Las hijas del visir 37
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Deshaciendo la madeja

Pacer ayudó al devorador de almas a esconder la embarcación entre unos juncos y luego miró a su alrededor para contemplar un paisaje desolador.

El escriba tenía el ánimo por los suelos.

Desde el primer instante en que lo vio, intuyó que su relación con el devorador de almas estaría gobernada por la desconfianza y el miedo; ahora comprendía que sus destinos habían quedado irremediablemente entrelazados hasta la muerte.

A lo lejos, una pared de roca rojiza se alzaba delimitando lo que antaño había sido una necrópolis tebana: un laberinto de tumbas, talleres de embalsamamiento y comercios relacionados con el culto a los difuntos.

El devorador de almas caminaba en silencio.

El sudor le recorría el cuello, pero sus movimientos eran acompasados y constantes.

Al acercarse al muro, buscó la entrada a uno de los antiguos talleres, que le costó identificar debido a su avanzado estado de abandono.

El aire estaba impregnado con un olor a resina seca y sal.

Atravesaron el umbral, con una antorcha en la mano, y progresaron por un corredor hasta que llegaron a una amplia estancia excavada en la roca.

Las paredes estaban repletas de nichos tallados, donde se acumulaban vasijas rotas, telas ennegrecidas y restos de vasijas, algunas de ellas en buen estado.

En un rincón, y cubierto por una manta de lino, estaba el cargamento con el tesoro. Varios arcones repletos de oro, plata y piedras preciosas. También había otros que contenían una documentación que valía tanto como la fortuna que se ocultaba en el interior de aquel taller abandonado.

El devorador de almas encendió varias lámparas de aceite, que repartió por la estancia, y se detuvo frente al muro norte. Pacer, cuyo dolor de cabeza no le dejaba pensar, decidió sentarse en una vieja silla, que cedió por el peso hasta hacerse añicos.

—¡Mierda! —expelió mientras se ponía en pie y se sacudía el polvo de la túnica—. ¿Para qué coño hemos venido aquí? No hay más que ruinas y polvo.

—¿Sabes que este lugar era usado por los antiguos para preparar las almas de los nobles antes de su viaje a la Duat?

—comentó mientras observaba las borrosas pinturas que había en la pared—.

No hay rincón más adecuado para ocultar la podredumbre que encarnan el oro y las riquezas.

Por ellos, la gente vive y mata, ajena a que lo único que importa acumular en este mundo son recuerdos que iluminen el alma.

Aquella arenga casi se le indigesta a Pacer, con el mal cuerpo que tenía en esos momentos.

—¿Podemos dejar esta conversación para mañana? Me muero de cansancio.

—Antes morirás ahogado en alcohol y drogas —replicó el devorador de almas—, pero haz lo que quieras. Voy a buscar algo que llevarnos a la boca. Duerme mientras puedas.

El escriba se tumbó sobre una manta y se quedó dormido antes de que su compañero abandonara el taller.

Pacer despertó horas después con la boca seca y pastosa, y un terrible dolor de estómago.

—Bebe algo de agua fresca y aséate un poco antes de comer. Llevas más de un día durmiendo —le reveló una ronca voz—. Empezaba a temer que no ibas a despertar.

El devorador de almas estaba sentado en una silla baja, y en el hogar humeaba una olla que desprendía olor a guiso de pescado.

—¿De dónde has sacado la comida y el agua? —preguntó como si estuviera contemplando una visión.

—¿Tú qué crees? Hay un asentamiento de comerciantes a un iteru [79] de aquí. A diferencia de ti, no he estado ocioso y he traído provisiones para varios días —le explicó.

El escriba se lavó las manos y la cara, y bebió una jarra entera de agua. Acto seguido, se sirvió un plato de estofado, se sentó sobre la manta y lo devoró con avidez.

—¿No has traído vino? —preguntó con la boca llena. El devorador de almas lo reprendió con la mirada—. ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Decapitar a la serpiente.

—¿Perdón? Dijiste que tenías un plan, pero no haces más que hablar con acertijos. No entiendo nada de lo que me dices.

—No tienes nada que entender, amigo mío.

Déjame a mí los detalles del plan y tu preocúpate de interpretar bien el papel que tengo preparado para ti —anunció con una sonrisa—.

He sabido que en unos días se celebrará una boda de postín, que oficiará el mismísimo faraón, y que el ilustre novio es nuestro amigo Hekhem. ¿Te gustan las bodas?

—Ve al grano, por favor.

—Hekhem debe de ser uno de los peces gordos de la organización; de lo contrario, el jefe Khnumose no habría evitado concertarme una cita con él.

Ve preparando tus ropas de gala, porque asistirás al enlace para felicitar personalmente al novio.

Estoy convencido de que el alcohol y tus dotes de persuasión acabarán por soltarle la lengua a ese cretino.

Es vital que Hekhem le transmita un mensaje a su líder, y solo puedo confiarte a ti esa misión.

Pacer negó con la cabeza.

—Es muy arriesgado dejarme ver en público. Es una boda de Estado, y Tebas estará sumida en el caos, plagada de guardias reales y de medjay buscándonos —argumentó—. ¡No, no lo haré! Estaré muerto en cuanto ponga un pie en la capital.

—Creo que no eres consciente de lo delicado de nuestra situación —replicó el devorador de almas, inclinándose hacia él—. Si no asistes a esa boda, no verás un nuevo amanecer. ¿Te ha quedado claro?

Al escriba no le quedó más remedio que asentir, enterrando la mirada en el suelo.

—¿Qué pasará si no consigo que ese desgraciado colabore?

—La respuesta la tenemos ahí —repuso el asesino mientras le echaba una mirada de soslayo a unos rollos de papiro que asomaban del interior de un zurrón.

—¿Qué haces con estos documentos? ¿De dónde los has sacado?

—¡No los toques, inútil! —le espetó—. De no haber sido por mí, ahora mismo esos documentos estarían en manos del jefe Khnumose. ¿A quién se le ocurre dejar una documentación tan importante al alcance de cualquiera?

—¿Los has leído? —preguntó con un hilo de voz.

—¡Oh, sí, querido amigo! Hace tiempo que di con ellos, y no me dejó indiferente la información que contenían —le reveló—.

Debo reconocer que tu forma de registrar tus corruptelas es exhaustiva y metódica.

¡Chico, eres un profesional! Lo que me molesta es que me lo hayas ocultado —añadió mientras se le ensombrecía el semblante—.

Gracias a tu contabilidad secreta, he descubierto movimientos de grandes cantidades de oro y plata recaudadas en Tebas y Abidos, entre otras ciudades, que tus corruptos esbirros desviaron de forma fraudulenta para ti.

Así supe que no solo sobornabas a los escribas de Tebas y Menfis: también extorsionabas a comerciantes, comprabas magistrados, sonsacabas confesiones juradas mediante torturas…

, incluso tenías prostitutas en nómina que recababan información para ti.

De esta manera, conseguiste recaudar una inmensa fortuna.

¡Qué calladito te lo tenías, bribón! Lo que no debiste dejar por escrito fue el lugar donde escondías semejante tesoro.

Está muy cerca de aquí, ¿no lo sabías? —le reveló, dejándolo pálido—.

¡No pongas esa cara, amigo mío! Gracias a tu gran desempeño, ahora tenemos el poder necesario para hacer salir de su agujero a la rata que me traicionó. ¿No estás contento?

Pacer creyó que le iba a explotar la cabeza.

—¿Qué has hecho con mi patrimonio? —musitó. El asesino sonrió—. ¡Te he hecho una pregunta!

—Lo he puesto lejos de tu alcance, majadero. ¿Qué pretendías hacer con esa inmensa fortuna?

—Nada que a ti te incumba.

El devorador de almas tenía al escriba donde quería, pero debía rebajar la tensión con él para que ejecutara con diligencia la misión que le había encomendado.

—Haz bien tu trabajo y lo recuperarás todo —dijo con tono conciliador—.

Sabes que soy inmune a la codicia y no tengo intención de arrebatarte lo que ganaste con tanto esfuerzo.

Solo debes hacer un último trabajo y serás libre para hacer lo que quieras con tu vida.

Además, te cubriré las espaldas y te allanaré el camino para que puedas tener una cita segura con Hekhem, amigo mío.

Pacer lamentó no haber visto venir la tormenta de arena que estaba a punto de caer sobre su cabeza, pero así era su naturaleza. Sus miedos y su complejo de inferioridad lo habían condenado a vivir siempre oprimido; primero por su madrastra y ahora por un asesino sin escrúpulos.

—Dime, ¿qué debo hacer? —cedió, apretando los puños.

—Toma un trozo de papiro y escribe lo que voy a dictarte.

Pacer obedeció sin rechistar. Abrió el cofre y rasgó una pequeña porción de un royo de papiro.

Luego cogió su paleta personal, tallada en ébano oscuro, y la llevó a la mesa de embalsamar.

La paleta tenía dos cavidades circulares, donde guardaba la tinta negra y la roja.

En los bordes, había unas pequeñas incrustaciones en marfil formando el jeroglífico de su nombre y el título: «El que pesa las palabras y los tributos del Nilo» .

Aquel había sido el primer y único regalo que había recibido de su madre adoptiva, su tesoro más preciado.

A un lado, dentro de una caja de madera, conservaba pequeños pastelitos secos de tinta. Cogió uno de tinta negra, elaborado con carbón de acacia y goma arábiga, y lo dejó en su correspondiente pozuelo.

—Escribe el texto con tinta roja —le ordenó el asesino.

El escriba tomó un pastelito de ocre rojo, una mezcla de hematita pulverizada y goma arábiga, y lo depositó en el otro pozuelo.

Le echó unas gotitas de agua de la crecida del Nilo, que guardaba en un pequeño frasco, para humedecer la tinta.

Después sacó los dos cálamos de junco que siempre llevaba consigo, atados con un cordel de lino e impregnados con aceite de cedro para que se mantuvieran flexibles.

Desató el nudo e inhaló el dulce perfume, para limpiar el pensamiento, y cogió el cálamo que estaba signado con una marca roja en el extremo.

—¿Qué quieres que escriba?