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La creación del monstruo
Nebamun era hijo de Nebre, un oficial del ejército regular tebano al servicio de Tutmosis I y amigo del joven príncipe Tutmosis II, ya que ambos habían servido juntos en la división de Amón.
Sin embargo, su vida estuvo marcada por la pérdida desde del comienzo: su madre murió durante el parto, y su padre cayó en una campaña del faraón en Nubia cuando él contaba tan solo con tres años de edad.
Tutmosis II se apiadó del pequeño Nebamun y lo llevó al Per Ankh de Karnak para que recibiera la mejor formación.
A los ocho años, ya destacaba por sus amplios conocimientos de anatomía y sus maestros lo enviaron a uno de los talleres de momificación de una necrópolis próxima a Deir el-Bahari para que se formara como embalsamador.
Su talento excepcional y una destreza sin igual en el arte del embalsamamiento propiciaron que fuera nombrado jefe de los embalsamadores reales con tan solo diecisiete años, durante el reinado de Tutmosis II.
Un año después, conoció a la que sería su prometida, Satsobek, en una de las celebraciones organizadas por el faraón en el palacio real.
El flechazo fue inmediato, y su noviazgo empezó a perfilarse como un matrimonio inminente, bendecido por la corte y por los dioses.
—Satsobek, ¿dónde estás?
—¡Nebamun, amor mío, estoy aquí!
La voz de su amada era melodiosa y dulce.
—¿Cuándo irás a ver a tus padres? —preguntó Nebamun mientras le acariciaba las mejillas.
Satsobek tenía la piel clara, el cabello oscuro y unos ojos negros que brillaban como el limo húmedo del Nilo.
Era hija de un funcionario vinculado al templo de Karnak y de una sacerdotisa de Mut.
Su sonrisa había iluminado el mundo frío de resinas, vendas y cadáveres en el que Nebamun pasaba sus días.
La felicidad fue plena cuando Satsobek accedió a ser su esposa y planificaron anunciar la boda al final de la inundación de aquel año. Solo quedaba un último escollo por superar: que los padres de la novia bendijeran aquel enlace.
La joven lo miró con los ojos encendidos de felicidad.
—Parto mañana, pero no pongas esa cara, hombre. Mis padres estarán encantados de que me convierta en tu esposa. ¿No es maravilloso, amor?
Todo parecía ir sobre ruedas hasta que, una semana después, Nebamun recibió una nota manuscrita que lo emplazaba a reunirse con un noble en una villa ubicada en pleno centro de Tebas.
Nebamun acudió a la cita nervioso, creyendo que la había programado Satsobek para sorprenderlo y presentarle, por fin, a sus padres.
Sin embargo, en su lugar, se encontró con una figura cuyo rostro permanecía oculto tras una máscara, y tuvo el oscuro presentimiento de que aquella reunión solo le iba a acarrear problemas.
La persona enmascarada vestía con una larga capa negra, era alta y empezó a hablarle con una voz metálica y distorsionada, imposible de identificar como masculina o femenina.
Le explicó que debía mantener en secreto su identidad, pues pertenecía a una influyente familia vinculada estrechamente con la casa real, y no deseaba que su nombre quedara asociado a las posibles consecuencias que podrían derivarse de la información que estaba a punto de revelarle sobre Satsobek.
—No me interesan los chismes que se esparcen en palacio sobre mi prometida, y mucho menos si vienen de boca de una persona que oculta su identidad tras una careta —resolvió Nebamun, dando aquel encuentro por acabado.
—¿No te has preguntado por qué tu Satsobek no ha regresado aún de casa de sus padres?
El embalsamador estuvo tentado de arrebatarle la máscara de un puñetazo, pero prefirió tirar por la vía diplomática para evitar un altercado con la nobleza.
—¿Por qué tienes tanto interés en darme esa información? No creo que nos conozcamos —señaló Nebamun.
—Te equivocas —replicó el enmascarado—. He seguido tu trayectoria desde que te convertiste en embalsamador real. Conozco el vínculo que te une con el faraón y la lealtad que le profesas. Por esa razón, me repugna ver cómo los poderosos se aprovechan y se burlan de las personas buenas como tú.
—¿Se ríen de mí? ¿Ese es el problema? —ironizó Nebamun.
—Eres tan noble que me da mucha lástima ver cómo una furcia se aprovecha de tu buen corazón.
Nebamun se revolvió y se plantó ante la figura enmascarada.
—¡Retráctate de tus palabras si no quieres que tu vida acabe aquí! —dijo, mostrándole su daga.
—Guarda ese orgullo para pagarlo con quien lo merece. He venido porque no puedo consentir que un faraón corrupto y pérfido codicie el bien más preciado de su más leal súbdito —le reveló.
—No eres consciente de lo imprudente que estás siendo poniendo en tela de juicio a las dos personas más importantes de mi vida. Esconderte tras una careta no evitará que te saque las tripas si no cierras de inmediato esa bocaza —lo amenazó.
El enmascarado se carcajeó.
—¿Acaso creíste que una familia tan influyente como la de Satsobek aceptaría que su preciada hija se casara con un simple embalsamador?
Aquellas palabras le hirieron más que un afilado puñal.
—Habla claro, bastardo, o juro que te mataré —murmuró Nebamun.
—¡Abre los ojos, amigo mío! ¿Escuchas la música? Procede del palacio real y anuncia el ingreso de una nueva concubina al harén del faraón —le reveló—. ¡Despierta, Nebamun! Tu prometida está a punto de entregarse a Tutmosis. ¿No vas a hacer nada?
Nebamun no podía soportar más aquellas injurias, pero se obligó a contenerse.
—Di lo que quieras, miserable. No voy a seguir escuchando esa sarta de mentiras. —El enmascarado lo retuvo del brazo cuando Nebamun daba media vuelta y le mostró un pañuelo de seda—. ¿Qué haces tú con él?
El embalsamador se lo arrebató y, al olerlo, identificó el embriagador aroma del perfume que Satsobek solía usar.
Sin embargo, no detectó la profundidad narcótica del loto azul ni el rastro áspero y amargo de la mandrágora, ocultos tras la dulzura de aquel perfume floral, capaz de perturbar su mente y hacerlo más vulnerable a la sugestión.
—¿No es el mismo que le regalaste a tu amada?
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó, sintiendo un ligero mareo.
—Todo Tebas sabe que el faraón se quedó prendado de la belleza de Satsobek desde que supo de vuestro compromiso. Ahora mismo está en el palacio. De hecho, esta noche la hará suya en su alcoba real.
Mientras Nebamun escuchaba las venenosas palabras del enmascarado, en su mente fue tomando forma una escena insoportable: Satsobek desnuda sobre el lecho, retozando junto a Tutmosis.
—¡Cállate! ¡Mientes! —gritó, llevándose las manos a la cabeza.
—¿Esa es la mujer que quieres como esposa? ¿Una esclava de su cama?
Una imagen se impuso con una claridad cruel en su intoxicada imaginación: Satsobek entregándose al faraón, gimiendo de placer mientras cabalgaba sobre su falo.
—¡Puta! —murmuró Nebamun, con la mirada perdida.
—Sí, ella es una puta. Pero ¿qué es tu rey? Él, que lo tiene todo, también te ha arrebatado lo único que amabas.
El embalsamador era incapaz de borrar de su mente aquella visión de Satsobek fornicando con el faraón.
Había sido traicionado por las dos personas más importantes de su vida.
No necesitaba más pruebas. No dudó. El veneno de la mentira le había nublado la razón, y en su trastornada mente, solo quedaba una salida.
—Los quiero ver muertos… ¡A los dos!
El misterioso sujeto sonrió tras su máscara.
—Y yo te ayudaré a hacer realidad tu deseo —alegó mientras extendía la mano.
Nebamun cogió un pequeño frasco que contenía un veneno elaborado con cicuta y adormidera. Conocía bien su oficio, y sabría medir, dosificar y administrar una dosis nociva sin levantar sospechas.
El embalsamador acudió al palacio real y descubrió que se estaba celebrando un banquete. « Una fiesta para celebrar la nueva concubina del rey» , recordó su mente enferma mientras volvía a oler el perfume del pañuelo.
Nebamun accedió sin problema al salón, y, al verlo entrar, Tutmosis lo invitó a unirse a la celebración.
Confiado, el faraón bebió de la copa que le había servido su fiel súbdito sin imaginar que aquel sería su fin.
Nebamun había calculado la dosis con frialdad: la muerte llegaría lenta y agónica.
Primero aparecerían la fiebre y los delirios; después, el corazón se iría apagando poco a poco, como una lámpara sin aceite.
Los médicos no sospecharían nada. El monarca rondaba los treinta años y ya era frágil de salud. Sería el crimen perfecto.
Después se dirigió hacia los jardines del palacio, lugar donde el enmascarado le había dicho que encontraría a su prometida.
Satsobek corrió a abrazarlo en cuanto lo vio.
—Amor, ¿has venido a la fiesta también? ¡Tengo una gran noticia que darte! —exclamó radiante de felicidad.
A Nebamun le asqueó el contacto con aquel cuerpo y la apartó con brusquedad. La rabia y los celos bullían en sus entrañas, pero, por un instante, la lucidez se abrió paso entre la locura. Comprendió, horrorizado, lo que estaba a punto de hacer… y huyó.
Satsobek lo siguió y lo alcanzó antes de que abandonara el palacio. Lo abrazó por la espalda y le preguntó:
—¿Qué te ocurre, Nebamun? ¿Por qué te apartas de mí?
—¡Déjame, zorra! ¡No me toques!
Ella se colocó frente a él y le sostuvo la mirada. En sus ojos solo percibió un profundo vacío.
—¿Te encuentras bien, amor? —dijo con los ojos encharcados en lágrimas—. ¿Sabes quién soy? Soy tu prometida, Satsobek. ¿No me recuerdas?
Su mente solo le devolvía una imagen: Satsobek estremeciéndose de placer en brazos del faraón. La locura volvió a apoderarse de él. Sin pensar, empuñó la daga y la hundió en su vientre.
Nebamun sintió la cálida sangre derramándose por su mano mientras el brillo de aquellos ojos que tanto había amado se apagaba para siempre.
Satsobek le acarició la mejilla con una infinita ternura.
—Te amo, Nebamun —susurró con un hilo de voz.
Su alma se quebró en mil pedazos cuando la vida abandonó el cuerpo de su amada.
Desde ese momento, su existencia se convirtió en un infierno de culpa, resentimiento y autodestrucción. La decadencia culminó el día en que bebió el mismo veneno con el que había asesinado a su rey, deseando que la abominable Ammit [66] devorara su corazón en el Inframundo.
Sin embargo, la muerte le fue esquiva. Le tenía reservado un castigo peor que la aniquilación de su alma.
Aquel hombre honorable y respetado regresó convertido en una aberración: un ser que ya no respetaba ni a los vivos ni a los muertos, un monstruo del que incluso la muerte huía.
Así nació un demonio, consumido por una infinita sed de venganza.
El devorador de almas.