Las hijas del visir 23
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Una ayuda inesperada

Una joven y timorata posadera fue llevando platos a las mesitas mientras devoraba con la mirada a Hekai.

Neferkay la observaba con una mezcla de celos y rabia por tener aquellos sentimientos.

En un santiamén, les habían servido pan tierno, un cuenco con aceitunas en salmuera y una olla de barro con un rico estofado de pato con puerros, higos y cerveza.

Mientras comían, Zayineth continuaba dándole vueltas a las opciones mientras afilaba sus puñales con la piedra de pulir. Sat-Ire se sentó a su lado y la miró con complicidad.

—La decisión ya está tomada, no te preocupes más por eso. Asumimos los riesgos de la misma forma que antes lo hiciste tú por nosotras. ¡Y estamos todas contigo! —la animó.

—Mi corazón me dicta una cosa y la razón, la contraria. ¿Qué voy a hacer, Shaït? ¿De qué sirve arriesgarlo todo para encontrar una dolorosa verdad? —declaró alicaída.

—Tu madre no te emplazó a esta aventura solo para que te despidieras de ella. Estoy convencida de que hay algo más —replicó Sat-Ire—. No hace falta ir de cara con Satepnahk. Existen otras vías que podemos explorar antes, ¿no es así, Hekai?

Al sacerdote se le atragantó un pedazo de pato en la garganta. Dio un pequeño sorbo de cerveza y lo intentó hacer pasar por el gaznate, dándose pequeños golpes en el esternón, hasta que consiguió desatascarlo.

—¿A qué te refieres, Sat-Ire? —dijo con voz aguda.

—¿Crees que Apis estaría dispuesto a darnos un empujón?

—¿Te refieres al oráculo? ¡¿Cómo no he caído antes?! —exclamó Hekai mientras se ponía en pie—. ¡No hay tiempo que perder! Regresemos al templo. Tengo que preparar el ritual de invocación del toro sagrado antes del anochecer.

Tiaret miró con pena los pastelillos de miel que había de postre, pero no pudo resistirse y se guardó un par de ellos en su bolsa para merendárselos más tarde.

En cuanto llegaron al templo, Hekai puso al corriente a Pashedemheb. Tras una corta deliberación, el sumo sacerdote estuvo de acuerdo en oficiar la consulta al oráculo y emplazó a Hekai a que iniciara el ritual previo con el toro sagrado.

—¿Adónde vas, Hekai? —le preguntó Neferkay al verlo salir a toda prisa del despacho.

El joven la miró y le preguntó:

—¿Quieres participar del ritual?

Sin esperar respuesta, tomó a la sacerdotisa de la mano y la condujo con paso decidido hacia el establo de Apis.

Una vez allí, la guio a la sala de abluciones, una estancia rectangular de mampostería caliza blanca, cuyo el techo se sostenía sobre dos columnas papiriformes decoradas con motivos azules y verdes.

En el centro se hallaba un estanque de abluciones, también rectangular, excavado en el pavimento de alabastro, de un codo [63] egipcio de profundidad.

Hekai se desnudó hasta la cintura y tomó una jarra de agua perfumada con loto azul, que se vertió lentamente sobre el cuerpo. Neferkay notó cómo un súbito incendio se propagaba en su interior al contemplar el torso musculado del joven sacerdote.

Hekai alzó los brazos con solemnidad y recitó:

—Que mis manos sean limpias, que mi boca diga la verdad, que mis pasos sigan el camino de la justicia.

Neferkay se lavó las manos y los pies con el mismo preparado, antes de acompañar al sacerdote al patio de purificación, donde el toro Apis aguardaba tranquilo.

Sus costados oscuros brillaban con los últimos rayos de sol, y sobre el lomo tenía una mancha blanca, con forma de halcón, que resaltaba como un presagio.

Hekai y Neferkay lo lavaron con agua templada mezclada con polvos de natrón y le frotaron suavemente el hombro y las patas. Tras secarlo, le ungieron el cuerpo con bálsamo de mirra antes de conducirlo al interior del establo para vestirlo para el ritual.

Hekai colocó un collar de flores de loto y papiro enlazadas sobre el cuello del animal, símbolo de la unión del Alto y Bajo Egipto, mientras Neferkay le ataba unas cintas rojas y doradas en cada cuerno.

El sacerdote le ajusto una placa de oro con una imagen de Ptah en la frente, sujeta por una correa de cuero.

Antes de la consulta, alimentaron al toro Apis con un cuenco de cereales, mezclados con dátiles y un poco de cerveza.

—Como hijo de Hathor, fuerza de Ptah, que tu palabra guíe el destino de Zayineth —entonó Hekai dando por concluido el ritual.

Entre los dos, llevaron al toro sagrado al patio del oráculo.

El suelo, humedecido por el agua del Nilo que habían rociado los sacerdotes, despedía un aroma fresco que se mezclaba con el incienso que se quemaba en los braseros.

Neferkay se reunió con sus hermanas y Neferura, mientras Zayineth se situó al lado de Pashedemheb.

Dos acólitos agitaban unos abanicos en las esquinas para mantener al toro fresco y espantar a los insectos, mientras otros dos colocaban unos atriles que representaban las opciones de la consulta, cada uno adornado con símbolos marcados con tinta roja y negra.

Hekai se arrodilló frente al toro y posó ambas manos sobre la frente del animal antes de recitar:

—Oh, Apis, imagen viviente del gran Ptah, que tu paso no se equivoque, que tu mirada vea más allá de los velos y que tu morro toque la verdad.

Pashedemheb se acercó al toro y alzó su bastón ritual.

—¡La consulta comenzará ahora! —anunció con voz solemne.

Zayineth dio un paso al frente. Llevaba sendas tablillas de madera en las manos y las dispuso en dos atriles separados. En una ponía: «Almacén 4 de Saqqara» , en la otra: «Archivos personales de Satepnahk» .

Mientras Hekai y Neferkay preparaban el ritual del oráculo en el establo del toro sagrado, Pashedemheb reunió al resto del equipo y entre todos fueron aportando diferentes opciones que presentar al oráculo.

Las sacerdotisas propusieron dos: investigar qué había pasado en el almacén 4 de Saqqara con la mercancía requisada a Nehura y seguir la pista del comerciante Khamudi.

Sin embargo, fue el sumo sacerdote el que puso sobre la mesa una tercera opción.

Finalmente se decantaron por la primera y la tercera.

El toro Apis fue guiado hasta el centro del patio y detuvo su avance frente a las dos tablillas. El astado olfateó el aire antes de girar la cabeza y dar un leve empujón con el morro en el atril en el que estaba la tablilla que rezaba «Archivos personales de Satepnahk» .

Un acólito hizo sonar un sistro.

—¡El oráculo ha hablado! —anunció Pashedemheb.

Las muchachas se pusieron alrededor de Zayineth y la abrazaron. Los dioses habían decidido llevarlas por el camino más directo y peligroso, la opción que había sugerido Pashedemheb.

Acabado el ritual, el sumo sacerdote las reunió en su despacho para concretar los detalles de la misión.

—Para poner en antecedentes a los que no estuvieron en la reunión anterior, en cuanto supe que el juez involucrado en el caso de las mercancías decomisadas era Satepnahk, tiré de los contactos más leales que tengo en el Kenbet del templo de Ptah y averigüé que los magistrados de alto rango disponen de un espacio personal en una zona reservada del archivo en la que se custodian los documentos relacionados con los casos que han llevado.

Gracias a algunos favores que me deben, conseguiré la llave que da acceso a ese lugar secreto.

Tal vez no encontréis nada allí y os expongáis a un gran riesgo, pero, ahora que contáis con la voz de los dioses, creo que valdrá la pena intentarlo —concluyó.

—¿Qué pasará si Satepnahk se entera de que vamos tras él? —quiso saber Neferura.

Pashedemheb sonrió.

—Nunca me ha gustado el talante altivo ni la prepotencia de ese juez.

Es un hombre perverso, ávido de poder, que se cree intocable por ser uno de los hombres de confianza del visir Useramon en Menfis.

Encontrad una evidencia contundente de sus faltas a la justicia de Maat y os prometo que caerá sobre él todo el peso de la ley —aseveró.

—¿Cuándo iremos a ese lugar? —preguntó, ansiosa, Zayineth.

—Mañana iré a buscar la llave y averiguaré el sitio exacto donde se encuentra el archivo personal de Satepnahk —anunció Pashedemheb—. Si todo va bien, al anochecer podrás ejecutar la misión tú, Zayineth, acompañada por Hekai y Neferkay.

A Sat-Ire se le iluminó el alma al ver los ilusionados ojos de Zayineth. Se merecía encontrar los restos de su madre para que descansaran por fin en paz.

Zayineth despertó de madrugada y salió al patio a respirar aire fresco.

Había pasado toda la noche pensando por qué tipo de penurias debió de haber pasado su madre para que estuviera involucrado un alto magistrado de Menfis.

Al alba, Tiaret la sorprendió afilando sus puñales mientras contemplaba el amanecer.

Se sentó a su lado, pero no intercambiaron ni una palabra.

Ambas sabían lo trascendental que era la misión que debían realizar.

De buena mañana, Pashedemheb salió del templo para ir a buscar la llave de la estancia secreta de los archivos privados del templo de Ptah.

Fue tan larga la espera que se abalanzaron sobre él en cuanto lo vieron aparecer por el patio del templo.

Sin detener el paso, buscó con la mirada a Zayineth y le entregó una llave de cobre.

Luego les hizo un gesto a los demás para que lo acompañasen a su despacho.

Pashedemheb les explicó que Satepnahk había salido de la ciudad para ir a cazar aves acuáticas a las marismas del delta del Nilo y que muy probablemente estaría un par de jornadas fuera de Menfis.

También los informó de que se había ocupado de que los guardias que estarían en el puesto de vigilancia fueran de confianza y los dejaran pasar sin problemas.

A Hekai le dio un plano del archivo del templo de Ptah, en el que aparecía la sala reservada y el lugar exacto en el que se encontraba el registro personal del juez.

También le dio instrucciones de cómo abandonar el archivo una vez hubieran completado la misión.

—¡Muy bien! Ahora solo nos queda esperar y rezar a los dioses —concluyó Pashedemheb.

Al anochecer se levantó una vaporosa bruma desde el Nilo que se extendió como un misterioso manto sobre el templo de Ptah.

A la hora acordada, los guardias abandonaron su puesto de vigilancia para hacer una rápida ronda por el perímetro del templo, cosa que aprovecharon Zayineth, Neferkay y Hekai para colarse en el interior del edificio sin ser vistos.

Hekai las condujo por unos pasillos, siguiendo las indicaciones que había memorizado del plano, y se detuvo delante de una puerta de madera reforzada con unas tiras de bronce.

Tras ella se hallaba la zona reservada de los archivos.

El sacerdote introdujo la llave y la giró, provocando un estridente chirrido que les aceleró el corazón.

Al entrar notaron el ambiente cargado con un penetrante olor a papiro envejecido.

Hekai encendió una lámpara de aceite y deambuló por unos pasillos repletos de estanterías hasta que llegó al lugar en el que deberían encontrarse los registros privados del juez.

En efecto, allí había un voluminoso cofre de madera con el nombre de Satepnahk.

Bajó el arcón del estante y lo dejó en el suelo.

—Buscamos el registro del segundo año de reinado de Tutmosis III, tercer mes de Shemu —susurró mientras sacaba los documentos del interior del cofre.

Entre los tres empezaron a revisar los documentos hasta que Zayineth encontró uno que coincidía con el criterio de búsqueda.

Con el corazón palpitando, tomó el papiro y vio que tenía la impronta de un escarabajo con las alas abiertas: el sello de Satepnahk.

Con una pequeña daga, cortó el cordel y desenvolvió el documento para orientarlo a la luz de la lámpara.

El texto estaba escrito con una tinta que estaba desvaída, pero legible, y enumeraba dos partidas:

Zayineth apretó los puños, pero se esforzó en no soltar una lágrima. Neferkay apoyó la mano en su hombro para darle aliento.

—Esta es la confirmación de que seguramente desvió el oro y el marfil para su propio beneficio. Ya sabemos la localización del cuerpo de tu madre. ¡Vámonos de aquí! —dijo Hekai mientras colocaba el resto de documentos en el interior del cofre.

El sacerdote volvió a dejar el arcón en su lugar y les hizo un gesto para que se movieran.

Zayineth escondió el papiro entre los pliegues de su túnica mientras se dirigían hacia la puerta.

Un golpe seco resonó en el pasillo cuando salieron de la zona reservada del archivo.

Hekai se apresuró a cerrar la puerta con la llave y guio a sus compañeras por un entramado de corredores hasta que llegaron a un punto en el que un muro les cerró el paso.

Siguiendo las instrucciones que acompañaban al plano, el sacerdote palpó entre las rendijas de la pared hasta que halló una hendidura vertical donde había un pasador de madera.

Lo deslizó hacia arriba y, en cuanto la tranca quedó suelta, el bloque de piedra se movió con un leve temblor.

Hekai lo empujó con el hombro y la puerta giró sobre dos pivotes de piedra, uno en el dintel y otro en el suelo, hasta que se abrió al exterior.

—Salgamos rápido de aquí —les instó Hekai.

Las chicas salieron a un patio del templo de Ptah y aguardaron mientras el sacerdote volvía a colocar la puerta en su lugar.

Empujó el bloque con ambas manos hasta encajarlo de nuevo en el muro.

La tranca interior cayó por la gravedad, dejando atrancada la puerta.

Desde el exterior, nada hacía sospechar que en aquel lugar se ocultara una entrada secreta.

Con tristeza, pero con el ánimo más resuelto, Zayineth se aferró al papiro que la ayudaría a reencontrarse con su madre y le permitiría llevar ante la Justicia a los responsables de aquel acto atroz.

Por primera vez en la vida, se sintió en paz.