Las hijas del visir 36
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Romper el trato

Khnumose entró en una taberna del barrio portuario acompañado por dos medjay .

Los parroquianos eran tipos duros; marineros curtidos por el sol y la sal, mercaderes que sobornaban a funcionarios para que fueran negligentes controlando sus mercancías y algún que otro cobrador de deudas que disimulaba las cicatrices en las mejillas con jirones de cabellos.

El jefe de policía eligió la mesa más retirada, que estaba pegada a la pared, y sus hombres se quedaron apostados junto a la puerta del tugurio. Pidió una jarra de vino tinto aguado y dos vasos, y esperó.

Era pasada la medianoche cuando el devorador de almas entró sin prisas. Iba tapado de pies a cabeza con una capa larga negra y sonrió, para sus adentros, al toparse con los fornidos policías que le cerraron el paso con sus sudorosos cuerpos.

—¡Apartaos, si queréis vivir! —murmuró.

Los medjay miraron a su jefe y este les hizo un gesto para que lo dejasen pasar.

—Llegas tarde —dijo Khnumose cuando el devorador de almas se sentó frente a él.

—El responsable eres tú, jefe; entre tus sabuesos y los espías de la guardia real, tenéis la ciudad patas arriba —respondió mientras escanciaba el vino en sendos vasos—. No era necesario venir acompañado por dos babuinos que no asustan ni a su propia sombra; podría tomármelo a mal.

—Todo sería más fácil si no fuerais tan obstinados y os prestaseis a colaborar —replicó el policía.

El devorador de almas dejó pasar el comentario altivo de su acompañante y centró la atención en el verdadero motivo de aquel encuentro con el jefe de los medjay .

—Espero que no hayas venido con las manos vacías, amigo. Las cosas se están poniendo feas en Tebas y eso me pone de muy mal humor.

—No me gustó nada tu irrupción en el burdel ni tus amenazas. Eso no se hace entre amigos —señaló.

—¡Ve al grano! ¿Has conseguido lo que te pedí?

Khnumose dio un sorbo de vino y respondió:

—No, pero te traigo algo mucho mejor. Un trato muy ventajoso para ti.

—Habla.

—Las cosas se han complicado mucho desde que echasteis a perder la misión en Coptos, y más aún cuando decidisteis quedaros con la recaudación —reprochó el policía, midiendo cada palabra—.

La única manera que tengo de entregarte al líder es ofreciéndole aquello que más desea. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

El asesino se incorporó, apoyando las manos sobre la mesa.

—¿Cómo tienes los cojones de pedirme algo así? —murmuró, echándole su fétido aliento.

—Esta vez no te fallaré, amigo mío —se apresuró a decir Khnumose.

—¿Me llamas amigo? —dijo mientras se echaba la capucha hacia atrás, dejando su rostro al descubierto—. ¿A un amigo le pides que entregue lo único que lo mantiene con vida y que confíe en ti?

—Hombre, dicho así…

—¿Por qué? —preguntó el devorador de almas.

—¿Qué? —musitó el policía.

—¿Por qué, de pronto, has encontrado la fórmula para entregarme a tu líder? Así, tan fácil.

Un escalofrío recorrió la nuca de Khnumose.

—¿No era lo que tú querías?

—¿Me tomas por imbécil? —masculló el asesino—.

Sé que tus sabuesos han descubierto el lugar donde nos ocultamos y que intentas traicionarme en connivencia con tu maldito amo.

Dile a tu líder que no acepto el trato y que busque un profundo agujero donde esconderse, porque, tarde o temprano, descubriré quién se oculta tras esa máscara.

Los escoltas de Khnumose acudieron en su auxilio al observar que el devorador de almas empuñaba una daga, pero el asesino se abalanzó sobre ellos y, con dos rápidos movimientos de muñeca, les cortó el cuello.

—¡¿Te has vuelto loco?! —gritó Khnumose, con el rostro desencajado.

Los parroquianos abandonaron despavoridos la taberna provocando el caos.

—Aún no conoces la locura, Khnumose, pero te la mostraré si no sigues mis instrucciones al pie de la letra.

¿Lo has entendido? —El jefe asintió, temblando de miedo—.

Quiero que le entregues este mensaje a ese miserable al que llamas líder: No caeré dos veces en tu trampa, pero ten por seguro que daré contigo, y entonces…

ajustaremos cuentas. ¿Serás capaz hacerlo, amigo?

—¡No sabes con quién te enfrentas! Pagarás muy caro tu…

El delirio se apoderó del devorador de almas. Agarró con fuerza el antebrazo de Khnumose y, con un golpe seco, le seccionó la mano izquierda a la altura de la muñeca. El alarido que brotó de su garganta alertó a los medjay que había situado en las inmediaciones del tugurio.

—Si vuelves a intentar engañarme, te descuartizaré y después iré a por tu familia. Hasta aquí ha llegado nuestra amistad, jefe —sentenció el asesino antes de escapar por la ventana.

Cuando los medjay irrumpieron en la sala, no había ni rastro del devorador de almas, y acudieron a socorrer a su jefe, que sangraba profusamente por el muñón. Khnumose intentaba contener la hemorragia taponando la herida con un jirón de su túnica.

—¡Matad a ese hijo de perra! ¡Quiero que lo matéis! —aulló. Sus hombres se apresuraron a obedecer, pero Khnumose los detuvo con un grito—. ¿Qué hacéis, bastardos? ¿Vais a dejarme aquí desangrándome? ¡Llevadme a un médico!

Entre cuatro medjay , lo tomaron en volandas y lo llevaron rápidamente a la Per Ankh, entre los lamentos e improperios que profería su jefe.

El devorador de almas se aproximó con cautela a las inmediaciones de la casa que compartía con Pacer.

Sabía que Khnumose era un hombre meticuloso, y no descartaba que hubiese dejado a alguno de sus hombres vigilando el lugar.

No vio nada extraño cerca del portal, pero un sexto sentido le hizo ser más precavido que de costumbre.

Decidió acceder a la terraza de la casa atravesando tejados, y así fue como descubrió una luz danzando tras el visillo de la ventana.

Se acercó con sigilo y se apostó contra la pared para observar el interior.

Vio a dos musculosos hombres registrando la estancia.

Controló el arrebato de furia que le invadió al comprobar que estaban violando su hogar y se deslizó silenciosamente por una de las ventanas.

Por fortuna, Pacer debía de estar dando rienda suelta a sus bajos instintos en algún burdel inmundo; de lo contrario, se habrían complicado aún más las cosas de haber sido arrestado por los hombres de Khnumose.

Sin mostrar la menor emoción, el devorador de almas degolló a los dos policías antes de que fueran conscientes de su presencia.

Luego recogió el poco ropaje que tenían y los documentos del escriba y abandonó la casa del mismo modo que había entrado.

Solo le quedaba una cosa por hacer: encontrar a Pacer antes de que lo hicieran los medjay .

La suerte quiso que diera con él en el primer burdel que visitó.

Sin embargo, al ver a un par de policías entrando por la puerta principal, no le quedó más remedio que trepar por una enredadera hacia el piso superior.

Avanzó por el corredor en penumbra hasta que dio con el habitáculo en que se encontraba el escriba.

Pacer yacía en sobre una estera perfumada con aceites esenciales, dormitando junto a dos jovencitas nubias. El devorador de almas se acercó a una de ellas y le susurró al oído:

—Despierta, furcia.

La meretriz abrió un ojo, pero no llegó a gritar.

El embalsamador le tapó la boca y le puso un cuchillo en el cuello.

Acto seguido, le metió una bola de gasa en la boca y la ató de pies y manos con un cordel, antes de hacer lo mismo con su compañera, que contemplaba la escena aterrada.

Luego las tumbó en el suelo y las tapó con una manta.

No tenía tiempo que perder, pues ya se escuchaban pasos subiendo por las escaleras.

Se apostó un lado de la puerta y aguardó.

Cuando los dos policías entraron, vieron a Pacer durmiendo plácidamente y se le acercaron sonrientes.

No llegaron ni a dar tres pasos antes de que el devorador de almas los degollara, cayendo pesadamente sus cuerpos al suelo.

El ruido despertó al escriba. Desorientado, apenas distinguía unas sombras a sus pies, pero cuando percibió un líquido caliente mojándole los talones, se espabiló de golpe.

—Muévete. ¡Rápido! —le instó el asesino.

Pacer se limpió los pies de la sangre y se vistió con torpeza.

—¿Y las putas? ¿No las habrás matado también?

—No tengo tiempo para el placer —se limitó a decir el asesino, echando una mirada furtiva hacia el bulto cubierto en un rincón.

El escriba retiró la manta y comprobó que las prostitutas seguían con vida, aunque estaban aterradas. Les hizo un gesto para que aguardaran silencio y se apresuró a salir de la habitación.

—¿Qué ha pasado?

—No preguntes y sigue caminando. Tenemos que abandonar Tebas de inmediato.

Ambos salieron del burdel sin levantar las sospechas del vigilante, que dormitaba balanceándose sobre un taburete, y se dirigieron hacia la ribera del río. El viento del este soplaba desde el desierto levantando una nube de polvo que cubría los callejones con una neblina seca y dorada.

Llegaron al extremo sur de la ciudad, donde las chozas de barro daban paso a los cañaverales del Nilo. El devorador de almas delante, con la capa negra agitándose como las alas de un cuervo, y Pacer lo seguía con el aliento pegado a los pies.

—¡Más rápido, maldito seas! —le gruñó el asesino, sin aflojar el paso.

—¡Nos siguen, lo sé! Escuché los cascos de los caballos en el barrio del puerto, pero creo que los hemos despistado —replicó el escriba.

—¡Calla y corre! No estaremos a salvo hasta que estemos en el bote, surcando las aguas del Nilo.

Tras bordear un muro derruido, llegaron a la ribera del río, donde había un embarcadero casi oculto entre las cañas. Retiraron una lona de lino que ocultaba una barca baja de pesca y la arrastraron al agua. La habían dejado allí como una vía de escape en caso de contingencia.

El lodo del margen cedió bajo sus pies, y ambos saltaron a bordo justo cuando se alzó un grito tras ellos:

—¡Alto ahí! ¡Por Amón, detenedlos!

Una lluvia de flechas silbó sobre sus cabezas. Una de ellas rozó el brazo izquierdo de Pacer, provocándole una herida superficial.

—¡Deja de gimotear y coge un remo, bastardo, o no llegarás a ver la luz de un nuevo día!

Durante unos minutos, el único sonido que escuchó Pacer fue el chapoteo del agua golpeando el casco de la pequeña nave. Las luces de Tebas se iban apagando tras ellos, convertidas en una constelación difusa sobre la orilla.

—¿A dónde vamos ahora?

—A por nuestro tesoro.

El escriba no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Nuestro tesoro? Creía que solo le pertenecía a los dioses. Es un alivio que por fin hayas entrado en razón y podamos dar un buen uso a esa fortuna —dijo, esbozando una sonrisa.

El devorador de almas lo atravesó con la mirada.

—No tocarás ni una pizca del oro de su interior, o te cortaré las manos. Con un poco de suerte, ese tesoro nos mantendrá con vida a ambos el tiempo suficiente para saldar las deudas del pasado.

—¿De qué deudas estás hablando? —cuestionó Pacer, contrariado.

—Todos tenemos deudas que saldar, amigo. Yo tengo claro cuál es la mía, y tú… algún día la hallarás —replicó con misterio.

Pacer estaba muy confundido. En un abrir y cerrar de ojos, había pasado de tener una vida acomodada, bajo el protectorado de los líderes de la conspiración, a ser un fugitivo buscado por ambos bandos.

—¿Me puedes contar qué es lo que ha pasado?

—¿No es obvio? —gruñó el devorador de almas—. Esos malditos han puesto precio a nuestras cabezas. Debí haberle cortado la mano a ese mamarracho de Khnumose mucho antes.

—¿Te has vuelto loco?

—¿¡Por qué no dejáis de preguntármelo!? —bramó—. ¡Sí, estoy loco! Y el último que me lo preguntó lo pagó con su mano. ¿Acaso quieres cambiar de profesión?

Pacer palideció al ver aquellos encendidos ojos clavados en los suyos.

—¿Y qué vamos a hacer? No podemos vivir escondidos toda la vida.

El embalsamador arqueó las cejas y sonrió.

—No te preocupes, tengo un plan.

—¿Ya tienes un plan? ¿¡Acabamos de escapar de los medjay por los pelos y ya tienes un plan!?

La barca continuó su curso por el Nilo hasta que atracó en un margen cercano a la orilla oeste. Desde allí podrían dirigirse a pie hacia Dra Abu el-Naga [78] .

En uno de los muchos talleres que usaban los embalsamadores para preparar a los difuntos para su tránsito por la Duat, el devorador de almas había ocultado el tesoro, que se había convertido en el botín más codiciado de todo Egipto.

Aquel se convertiría en el escondite ideal de los dos proscritos.