Las hijas del visir 26
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Meriamon

El día amaneció más fresco y perfumado que de costumbre. Neferkay, que era la más madrugadora, se extrañó al no ver en la habitación a Zayineth. Salió al patio y la vio sentada en un banco. Estaba afilando sus puñales, ensimismada en sus pensamientos.

Neferkay se sentó a su lado y le preguntó:

—¿En qué estás pensando?

—No lo creerás, pero me siento más perdida y vacía que nunca después de descubrir la verdad sobre la desaparición de mi madre —respondió conteniendo la emoción—.

Lo más cruel de todo es que ella sabía qué le deparaba el destino y, aun así, lo aceptó con una serenidad que no alcanzo a comprender.

¿Y sabes qué es lo que más me atormenta?

—dijo mientras se enjugaba las lágrimas—.

Que no se habrá hecho justicia hasta que el ser que asesinó a mi familia pague sus crímenes con su propia vida.

La sacerdotisa la abrazó y ambas guardaron silencio.

Zayineth necesitaba tiempo para que se apaciguara el torbellino de emociones que bullía en su interior.

Por un lado, comenzaba a abrirse paso el duelo por su madre; por otro, emergía un profundo odio hacia el devorador de almas que la estaba carcomiendo por dentro.

—Debes ser paciente y mantenerte serena hasta que cicatricen las heridas. Ahora es momento de que llores a tu madre acompañada de las personas que te queremos. Ya llegará el momento de cobrar venganza, hermana, y yo estaré a tu lado para ayudarte —la animó.

—¿Y qué hago con este dolor? —dijo con el puño cerrado en el pecho.

—No lo eludas, pero tampoco permitas que nadie lo alimente más. Deja atrás la inquina y céntrate en él. Solo así conseguirás completar tu duelo en paz.

A Neferkay la estremeció sentir cómo se derrumbaba la mujer más fuerte que conocía. Verla llorar desconsoladamente, mientras temblaba como un pajarillo, levantaba ampollas en su corazón. La abrazó y lloraron juntas hasta que las sorprendió el amanecer.

Al cabo de una semana, Pashedemheb las citó en su despacho.

Al entrar, vieron que en su interior había tres hombres sentados sobre unos cojines, alrededor de una mesa baja.

El sumo sacerdote les hizo un gesto para que se acercasen en cuanto las vio.

A su lado se encontraban Hekai y el juez Meriamon, quienes se levantaron para saludar a las recién llegadas.

Meriamon era un hombre alto, de complexión delgada, rostro alargado y nariz aguileña. Tenía el cabello oscuro y corto, y una mirada penetrante. No pudo reprimir arquear las cejas cuando su mirada se cruzó con la de Neferkay.

—Mi señora, ¿qué hacéis por aquí?

La joven no supo dónde esconderse cuando el juez la tomó de las manos. Hekai miraba atónito la escena.

—Meriamon, no espantes a mis invitadas. Ya te dije que te sorprenderías al verlas —lo riñó, cariñosamente, Pashedemheb.

—¿A qué viene todo esto? ¿No era tan importante mantener en secreto nuestra presencia aquí? —renegó Neferura.

—Y lo es, pero nuestro querido juez no es un extraño, ¿verdad?

—dijo mirando a Neferkay—. La intuición me dice que podéis confiar en él tras ver la impecable instrucción que ha hecho del juicio a Satepnahk.

Gracias a Meriamon, se ha destapado una importante trama de corrupción y sus principales instigadores están pagando duras condenas.

—¿Y por qué está aquí? —espetó Sat-Ire secamente.

Pashedemheb se dirigió a su mesa de trabajo y sacó el cofre que habían hallado en la tumba de Nehura.

—Ha venido a devolvernos las pruebas del caso. Ha pensado que tal vez las quisiera conservar su heredera.

Dejó el arcón encima de la mesa y Zayineth se apresuró a abrirlo, aunque solo sacó la daga del asesino de su interior.

—Algún día se la devolveré insertándosela en el corazón —aseveró mientras se ajustaba la daga en el cinturón.

Se hizo un incómodo silencio, que rompió Meriamon:

—Entiendo que mi presencia aquí pueda generar recelos entre vosotras, pero también he venido a ofreceros mi ayuda.

Durante mi investigación, he descubierto indicios de que el entramado corrupto se extiende por los Dos Reinos como una plaga —explicó—.

Si sumamos el caso de Satepnahk en Menfis al que protagonizaron Pacer y un misterioso asesino en Coptos, aún prófugos de la Justicia, resulta evidente que Tebas no puede estar al margen de esta red de corrupción.

—¿Adónde quieres llegar? —intervino Sat-Ire.

El juez miró a Pashedemheb, y este asintió.

—En la capital se ha propagado el rumor de una posible traición contra la familia real, y el faraón ha ordenado a los medjay y a la guardia real que realicen una investigación secreta que afecta a los sectores más influyentes de la ciudad.

Por otro lado, Hatshepsut se ha reunido con sus generales que le son más leales para que estén en estado de máxima alerta ante cualquier tentativa de alzamiento, y Hapuseneb ha realizado un rito de purificación en el templo de Amón a instancias de la reina.

¡Tebas está en un completo desorden! —continuó—.

Además —añadió, mirando a Neferkay—, vuestro padre ha extremado la vigilancia entre los escribas del puerto para que lo informen sobre cualquier actividad comercial sospechosa que puedan detectar.

Como podéis ver, Satepnahk no era un caso aislado, estaba involucrado en una trama que trasciende más allá de Menfis.

—¿Cómo es posible que un simple juez de Menfis disponga de tanta información? —demandó Neferura, clavando en él una inquisitiva mirada.

—Porque Hapuseneb me lo contó todo antes de regresar de Tebas —respondió, aguantándole la mirada.

—¿A qué vienen tantos recelos, señoritas?

—terció Pashedemheb—. Meriamon es una persona respetable y justa, por mucho que intentéis hallar en él una intención oculta.

Y vais a necesitar todos los apoyos leales posibles en vuestro inminente regreso a Tebas.

¡En la capital anida el mal que amenaza a las Dos Tierras!

—¿Y por qué deberíamos volver a Tebas con tanta premura? ¿Acaso ya no estamos seguras aquí? —intervino Sat-Ire.

Pashedemheb frunció el ceño con gesto de preocupación.

—Los instigadores de la conspiración tienen largos tentáculos; Tebas, Menfis, Coptos…

Y quién sabe cuántos lugares más. No creo que a estas alturas sea un secreto que la princesa Neferura y las hijas de Rejmira se hallan en Menfis, tras el revuelo que han provocado las intrigas destapadas durante el juicio a Satepnahk —declaró—.

Lo más prudente es que regreséis a Tebas cuanto antes.

Allí contaréis con la protección directa de la reina Hatshepsut y del faraón.

Aquella noticia las dejó heladas.

—Hay otra razón más —añadió Meriamon—. Vuestro padre está muy preocupado por vuestra seguridad y me ha pedido personalmente que os acompañe a Tebas.

—¿Por qué tiene mi padre tanta prisa en que regresemos? —le inquirió Neferkay.

—Porque quiere que se celebre cuanto antes vuestro enlace nupcial con Hekhem. Ahora más que nunca, Rejmira necesita contar con el apoyo de las milicias del templo de Montu —respondió Meriamon sin atreverse a mirarla a la cara.

—¿¡Qué!? —voceó Hekai.

Pashedemheb miró a su discípulo arqueando las cejas. Sabía que Neferkay había cautivado el corazón de Hekai, pero no imaginaba hasta qué punto.

—Mi hermana no se casará con un hombre al que no ama, y menos cuando su corazón ya pertenece a otro —añadió Tiaret muy enfadada.

—¿Qué haces…? —susurró Neferkay al ver que su hermana se quedaba plantada delante de Meriamon, con los brazos en jarra.

—¿Acaso estuviste jugando con ella? —le increpó al juez.

Hekai no pudo soportar lo que estaba escuchando y abandonó el despacho cabizbajo. Meriamon, un punto sorprendido con la actitud de Tiaret, replicó:

—Mis sentimientos por Neferkay son genuinos, pero no puedo exponerla a ser repudiada por su propio padre movido por un egoísta afecto.

—¡Eres despreciable! —murmuró Tiaret—. ¡Vámonos de aquí, hermana! Este hombre no es digno de ti —añadió mientras sacaba a Neferkay de la sala, arrastrándola del brazo.

La tensión podía cortarse con un cuchillo, por lo que Pashedemheb decidió dar por concluida aquella reunión.

—Será mejor que aplacemos esta conversación para otro momento, cuando los ánimos no estén tan a flor de piel. Gracias por venir, Meriamon. Confío en que llevarás con la máxima discreción las gestiones previas a tu regreso a Tebas acompañando a mis invitadas.

—¿Y si nosotras nos negamos a que él nos acompañe? —protestó Sat-Ire.

—El gobernador os proporcionará un traslado seguro a Tebas, pero es una travesía larga y peligrosa. Necesito que alguien de mi absoluta confianza os escolte y brinde apoyo cuando lleguéis a la ciudad. Meriamon os ayudará a desvelar la verdadera cara del enemigo. ¡Confiad en mí!

Sat-Ire miró a sus compañeras. Sus rostros, serios y tensos, le devolvieron un silencio elocuente, y ella les hizo un gesto para que abandonaran el despacho.

Pashedemheb esperó a que sus protegidas abandonaran la sala para comentarle al juez:

—No te martirices, Meriamon. Son jóvenes y han pasado por muchas vicisitudes; es normal que desconfíen hasta de sus sombras.

Tal vez me he excedido al solicitar al gobernador que traslade tu plaza de juez a Tebas.

Te estoy profundamente agradecido por haber aceptado sin titubear.

Tu padre se sentiría orgulloso de ti por velar con rectitud por la seguridad de tu país.

—Mi deber es aplicar la regla de Maat y proteger a mi faraón sin importar dónde. Además, siento un profundo respeto por Rejmira y por su familia. No dejaré que nada ni nadie cause daño a sus hijas ni a la princesa Neferura. Puede estar seguro de ello, Pashedemheb.

El sumo sacerdote asintió sonriente.

—Confío en que tú también encuentres tu camino en Tebas, Meriamon.

El juez lo miró, con gesto de sorpresa.

—¿Mi camino?

—No hagas caso a las cábalas de un viejo charlatán —dijo con una carcajada—. En cuanto el gobernador tenga organizado todo el papeleo del viaje, te lo haré saber.