Las hijas del visir 26 #2
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Pashedemheb se despidió afablemente de Meriamon a las puertas del templo de Apis y, acto seguido, regresó a su despacho meditando si había tomado la decisión correcta. Era una apuesta arriesgada, pero confiaba plenamente en su intuición.

Sat-Ire caminaba con paso ligero, absorta en sus pensamientos, mientras Neferura y Zayineth la seguían casi sin aliento. Cuando entraron en la habitación, encontraron a Tiaret y a Neferkay haciendo las maletas.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo? —quiso saber Sat-Ire.

—Adivínalo con tus poderes —replicó Tiaret frunciendo el ceño.

Zayineth, que no entendía nada, se acercó a Neferkay y la sujetó por una muñeca.

—¿Dónde creéis que podemos ir sin la ayuda de Pashedemheb?

La sacerdotisa se liberó el brazo y le espetó:

—¿No me digas que confías en él? Desde que llegamos a este lugar, hemos sido poco menos que sus marionetas y ahora pretende deshacerse de nosotras enviándonos de vuelta a Tebas.

No escapé de casa de mi padre para volver con el rabo entre las piernas y casarme con el hombre que él ha elegido para saciar sus ansias de poder.

—¡Corta! Si no quieres casarte con ese hombre, díselo, pero no sigas huyendo de tus problemas o acabarán persiguiéndote toda la vida —atajó Zayineth—.

La semana pasada, eras tú quien me animabas a seguir adelante, a dejar los fantasmas del pasado atrás.

Me prometiste que me ayudarías a hacerlo.

¡Pues aplícate el cuento! —Neferkay se revolvió, pero no encontró ningún argumento con el que refutarla—.

Recuerdo que ninguna de vosotras confiaba en mí —prosiguió—.

Yo cometí el mismo error con Pashedemheb, y, gracias a él, he podido rescatar a mi madre del olvido y hacer que el peso de la Justicia cayera sobre uno de los responsables de su desaparición. Por eso, yo sí confío en Pashedemheb.

Sat-Ire, que había entrado en la habitación con las mismas dudas que sus hermanas respecto a Pashedemheb, las desterró tras escuchar el alegato de Zayineth.

—Pashedemheb nos ha asesorado sabiamente hasta el momento; no en vano, es la voz del oráculo de Apis —afirmó Sat-Ire—. Estoy con Zayineth y seguiré confiando en él, aunque no puedo hablar en nombre de todas vosotras.

—No me hace nada de gracia ese juez, pero también confiaré en el buen juicio de Pashedemheb —añadió Neferura.

En ese momento, Hekai entró en la habitación sin avisar. Tenía los ojos rojos, de haber llorado, y al encontrarse con la mirada de Neferkay, hizo el ademán de avanzar un paso más.

—¿Qué crees que haces entrando en una habitación de mujeres sin permiso? —le espetó Tiaret, fulminándolo con la mirada.

El sacerdote palideció y retrocedió avergonzado.

—¿Qué haces? Tú eres siempre bienvenido aquí —intervino Zayineth—.

Y tú —añadió, mirando a Tiaret—, no pagues tu mal genio con el bueno de Hekai.

Estábamos discutiendo si confiábamos en la propuesta de Pashedemheb o si sería mejor buscar otras alternativas.

Pero creo que ya se ha acabado el debate; por tres votos a favor y dos en contra, hemos decidido regresar a Tebas con Meriamon, haciendo caso al consejo del sumo sacerdote.

—¿Qué…? ¡Yo también os acompañaré! —medió Hekai, avanzando decidido hasta el interior de la habitación—. Y si tengo que enfrentarme a tu padre para impedir que te cases con el hombre al que no amas, lo haré sin dudar, aunque deba pagar por ello con mi vida.

Neferkay abrazó a Hekai, para sorpresa de todas.

—Agradezco tu buena voluntad, pero sé defenderme a mí misma. Una amiga…, no, una hermana me ha hecho ver que no debo huir de mis miedos sin afrontarlos. Ese problema debo resolverlo yo, aunque me sentiré mucho más tranquila en Tebas si tú estás a mi lado.

El joven sacerdote se quedó blanco como la pared.

—¡No se hable más! —señaló Sat-Ire—. Lo cierto es que todas estaremos más tranquilas contando con una persona tan diligente y leal como tú, Hekai.

Y eso me lleva a preguntarte algo —agregó, mientras lo escrutaba con la mirada—.

¿Acaso eres amigo de Meriamon? Cuando acudimos al Kenbet por primera vez, lo mencionaste, y lo hiciste con respeto.

—No somo amigos, exactamente —precisó el sacerdote—.

Tenemos la misma edad y estudiamos juntos en la Casa de la Vida.

Fuimos compañeros durante nuestra formación en lectura de jeroglíficos, derecho, matemáticas, rituales y administración.

Meriamon destacaba con las matemáticas, y yo, con los jeroglíficos, así que nos ayudábamos mutuamente con estas materias.

Una vez empezamos a ejercer nuestras profesiones, nuestros caminos se han cruzado en muchas ocasiones y, como antaño, nos hemos apoyado cuando ha surgido la necesidad.

—¿Es de fiar? —preguntó, sin paños calientes, Tiaret.

Hekai meditó unos instantes antes de contestar.

—No tengo motivos para dudar de su honorabilidad. Fue un brillante estudiante y se ganó su puesto de juez en el Kenbet con todo merecimiento.

—Pero fue nombrado por Satepnahk —replicó Tiaret.

—Él nombraba a todos los jueces en Menfis, y, por lo que sé, la relación que mantenían era meramente profesional, como la que existe entre un superior y su discípulo. En ese sentido, no creo que Meriamon sea sospechoso de mantener un trato muy cercano con el traidor de Satepnahk —aseveró.

Zayineth dio una palmada y exclamó:

—¡Nos has dejado más tranquilas, Hekai! Entonces, hemos tomado ya una decisión, ¿verdad?

Nadie objetó, aunque Tiaret seguía sin estar del todo convencida con aquel plan. Su intuición respecto a Meriamon difería por completo de la de Pashedemheb, y por esa razón decidió que no le quitaría el ojo de encima a aquel juez.