba en la avenida de las esfinges.

—Sabes que me gustabas, ¿verdad? —dijo Pacer—. Lo que sentíamos el uno por el otro no es algo que pueda fingirse. ¿No tienes nada que decir, Tiaret?

—Nunca estuve enamorada de ti —replicó ella con frialdad—. Me encandilaste con tu belleza y tu asquerosa labia, nada más. Eso quedó en el pasado, y la única huella que dejaste en mi corazón fue la del odio y la indiferencia.

El escriba sonrió.

—Vaya… Sentimientos muy poderosos para alguien que afirma no haber sentido nada por mí. Sé que no me porté bien contigo, pero me alegra que nos hayamos vuelto a encontrar.

—Si no te callas, creo que voy a vomitar —intervino Zayineth dándole un pescozón.

—Puedes pensar lo que quieras, Tiaret, pero si el destino no hubiera sido tan caprichoso, quizá me hubiera enamorado también de ti —afirmó Pacer con un tono inesperadamente sincero—. No te culpo por odiarme. Fui muy cruel contigo. Lo siento…, de verdad.

En aquel instante, entendió las palabras de Nebamun cuando le advirtió que ambos tenían que saldar deudas con el pasado. Y lamentó haber tomado las malas decisiones que lo habían conducido hasta aquel momento.

—¿Cómo has podido convertirte en un criminal sin escrúpulos? —le preguntó Tiaret.

—¿Eso crees?

Pacer detuvo su paso en seco.

—¿Qué haces? ¡Camina! —le espetó Tiaret.

—Dejemos las cosas claras, señoritas. No sois las únicas que habéis puesto precio a mi cabeza, así que, si queréis que colabore, quiero tener la certeza de que contaré con la protección de la reina Hatshepsut —añadió con serio semblante.

—No estás en posición de exigir nada, traidor —le soltó Zayineth.

—Te lo prometo —respondió Tiaret, para sorpresa de su compañera—. Pero antes necesito un gesto de buena voluntad por tu parte. ¿Qué hacías en la boda de mi hermana?

—Entre otras cosas, quería conocer a la persona que se ha tomado tantas molestias en darnos caza.

—¿Te refieres a Hekhem? —aventuró Tiaret.

—¿A ese bufón? —se mofó—. No.

—Entonces, ¿quién? —atajó Zayineth con impaciencia.

Pacer la miró con altivez.

—A alguien mucho más poderoso.

—Deja de dar rodeos y dinos a quién fuiste a ver a la boda —insistió Tiaret.