24
El reencuentro
Hekai entró en el despacho con ojos de búho, la frente perlada de sudor y la musculatura tensa.
Siendo una persona metódica y sumamente rutinaria, aquella incursión nocturna le había despertado un espíritu aventurero que ni en sueños creyó tener.
El contraste lo aportaban Zayineth y, sobre todo, Neferkay, que venían con los rostros aún pálidos y los gestos contenidos.
—¿Y bien? ¿Por qué no decís nada? ¿Ha ido bien la misión? —preguntó Pashedemheb con impaciencia.
—¡No ha podido ir mejor, mi señor! —respondió el sacerdote.
Hekai le entregó con orgullo el documento que habían sustraído del archivo personal de Satepnahk.
Pashedemheb lo leyó en voz alta y luego lo dejó sobre su mesa de trabajo con gesto de preocupación.
El papiro en sí tan solo era un indicio de que el juez había cometido una irregularidad al haber resuelto el caso de Nehura sin hacer un juicio previo. Así se lo hizo saber a Zayineth.
—Con esta evidencia podemos sembrar la sospecha de que Satepnahk habría podido cometer un delito de abuso del sello del tribunal al dictar una resolución sin procedimiento previo, una falta grave, aunque insuficiente para destruir su carrera.
Tampoco podemos relacionarlo con la desaparición o la muerte de tu madre mientras no encontremos su cuerpo.
Aquella afirmación les cayó como un jarro de agua fría.
—Hay otras formas de hacerlo hablar —replicó Zayineth, acariciando el mango de un puñal.
—Tomarte la justicia por tu mano no te devolverá a tu madre —respondió el sumo sacerdote—. ¿Estás dispuesta a exponerte a un castigo eterno? Estoy seguro de que Nehura no apoyaría esa decisión.
—Todavía no hemos concluido la investigación; sabemos dónde ocultaron los restos de tu madre —intervino Sat-Ire.
—Shaït tiene razón, Zayineth. El principal motivo que nos trajo a Menfis era encontrar a tu madre, ¿verdad? —apuntó Tiaret.
—Pero las cosas han cambiado y ahora sé que Satepnahk está involucrado en su desaparición —razonó Zayineth—. No voy a permitir que la muerte de mi madre quede impune. Haré que ese criminal pague por sus fechorías.
—¡Suficiente por esta noche! —exclamó Pashedemheb, dando una sonora palmada—.
Las grandes decisiones no deben tomarse cuando las emociones nublan la razón.
Al amanecer partiremos hacia Saqqara para investigar el depósito C-Norte.
Con un poco de fortuna, tendremos más datos para decidir qué hacer. ¡Buenas noches, señoritas!
Hubo alguna mirada de disconformidad, pero todas obedecieron la orden del sumo sacerdote. Cuando Hekai se disponía a salir del despacho, su maestro añadió en voz baja:
—¿Puedes quedarte un momento?
El joven se giró y lo miró contrariado. Aquel no era el proceder normal de Pashedemheb.
—Claro —respondió mientras se despedía con la mano de Neferkay.
La sacerdotisa se sintió frustrada, no porque no la hubiesen invitado a formar parte de aquella reunión secreta, sino porque no vería más a Hekai durante el resto de la noche. «¿Qué me está pasando? ¡Espabila, niña tonta!», se reprendió al sentir cómo se le encendían las mejillas.
Ninguna de ellas logró conciliar un sueño reparador aquella noche, pese a haberse acostado de madrugada. Estaban demasiado ansiosas por saber qué se iban a encontrar en aquel lugar recóndito y ancestral, tumba del faraón Djoser.
Con el primer resplandor del amanecer iluminando las columnas del patio del templo de Apis, se reunieron las sacerdotisas en el pozo. Las estaba esperando Hekai, atándose una lámpara de aceite en el cinturón y una bolsa de cuero cerrada con una cuerda.
—¿Estáis preparadas? —preguntó antes de que pusieran rumbo hacia las dependencias del sumo sacerdote.
Pashedemheb salió del santuario envuelto en su túnica blanca de lino, con rostro serio pero decidido.
—Hoy, si los dioses quieren, Maat se revelará —dijo mientras se ajustaba el bastón ritual en el cinto.
En las puertas de templo aguardaba un carro tirado por dos caballos. En cuanto todos estuvieron acomodados en la parte trasera, cubierta por un toldo de lino, el mozo arreó a las monturas y se pusieron en marcha.
El carro descendió por las calles de Menfis, bordeó el mercado, que empezaba a llenarse de puestos de venta, y salieron de la ciudad por la puerta norte.
El camino se ensanchó y avanzaron a más velocidad hacia el desierto.
A la izquierda, la ribera azul del Nilo se perdía entre la neblina; a la derecha, el horizonte se alzaba en colinas de arena dorada y piedra caliza.
Tras una hora de viaje, divisaron la oscura silueta de la pirámide escalonada de Saqqara. La imponente pirámide de Djoser dominaba el paisaje como un guardián de milenios.
Se adentraron por un sendero lateral donde el aire era más seco y el sol golpeaba con fuerza, contemplando cómo las mastabas de adobe se alineaban a su paso, muchas en ruinas, otras parcialmente enterradas en la arena.
El depósito C-Norte se hallaba al pie de una loma, oculto tras una hilera de muros bajos derruidos. La entrada era un rectángulo de piedra caliza semienterrado, con un dintel grabado con una advertencia sagrada:
«Que ninguno toque lo que aquí descansa, pues la ira de los dioses caerá sobre él» .
Bajaron del carro y se aproximaron a la entrada. Entre Hekai y el mozo, movieron la losa hasta que dejaron libre el paso. Zayineth sintió el aire que escapó del interior, frío y seco, impregnado de un olor a polvo antiguo y madera corrompida.
—Es aquí, Zayineth. Lo que encontremos dentro puede sanar o herir, pero la verdad no debe seguir enterrada —declaró Pashedemheb mientras se paraba ante la entrada.
La luz de la mañana apenas penetraba en el interior.
Hekai encendió la lámpara de aceite y se vislumbró a unos pocos metros la silueta de unos escalones que descendían tallados en la roca.
La escalera era estrecha y las paredes mostraban trazos desgastados e inscripciones de lo que debieron de ser unas bonitas pinturas, apenas visibles bajo una capa de polvo y telarañas.
El resto de la compañía fue bajando lentamente, detrás de Hekai, con la sensación de que estaban violando un lugar sagrado. Los pasos, amortiguados por la arena acumulada, se hicieron más inestables debido al desgastado piso, pero finalmente consiguieron llegar al fondo sin ningún contratiempo.
La lámpara reveló una cámara rectangular.
En ambos laterales había numerosas ofrendas amontonadas, en completo desorden: vasijas de cerámica, estatuillas de madera y fragmentos de amuletos.
En el centro de la estancia, sobre un lecho de arena, descansaba un cofre grande, ennegrecido por el paso del tiempo y cubierto por una fina capa de arena.
Zayineth se arrodilló a su lado y fue retirando la arena con las manos hasta que lo desenterró.
El pasador de bronce cedió con un seco sonido.
Al abrir el cofre, se desvelaron unas tiras de lino, frágiles como las alas de una mariposa, sobre las que reposaba un osario cuidadosamente ordenado.
Hekai acercó la lámpara, para iluminar el interior, y Zayineth percibió un destello de color entre las vendas.
Con mano temblorosa, apartó las telas y vio un brazalete de cornalinas y lapislázuli, gastado pero intacto, que de inmediato reconoció.
—Es de ella —musitó con los ojos cubiertos de lágrimas—. ¡Es el brazalete de mi madre!
Embargada por la emoción, rebuscó por el interior del arcón con la esperanza de encontrar alguna pista sobre sus asesinos. Sin embargo, allí no había nada más.
Decepcionada, dejó caer el brazalete al suelo y se echó a llorar. Neferkay se arrodilló a su lado y la abrazó, aunque no logró consolarla.
—El aire aquí está viciado —advirtió Pashedemheb—. Será mejor que subamos el cofre para inspeccionarlo con calma en el exterior.
Entre el mozo y Hekai, cargaron con el arcón y siguieron a Sat-Ire, que guiaba el paso con la lámpara de aceite hasta que salieron de la cripta.
Agradecieron respirar aire fresco, pese al bochorno que caía al mediodía sobre la necrópolis, y se resguardaron bajo la sombra de un muro derruido que formaba parte de una antigua mastaba.
Mientras dejaban el cofre en el suelo, Zayineth se sentó sobre el tronco de un arbusto seco.
—¿No quieres sacar los restos de tu madre? —preguntó Neferura.
—¿Podéis hacerlo por mí? —respondió con la mirada perdida.
La princesa depositó cuidadosamente los huesos sobre un paño de lino fino y luego ató los extremos con un cordel para formar un hatillo.
Sat-Ire, que estaba inspeccionando el arcón, sacó los pedazos de lino que aún quedaban en su interior, pero, cuando iba a dar por concluido el registro, descubrió un diminuto orificio en un extremo que parecía comunicar con un espacio inferior.
—¡Creo que he descubierto un doble fondo! —exclamó.
Zayineth se levantó de un salto y corrió hacia el cofre. Sat-Ire dejó que fuera ella la encargada de revisar el fondo oculto y cerró los ojos para recitar mentalmente una oración: «Ojalá los dioses premien tu obstinación y devoción filial».
—¡Aquí hay algo! —gritó Zayineth, exhalando una carcajada.
Sat-Ire sonrió y agradeció en secreto a los dioses antes de abrir los ojos y mirar al cofre. En el doble fondo había un bulto envuelto en un paño empapado de sangre seca.
Zayineth sacó el fardo y lo desenvolvió. Lo que descubrió la dejó helada.
—Pero ¿¡qué mierda es esto!? —murmuró.
—¿Qué ocurre? ¿Qué objeto tienes en las manos? —preguntó, angustiada, Tiaret.
La joven se giró y les mostró una daga. El mango, de madera oscura, estaba adornado con incrustaciones de nácar; la hoja, perfectamente afilada y limpia, llevaba grabada en la base la figura de un chacal alado.
Pashedemheb la observó con detenimiento y comentó:
—Parece el cuchillo de un embalsamador. Y, por la marca que porta, de uno de alto rango; tal vez de un embalsamador real.
Zayineth miró al sumo sacerdote contrariada.
—¡No puede ser! Esta daga es muy parecida que llevaba el devorador de almas cuando nos atacó —dijo, incapaz de dar crédito a lo que veía.
Aquel hallazgo arrastraba una terrible connotación.
—¿Podría estar relacionado el asesinato de tu madre con la conspiración? —aventuró Neferura.
En ese momento, Sat-Ire reparó en algo más, oculto bajo el cuchillo.
—¿Qué es esa tablilla? —inquirió mientras se acercaba a su compañera.
Pashedemheb se adelantó y recogió un objeto que resultó ser un documento escrito.
—Es un recibo —afirmó tras leerlo, con el ceño fruncido—. Dice así:
«Por encargo cumplido. Cargamento de oro y marfil entregados según lo acordado, y única testigo eliminada.
La daga y este documento, duplicado del original, son prueba del cumplimiento del encargo de dar muerte a la intermediara Nehura.
Entrego un deben de oro al demandante y copia de cumplimiento del contrato.
Sellado por Satepnahk, juez del Kenbet de Menfis» .
—¡Ya lo tenemos! —exclamó Tiaret—. Pero ¿quién habrá dejado esta prueba aquí?
Pashedemheb envolvió la daga y la tablilla en el mismo paño ensangrentado y las guardó en su bolsa, como pruebas irrefutables que incriminaban a Satepnahk en el crimen de Nehura.
—Seguramente su asesino —afirmó—. Lo verdaderamente importante es que hemos desenterrado un terrible secreto de la arena. Ahora, llevemos al juez corrupto ante Maat para que pague por sus crímenes.
El gran arquitecto Imhotep jamás habría imaginado que aquella mastaba, que él mismo había diseñado más de mil doscientos años antes junto a la majestuosa pirámide escalonada de Saqqara, sería testigo de un reencuentro bendecido por los mismísimos dioses.