37 #2
El devorador de almas se le acercó y musitó:
—Un extracto con todas las transacciones fraudulentas que ejecutó Hekhem en Menfis para desviar fondos de la organización hacia sus arcas.
¡Vamos, no me mires así! Sé que callas más de lo que dices sobre los conspiradores.
Recuerda que ellos han puesto precio a tu cabeza.
Quizá así te llegue antes la inspiración.
No quería contrariar al psicópata, que lo observaba con impaciencia. Pacer tomó los documentos contables y fue elaborando el detallado informe que le había pedido el devorador de almas. Una vez acabado el escrito, dejó el cálamo encima de la mesa y le entregó el documento.
—¡Vamos, déjame ver! —El asesino le quitó el papiro de las manos y lo leyó—. ¡Oh, qué maravilla! Muy buen trabajo, amigo mío.
Pacer lo miró con indiferencia y le preguntó:
—¿Alguna cosa más?
—¡Oh, sí! —dijo con una sibilante voz—. ¿Por qué no me cuentas cosas de tu madre? ¿O quizá debería decir… tu madrastra?
Al escriba le pilló aquella petición a contrapié.
—No sé de qué diablos me estás hablando.
—De esa madre capaz de abandonar a su suerte al hijo bastardo que tuvo su marido, el oficial Paneb —reveló, esbozando una malvada sonrisa.
De pronto, una imagen apareció en la mente de Pacer; era el último recuerdo que tenía de su madrastra cuando apenas era un niño.
Ella bailaba con unos velos de seda entre las manos frente a la imagen de Mut.
Su rostro, oculto tras un tul azul, no lograba esconder sus bellos ojos avellana ni su penetrante mirada.
Así era ella: inaccesible y peligrosa, experta en enmascarar sus sentimientos en lo más profundo de su corazón.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó el escriba, con la mirada perdida.
Por primera vez en muchos años, el devorador de almas sintió algo parecido a la compasión, al observar cómo los ojos de Pacer se teñían de melancolía.
—No deberías dejar escrito sobre papiro los sentimientos y emociones que eres incapaz de contener en tu interior.
Supongo que esa es la forma de poder curar tus heridas del alma —señaló—.
¡No te juzgo por ello, amigo mío! Lo que no logro entender es por qué te empecinas en seguir llevando en el corazón a la madre que te repudió.
Pacer alzó la vista y lo miró directamente a los ojos. Por primera vez, no sintió temor al contemplar aquella mirada vacía.
—¿Por qué no me has matado? ¿Te divierte jugar conmigo?
—Buena pregunta, amigo mío —replicó el devorador de almas—. No te negaré que estuve muy tentado de hacerlo, pero supongo que me compadecí de ti. A fin de cuentas, tú y yo no somos tan diferentes.
—¡Deja de decir tonterías por esa bocaza! ¡Tú y yo no nos parecemos en nada!
—Ambos estamos obsesionados por la misma mujer; una víbora que nos hizo el alma pedazos —atajó, apretando los dientes—.
Sin embargo, a ambos nos mueve un sentimiento antagónico por esa mujer.
¿Con qué finalidad te rebajaste a arrastrarte a los pies de tu madrastra?
¿Acaso pretendías recuperar el amor que nunca te profesó?
—Búrlate cuanto quieras, que tus palabras ya no me van a hacer más daño —advirtió Pacer, encarándose con el asesino—.
Al menos, no la culpo de todos mis males, y mi alma halla consuelo en expresar un amor no correspondido.
En cambio, ¿qué albergas tú en tu pútrida alma?
¿El resentimiento y la culpa? —le soltó—.
Puede que mi madre te engañara para conseguir sus objetivos, pero no es responsable de que jamás te hayas sentido culpable por haber asesinado a las dos únicas personas que te ofrecieron un amor desinteresado.
¡No cargues sobre ella ese peso, Nebamun!
—¡No me llames por ese nombre, maldito!
El devorador de almas lo agarró por el cuello y lo empezó a estrangular. El escriba no se resistió; se limitó a sostenerle la mirada esbozando una sonrisa.
En ese instante, en la mente del asesino irrumpió el rostro de su amada Satsobek. Recordar sus bellas facciones, la suavidad de sus labios y la bondad que transmitía su mirada bloqueó su voluntad.
Nebamun liberó a su presa y se echó las manos a la cara al percibir unas lágrimas cálidas resbalando por las mejillas. Estaba llorando, pero hacía tanto tiempo que no experimentaba aquel sentimiento que había olvidado la sensación de liberación que arrastraban consigo las lágrimas.
Buscó al escriba con los ojos encharcados.
—¿Qué me has hecho, bastardo?
Pacer lo miraba con rabia mientras recuperaba el aliento con el cuerpo reclinado en el suelo.
—Recordarte quién fue el máximo responsable de convertir tu miserable vida en un infierno —le escupió—.
Nadie tiene derecho a quitarle la vida a otra persona, ¡ni aunque la haya traicionado!
Jugaste a ser juez y verdugo, y desde ese momento estás pagando las consecuencias.
Lo que ahora padeces no es más que el fruto de la culpa que enterraste bajo profundas capas de odio y rencor.
—¡Cállate! ¡No quiero escuchar tus desvaríos! —bramó mientras lo buscaba a tientas—. Te mataré si continúas vomitando mentiras por esa boca. ¡Maldición! ¿Por qué no puedo ver?
Por un instante, Pacer estuvo tentado de degollar a aquel demonio con su afilado cálamo, pero eso solo lo convertiría en una versión menor de él.
Se levantó y lo tomó del brazo. El asesino intentó cogerlo, pero el escriba pudo esquivarlo con facilidad. El odio lo había cegado, convirtiéndolo en una errante caricatura.
—Si te calmas, todo volverá a la normalidad, Nebamun —le dijo con un suave tono de voz.
—¡Te he dicho que no me llames por ese nombre! —gritó lanzando un puñetazo al aire.
—Ese nombre es lo único que te mantiene unido a este mundo, y también es tu última esperanza…
No lo rehúyas. —El devorador de almas siguió persiguiendo sombras, azotado por la ira—.
Llora, siéntete culpable y libera tu dolor.
Por muy miserable que te sientas ahora, créeme: es la única forma que tienes de superar el duelo.
Finalmente, Nebamun cayó de rodillas al suelo, sin dejar de sollozar. Su famélico cuerpo temblaba como una hoja sacudida por el viento.
Pacer se acuclilló a su lado y le posó la mano en un hombro. Sintió su trémulo cuerpo, que parecía estar a punto de quebrarse, y se compadeció de aquel pobre diablo que no podía dejar de llorar, tiñendo de ocre el suelo.
Poco a poco, los sollozos fueron cesando hasta que Nebamun se quedó dormido, exhausto de liberar tanto dolor.