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La justicia de Maat
El jardín sagrado del templo de Apis estaba silencioso, protegido por altos muros de adobe que apenas dejaban pasar el murmullo de la ciudad.
El sol, todavía joven, iluminaba el estanque donde lotos azules se abrían lentamente perfumando el aire con un dulce aroma.
Zayineth y las sacerdotisas caminaban en fila, vestidas con túnicas de lino blanco ceñidas por cordones de palma.
Los collares de conchas y cuentas de ámbar relucían en sus cuellos bajo la luz del sol.
Sus compañeras quisieron acompañar a la guardiana en el último viaje de Nehura.
La comitiva fúnebre se desplazó desde el jardín del templo hacia una explanada exterior del recinto, donde un pequeño bosque de sicomoros crecía frente a un manantial.
Pashedemheb y Hekai aguardaban junto al sicomoro más antiguo, cuyas anchas raíces se hundían en la tierra como brazos que se abrazan.
Sobre una tarima reposaba la cesta de junco, tejida con cuidado por las acólitas del templo siguiendo las indicaciones de Zayineth.
En su interior, los huesos de Nehura, ya limpios y envueltos en lino fresco, descansaban en su lecho mortuorio.
Entre las hojas de palmera trenzadas y flores de hibisco marchito que recubrían la cesta, reposaban semillas de trigo, un pequeño escarabeo azul y un trozo de cerámica con el nombre de Nehura.
Zayineth se arrodilló y, con manos firmes, abrió la cesta y vertió una mezcla espesa de miel y resina de mirra sobre los restos de su madre mientras entonaba en la lengua de Punt un canto que había aprendido cuando era una niña.
— «Que el río te lleve donde el sol se duerme. Que los ancestros te reciban con brazaletes de luz. Que el mar te traiga de regreso a casa con las olas al amanecer» .
Neferkay colocó junto al osario el brazalete de lapislázuli y cornalina de Nehura, mientras Hekai arrojaba un pellizco de mirra sobre un cuenco con brasas. El humo ascendió en lentas espirales hacia el cielo azul, llevando consigo una plegaria silenciosa a los dioses.
Cuando el canto cesó, Pashedemheb pronunció unas palabras en nombre de Maat:
—Hoy devolvemos a Nehura a la senda que conduce a la campiña de Aaru. Que su espíritu camine en armonía, y que su sombra descanse en paz, amparada bajo los brazos de Maat.
Entre Zayineth y Neferkay bajaron la cesta a un hoyo cavado al pie del sicomoro. Su hija fue la última en dejar caer un puñado de tierra, dando por concluido el enterramiento. Aquella era una despedida, pero era feliz.
Sobre el pequeño túmulo, colocaron una piedra plana grabada con un simple jeroglífico: «Nehura, “hermosa y buena» . Solo el viento en las ramas y el leve chapoteo del manantial rompían el silencio. Zayineth permaneció arrodillada unos instantes más, con la cabeza levemente inclinada.
—No tardará en llegar el momento en que todo lo que pasó será contado, hermana. Y ella descansará al fin, no solo en la tierra, sino también en tu corazón —musitó Neferkay.
Ambas mujeres se miraron con complicidad y se quedaron en silencio.
Pashedemheb no perdió el tiempo y esa misma mañana fue a visitar al gobernador de Menfis, acompañado solo de Zayineth. Su intención era presentar las evidencias de corrupción del juez Satepnahk sin involucrar a las demás protegidas.
El mandatario de la ciudad vivía en un palacio fortificado situado entre el templo de Ptah y el puerto fluvial, que funcionaba como sede administrativa de Menfis y albergaba también las dependencias privadas del gobernador.
El portón de entrada estaba adornado con estandartes y columnas de madera pintada. Vigilando el acceso, se hallaban dos guardias personales del gobernador, que los dejaron pasar tras identificar a Pashedemheb.
Atravesaron el patio columnado de la residencia y, al pasar junto al estanque, observaron cómo reflejaba las columnas pintadas de azul y blanco, con una estatua de Ptah erguida en el centro.
Unos servidores les salieron al encuentro con una bandeja con agua perfumada, que ellos bebieron antes de entrar al archivo personal del gobernador.
En un estrado de piedra, bajo un dosel, aguardaba sentado en un sillón de respaldo alto un hombre de piel tostada, ojos oscuros y cejas pobladas, que alzó la vista al verlos entrar.
—¡Querido Pashedemheb! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué asunto os trae a mi casa en esta hora temprana? —advirtió con voz amable.
Vestía con una túnica blanca con los bordes teñidos de azul. Su porte era afable, pero cuando se levantó, mostró que era un hombre alto, fornido y todavía vigoroso pese a su avanzada edad.
—Señor de la Ciudad Blanca —dijo el sumo sacerdote inclinando ligeramente la cabeza—, vengo en nombre de Maat acompañado por mi ahijada Zayineth y por su querida madre Nehura.
El gobernador miró por encima de los hombros de Zayineth, con gesto de asombro.
—Siempre os jactáis de hablar con enigmas, mi querido amigo, pero creo que hoy te has superado. ¿Dónde está la persona que falta?
Pashedemheb se acercó a una mesa baja que había en la sala y dejó el cofre que llevaba en las manos.
—Mi estimado Nekhu, la persona ausente ahora descansa a los pies de mi sicomoro más querido, pero durante demasiado tiempo sus huesos reposaron en ese cofre en un oscuro lugar. Hemos venido aquí a denunciar su asesinato.
El mandatario miró de reojo el arcón y le preguntó a Zayineth:
—¿Eres tú la hija de esa mujer?
—Sí, mi señor. Mi madre fue traicionada y asesinada porque fue testigo de un secreto que algunos querían mantener en la sombra. Hoy pido que su nombre sea vindicado.
El sumo sacerdote abrió el cofre y fue dejando encima de la mesa el contenido: la daga, envuelta en un paño teñido con sangre seca, y la tablilla de madera con el sello de Satepnahk.
—Estos objetos son pruebas fehacientes de un crimen contra Maat que se cometió hace trece años. Y un juez que sentencia sin justicia y actúa sin honor merece vivir en la misma oscuridad que quiso arrojar sobre otros —proclamó.
El gobernador cogió la tablilla y la leyó con serio rostro.
—Sabes que, aun con estas evidencias, Satepnahk se resistirá y utilizará sus poderosas conexiones para salir airoso de la acusación, ¿verdad? —dijo mientras dejaba el documento sobre la mesa.
—No si le asigna el caso al juez más diligente y recto de Menfis —alegó Pashedemheb.
—¿Te refieres a Meriamon? —El sumo sacerdote asintió—. ¿No fue nombrado juez del Kenbet por Satepnahk? ¿Estás seguro de que es el mejor candidato?
Zayineth arqueó las cejas y miró contrariada a Pashedemheb.
—Debe ser él —aseveró el sumo sacerdote.
—Te debo muchos favores, amigo mío, y confío en tu buen criterio. Será como tú dices —decretó el gobernador.
—Gracias, Nekhu. No le confiaría un caso tan importante como este a otro juez —añadió mirando a los ojos de Zayineth.
El gobernador asintió y comentó:
—En cuanto Meriamon regrese de Tebas, le ordenaré que se encargue de instruir el caso. Además, dada la envergadura del mismo y la importancia del acusado, el juicio se celebrará en el patio de audiencias de este palacio.
—¡No sabes cuánto de lo agradezco, amigo mío! Te dejo en custodia las pruebas para que se las entregues al juez instructor. Mientras tanto, será mejor que esta información no salga de estas cuatro paredes. Confío en ti, Nekhu. Que Ra ilumine tu camino —dijo Pashedemheb a modo de despedida.
Zayineth no las tenía todas consigo, pero en cuanto el sumo sacerdote la cogió de la mano para salir de aquel lugar, se le disiparon todas las dudas.
De camino al templo, Pashedemheb le explicó:
—A menudo es necesario agitar el avispero para ver qué sale de su interior. Confía en mi buen criterio y todo saldrá bien.
—No sé cómo agradecerle todo lo que está haciendo por nosotras, bueno…, por mí —dijo Zayineth.
—Para un viejo aburrido, que apenas salía de la monotonía en la que se había convertido mi vida, vuestra llegada al templo ha sido una bendición.
No hay nada que agradecer, hija mía. Imagino que mi buen Nebuy estará sonriendo viendo que su hija ahora es feliz —añadió sonriente—. Me muero de hambre, ¿tú no?
—¿Me invitas a comer un estofado de pato?
Pashedemheb no se hizo de rogar y se pararon a almorzar en una taberna que les quedaba de camino al templo.
Los días que esperaron a que Meriamon regresase de Tebas se hicieron eternos. Sin embargo, en cuanto el juez llegó a la ciudad, se precipitaron los acontecimientos.
Satepnahk fue detenido en mitad de un juicio que estaba celebrando en el templo de Ptah y fue llevado directamente a los calabozos del palacio del gobernador de Menfis y puesto bajo custodia de los medjay .
Allí permanecería arrestado hasta el día en que se celebrase el juicio, sin posibilidad de recibir visita alguna, por orden directa del gobernador.
Meriamon ordenó incautar toda la documentación que Satepnahk conservaba en sus archivos personales de la sala restringida, para revisarla personalmente en busca de nuevos indicios de corrupción.
Para evitar posibles injerencias en la instrucción del caso por parte de los poderosos contactos del acusado, el juez instructor decidió filtrar las pruebas irrefutables que lo incriminaban tanto en el asesinato de Nehura como en la desviación de fondos ilegales destinados a su enriquecimiento personal.
Al exponer el doble juego de Satepnahk ante sus posibles cómplices, se garantizaba el aislamiento político y judicial del corrupto juez.