42 #2
Hekhem puso los ojos en blanco mientras apretaba con fuerza los dientes y los puños, gesto que acentuó su incipiente jaqueca.
—¿¡Tanto tiempo!? ¿Y qué demonios se supone que debo hacer mientras tanto?
—Continuar con su vida normal, mi señor —señaló con una lógica aplastante.
El supervisor suspiró y se recostó en el respaldo de la silla antes de quedar en silencio, intentando poner en orden sus pensamientos.
—Mejor me voy a dormir. Tengo la cabeza embotada y apenas fuerzas para sostenerme en pie. Ve a preparar mis aposentos, Pahemre.
—¿Va a pasar la noche aquí, mi señor? —preguntó el subalterno, extrañado—. ¿No la pasará con su esposa?
Hekhem lo atravesó con la mirada.
—¿Cuándo me has visto emocionado por pasar una noche con una zorra? Ahora vete a hacer lo que te he dicho. Aún tengo algunos asuntos que atender antes de acostarme.
El supervisor esperó a que saliera Pahemre del despacho y, después, permaneció un buen rato redactando el mensaje que mandaría enviar al día siguiente, en secreto, a la suma sacerdotisa de Mut para concertar una reunión.
Tras escribir la carta, se quedó dormido, recostado sobre la mesa.
Hekhem despertó sobresaltado por unas voces. Había alboroto en el pasillo y escuchó unos pasos apresurados que se acercaban a la puerta.
Esta se abrió de golpe y la figura de Neferkay irrumpió con ímpetu en el despacho.
—¿Qué haces aquí? —balbució Hekhem, al tiempo que ocultaba el documento que acababa de escribir entre los papiros esparcidos sobre el escritorio.
—¿Acaso tenías pensado no venir a casa? —le reprochó Neferkay.
En ese instante, Pahemre entró en el despacho con cara de circunstancias.
—Perdone, mi señor, pero su esposa no ha querido atender a razones y…
—¡Cállate, idiota, y déjanos a solas! —atajó Hekhem con un taxativo gesto.
El lugarteniente desapareció tras el umbral, y el supervisor volvió la mirada hacia Neferkay con un creciente nerviosismo. Nunca antes una mujer lo había intimidado tanto, con la única excepción de su difunta madre.
—¿Qué excusa vas a ponerme? ¿El trabajo? —se carcajeó con ironía—. ¡Por Amón! ¿Es que no vas a dejar de humillarme? ¿Qué va a pensar la gente si no duermes bajo mi techo después de la boda?
—Creí que no me querías volver a ver —dijo con un hilo de voz.
—No voy a consentir que vuelvas a tratarme como a una fulana, pero tampoco voy a permitir que me dejes abandonada en casa después de la noche de bodas —advirtió, con los ojos encendidos—.
Si ese es el plan de vida que quieres para mí, te pediré el divorcio y le contaré a mi padre todo lo que sucedió ayer.
Aquella situación era totalmente nueva para Hekhem, y no sabía cómo reaccionar.
—Mujer, no te pongas así. Claro que iba a ir a dormir a casa, pero antes debía terminar unas gestiones aquí. Estas últimas semanas han sido de locos y se me ha acumulado la faena.
Neferkay aborrecía interpretar aquel papel, pero cuando se enteró de que Hekhem había ido directamente al templo de Montu nada más salir del templo de Amón, vio una oportunidad única para averiguar en qué oscuros negocios estaba metido su marido.
Y, a juzgar por la forma en que había escondido un documento nada más verla entrar en el despacho, intuyó que se trataba de algo especialmente turbio.
—¿Por qué me miras con cara de bobo? Acaba con lo que estabas haciendo y vayámonos a casa —dijo suavizando el tono de voz—. No te importa que me quede aquí, ¿verdad?
—Claro que no —se apresuró a responder.
Lo cierto era que Hekhem no tenía nada más pendiente de hacer, pues solía delegar sus tareas más tediosas en sus subalternos.
Aun así, sonrió y dirigió la mirada a su mesa de trabajo, buscando algo que le sirviera para simular una tarea.
Al final, tomó el cálamo y un papiro dispuesto a escribir la primera ordenanza absurda que se le ocurriera.
Tuvo la mala fortuna de que, al intentar mojar la punta del cálamo en el tintero, lo volcó, expandiendo una marea negra sobre la mesa que acabó manchándole la túnica.
—¡Qué desastre eres! —señaló Neferkay mientras intentaba secar la tinta con un paño de lino—. ¿No es la que utilizaste en nuestra boda?
—¡Mierda, sí! —bramó Hekhem saltando de la silla—. ¡Joder, esta túnica me costó una fortuna!
—Anda, cámbiate de ropa y manda a lavar la túnica antes de que se eche a perder —instó Neferkay.
Al escuchar el alboroto, Pahemre abrió la puerta del despacho con cautela.
—¿Qué ha pasado aquí, mi señor? —preguntó desde el quicio.
—¿Qué haces ahí parado, memo? Ayúdame.
El subalterno se acercó a toda prisa.
—Deme esa túnica para que la laven antes de que se estropee, mi señor. Acompáñeme y lo ayudaré a cambiarse de ropa. Está cansado y debería marcharse ya a casa con su esposa.
Aquella situación estaba superando a Hekhem.
—Hazle caso. Ya es muy tarde y necesitas descansar —dijo Neferkay, simulando un bostezo—. Te espero aquí sentada. No tardes.
Pahemre se llevó a su jefe casi en volandas, mientras recibía algún que otro improperio. En cuestión de segundos, Neferkay se quedó sola en el despacho.
Sin perder tiempo, se dirigió a la mesa de trabajo de Hekhem y rebuscó entre los documentos hasta que halló uno con la tinta fresca. Tan solo pudo echarle un rápido vistazo antes de devolverlo a su lugar, alertada por unos pasos que se aproximaban desde el corredor.
Se sentó en el diván justo en el momento en que Hekhem entraba en la estancia, con la misma ropa con la que había salido. Tras una breve inspección visual, el supervisor miró a Neferkay y, con voz zalamera, anunció:
—Perdona que sea tan testarudo, esposa mía, pero no podía dejarte sola después de haberme venido a buscar desde tan lejos. Mañana mismo encargaré una túnica nueva y asunto resuelto. ¿Nos vamos a casa?
Neferkay se levantó del diván sin mirarlo. Hekhem le ofreció la mano para salir juntos, pero ella pasó de largo con gesto altivo.
—Maldita zorra… —masculló.
La sacerdotisa se giró y lo atravesó con la mirada.
—¿Qué has dicho?
—Nada, me he quejado de mis doloridos pies. No debí venir a trabajar —dijo, escondiendo la mirada en el suelo.
Neferkay dio media vuelta y sonrió. Aunque se había obligado a acudir al templo de Montu, no podía haber sido más trascendental aquella decisión.
Una brizna de luz se abría paso en la oscuridad.