Las hijas del visir 22 #2
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En cuanto llegaron al patio de acceso al templo de Ptah, les salieron al paso unos guardias que saludaron amistosamente a Hekai.

El sacerdote les explicó el motivo de su visita y, tras comprobar sus credenciales, les permitieron el paso hasta un amplio patio abierto.

Varios estanques se encargaban de refrescar el sofocante ambiente, mientras un incesante trasiego de funcionarios, mensajeros y gentes del pueblo llano aguardaban pacientemente su turno para ser atendidos por el personal de la magistratura.

Hekai las llevó al Kenbet, que estaba ubicado en el ala administrativa del templo. Al entrar, vieron que en un extremo de la estancia había una persona sentada en una mesa situada sobre una tarima. Por suerte, la sala estaba desierta y no tuvieron que entorpecer ningún juicio.

Neferkay contuvo la respiración mientras se dirigían hacia el juez, aunque pudo respirar aliviada al comprobar que aquel hombre no era Meriamon.

Hekai se acercó a la mesa y conversó brevemente con él.

Al instante, el magistrado hizo un gesto a alguien que aguardaba al fondo de la sala, y Hekai regresó con el ceño fruncido.

—Me acaba de informar de que Meriamon se encuentra en Tebas por un motivo urgente y que se desconoce cuándo regresará. Aun así, ese escriba nos ayudará a revisar la documentación —añadió señalando a un joven de unos dieciséis años, espigado y de piel bronceada, que se acercaba con paso diligente.

—¡Hola, me llamo Namehu! —se presentó—. Os acompañaré al archivo y os asistiré en todo lo que necesitéis.

El escriba se mostró muy atento y revisó con atención los registros en busca de algún juicio contra Nehura en aquellas fechas, pero no encontró referencia alguna.

Hekai, que había tomado notas de los datos del registro del puerto, le pidió entonces que buscara cualquier pleito en el que apareciera el nombre de Khamudi.

Tampoco encontró registro alguno correspondiente a aquel periodo.

—¡Qué raro! ¿Os ha pasado algo parecido alguna vez? —preguntó Hekai.

—Normalmente, cuando se remite un caso a judicatura y no llega a procesarse, suele ser por dos motivos —explicó mientras guardaba la documentación—: el más habitual es que la incidencia administrativa se haya resuelto antes de la fecha del juicio; en raras ocasiones, en cambio, se debe a que se haya cometido alguna irregularidad.

—¿De qué tipo?

Namehu adoptó un gesto incómodo antes de responder:

—Por lo general, se trata de asuntos relacionados con la corrupción que alguien poderoso quiso ocultar. No todos los jueces son íntegros, y en esta ciudad se han destapado casos notorios —apuntó.

Aquella noticia no las tomó por sorpresa. Zayineth fue directa al grano:

—¿Sabes el nombre del juez instructor que ocupaba este cargo en aquella época? —preguntó.

—Eso es fácil de averiguar —dijo Namehu, mientras se dirigía a otro estante repleto de rollos de papiro—. Aquí está.

El joven escriba desplegó el papiro sobre la mesa. Bastó un instante para que todos leyeran el nombre del juez antes de que lo volviera a enrollar con rapidez.

—¿El juez Satepnahk? —exclamó Hekai.

Namehu bajó la voz y, sin mirarlos directamente, musitó:

—Será mejor que no sigan en esa dirección. Permítanme que les acompañe a la salida.

Las chicas miraron a Hekai con extrañeza, pero él les hizo un gesto para que guardaran silencio. Tras la breve visita, abandonaron el Kenbet sin dirigirse una sola palabra.

Afuera, el sol de mediodía apretaba con fuerza, así que el sacerdote las llevó a una taberna cercana para reponer fuerzas. Era un local pequeño, pero limpio y fresco. Hekai pidió unas jarras de cerveza, que sirvió en unos vasos de cerámica sin barnizar.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó Zayineth tras apurar la cerveza de un solo trago.

—Es mejor que no hablemos de ello aquí. Aún nos quedan otras vías de búsqueda de información que explorar; no os preocupéis.

Neferkay dio un golpe seco sobre la mesa.

—¿Crees que estamos aquí para perder el tiempo? ¿Qué sabes de ese juez?

Hekai adoptó un gesto serio y meditó por un momento sus palabras.

—No quiero que penséis que os subestimo, pero Pashedemheb me pidió encarecidamente que no os expusiera a ningún peligro.

Si seguimos la pista de Satepnahk, es muy probable que perdamos definitivamente cualquier indicio de lo que le ocurrió a tu madre…

O algo peor —confesó cabizbajo—. Cometí un terrible error animándoos a indagar en el Kenbet.

Solo espero que ese joven escriba mantenga la boca cerrada, por su bien y por el nuestro.

—El miedo es mal consejero, y si nosotros, servidores y servidoras de los dioses, nos dejamos guiar por él, no somos merecedores de seguir viviendo bajo este sol —señaló Neferkay tomándolo de las manos—.

Hekai, tendremos muy en cuenta tu consejo, pero no puedes ocultarnos información sobre ese sujeto.

El sacerdote les explicó que Satepnahk era un influyente magistrado de alto rango, conocido por su ambición y su carácter calculador.

Sin embargo, su aparente rectitud y su férrea defensa de la regla de Maat en los juicios, unidas a sus poderosas conexiones tanto en Menfis como en la capital, le habían granjeado una reputación de juez intocable.

Nadie en la ciudad se atrevía a señalarlo, por temor a acabar pagando un alto precio por semejante osadía.

—Como veis —prosiguió—, nos encontramos en una difícil encrucijada, pero no seré yo quien le ponga palos a las ruedas. En este caso, debe ser Zayineth quien tome la decisión.

—No pienso renunciar a encontrar a mi madre, aunque mis pasos me lleven a reunirme con ella en el Inframundo —aseveró.

—La decisión ya está tomada —advirtió Sat-Ire—. Y no estarás sola en esto, Zayineth. Somos una familia, y juntas resolveremos nuestros problemas.

Se hizo un incómodo silencio. El sacerdote, cargado de preocupación, dejaba claro que era plenamente consciente del peligro que acababan de aceptar.

—Hekai, te agradecemos lo que estás haciendo por nosotras, pero creo que a partir de este momento no debes involucrarte más en nuestros asuntos. No queremos ponerte en ningún compromiso —aseguró Neferkay.

—Me avergonzaría presentarme cada mañana ante Apis cargando con la vergüenza de no haber seguido mi instinto por temor a las consecuencias. ¡Seguiré con vosotras hasta el final! —declaró el sacerdote con voz firme.

La búsqueda no había empezado con el mejor pie. En un solo día, ya se habían topado con el primer escollo en el camino.