Las hijas del visir 31
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Recelos

Tras los juicios en Menfis, las sacerdotisas embarcaron en una nave sagrada, enviada por el faraón Tutmosis III, equipada para que la comitiva realizara la travesía rumbo a Tebas a todo lujo y con total seguridad.

El Nilo era la arteria del país, y navegarlo desde el Bajo hasta el Alto Egipto significaba atravesar su columna vertebral.

La duración del viaje era de entre quince y veinte días, dependiendo del viento, las corrientes y las paradas rituales obligadas.

Pashedemheb se despidió de las sacerdotisas, de Hekai y de Meriamon en el muelle, visiblemente emocionado.

La estancia de las muchachas en Menfis había alterado su monótona rutina, y sabía que las iba a echar mucho de menos.

Hekai se encargó de integrar a Meriamon en la comitiva, a pesar de que le profesaba unos profundos celos cada vez que el juez se acercaba demasiado a Neferkay.

Era imprescindible forjar una férrea cohesión durante el viaje a Tebas para garantizar una convivencia armoniosa y una colaboración eficaz una vez llegaran a la ciudad.

La embarcación zarpó desde un embarcadero cercano al templo de Ptah, donde los sacerdotes ofrecieron libaciones a Osiris y a Hathor para pedir protección en la travesía.

Desde la cubierta, las sacerdotisas pudieron despedirse de las pirámides de Guiza, símbolos ancestrales y huella de la grandeza de los reyes del pasado.

El Nilo se ensanchó entre fértiles orillas cubiertas de palmeras y campos de trigo.

Al cabo de unos días, la comitiva llegó a Heracleópolis Magna, antigua capital del primer período intermedio.

Allí visitaron el templo de Heryshef, el Señor de las Orillas, un dios carnero asociado a la fertilidad.

Los sacerdotes locales realizaron un ritual de bienvenida en honor a la reina-faraón Hatshepsut, con cánticos y ofrendas de flores de loto a la princesa Neferura.

Siguieron hacia el sur, y el paisaje alternó entre campos fértiles y desiertos rojizos.

Pasaron por la región de Oxirrinco, conocida por el culto a Medjed, el pez que devoró el falo de Osiris tras su desmembramiento por Seth, donde unos sacerdotes les ofrecieron vasijas de cerveza y pan para el viaje.

Uno de los momentos más solemnes del trayecto fue la llegada a Abidos, lugar de culto a Osiris y ciudad de tumbas reales de las primeras dinastías.

Unos sacerdotes condujeron a la comitiva hasta el gran templo de Osiris, donde se realizó un ritual funerario simbólico en el que se pedía al dios de la Duat bendecir la búsqueda de la justicia y de la verdad.

Más al sur, llegaron a Dendera, ciudad consagrada a Hathor, en cuyo su templo descansaron durante una noche.

La comitiva fue agasajada con música, ricas viandas y perfumes a base de aceites esenciales.

A aquellas alturas del viaje, la relación entre Neferkay y Hekai se había consolidado y pasaban la mayor parte del día juntos, circunstancia que no les pasó desapercibida a sus hermanas ni a Meriamon.

El juez desterró cualquier esperanza de enamorar a Neferkay cuando los sorprendió besándose en el templo de Hathor.

Tras tres semanas de viaje, las montañas tebanas aparecieron en el horizonte. El sol naciente bañaba con un resplandor dorado las tranquilas aguas del Nilo, y frente a ellas se alzaba Tebas, majestuosa y vibrante.

Más al sur, al otro lado del río, se elevaban las montañas occidentales, custodiando en sus entrañas el Valle de los Reyes. La luz del amanecer hacía brillar las laderas áridas como si fuesen unos guardianes de piedra que vigilaban tanto a los vivos como a los muertos.

Tebas despertaba como un palpitante corazón, donde la gloria de los dioses y la ambición de los hombres se entrelazaban con un inconexo velo invisible.

Desde la barca, las sacerdotisas vieron los muros del templo de Karnak: los imponentes pilonos y la larga avenida de esfinges que lo conectaba con el corazón de la ciudad.

Columnas gigantescas asomaban tras los muros, y banderolas de lino ondeaban al viento anunciando la grandeza del dios Amón.

Neferkay se inclinó hacia adelante en la cubierta y apretó la mano de Zayineth.

—Admíralo, hermana. ¡Es Karnak! ¿No sientes cómo refulge bajo los rayos del sol? Parece que los propios dioses nos dieran la bienvenida.

Zayineth musitó, con los ojos muy abiertos:

—Jamás imaginé contemplar una construcción tan espectacular: es como una ilusión. Y, sin embargo, lo que más me impresiona es la energía que desprende esta ciudad. Es como si el corazón de Egipto latiera al unísono con el de una misma.

Sat-Ire sonrió y añadió:

—No dejes que el brillo que desprende Tebas te ciegue, Zayineth. Esta ciudad entraña más peligros de los que puedas imaginar.

En el muelle había una gran multitud esperando la llegada del barco real, y exclamó de júbilo en cuanto lo vieron arribar a puerto.

—¿Por qué nos reciben como si fuéramos embajadoras? —preguntó Zayineth.

—Eso es, precisamente, de lo que te pretendía advertir, Shaït. En la capital no se da ninguna puntada sin hilo; nada se hace sin un propósito predeterminado —señaló Neferura.

—¿Qué quieres decir? —inquirió Zayineth.

—Si nuestra llegada a Tebas ha trascendido al pueblo solo quiere decir que el faraón y la reina han venido a darnos la bienvenida. ¿Cómo no iban a intentar sacar rédito de nuestra llegada? —replicó la princesa, dejando escapar un largo suspiro.

—¿No es aquel, padre? —advirtió Sat-Ire.

Neferkay palideció al ver que Hekhem estaba a su lado.

—¿Qué hace ese desviado con él? —dijo Tiaret, escupiendo al suelo.

En cuanto la embarcación fluvial tocó el embarcadero, los sacerdotes de Amón agitaron sus sistros en señal de bienvenida.

Al desembarcar, acudió a recibirlas Tutmosis III, tocado con la doble corona o pschent [68] , un pañuelo ceremonial azul y dorado y una falda plisada de lino blanco.

Sobre el pecho lucía un pectoral de oro con incrustaciones de coralina.

A su lado estaba Hatshepsut, con su corona azul o khepresh [69] , una barba real postiza, trenzada y rígida, envuelta en un manto de lino blanco. También ella llevaba un pectoral, engastado con turquesa, cornalina y amatista.

Ambos se mostraban ante el pueblo como faraones de Egipto. Aquella representación mostraba que la lucha por el poder supremo parecía haber comenzado.

Rejmira fue el primero en recibirlas. Se inclinó levemente ante la princesa Neferura, apoyando el bastón de mando en el suelo, y, acto seguido, echó una furtiva mirada a sus hijas, dando a entender que tenían una larga charla pendiente.

—Salve, princesa Neferura, flor nacida de la casa de Amón, hija predilecta de Tebas y joya del Alto Egipto —proclamó Rejmira mientras se inclinaba con un gesto solemne—.

En nombre de sus templos, de sus gentes y de sus guardianes, le ofrezco mi fidelidad y hospitalidad.

Y como gobernador, pongo a sus pies los recursos y el cuidado de esta ciudad sagrada para que nada turbe su camino.

Neferura se acercó con la frente erguida y con un leve movimiento de cintura que hizo ondular el lino blanco de su túnica, mecido por la brisa del Nilo.

—Te escucho, Rejmira —señaló la princesa—.

Pongo en valor tus sinceras palabras y tu hospitalidad, pues esta ciudad es la morada de Amón y está amparada por la justicia de Maat.

—Hizo una pausa, para recorrer con la mirada los templos que se alzaban a su alrededor, antes de volver a fijar sus ojos en los de Rejmira—.

Te confío, por tanto, mi seguridad y el bienestar de quienes me acompañan, pues percibo tu lealtad alineada con la de los dioses, siempre vigilantes.

Si me disculpas, mi madre y mi prometido esperan.

Neferura se acercó a su madre y se inclinó con una sonrisa. Hizo lo mismo con Tutmosis, que la escrutaba con mirada desconfiada.

Sat-Ire, que los observaba desde la distancia, contenía los nervios, y los celos.

—Bienvenida seas, hija mía. Deseo que tu viaje por las Dos Tierras haya cubierto tus expectativas e inquietudes. Tebas abre sus brazos, como una madre amorosa, para acogeros con la bendición de los dioses que nos amparan.

—Madre, siento mucho los inconvenientes que haya podido causar con mi larga ausencia. Hoy me presento ante ti como hija, pero también como seguidora de Amón y princesa de Egipto. Que mis pasos en Tebas honren tu reinado y mantengan erguida la pluma de Maat.

Tutmosis, que hasta entonces se había mantenido en silencio, la observó con cierta dureza. Su voz fue más joven y menos templada que la de Hatshepsut:

—Espero que tus pasos por Tebas también honren nuestro destino, amada Neferura. Pronto seremos uno, y el Alto y el Bajo Egipto se verán fortalecidos con nuestra unión, con la bendición de los dioses.

La princesa le aguantó la mirada e inclinó apenas la cabeza.

—Así será, mi señor —respondió con tono solemne—. Este viaje me ha brindado una valiosa lección, y ahora ya sé cómo debe gobernarse el reino: con prudencia, con visión y sin apartarse jamás de Maat.

Desde unos pasos atrás, el resto de la comitiva observaba la escena conteniendo el aliento. La solemnidad de las autoridades asistentes hacía más patente la tensión que se palpaba en el ambiente.

—¿Lo ves? —le susurró Neferkay a Zayineth—. Incluso entre ellos, el silencio pesa más que las palabras. Él habla de unión, pero su porte habla de cadenas —añadió mirando de soslayo a su padre.

Sat-Ire, más aguda, aseveró:

—Todos ocultan, todos conspiran y todos sospechan mientras se lanzan zalameras palabras. Hemos regresado a Tebas para descifrar el enigma y deberemos ser más inteligentes que nuestros enemigos si no queremos fracasar.

En ese instante apareció Hapuseneb en el embarcadero y se abrió paso entre los sacerdotes, mostrando una amplia sonrisa.

—¡Mi querida princesa, Neferura! Por fin de vuelta a su amada Tebas —anunció con solemnidad—.

Sin duda habéis afrontado numerosas dificultades en vuestro largo periplo por las Dos Tierras.

¿No os encontráis exhaustas? —agregó, dedicando una miraba afable a quienes la acompañaban—.

He dispuesto un ritual de purificación en el templo de Amón, para que podáis presentaros en el palacio real con las energías renovadas.

Es vital recargar el ib para restaurar la maat interior [70] . ¡Acompañadme, por favor!

Sin dar opción a réplica, el sumo sacerdote de Amón tomó a Neferura del brazo y orientaron sus pasos hacia el templo. Al ver que la princesa se alejaba por el embarcadero, el resto de la comitiva la siguió a cierta distancia.

Neferkay no pudo evitar buscar la mirada de su padre, y se le encogió el corazón cuando percibió en su rostro un gesto de disconformidad. Hekhem le dedicó entonces una sonrisa fingida que le revolvió el estómago. Por fortuna, Tiaret tiró de ella y la obligó a poner rumbo al complejo de Karnak.

El regreso a Tebas había cumplido su propósito: agitar el avispero. Las consecuencias, sin embargo, todavía estaban por llegar.