27
Regreso del más allá
Nadie se percató de las dos sombras que recorrían los suburbios de Coptos a altas horas de la madrugada.
A su paso, un reguero de sangre iba dejando la huella de una batalla que había acabado de la forma más inesperada.
No tenía miedo a morir; ese temor había sido desterrado mucho tiempo atrás, pero no podía soportar haber sido derrotado por una mujer.
El devorador de almas se mantenía aún con vida gracias a ese sentimiento al que se aferraba para continuar caminando.
—Debemos ir más rápidos o morirás desangrado —lo alentó Pacer en cuanto su compañero se detuvo para tomar aliento.
El asesino gruñó y siguió caminando con torpeza, apoyado en el hombro del escriba.
Al llegar al entramado de callejas del mercado, se internaron por un estrecho callejón que conducía a una zona de chozas y pequeños almacenes.
Se detuvieron ante uno de los portales más sucios, sobre el que parpadeaba una lámpara de aceite cuya temblorosa llama proyectaba un desdibujado círculo amarillento que apenas lograba iluminar el acceso.
Pacer golpeó la puerta mientras sostenía el peso del devorador de almas, cada vez más liviano, que mascullaba entre jadeos.
De su interior emergió la encorvada figura de un anciano que, al advertir los goterones de sangre que caían del cuello de uno de los hombres apostados ante la puerta, se hizo a un lado y, sin decir palabra, les abrió paso.
El escriba cargó a su compañero, medio enganchado de su hombro, y avanzó por un estrecho corredor que desembocó en una amplia estancia, a modo de dormitorio, sala de curación y almacén.
El ambiente era sofocante, cargado de un hedor a resinas quemadas, opio dulce, sudor y vinagre; una mezcla que mareaba y repugnaba por igual.
El curandero encendió un par de lámparas de aceite más y, con un gesto seco, indicó a Pacer que acomodara al herido en una suerte de silla que había en un rincón.
El devorador de almas apenas lograba mantener la cabeza erguida; respiraba con dificultad, emitiendo unos estertóreos gruñidos.
—No dejes que se duerma —advirtió el viejo con una ronca voz.
Aquella parecía ser la zona de trabajo del curandero.
Junto a la banqueta había una palangana de bronce con restos de agua turbia, en la que flotaban restos de hierbas secas, y una caja de madera mal cerrada de la que sobresalían vendas usadas y trapos endurecidos por la sangre.
De las paredes ennegrecidas colgaban ristras de ajo, cebollas secas y hierbas marchitas, mezcladas con pieles de pequeños animales.
Pacer miró el puñal que aún sobresalía del cuello del devorador de almas con repelús, y le dio unos leves golpes en la mejilla para hacerlo reaccionar. Para su sorpresa, el asesino abrió los ojos y, durante unos instantes, miró a su alrededor despierto y orientado.
—¿Dónde coño me has traído? —murmuró antes de volver a caer en la somnolencia.
El curandero se acercó con una lámpara en las manos y observó a su paciente mientras negaba con un gesto.
—No preguntes nada, viejo —dijo Pacer arrojando sobre la mesa una bolsita repleta de plata—. Sálvalo.
El anciano murmuró algún improperio y se puso a preparar el material que iba a utilizar para realizar la cura.
—Túmbalo ahí y sujétalo —dijo señalando un banco de madera manchado de sangre seca.
Pacer tuvo que emplear todas sus fuerzas para dejar al devorador de almas estirado sobre el banco y agarrarlo por la muñecas. El curandero palpó los bordes de la herida y, sin previo aviso, vertió un buen chorro de vino de palma avinagrado alrededor del cuello.
El asesino rugió con furia y derribó a Pacer de un puñetazo.
—¡Joder, qué fuerza tiene el hijo de perra! —blasfemó el escriba mientras se incorporaba dolorido.
No pudo creer que el viejo hubiera conseguido reducir al devorador de almas con una fuerza impropia de una persona tan menuda y esquelética.
—Ahora viene el momento más delicado de todos. Asegúrate de que esta vez no se mueva, o, de lo contrario, será su fin —le advirtió el curandero.
Pacer inmovilizó con el peso de su cuerpo a su compañero.
En la estancia solo se oía la entrecortada respiración del asesino y el zumbido de los insectos que revoloteaban alrededor.
El curandero agarró el puñal por el mango y lo arrancó de un rápido y seco tirón.
El acero salió, acompañado de un chorro de sangre que salpicó el banco y el suelo.
El devorador de almas lanzó un leve gemido y cayó en la inconsciencia.
El viejo no perdió tiempo. Presionó la herida con un trapo embebido de miel y resina de terebinto, y luego aplicó una pasta espesa que olía a grasa rancia. Con manos firmes, vendó el cuello con la presión precisa para contener la hemorragia.
Acto seguido, encendió un brasero y colocó sobre él un cuenco de barro en el que quemó un poco de opio y hojas de mandrágora.
Un humo denso y dulzón comenzó a elevarse, y el curandero acercó el recipiente a los labios del herido para que inhalara los vapores.
La respiración del devorador de almas se volvió más lenta y profunda, hasta que se durmió.
—¡Ha tenido suerte! —informó el anciano mientras se limpiaba las manos con un trapo mugriento—. El puñal no ha seccionado vasos vitales. Vivirá, aunque tal vez no vuelva a hablar como antes.
—Eso no importa ahora. ¿Cuándo cree que estará lo suficientemente fuerte para que pueda abandonar este lugar por su propio pie? —preguntó Pacer con tono ansioso.
El curandero se echó a reír a carcajadas.
—Si no quieres que su herida se abra y adelante su juicio con Osiris, no deberías moverlo de aquí en una semana —le explicó.
Pacer empezó a palpitar y sudar frío.
—Tenemos que salir de Coptos antes de que amanezca.
¿Me oyes, viejo? —le espetó mientras sacaba otra bolsa, pero esta vez repleta de oro—.
Busca ayuda para llevarlo a alguna zona accesible del río y contrata a un barquero para que nos aleje de la ciudad.
—El curandero sopesó la bolsa y se encaminó hacia la puerta con una sonrisa.
Pacer saltó tras él y lo tomó por las solapas—.
Si te atreves a traicionarme, juró que te mataré.
—Conozco perfectamente a los devoradores de almas. Jamás osaría traicionarlo, pues sé que su sed de venganza me perseguiría incluso después de la muerte —masculló, escupiendo al suelo.
El escriba pareció quedarse más tranquilo con la explicación del viejo. Sin embargo, su desasosiego aumentó cuando empezó a escuchar voces en las calles.
—¡Buscadlos! ¡No pueden haber salido de la ciudad!
Se alejó del ventanuco y se sentó al lado de su compañero. Dormía y, aunque su respiración era superficial, parecía haber recuperado un poco de color en las mejillas. Al rato, escuchó abrirse la puerta y se ocultó tras un muro empuñando un cuchillo con manos temblorosas.
Era el curandero, y lo acompañaban cuatro mozos de origen nubio. Sin mediar palabra, cogieron en volandas al herido y lo llevaron fuera de la casa, pero por una puerta lateral que daba acceso a un sendero de paso entre las chozas que conducía directamente a la ribera del río.
Allí los aguardaba una embarcación de papiro, cargada con sacos de cebada y tinajas de vino.
Pacer sobornó al barquero con un brazalete de cobre para que los llevasen a un punto concreto de la ribera oriental del Nilo.
Tras un corto descenso, vislumbró la silueta de una caravana y respiró tranquilo.
Por fortuna, cuando planificaron la huida de Coptos, habían contratado un transporte terrestre que los alejaría de la ciudad hacia un poblado llamado Iuni [65] .
Unos fornidos hombres introdujeron al devorador de almas en la caravana y, tras acomodarlo sobre unas mantas, se dirigieron hacia la aldea por un camino que discurría entre palmerales.
Detuvieron el carro en una casa apartada del poblacho y llevaron al herido a una de las habitaciones.
No era demasiado grande, pero estaba limpia y tenía una ventana que daba a un jardín.
Pacer envió a uno de sus hombres a buscar a un médico a la aldea.
Al rato, este regresó con un hombre de mediana edad que afirmaba haber curado heridas en la guerra contra los hititas.
A juzgar por su reacción, en efecto, aquel sanador debía de haber lidiado con heridas similares en el campo de batalla, pues ni se inmutó cuando se encontró con un hombre moribundo yaciendo sobre un lecho de esteras con el cuello vendado de mala manera y el rostro pálido como la cera.
Cada respiración era un gorgoteo ahogado, y, de vez de en cuando, se escapaba una gota de sangre entre las vendas.
Dejó un zurrón lleno de frascos de barro, vendajes limpios y un pequeño brasero encima de una mesita.
Sin mediar ni una palabra, retiró con cuidado las vendas empapadas de sangre y sudor, y en cuanto tuvo la herida expuesta, la lavó con una mezcla de vino de palma y vinagre mientras musitaba plegarias a Sekhmet, diosa de la sanación.
La herida se encarnó y el devorador de almas, aún inconsciente, se agitó con una mueca de dolor.
A continuación, preparó un emplasto con miel, resina de terebinto y polvo de granada seca, y lo ungió sobre la herida para sellarla y evitar la corrupción del tejido. Para acabar la cura, cubrió la incisión con un apósito de lino y lo fijó con unas vendas limpias.
—¿Sobrevivirá? —le preguntó Pacer.
—Aún es demasiado pronto para hacer un dictamen, pero he visto casos aún peores salir adelante —respondió el curandero—. Las próximas horas serán cruciales. Ahora le administraré un calmante para aliviarle el dolor y los delirios.
El sanador le colocó bajo la lengua una pizca de opio mezclado con grasa animal, y encendió el brasero para quemar unas hierbas de mandrágora y loto azul. La estancia quedó cubierta por un aromático y denso humo que sumió al devorador de almas en un profundo sueño.
—Será mejor que salgamos rápido de aquí si no queremos acompañar a tu camarada en su viaje al mundo de los sueños —instó el médico.
Pacer lo acompañó hacia la salida y le dio una buena cantidad de oro.
—Espero su discreción —dijo, añadiendo un par de piezas de oro más.
—Volveré esta noche para cambiarle el apósito y renovar la cura.
Si sobrevive a mañana, muy probablemente saldrá con vida de esta —lo informó—.
El enfermo debe estar en reposo absoluto y solo deben alimentarlo humedeciéndole los labios con miel diluida en agua fresca, lo necesario para mantenerlo con vida.
El día transcurrió sin novedades en el estado del paciente.
El devorador de almas continuaba inconsciente y no mostraba otros signos de reacción más allá de algún gemido ocasional.
Pacer no se separó de él ni un segundo y lo mantuvo hidratado con una disolución enriquecida con miel, que su compañero tragaba con avidez.
El médico regresó al atardecer para realizar la cura. La herida presentaba los bordes limpios y había disminuido la inflamación. La noche transcurrió tranquila, salvo por un episodio de fiebre que Pacer controló aplicándole paños mojados en agua tibia.
Los días siguientes continuaron igual de monótonos.
Dos veces al día acudía el sanador para tratar al enfermo, y siempre decía que la herida estaba cicatrizando muy bien, que sus constantes eran normales, pero que, hasta que no despertase del coma, no podría evaluar con precisión las posibles secuelas.
Pacer, mientras tanto, se entretenía clasificando los lingotes de oro y plata, pesando el polvo de oro e inventariando las piezas de lapislázuli, turquesa y otras joyas y materiales preciosos, como marfil tallado, mirra e incienso, que iba almacenando en baúles de ébano.
También invertía tiempo en ordenar la documentación reservada, donde constaban los registros de los sobornos recibidos durante su estancia en Coptos, y la lista completa de las personas implicadas.
Al cabo de tres días, el devorador de almas abrió los ojos, aunque cayó de inmediato en una especie de letargo que apenas le sirvió a Pacer para hacerle tragar unas cuantas cucharadas de gachas con miel.
Desde entonces, el escriba aprovechaba los breves momentos en que su nivel de consciencia mejoraba para alimentarlo con gachas de trigo, con miel, dátiles e higos triturados.
Pasaron treinta días sin que el paciente diera señales claras de despertar. Sin embargo, algo cambio durante la noche en la que se cumplía el trigésimo primer día de inconsciencia.
El devorador de almas sufrió un delirio febril y, de pronto, dejó escapar una palabra que llevaba enterrada desde hacía años en el fondo de su alma:
¡Satsobek!