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Dos semanas después de que Meriamon iniciara la instrucción del caso, llegó el día del juicio.
En el amplio patio de audiencias del palacio del gobernador no cabía ni un alma, y en las inmediaciones, una multitud esperaba expectante el dictamen del tribunal.
Satepnahk parecía haberse quedado sin apoyos y su aspecto era deplorable cuando fue llevado a la sala.
Su negativa a colaborar con la Justicia y la contundencia de las pruebas recabadas fueron de tal envergadura que ninguno de sus aliados movió un dedo por él, salvo los que se sentaron a su lado, también acusados de diferentes delitos.
Sus cómplices confesaron sus crímenes, atribuyendo a Satepnahk el papel de máximo instigador de una vasta trama corrupta que incluía recaudación ilegal e incluso asesinatos.
El Kenbet encargado de juzgar a Satepnahk estuvo compuesto por Meriamon, que actuaba como juez instructor; Nekhu, gobernador de Menfis; Pashedemheb, sumo sacerdote del templo de Apis; el escriba mayor del Estado; un alto funcionario del Tesoro Real, y el jefe de los medjay de Menfis.
Durante el juicio, Meriamon se mostró implacable y desmontó uno a uno los endebles argumentos con los que el acusado intentó defenderse, atrapándolo en constantes contradicciones.
La documentación incautada en sus archivos privados puso al descubierto que Satepnahk estaba involucrado en una organización criminal dedicada al cobro sistemático de sobornos, al uso indebido de información reservada para su propio beneficio y que había procedido con prevaricación en innumerables casos y procesos judiciales desde hacía años.
A ello se le sumaron las confesiones de sus cómplices y las cuantiosas riquezas no declaradas que le fueron incautadas. El corrupto juez había quedado completamente desenmascarado; Satepnahk estaba acabado.
Finalmente llegó el momento de que Meriamon dictara sentencia.
El patio de audiencias del palacio del gobernador de Menfis estaba en el más absoluto silencio.
En el estrado central, el juez instructor, con una túnica blanca y un collar de cuentas azules, sostenía el bastón con el que impartía justicia.
A su lado, en una mesita, reposaba la balanza de Maat.
Frente a él se encontraba el acusado. Satepnahk, custodiado por dos medjay , aguardaba el veredicto con el rostro demacrado y la mirada perdida. Apenas era una sombra del hombre altivo que, durante años, había dictado sentencias en aquella misma sala.
Meriamon alzó la voz y proclamó:
—Se ha probado ante Maat, en el tribunal de la Ciudad Blanca, que Satepnahk cometió reiterados delitos de prevaricación, aceptó sobornos, desvió fondos reservados del Tesoro Real y ordenó asesinar a personas inocentes para encubrir sus crímenes.
Unos actos que han mancillado la regla de Maat y puesto bajo sospecha la Justicia de las Dos Tierras.
—El murmullo contenido que se había alzado entre los presentes se apagó en cuanto el juez golpeó el suelo con el extremo de su bastón—.
Por tanto, en nombre de Nekhu, gobernador de Menfis, y en representación del poder del faraón, Tutmosis III, dicto sentencia: Satepnahk será privado de todos sus bienes, su nombre será borrado de los registros y condenado al olvido.
Y conforme a la costumbre de los antiguos, el acusado no sufrirá ejecución pública, sino que llevará a cabo su propia muerte.
Se le entregará una copa de veneno para que ponga fin a su vida en soledad, como corresponde a quien ha traicionado a Maat y se ha juzgado a sí mismo indigno de permanecer entre los vivos.
Los guardias hicieron sonar sus lanzas contra el suelo en señal de acatamiento. Pashedemheb cerró los ojos en silencio y suspiró aliviado. Zayineth apretó los puños mientras una oleada de emociones se arremolinaban en su corazón: por fin, su madre podría descansar en paz.
*
La cámara de detención del palacio del gobernador era pequeña, apenas un habitáculo de adobe con un ventanuco enrejado por donde penetraba la mortecina luz del ocaso.
En su interior, solo había una estera roída que servía de lecho y un cántaro de agua en un rincón.
Hacia aquel lugar fue conducido Satepnahk tras escuchar la sentencia.
Lo acompañaban un escriba de alto rango y un guardia medjay . Este dejó a sus pies una copa de barro sellada con arcilla roja que contenía vino mezclado con un veneno mortal.
—Tienes un momento para despedirte de este mundo —dijo secamente el escriba.
Satepnahk alzó la mirada y se arrodilló en el suelo, aferrándose a sus pies.
—¡Por favor, quiero hablar con Meriamon! Le confesaré todo si me perdona la vida —suplicó con la voz quebrada.
—Ya es demasiado tarde —le espetó el escriba sin mirarlo siquiera.
—Confesaré todo lo que sé sobre una traición contra el faraón —insistió. El funcionario lo observó con desprecio—. ¿No me has oído? ¡Van a traicionar a la familia real!
El escriba sonrió con sorna.
—Degüéllalo. Es demasiado cobarde para quitarse él mismo la vida —le ordenó al guardia.
Satepnahk miró con los ojos desorbitados al escriba mientras retrocedía a gatas, alejándose de él.
—Soy de los vuestros, ¿me escucháis? —dijo, con voz temblorosa—. Y he servido a vuestro líder con lealtad. ¡Esperad…! ¿Qué hacéis? ¡No te acerques…!
No pudo decir más. El guardia le cortó el cuello sin contemplaciones y dejó que se ahogara con su propia sangre.
—Limpia esta porquería —ordenó el escriba—. Por culpa de este traidor, tendré redactar un informe adicional sobre la causa de su muerte y llegaré tarde a casa.
El escriba abandonó la cámara maldiciendo en voz baja.