Las hijas del visir 33
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El sutil juego del poder

Después de la cena, Hapuseneb acompañó a sus invitados a las habitaciones.

Meriamon y Hekai compartieron una celda que disponía de dos camastros con colchones de plumas.

A Tiaret, Neferkay y Zayineth les tocaron unas celdas individuales, y Neferura y Sat-Ire pasaron la noche en la habitación del sumo sacerdote, a petición de la princesa.

La cámara estaba orientada al norte y disponía de una cama ancha, una amplia terraza con vistas al Nilo y una sala anexa en la que había una piscina natural.

La cama disponía de un bastidor de madera de sicomoro reforzado con marfil y un colchón de lino relleno de fibras vegetales.

La estancia estaba iluminada con lámparas de aceite de cerámica y bronce, que proyectaban unas cálidas sombras sobre las paredes.

Neferura tomó de la mano a Sat-Ire y salieron juntas a la terraza. La brisa nocturna era muy agradable, por no hablar de la privilegiada panorámica que tenían del Nilo. La princesa apoyó los codos en el murete y perdió la vista por la ciudad.

—¿Qué se siente al estar en casa? —preguntó Sat-Ire mientras salía a la terraza.

Neferura se giró y respondió, sonriente:

—Mi casa eres tú.

Hacía mucho tiempo que las dos jóvenes no compartían un momento de intimidad. Sat-Ire se fue acercando poco a poco, quitándose la ropa con gestos lentos y deliberados. La pasión se tiñó de plata cuando la luna emergió en el cielo.

Entre besos, jadeos y risas acabaron en la sala anexa. Neferura se desnudó y se sumergieron en la piscina de piedra caliza. Tras darse un chapuzón, se sentaron en el borde para contemplar el cielo estrellado a través del ventanal.

Sat-Ire rozó con los dedos la mano de Neferura.

—¿Temes lo que nos aguarda mañana?

—No le temo a nada. —De pronto, su rostro se ensombreció—. Salvo a perderte a ti. ¿No habrás olvidado tu promesa?

Sat-Ire sonrió.

—¡Claro que no! Y creo que no te he dado motivos para dudar de mí, ¿verdad?

Neferura no pudo contenerse por más tiempo y acercó lentamente sus labios a los de su amada. Los besó, sintiendo la cálida humedad de una boca ávida de amor. Sat-Ire la atrajo hacia sí, y su cuerpo fue cediendo lentamente mientras se abandonaba, sin reservas, a la pasión.

Tener a Shaït a su lado era el único privilegio que le había concedido ser la princesa de Egipto.

Desde que tenía uso de razón, el único amor que había sentido era el de Shaït.

No es que no sintiera el de su madre, pero aquel era un afecto amargo, eclipsado por las intrigas de la corte y el peso implacable de las responsabilidades de la reina.

Las mujeres se quedaron abrazadas mientras disfrutaban de un perfumado baño.

—¿Estás convencida de seguir con el plan? —indagó Neferura.

Sat-Ire giró la cara y asintió.

—No podemos vivir con miedo, amor. Asumimos riesgos, no lo voy a negar, pero debemos confiar en nosotras mismas y llevar hasta el final nuestra idea —afirmó mientras contemplaba la luna reflejada en el agua—.

Meditamos durante mucho tiempo los pros y contras de este plan, y entre todas decidimos que era la mejor opción.

¡La única! Por esa razón regresamos a Tebas, para exponernos ante nuestros enemigos. ¿Acaso dudas?

—No es eso, pero…

Los dedos de Sat-Ire se entrelazaron con los suyos, y el calor de su mirada ahuyentó las sombras que se cernían sobre el corazón de la princesa.

—No debemos temer a nuestro destino ni intentar escapar de él, o, de lo contrario, este nos perseguirá como una maldición. Estamos en casa y contamos con la complicidad de las personas más poderosas de Egipto. ¿Dónde mejor que aquí para afrontar nuestro destino? —precisó Sat-Ire.

—Tienes razón, Shaït, pero a veces soy tan consciente de lo mucho que hay en juego que me ahoga la inquietud. Lo siento, no soy tan fuerte como tú, y no me avergüenza admitirlo.

Sat-Ire apretó las manos de Neferura con fuerza.

—Juntas somos invencibles, y no me refiero solo a nosotras dos —apuntó—.

Contamos con la fuerza de Zayineth, la inteligencia de Neferkay y la templanza de Tiaret.

Y ahora ya sabemos a quiénes nos enfrentamos.

La parte más delicada de nuestra misión ya está cumplida.

Estoy convencida de que nuestra llegada a la capital ha puesto nerviosos a nuestros enemigos, y eso los hará vulnerables.

Solo debemos confiar en nuestra fuerza sin titubear bajo ningún concepto —añadió mientras le acariciaba la mejilla.

El apasionamiento que envolvía las palabras de Sat-Ire incendió el deseo de Neferura. La atenta mirada de la luna fue la única testigo de aquel voto de amor.

Al amanecer, se reunieron con los demás en el patio interior de las dependencias sacerdotales del templo.

Solo faltaba Neferkay, que había acompañado a Hapuseneb a realizar el ritual de despertar del dios.

Tampoco estaba Meriamon, pues había tenido que personarse en el Kenbet, en una de las salas administrativas del templo de Karnak, para tomar posesión de su cargo.

Se sentaron en unos taburetes junto a Tiaret, Zayineth y Hekai, mientras unas sirvientas les servían bandejas con panes de cebada, frutas, queso fresco y cuencos con miel. Hacía mucho tiempo que no se reunían a desayunar en un ambiente tan relajado, y, sin embargo, el silencio imperaba en la sala.

—¿Se os ha comido la lengua el gato? —bromeó Sat-Ire.

—Es tan impresionante este lugar que me parece una falta de respeto romper el armonioso silencio con palabras banales —musitó Zayineth.

—Hemos regresado a casa, pero no se siente así —añadió Tiaret taciturna—. Supongo que he pasado demasiado tiempo lejos de Tebas y había olvidado que realmente nunca he pertenecido a este lugar.

Sat-Ire era consciente del poco apego que sentía Tiaret por la capital.

Sus juergas nocturnas y su rebeldía no eran más que la forma en que manifestaba el vacío que sentía en su interior.

Al abandonar la ciudad, había descubierto que existía un mundo aún por explorar y una razón especial por la que vivir.

—¿Dónde está Meriamon? —quiso saber Neferura.

—Salió del templo antes del alba. Me dijo que tenía que atender unos asuntos urgentes en el Kenbet. Creo que iba a solicitar su ingreso definitivo como juez de Tebas —explicó Hekai—. Por cierto, ¿tardará mucho en llegar Neferkay?

No había acabado la frase cuando se escucharon unas aireadas voces que procedían del corredor que conducía al patio. Eran Rejmira y Hekhem, vestidos con sus mejores galas, aunque mostraban un sombrío gesto.

—¿Dónde está Neferkay? —tronó el gobernador.

Hekhem se quedó tras Rejmira mientras miraba de soslayo a los presentes.

Sat-Ire y Neferura intercambiaron miradas, y Tiaret apretó los puños intentando contenerse.

—Neferkay sirve a Amón y está cumpliendo con su deber, oficiando el ritual de despertar del dios. No se puede decir lo mismo de vos —alegó Neferura mirando con altivez a su subordinado.

Rejmira se sintió herido en su orgullo. Jamás había reconocido a Neferura como legítima heredera al trono de Egipto, y escuchar cómo le reprendía delante de su futuro yerno no hizo más que aumentar la animadversión que sentía por aquella mujer.

No obstante, su posición lo obligó a ser condescendiente con la princesa.

—Lamento mucho haber irrumpido en este lugar sagrado sin decoro ni educación —se aprestó a decir, con una reverencia—. Os ruego que no toméis a mal mis palabras, provocadas por la devota preocupación de un padre por unas hijas a las que no ha visto en meses —añadió, sin variar su sumisa pose.

—Rara afirmación, más cuando hay dos hijas presentes en esta sala a las que ni siquiera se ha dignado a mirar —replicó Neferura—. ¿Acaso la ira con la que se ha presentado aquí le ha cegado, gobernador?

El mandatario apretó los dientes y contuvo la rabia que le manaba desde las entrañas.

—Mi señora —dijo, a la vez que iba irguiendo el tronco—, mi hija mediana hace tiempo que desapareció de mi casa… y de mi vida. Y mi hija menor…, bueno, usted sabe mejor que nadie a quién le pertenece su corazón. Solo me queda una hija a la que todavía puedo sentir como tal.

—¡Estás muy equivocado, Rejmira! —el vozarrón de Hapuseneb se alzó por el patio—. Ante los dioses, Neferkay pertenece a Amón, y solo a él le debe devoción.

Rejmira sonrió con malicia.

—Hablando de dioses, no desobedecerás los designios del único dios presente en la Tierra, ¿o sí?

—señaló mientras extraía un papiro sellado con el emblema del faraón—.

Este documento contiene una orden clara y concisa emitida por Tutmosis, dios viviente que camina por las dos tierras.

—El gobernador alzó el documento y, con gesto imperativo, añadió—: ¡Léelo!

Hapuseneb desenrolló el papiro sin apartar la vista de él.

Rejmira no fanfarroneaba. En el documento estaba escrita, del puño y letra del mismísimo faraón, una ordenanza en la que se anunciaba el enlace de Neferkay con Hekhem, supervisor del clero y de los registros militares del templo de Montu.

También indicaba que sería Tutmosis III quien oficializaría la boda en el plazo de una semana en su palacio.

—Es una lástima que haya llegado este mensaje con retraso, pues Neferkay acaba de casarse con Amón y ahora es esposa del dios. La sacerdotisa está unida a Amón, y pretender entregarla a otro hombre sería un sacrilegio que ni el faraón se atrevería a contrariar —proclamó Hapuseneb con voz solemne.

Rejmira se revolvió como una cobra enojada.

—¿De verdad crees que ese improvisado argumento te va a servir de algo?

—le espetó—. ¿Cómo piensas que reaccionará Tutmosis si el sumo sacerdote de Amón osa desafiarlo?

Las relaciones del faraón con la reina están muy tensas.

¿Y, aun así, pretendes interferir en una orden real, incluso a riesgo de poner en peligro una boda destinada a unir ambas casas?

Consúltalo con Hatshepsut. Te lo advierto por tu bien.

—¿¡Cómo te atreves a alzarme la voz!? —bramó Hapuseneb.

—¡Basta ya! —gritó Neferkay—. No desobedeceré al faraón.

Me desposaré con Hekhem en una semana. —El sumo sacerdote quiso intervenir, pero Neferkay lo detuvo con un gesto—.

No quiero causar un conflicto entre los faraones tan solo por no amar al hombre que mi padre ha escogido como esposo.

Él podrá tomar mi cuerpo, pero mi alma seguirá perteneciendo a Amón —añadió, conteniendo las lágrimas.

—¡Me opongo a este matrimonio! —explotó Hekai, al tiempo que se levantaba del taburete.

Hekhem no pudo simular una pérfida sonrisa, que a Neferkay no le pasó inadvertida.

—¿Quién es ese insolente? —tronó Rejmira.

—¡El hombre al que amo con toda mi alma! —intervino Neferkay. Los ojos del gobernador refulgieron de rabia—. No obstante, mantengo mi palabra y me casaré con Hekhem. Seré su fiel esposa, no te preocupes, padre. Te lo prometo.

Neferkay miró a Hekai y le hizo un gesto apenas imperceptible con la cabeza, dándole a entender que su decisión ya estaba tomada. Tiaret tomó del brazo al joven sacerdote, aún aturdido por la noticia, y lo ayudó a volver a sentarse.

—Sabia decisión, hija mía —señaló Rejmira, más relajado.

—Pero tengo una condición —terció la sacerdotisa, borrando la incipiente sonrisa del rostro de su padre—. Permaneceré aquí hasta el día de la boda y quiero que la primera noche que pasemos juntos Hekhem y yo sea en este templo.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? —masculló el gobernador.

—No hay ningún problema, Rejmira —medió Hekhem—. Por mi parte, acepto tus condiciones, querida Neferkay. Será un honor recibir tu virtud en un lugar tan sagrado —añadió con ironía.

Hekhem, misógino declarado que aborrecía a las mujeres, solo detestaba una cosa aún más: la humillación pública. Por primera vez, aquel agravio despertó en él un deseo retorcido de poseer el cuerpo de su prometida.

«Jamás olvidarás esa primera noche, zorra. Y desearás no haber nacido cuando acabe contigo… ¡Pagarás muy caro haberme humillado delante de tu padre!», se prometió con crueldad.

Ese pensamiento lo acompañó mientras abandonaba el patio del templo.