30 #2
Dejaron la caravana y los burros en el establo, y esperaron a que anocheciera para buscar un lugar donde cenar.
Entraron en una taberna cercana a la casa.
El aire olía a humo rancio y a pescado seco.
Las paredes, ennegrecidas por las lámparas de aceite, desprendían un fuerte aroma a humedad.
Se acercaron al mostrador, donde una mujer de avanzada edad dormitaba en precario equilibrio sentada en un taburete.
Pacer le pagó un deben de cobre por una cena caliente en un lugar discreto. La vieja, al entrever la fisonomía del devorador de almas, selló sus labios para siempre y se apresuró a pedirle a un mozo que los acompañara a un reservado, donde les servirían la cena lejos de miradas curiosas.
El escriba, siempre calculador, se sentó en una mesa baja de madera astillada para desplegar unos papiros en los que aparecían sus posibles contactos en la ciudad.
—Te veo muy aplicado, amigo —dijo el devorador de almas mientras masticaba un pedazo de pan.
—Parece que tu voz mejora cada día. Estoy buscando alianzas entre los pocos conocidos cuya voluntad aún podría comprar para que nos ayuden a sobrevivir en Tebas. ¿Crees que será fácil esconderse en la capital cuando han puesto precio a nuestras cabezas?
—¿Sobrevivir? —murmuró con ironía—. Dejo nuestra supervivencia en tus manos y me voy a hacer algo productivo.
El escriba quiso preguntar, pero prefirió acabar de cenar sin tener que soportar la incómoda presencia de su compañero.
El devorador de almas salió del tugurio y deambuló por las oscuras calles hasta llegar al barrio donde solía moverse su contacto en la capital. Lo encontró en el tercer prostíbulo que visitó, en uno de los callejones más oscuros del barrio portuario.
Era un edificio de adobe blanqueado cuya entrada, iluminada con antorchas, conducía a un patio repleto de algarabía. La música, las risas y los jadeos se elevaban por doquier percutiendo en la mente del devorador de almas como ruidosos tambores.
Al cruzar el umbral que comunicaba con la casa, el asesino sintió un golpe de calor, agudizado por el olor a sexo, vino agriado y perfume barato. Buscó en la penumbra la figura pomposa del dueño del local y la encontró saliendo de uno de los reservados del pasillo.
—¿Ha venido el jefe esta noche? —le preguntó.
El hombre palideció y señaló con gesto vacilante hacia la puerta del fondo del corredor. El devorador de almas avanzó por el oscuro pasillo, escuchando las notas de un laúd desafinado que llegaban desde el patio.
De pronto, se descorrió una cortina y emergió una joven prostituta completamente desnuda, que se tambaleó al quedar frente a él.
De las comisuras de sus labios sobresalían unas gotitas de semen, que limpió con el dorso de la mano mientras lo miraba con picardía.
Estaba tan ebria que ni siquiera fue consciente del peligro que corría su vida.
—¿Qué te pasa? ¿No te gustan las putas? —le espetó, con voz pastosa.
El primer impulso del asesino fue destriparla con su afilada daga, pero pudo ahogar el frenesí que amenazaba con apoderarse de su voluntad y se limitó a empujarla sin contemplaciones, de vuelta a la habitación.
Asfixiado por aquel ambiente de decadencia, el devorador de almas descorrió la cortina del reservado del final del pasillo y se quedó paralizado, contemplando lo que ocurría en su interior.
Una mujer de nalgas prominentes se movía sobre el falo erecto de Khnumose, mientras otras tres se entregaban a caricias lascivas alrededor del policía.
El devorador sintió arcadas al contemplar una escena, demasiado similar a la de un doloroso recuerdo que emergió en su enfermiza mente. El olor a sudor, a sexo y a alcohol le impedía respirar, y tuvo que apoyarse sobre el marco de la entrada para no perder el equilibrio.
—¡Fuera de aquí! —bramó el asesino desde el quicio de la puerta.
Las mujeres huyeron aterrorizadas del sucio habitáculo, dejando a solas a Khnumose y a su inesperado invitado.
El jefe de policía lo miró con desprecio.
—¿Cómo te atreves a irrumpir aquí así? —le espetó.
El asesino se abalanzó sobre él con un rictus que le heló la sangre.
—La urgencia me ha traído a un lugar al que jamás habría venido por voluntad propia.
Por eso quiero que prestes atención a lo que te voy a decir, escoria —gruñó mientras lo agarraba del cuello—.
Estás muerto si decides traicionarme, pero puedo enterrarte en toneladas de oro si me ayudas.
¿Lo has entendido? —Khnumose asintió con un movimiento nervioso del cuello—.
Necesito que investigues a Hekhem. Lo conoces, ¿verdad?
Quiero saberlo todo: sus alianzas, sus más bajas pasiones y sus secretos.
¡Todo! Y cuando lo tengas bien dispuesto, me concertarás una cita con él.
¿Ha quedado claro? —preguntó, apoyando en el escroto la punta de su daga.
—Sabes que estás apuntando a la cúpula y que han puesto precio a vuestras cabezas, ¿verdad?
—¿Me estás amenazando?
El asesino movió la muñeca y le desgarró ligeramente el escroto con su afilada daga.
—¡Detente, por favor! —se apresuró a decir Khnumose, al sentir un punzante dolor—. Haré lo que me pides. ¡Lo juro!
El pavor que desprendía su mirada lo convenció de que decía la verdad.
—También necesito que investigues todo lo que sepas de Rejmira, sobre todo, lo concerniente a sus hijas —añadió, apartando el filo de la daga.
—Es un hombre de estado, leal al faraón y devoto de sus hijas. ¿Qué más quieres saber de él?
El devorador de almas relajó el porte y miró fijamente a los ojos de Khnumose.
—Quiero saber su pasado, por qué quiere casar a una de sus amadas hijas con un tipejo como Hekhem y cuál es la relación real que mantiene con ellas.
El jefe medjay detectó un tono inusual en la voz de aquel hombre sin alma.
—¿Para qué quieres saber de ellas? —El asesino sonrió maliciosamente—. El objetivo es la princesa Neferura. No te atrevas a matar a las hijas del gobernador o se complicarán aún más las cosas para vosotros. Recuerda que la cúpula vigila y conoce tu secreto.
—Eres más estúpido de lo que aparentas, amigo mío.
Aún no sabes lo que se está cociendo en las altas esferas y actúas como una endeble marioneta.
¡Qué patético! —dijo torciendo el gesto—.
Yo no tengo dueño, y lo único que me mantiene atado a este depravado mundo es pagar una deuda que tengo pendiente desde hace demasiado tiempo.
Si valoras tu miserable vida, y la de toda tu familia, te conviene no contrariarme, gusano.
En una semana nos vemos en el lugar de siempre.
No te presentes con las manos vacías… Te estaré vigilando, así que ándate con cuidado.
El asesino abandonó el reservado y se deslizó fuera de aquel antro de vicio y perversión como una sombra.
Ya en la calle, incapaz de contener el odio que bullía en su interior, buscó a una víctima con la que descargar la furia que amenazaba con hacerlo estallar.