Las hijas del visir 35
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La celada

Los miembros de la organización se colocaron a ambos lados de la sala, ordenados según un estricto orden jerárquico, formando un pasillo por el que su líder avanzó hacia su trono dorado.

Anubis tomó asiento y recorrió con la mirada a los convocados.

Luego, les hizo un gesto para que se sentaran sobre unos cojines de lino acolchado dispuestos frente él.

En la cámara se habían reunido seis personas, todas ellas figuras de gran influencia en Tebas. Entre los presentes se encontraban Khnumose, jefe de los medjay , y Hekhem, supervisor del clero y los registros militares del templo de Montu en Armant.

—Os agradezco que hayáis acudido a estas intempestivas horas de la noche, pero el motivo por el que os he reunido hoy aquí es de extrema gravedad.

Su voz, distorsionada por un tubo de caña que llevaba tras la máscara, era metálica, profunda e irreal.

A su gesto, emergió de la penumbra un ser vestido con una túnica de lino teñida de ocre oscuro.

Ocultaba el rostro tras una máscara con forma de halcón y portaba en la mano un rollo de papiro, que entregó al líder.

Era su lugarteniente, la persona que había permanecido a su lado desde que se iniciara la conspiración con la muerte de Tutmosis II.

—Este es el último informe que nos ha remitido el jefe Khnumose —dijo con voz grave.

Anubis desenrolló el documento y lo leyó en voz alta:

—Hapuseneb está llevando a cabo discretas batidas por la ciudad con un considerable número de soldados de la guardia real.

Su objetivo es hallar el paradero del devorador de almas y de Pacer.

Los emisarios centran sus pesquisas en burdeles, tabernas y mercados, tanto en las zonas nobles como en los suburbios de Tebas; sin embargo, por el momento no están dando resultados.

Tras la lectura, volvió a enrollar el papiro y se lo devolvió a su lugarteniente.

—Mi señor, como se indica en el informe, los medjay no tardarán en dar con los fugitivos, y en cuanto lo hagan, los silenciaremos para siempre —atajó Khnumose, con gesto altivo.

El lugarteniente se abalanzó sobre el jefe de policía y lo amenazó, apoyando el filo de una daga en la carótida.

—¿¡Cómo te atreves a interrumpir a tu líder!

? —escupió—. Por tu negligencia nos encontramos en esta delicada situación, y nos has obligado a dar un paso que todavía no queríamos dar.

¿Aún no has averiguado dónde ocultan el tesoro perdido y te atreves a proponer que eliminemos a los únicos que conocen su paradero?

Hapuseneb sospecha de ti, ¡imbécil! Quizá deberíamos quitarte de en medio a ti.

Khnumose palideció mientras meditaba la réplica.

—Perdonen mi indiscreción —dijo, sintiendo cómo resbalaban los goterones de sudor por la frente—, pero el devorador de almas moriría antes de confesar dónde ocultan el tesoro, y Pacer no soltará prenda mientras esté bajo su protección.

El lugarteniente miró a su líder y esperó sus órdenes.

—¿Y qué es lo que cavila esa prestigiosa mente, jefe? —bramó al tiempo que se levantaba del trono y lo señalaba con un dedo acusador—. ¿Tal vez servir mi cabeza en bandeja de plata a ese asesino?

—Jamás osaría concebir tal atrocidad, mi señor —respondió el policía, arrodillándose con sumisión.

—No te las des de honesto, Khnumose —señaló mientras avanzaba hacia él con paso firme—. ¿Creíste que tus subrepticios movimientos, reuniéndote con el devorador de almas, pasarían inadvertidos para mí? ¿Qué andabas urdiendo a mis espaldas? ¡Confiesa!

—Lo siento, mi señor —murmuró el jefe, clavando la mirada en el suelo—. Me amenazó con matarme, junto a toda mi familia, si no lo ayudaba a descubrir quién era la persona responsable de su desdicha. ¡Perdóneme la vida! Jamás he tenido la más mínima intención de traicionaros.

Anubis lo miró con desprecio, pero lo tenía justo en el lugar que quería.

—La pregunta es esta —dijo con frialdad—: ¿seguirás siéndome leal, pese a que ese maldito demonio te tiene en sus manos?

—¡Lo juro, mi señor! —exclamó—. ¡Pídame lo que quiera y lo haré con la máxima discreción!

—Debes descubrir dónde ocultan el tesoro recaudado en Coptos. No me importa si tienes que prometerle que lo llevarás ante mí o recurrir a cualquier otra absurda idea. ¡Convéncelo de que tendrá lo que desea… siempre que nos conduzca hasta el tesoro! ¿Has entendido mi orden?

Khnumose se atrevió a alzar la mirada.

—Pero ¿cómo voy a hacerlo si no sabemos dónde se esconden esas escorias? —repuso con voz temblorosa.

—Sé que te reunirás con él en breve —respondió el líder—. ¿No quedasteis en eso la última vez que os visteis?

El jefe comprendió que estaba sentenciado.

La organización lo había utilizado desde el principio como una marioneta a la que exponer ante el devorador de almas, un parapeto perfecto tras el que operar sin riesgo.

Se encontraba atrapado entre la espada y la pared.

Aun así, si debía morir, moriría matando.

—Sí, mi señor. Conseguiré lo que me pide, aunque tenga que remover Tebas hasta los cimientos —dijo apretando los puños con rabia.

—Ah, y una cosa más. Los servicios de Pacer ya no nos serán de utilidad. Asegúrate de que muera y destruye cualquier prueba que pueda vincularlo con la organización. ¡Vete…! ¡Y no vuelvas a fracasar!

—¿Quiere que mate a su propio hijo? —preguntó Khnumose, horrorizado.

El lugarteniente alzó los brazos y proclamó ante los presentes:

—A partir de este momento, nadie estará por encima de la causa de la organización. Cualquiera que se desvíe del camino será ajusticiado sin piedad. ¡Que esto os sirva a todos como advertencia! —Acto seguido, miró a Khnumose y, arrastrando las palabras, sentenció—: ¡Lárgate ahora mismo de mi vista!

El jefe de policía se levantó y abandonó a toda prisa la cámara. Una sonrisa se esbozó tras la máscara del líder cuando vio un charco de orín en el lugar en el que se había humillado Khnumose.

—Queridos amigos —anunció Anubis—, hoy se inicia una nueva era.

Fallamos cuando destituimos a Tutmosis II para poner en su lugar al inepto de su hijo, un hombre débil e incapaz de salir de la sombra de Hatshepsut.

El faraón no cumple la función que le encomendaron los dioses y también debe morir. ¿Estáis de acuerdo conmigo?

—¡Sí, mi señor! —proclamaron a viva voz.

—Egipto será más próspero y grande si es gobernado por una mano fuerte y una mente determinante. Es la voluntad de los dioses, y nosotros, sus brazos ejecutores. Esta vez no podemos fallar —sentenció mientras se dirigía al trono—. Hekhem, acércate.

El supervisor del templo de Montu se apresuró a cumplir la orden.

—Estoy a vuestra entera disposición, mi señor —dijo, inclinándose con una reverencia.

—Tengo entendido que vas a casarte próximamente con la hija mayor de Rejmira, ¿no es así?

—En dos días, mi señor —respondió sin alzar la mirada.

—Lo has hecho bien —lo felicitó mientras tomaba asiento—. Ya sabes cuál es tu cometido. No quiero que te distraigas con nada que pueda poner en riesgo nuestra causa.

—Jamás osaría desviarme del camino, mi señor

Hekhem no pudo reprimir dibujar una perversa sonrisa, que no pasó inadvertida para el líder.

—¡Mírame a la cara, maldito! —atajó. El hombre palideció de pavor—. Solo tolero tus depravados gustos porque hasta el momento te has mostrado un aliado leal y recto. No cometas un error cuando estamos tan cerca del final, o no me temblará el pulso para poner a otro en tu lugar.

—No me desviaré, mi señor —insistió, con la voz quebrada.

Anubis lo obligó a mirarlo, alzándole el mentón con dos dedos.

—Sé un esposo bueno y devoto, para que tu suegro pueda entretenerse con unos hermosos nietos.

La ambición de Rejmira, por grande que parezca, jamás superará al amor que siente por sus hijas, y es vital que nos apoye cuando pongamos en el trono al nuevo faraón.

Él es el verdadero chaty de Tutmosis, así que…

¡cuidado! —aseveró—. Espero que te haya quedado clara esta advertencia, Hekhem.

—Por supuesto —dijo sin apartar la vista de los ojos de la máscara.

—Señores, doy por concluida esta reunión —anunció el líder—. En cuanto recuperemos el tesoro, nos volveremos a encontrar para ejecutar la segunda fase del plan. Un nuevo faraón debe estar respaldado por un poderoso ejército, y eso no será barato. Hasta entonces, que Ra ilumine nuestros destinos.

Los miembros abandonaron la estancia dejando a solas a Anubis con su lugarteniente. Solo cuando el eco de los pasos se extinguió por completo, apareció una tercera persona en la cámara.

Era el juez Meriamon.

—¡Bienvenido a casa, hijo mío! —saludó el líder mientras se quitaba la máscara—. ¿Has conseguido infiltrarte en el círculo próximo de Neferura?

—¿Lo dudabas, madre? —respondió mientras la abrazaba.

—¡Bien hecho! —exclamó sonriente—. Por fin has conocido a todos los miembros de nuestra congregación. Cada día estamos más cerca de provocar el cambio que necesita este gran país, y tú formarás parte del nuevo régimen —añadió con orgullo.

—¿Confías en esos dos? —preguntó el juez.

—¿En Khnumose y Hekhem? —replicó con una carcajada—. Confío en todo aquel cuya vida depende de mí. No te preocupes por eso.

—¿Estás segura de fiarte del jefe medjay ? —insistió el juez—. Sabes que teme al devorador de almas más que a ti. ¡Te traicionará, madre!

—No hay éxito sin riesgo —apuntó—. Sé que ese desgraciado hará lo imposible por salvar la vida, pero lo estaremos observando y nos conducirá hasta los fugitivos. ¡Confía en mí!

—¿Crees que morderá el anzuelo? —replicó Meriamon.

La líder sonrió.

—Hijo mío, ¡cuánto te queda por aprender!

¿Conoces los juegos de sugestión? A ese infeliz le he dado una salida y un objetivo: salvar su miserable vida.

¿De verdad crees que pensará en algo más?

—añadió mientras le acariciaba la mejilla—.

Nuestro poder reside en el anonimato y el miedo.

Ningún miembro de la cúpula conoce nuestra verdadera identidad, y, por ende, obedecerán sin titubear, porque ignoran qué ojos pueden estar vigilando cada uno de sus movimientos.

Eso es lo que los aterra, ¿verdad, amor? —añadió, mirando a su lugarteniente.

Meriamon observó con recelo al sujeto enmascarado.

—¿Cuándo podré ver tu cara? —preguntó, con tono desafiante.

—¿¡No has escuchado a la líder!?

El juez sostuvo la mirada, pero no replicó.

—Lo sabrás todo a su debido tiempo, hijo mío —continuó ella—. Si las cosas se tuercen, es mejor que solo caiga uno de nosotros dos. El futuro de Egipto está por encima de cualquiera y debemos velar por él —concluyó—. ¿Nos vemos en casa? Aún tenemos mucho de lo que hablar.

El líder y el misterioso lugarteniente abandonaron la cámara por una compuerta secreta. Meriamon aguardó un tiempo prudencial, y luego salió por un pasadizo que solo él y su madre conocían.

La partida de senet había comenzado.