32
Un nuevo escenario
El gran patio de Karnak estaba parcialmente velado por una nube de incienso.
Tras cruzar un segundo pilono, avanzaron por la sala hipóstila mientras entre sus sombras aguardaban sacerdotes que balanceaban incensarios que perfumaban el aire con mirra, resina de cedro y loto.
El eco de los cánticos se multiplicaba entre las columnas, como si los dioses respondieran a las plegarias.
Hekai hizo ademán de seguirlas, pero Meriamon lo detuvo agarrándolo por el antebrazo.
—Nosotros esperaremos aquí.
—Pero…
—Ya llegará el momento de presentar nuestros respetos al sumo sacerdote de Amón —atajó el juez.
Los sacerdotes dejaron jarras de agua perfumada encima de una mesa baja de caoba y encendieron incienso de mirra antes de abandonar la sala, dejando a las muchachas a solas con Hapuseneb.
El sumo sacerdote alzó ambas manos y proclamó:
—¡Oh, Amón-Ra, señor de Tebas, escucha mi súplica! Tus hijas regresan a tu casa y reclaman tu protección. Purifícalas de la sombra, la mentira y la impureza para que caminen bajo tu luz.
Su voz retumbó entre las columnas. Zayineth, que jamás había estado en un lugar tan sagrado, sintió cómo se le erizaba el vello al presentir que estaba a punto de ser juzgada por los dioses.
Hapuseneb le hizo un gesto a Neferura para que se le acercara. La princesa se postró ante él y observó cómo el sumo sacerdote introducía el hisopo de papiro en una de las jarras antes de rociarle la frente, hombros y manos con el agua ritual.
—Eres la hija del trono y tu deber es seguir la regla de Maat. Como el loto se abre al sol, tu espíritu debe liberarse de la oscuridad agazapada para que entre la luz —recitó.
La siguiente en ser llamada fue Zayineth. La joven se postró de rodillas en el suelo, sin atreverse siquiera a alzar la cabeza. Se sentía indigna de estar en aquel lugar y apenas lograba contener el temblor bajo la piadosa mirada del sumo sacerdote.
—Tú, hija de Nehura, que vienes en busca de justicia —anunció mientras agitaba el hisopo sobre la cabeza de la muchacha—. Que el agua descubra la verdad como la crecida del Nilo desvela la tierra fértil. Mantente leal a tus principios y no te dejes llevar por el odio.
Zayineth se levantó aliviada, pues en verdad su energía se había regenerado con el ritual de purificación. Ya no tuvo miedo, y levantó la mirada antes de hacer una reverencia de agradecimiento a Hapuseneb.
Sat-Ire se arrodilló a los pies del sumo sacerdote y lo miró fijamente mientras este la rociaba con agua ritual mediante un hisopo.
—Viajera de los sueños, tu destino no está atado al reino onírico, sino a los designios de tu corazón. Deja que Maat te guíe como un faro al navío que surca la oscuridad —le reveló.
Tiaret, siguiente en someterse al ritual, se sentía muy incómoda Su vida díscola, su carácter indómito y su escasa devoción por lo sagrado la habían mantenido alejada de los templos.
No por falta de fe, sino por el doble juicio moral que los dioses querían imponerle.
Era testigo de la miseria en la que vivía la mayoría del pueblo, sometido a la enfermedad, el hambre y la muerte.
El sumo sacerdote agitó el hisopo y el agua sagrada se escanció suavemente sobre el rostro de Tiaret.
—Tus manos curan, pero es el alma la que consuela, y esta se alimenta de amor. No permitas que la tuya se marchite carente de él.
Neferkay fue la última en ser llamada por Hapuseneb. El sumo sacerdote mojó los dedos en la jarra de agua ritual y trazó un símbolo en su frente.
—Guardiana del secreto, recuerda que tus votos ante Amón pesan más que los hilos que tejen tu destino. Nadie es dueño de tu corazón y a nadie rindes pleitesía, salvo a tu dios. No lo olvides.
Había llegado el momento de la purificación con fuego.
Hapuseneb instó a las jóvenes a que se sentaran formando un círculo.
Acto seguido, arrojó unas hojas secas en un pebetero en cuyas brasas quemaban incienso.
Lo agitó por encima de la cabeza de las muchachas, envolviéndolas en una nube de humo aromático.
—Así como el fuego consume a los enemigos de Amón, que también consuma el desasosiego que se cierne sobre vosotras.
—El sumo sacerdote dejó el pebetero sobre la mesita y tomó un amuleto de oro, con forma de escarabajo alado, que mostró a las jóvenes—.
Amón ha visto. Amón ha escuchado. Caminad bajo sus alas y recordad que en Tebas la luz de los dioses no duerme y serán implacables con aquellos que osen dañar a sus hijas.
¡Que Maat os acompañe en vuestro camino!
Podéis marchar libres y purificadas —proclamó a viva voz.
El coro de sistros y tambores resonó a las puertas del naos, y su eco entró en la sala como un rugido divino.
Las sacerdotisas, aún con la piel húmeda de agua perfumada y olor a incienso impregnado en las ropas, comprendieron que aquel ritual no solo había purificado sus almas: también les había revelado que no estaban solas en el peligroso camino.
Una vez acabado el ritual, Hapuseneb condujo a las muchachas a sus aposentos privados del templo. También las acompañaban Meriamon y Hekai, que permanecieron sentados en un rincón de la sala, observando la escena desde un discreto segundo plano.
—Ahora que estáis purificadas y protegidas por Amón, debo poneros en antecedentes —advirtió Hapuseneb mientras se sentaba sobre un cojín, junto a sus invitadas—. Las noticias que han llegado a nuestros oídos sobre vuestro periplo no han hecho más que preocupar el corazón de vuestra madre, princesa.
—¿Qué ha ocurrido en Tebas durante nuestra ausencia? —preguntó Neferura con premura.
Hapuseneb bajó la mirada un instante, sopesando sus palabras.
—La reina me ha confesado su inquietud respecto al ambiente que se respira en la corte —reveló—.
Tutmosis se ha mostrado más esquivo que de costumbre desde vuestra partida.
El distanciamiento entre ellos dos se volvió aún más evidente tras las demoledoras noticias que nos llegaron desde Coptos.
Por un momento, creímos que habíais muerto a manos de un asesino contratado por Pacer —añadió, torciendo el gesto—.
¡Imagínate la reacción de tu madre! Todas sus sospechas se centraron en el faraón.
Rejmira, su mano derecha, había sido el responsable de nombrar al escriba destinado a Coptos —concluyó, sin poder evitar dirigir una mirada a Neferkay.
—Sabes algo del traidor de Pacer y del monstruo que lo acompaña, ¿verdad? —preguntó Neferkay.
—Hace unos días me llegaron noticias de que Pacer había conseguido huir de Coptos llevándose consigo los documentos incriminatorios y el portentoso tesoro que había acumulado gracias a sus corruptelas —reveló Hapuseneb, fijando la mirada en Zayineth—.
Sé que en la emboscada del devorador de almas perdió la vida tu padre…
¡No sabes cuánto lo siento, Zayineth! Nebuy era un buen hombre.
—Agradezco vuestro consuelo, mi señor —señaló la joven, con voz trémula.
—¿Y no se sabe nada del devorador de almas? Zayineth lo hirió de gravedad —intervino Tiaret con el corazón encogido.
—Solo inquietantes rumores —declaró Hapuseneb.
—¿No puedes ser más preciso? —insistió la médica.
Hapuseneb la miró a los ojos y le confesó:
—Mis oídos escuchan incluso lo que otros se atreven a susurrar en las sombras.
Sin embargo, por el momento solo son meras conjeturas —respondió—.
En los bajos fondos corre el rumor de que una sombra espectral deambula por los oscuros callejones durante la noche, y en los últimos días han aparecido los cadáveres de un par de prostitutas.
Las muertes parecen obra de un asesino en serie, con un patrón muy similar al de otro criminal que sembró el pánico en la ciudad hace poco más de un año.
No obstante, aún no se han podido relacionar esos asesinatos con los del pasado ni afirmar que ese asesino sea aquel demonio.
—¿Cómo murieron esas mujeres? —inquirió Tiaret.
—Desangradas, con una profunda puñalada en el vientre —indicó Hapuseneb—. ¿A qué viene esa cara, Tiaret? ¿Acaso…?
—El devorador de almas ha regresado a Tebas. Apuesto diez deben de oro a que Pacer está con él. ¡Maldita sea! —señaló Tiaret apretando los puños.
Hapuseneb era consciente de la gravedad de la situación, pero quiso tranquilizar a las muchachas.
—Ahora estáis a salvo en la ciudad, y redoblaremos la vigilancia para que nadie se os acerque.
Otra cosa será protegeros de los peligros que acechan en la corte —añadió con gesto preocupado—.
Por el momento, será mejor que os quedéis en el palacio de Hatshepsut y evitéis cualquier contacto con quienes son afines a Tutmosis.
No tenemos ninguna prueba de que el faraón esté detrás de la conspiración, pero los indicios apuntan hacia él o hacia sus secuaces.
—Hapuseneb percibió un gesto de preocupación en su pupila—.
No te preocupes por tu padre, Neferkay. Entre la reina y yo lo mantendremos a raya durante un tiempo.
Tu compromiso es con Amón, y el gobernador de Tebas no se atrevería a cuestionarlo.
—Te lo agradezco, mi señor —respondió Neferkay.
El sumo sacerdote miró con orgullo a aquellas mujeres, que habían asumido un gran riesgo para obtener respuestas.
—¿Y qué hay de vosotras? —indagó—. ¿Cómo valoráis vuestra experiencia?
Sat-Ire se alzó como portavoz y expuso con detalle cuanto habían averiguado durante su larga travesía. Una vez acabado el relato, guardó silencio y dejó que Hapuseneb procesara la información.
—Por lo que me contáis, habéis reclutado un par de valiosos aliados —dijo alzando la mirada—. Pero ¿qué hacen ahí sentados en un rincón? Decidles que se reúnan con nosotros.
Neferkay les hizo un gesto para que se acercaran. Meriamon saludó con cortesía a Hapuseneb antes de sentarse junto a sus compañeras. Hekai, en cambio, clavó la vista en el suelo apenas sintió que los ojos del sumo sacerdote se posaban sobre él.
—Parece que se le han ablandado los arrestos a ese viejo cascarrabias de Pashedemheb —dijo con voz afable—.
Me sorprende que haya permitido que su mano derecha, el diligente Hekai, abandonase sus tareas en el templo de Apis para acompañar a tan distinguida comitiva a la capital.
No te habrás escapado sin su permiso, ¿verdad?
Hekai se quedó paralizado al saber que alguien tan poderoso sabía de su existencia.
—¡Claro que no, su excelencia! Partí de la Ciudad Blanca con las bendiciones de Pashedemheb y el consentimiento de Neferkay —declaró, buscando con la mirada a la sacerdotisa.
—¡Vaya, qué interesante! —exclamó Hapuseneb—.
Bien, esta noche la pasaréis en mi casa y mañana partiréis hacia el palacio de la reina.
Hay celdas disponibles para todos, pero todavía es pronto para irnos a dormir.
Quiero que me sigáis contando más anécdotas de vuestro viaje durante la cena.
Todas las miradas están concentradas en Karnak y debemos generar intrigas en aquellos que no nos quieren bien.
—¿Qué clase de intrigas? —preguntó Neferura.
Hapuseneb sonrió.
—Mi querida princesa —dijo mientras la tomaba de la mano—, nadie conoce mejor que yo cómo funcionan las cosas en la corte.
Nuestros enemigos están ansiosos de noticias, y nuestra tarea esta noche será saciarlos esparciendo toda clase de rumores.
No hay arma más poderosa que una verdad disfrazada de rumor, ¿no lo crees?
Sat-Ire captó de inmediato las intenciones del sumo sacerdote y se alegró de haber regresado a Tebas.
Hasta entonces, solo se habían movido unas cuantas fichas en el tablero de senet [72] , pero, con la llegada a la capital, intuía que el resto de la partida se ejecutaría de forma rápida y con un desenlace inesperado.
¿Cuál sería el próximo movimiento?