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La búsqueda
Neferkay tuvo que apoyarse en la pared para no caerse en cuanto su padre y su prometido abandonaron el patio del templo.
Hapuseneb se acercó para socorrerla, pero Hekai ya la tenía entre sus brazos.
La sacerdotisa abrió los ojos y le sonrió, sin ser consciente de que estaba siendo observada por todos los que estaban a su alrededor.
—¿Por qué has actuado tan imprudente? —preguntó Hekai con rabia contenida.
—Ante los poderosos, debemos mostrarnos fuertes y actuar con frialdad. Jamás debes hacerles frente abiertamente —dijo Neferkay mientras le acariciaba el rostro—. Ya sabes a quién le pertenece mi corazón. Con eso debe bastarte, por ahora.
—¿Y vosotras no tenéis nada qué decir? —les preguntó Hekai a sus hermanas—. Sabéis qué clase de persona es ese hombre, ¿verdad? Y aun así, ¿permitiréis que Neferkay pase por el suplicio de convertirse en su esposa?
Meriamon apoyó la mano en el hombro del sacerdote de Apis.
—No las culpes a ellas, amigo mío —señaló—. No se trata de una boda cualquiera, es una cuestión de Estado en la que existen unos poderosos intereses detrás.
—Pero…
—Hekai, ella sabe lo que hace, y estar casada no va a borrar los sentimientos que tiene por ti —lo interrumpió el juez—.
Conozco a Hekhem y sé que se cansará rápido de Neferkay, pues solo la utiliza para escalar a nivel social.
Mantén un perfil bajo y espera tu momento para ser feliz a su lado.
No dejes que el orgullo elimine el amor tan puro que sientes por ella.
El sacerdote no pudo contener las lágrimas. El orgullo nunca lo había gobernado, pero sabía que Hekhem la haría pasar por un suplicio en la noche de bodas, y no creía que tuviera el valor necesario para soportarlo.
Neferkay le secó las lágrimas con el dorso de la mano. Acto seguido, lo atrajo hacia ella y lo besó. Zayineth, que desde que había entrado en el templo de Amón tenía la sensibilidad a flor de piel, se acercó y los abrazó emocionada. Y las acompañaron las demás.
Hapuseneb miró a Meriamon y le dijo:
—Tanta sensiblería me ha abierto el apetito. ¿Me acompañas a almorzar?
El juez lo miró con ojos pícaros.
—Con mucho gusto, mi señor. Sin embargo, antes necesitamos desempalagarnos, ¿no le parece? —replicó Meriamon—. Sé que en las bodegas de Karnak se guarda una de las mejores colecciones de vinos de todo Tebas. ¿Me concedería el placer de deleitarme con uno de esos caldos?
—¡No se hable más! —anunció Hapuseneb mientras le pasaba el brazo por los hombros—. Escogeré uno de los más extraordinarios que poseo: un vino dulce del dominio de Amón en Ipet-Sut [73] , año 12 de reinado de Hatshepsut, del viñedo de Armant [74] .
Ambos hombres pusieron rumbo a la bodega, dejando atrás aquella melindrosa y tierna escena de amor.
A mediodía, Neferura se reunió con su madre en su cámara personal del palacio real. La acompañaban el arquitecto Senenmut, el supervisor del tesoro, Djehuty, y Hapuseneb.
La reina miró a su hija con el rostro radiante de felicidad.
—Mi querida niña, ¡no sabes cuánto te he echado de menos!
—declaró Hatshepsut mientras la tomaba de las manos—.
Pero mis plegarias a los dioses te han protegido y traído de vuelta a mi lado, sana y feliz.
Hapuseneb nos ha comunicado que estáis al día de lo que ha pasado en Tebas durante vuestra ausencia.
Sin embargo, ahora me toca el turno a mí. ¡Quiero saberlo todo!
Neferura les explicó los sucesos más destacados desde que abandonaron Tebas, aunque obvio detallar los más turbios viendo cómo se acentuaba el gesto de preocupación de la reina madre. Acabado el relato, Senenmut se apoyó en una mesita y se acarició la perilla.
—Es preciso acelerar el casamiento de la princesa Neferura con el faraón —dijo el arquitecto—.
No podemos descartar que Tutmosis esté involucrado en la conspiración, observando oculto tras la larga sombra de la avaricia de Rejmira.
Desde que Useramon delegó en su sobrino el gobierno de Tebas, este actúa como chaty del faraón y ejerce una gran influencia sobre él —aventuró.
—¿Desde cuándo hablas con tanta imprudencia? —le reprendió la reina—. Tutmosis puede tener muchos defectos, pero no el de conspirar en contra de su propia familia, y mucho menos poniendo en riesgo a Neferura.
—¿Qué interés tienes en desposar a tu ahijada con el faraón, Senenmut? —interpeló Djehuty—. Hasta que las cosas no se aclaren, es mejor que la princesa esté bajo el amparo de la reina. Tal vez Tutmosis no sienta animadversión por Neferura, pero su entorno más próximo es harina de otro costal.
—¡Es inaudito que no seas capaz de ver más allá, Djehuty! —insistió el arquitecto—. Si Neferura se convierte en Gran Esposa Real, Tutmosis velará por su protección incluso más que por la suya propia. Nadie se atreverá a tocarla, ni los más díscolos con Hatshepsut.
—¿Por qué discutís? —los acalló Hatshepsut—. ¿Nadie, salvo yo, sospecha de Huy [75] ?
—¿Ya estás de vuelta con esa absurda sospecha? —voceó Senenmut.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —le reprendió la reina.
Se produjo un tenso silencio, aunque el arquitecto se apresuró a pedirle disculpas a su reina:
—Perdóneme, majestad. ¿No sé qué me pasado? —dijo mientras se postraba a sus pies.
Hatshepsut lo ayudó a ponerse en pie mientras reprendía con la mirada a Djehuty, que sonreía al ver al arquitecto humillado ante su reina.
—Lo sé, y por eso te perdono, mi querido Senenmut —dijo Hatshepsut—. Sé que últimamente has estado muy sobrecargado de trabajo, supervisando las obras finales del templo de Dyeser-Dyeseru. No debí exigirte tanto.
Senenmut se alisó la túnica, sin atreverse a alzar la vista.
—Esa mujer no tiene tanta influencia en la corte, y mucho menos, agallas para conspirar a espaldas del faraón —dijo suavizando el tono de voz—. Lo máximo a lo que puede aspirar Huy es a que su hija sea una esposa secundaria de Tutmosis.
—No obstante, os pido que vigiléis de cerca a esa arpía y a su hija. ¿Me habéis escuchado? La ambición de una madre es más peligrosa que el veneno —les advirtió la reina.
Sus hombres de confianza asintieron con una leve reverencia.
—¡Estoy harta de tantas conjuras! —explotó Neferura—. De buena gana renunciaría al trono si con ello pudiera asegurar la estabilidad del reino.
—No digas eso, hija —musitó Hatshepsut mientras le acariciaba la mejilla—. Ahora estás a salvo, y muy pronto descubriremos el agujero donde se ocultan esas miserables ratas que intentan hacerte daño.
—¿Tan importante es para ti que se mantenga la línea de sucesión, madre? —preguntó con una mirada triste.
Senenmut se acercó a la princesa y la tomó de las manos.
—Mi querida Neferura, siempre serás una amenaza para Tutmosis, incluso si decides renunciar a tu linaje sucesorio —le explicó.
—¿Y qué tengo que hacer para que me dejen vivir en paz? ¿Morir? —replicó Neferura mientras se enjugaba las lágrimas.
Se hizo un silencio de lo más elocuente.
—Mi señora, debe calmarse… —empezó a decir Djehuty.
—¿Será cierto que estoy destinada a morir a manos del mismo sujeto que asesinó a mi padre? —pensó la princesa en voz alta.
—¿De qué estás hablando, Neferura? —inquirió Hatshepsut, contrariada.
La princesa, de repente, despertó como de un sueño.
—Sé quién anda tras de mí. Se le reveló a Sat-Ire en un sueño —aseguró, mirando fijamente a los ojos de su madre—. El devorador de almas fue nombrado jefe de los embalsamadores reales por mi padre. Su nombre es Nebamun, y él… lo envenenó. ¿Puedes investigar a ese sujeto, madre?
La reina se quedó consternada. Jamás sospechó que el difunto faraón no hubiese muerto por causas naturales. Saber que el asesino de su esposo se había propuesto acabar también con su única hija encendió su ira.
—Quiero que investiguéis a fondo a ese maldito: quiero saber quiénes son sus padres, si tuvo familia y cuándo fue visto por última vez —ordenó con semblante serio—.
Hapuseneb, asegúrate de recompensar a los oficiales de la guardia real para que sean diligentes y envíen a sus mejores soldados a buscar a los fugitivos en los suburbios de Tebas.
Adviérteles que sean discretos; debemos evitar que huyan antes de ser capturados.
—¿Por qué no encargamos una búsqueda conjunta con los medjay ? La policía sabe moverse por la ciudad mejor que ningún otro cuerpo —intervino Senenmut.
—Rejmira es el superior directo del jefe Khnumose.
Mientras no estemos seguros de que está libre de sospecha, será mejor que mantengamos en secreto nuestras pesquisas —replicó la reina—.
Incluye en la lista a Isis [76] y a Useramon.
Son los que tenían un mayor interés en la muerte de mi esposo.
Y recuerda, Hapuseneb: máxima discreción.
El sumo sacerdote abandonó el despacho de la reina de inmediato, con gesto de preocupación.
Neferura abrazó a su madre con ternura. Había pasado tan solo unos meses fuera de casa y parecía que había envejecido varios años.
—Madre, debes tener fe en que todo saldrá bien.
—Los traidores que te quieren ver muerta parecen contar con contactos muy poderosos si fueron capaces de orquestar el asesinato de tu padre sin levantar sospechas —apuntó, apretando los puños—.
Tengo la intuición de que cada vez son menos los consejeros que me son realmente leales, y eso me tiene muy preocupada, hija mía. Temo por tu seguridad.
La confesión de la reina cayó como un jarro de agua fría en el temple de la princesa. Había acudido a ver a su madre en secreto, con la esperanza de que ella le diera una versión de la situación diferente a la que había pronosticado Sat-Ire, pero pudo constatar por sí misma la cruda realidad.
Ya no le quedaban dudas. La solución a aquella quimera tendrían que aportarla ellas, sin contar con nadie más.
Al regresar a Karnak, se reunió con sus compañeros. Informó del encuentro que había mantenido con la reina y sus consejeros, y los instó a iniciar una inmediata investigación.
—La forma más eficiente de recabar información sobre los conspiradores es repartirnos el trabajo para actuar con mayor discreción. Intuyo que las cosas empezarán a precipitarse en breve y tenemos que estar preparados. ¿Qué proponéis?
Sat-Ire fue la primera en reaccionar:
—Dejemos a Hapuseneb la delicada misión de buscar a los fugitivos; sería demasiado arriesgado para nosotros —señaló—.
Yo te ayudaré a indagar en el pasado del devorador de almas, en busca de posibles conexiones con la cúspide de la conspiración.
Está claro que ese demonio busca venganza, y no podemos descartar que el misterioso ser enmascarado pueda estar involucrado en la trama.
—Yo me encargaré de investigar a Hekhem y qué le ha ofrecido a padre a cambio de desposarme —terció Neferkay.
—Y yo te ayudaré en tus pesquisas —se apresuró a decir Hekai.
—¿Y nosotros qué hacemos? —preguntó Meriamon.
Todos se miraron con cara de circunstancias; aún no habían consensuado cómo deberían encajar al juez dentro de la comitiva. Neferura fue quien recondujo la situación.
—Vosotros tres podéis seguir la pista de la financiación de la organización.
Pacer debió de realizar envíos periódicos de oro y otros tesoros entre Coptos y Tebas.
Seguro que dejó algún rastro de esas transacciones —aventuró, mirando a Meriamon—.
Estoy segura de que, con tu olfato y sagacidad, podrás encontrar una pista en los documentos que el sumo sacerdote de Amón custodia en los archivos del templo.
Todas las mercancías que llegan a la capital pasan por sus manos —apuntó—.
Además, contarás con el apoyo de Tiaret, y Zayineth será vuestra guardaespaldas.
—¡Volvemos a tener una nueva hoja de ruta! —exclamó Sat-Ire, tomando de la mano a la princesa—. Meriamon, creo que esta mañana Hapuseneb te ha enseñado su querida bodega. No estaría mal que fueras a buscar una jarra de uno de esos exquisitos vinos para celebrarlo, ¿verdad? —añadió con un guiño.
El juez sonrió pícaramente.
—Me temo que una sola vasija no será suficiente. ¿Me acompañas, Hekai? No me gustaría que alguna se me cayera por el camino.