Las hijas del visir 22
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Un escollo en el camino

Neferkay fue la primera en despertar. Se vistió con su túnica sacerdotal y salió al patio para dejarse acariciar por la fresca brisa de la mañana.

Un par de sacerdotisas, que vertían agua del pozo en el interior de unos cántaros, sonrieron al ver a un joven cruzar el patio con una cesta repleta de flores de papiro colgada del brazo. Era Hekai.

El sacerdote inclinó la cabeza levemente al pasar por delante de Neferkay y le preguntó:

—¿Quieres venir conmigo a darle de comer al toro sagrado?

El joven no esperó respuesta y continuó caminando rumbo a los establos para realizar su rutina matinal.

—¿No me vas a esperar? —dijo Neferkay antes de echar a correr tras él.

La muchacha siguió a Hekai por un pasillo estrecho con paredes encaladas y zócalos pintados en ocre y azul.

Un ibis cantaba en un tejado cercano mientras se cruzaban con una sacerdotisa que llevaba una jarra de agua perfumada con lirios.

El corredor les condujo al patio del oráculo, y desde allí caminaron el pequeño trecho que los separaba de la entrada al establo sagrado.

Atravesaron una puerta de madera y unos cuidadores se inclinaron cuando vieron aparecer a Hekai. El sacerdote les entregó la cesta de flores de papiro y cogió un manojo de llaves de un estante de la antesala.

Neferkay se estaba preguntando qué diablos estaba haciendo en aquel lugar con un extraño cuando sintió el roce de unos cálidos dedos tocando su antebrazo.

—¿Quieres entrar a ver a Apis? —preguntó Hekai.

Sus miradas se cruzaron durante un instante, pues la sacerdotisa tuvo que bajar la cabeza al sentir que se le encendían las mejillas.

Neferkay tenía la sensación de que Hekai podía atravesar libremente las barreras de su corazón y leer en su interior, como si su presencia despertara una intimidad que ella no estaba preparada para revelar.

El joven abrió la puerta principal del establo con una invocación a Ptah.

—Oh, Ptah, señor de Menfis, el que da forma al mundo con la palabra. Que el hálito puro de Maat llene este lugar y el toro sagrado despierte bajo la luz de Ra.

El sacerdote entró y revisó el estado del establo. La cama de paja estaba limpia y la estancia bien ventilada. Luego se acercó lentamente al toro, con las palmas de las manos abiertas, mientras entonaba:

—Salve, hijo de Hathor, imagen viva de Ptah. Que tus pasos sean firmes, que tu fuerza no mengüe y que tu mirada guíe el oráculo hacia la verdad.

Una vez finalizado el ritual de saludo y revisión del dios, Hekai ordenó a los subalternos que alimentaran al toro sagrado con un cubo de heno y hojas de alfalfa.

En ese momento entraron las dos sacerdotisas que había visto Neferkay llenando los cántaros con agua del pozo y los vaciaron en el abrevadero.

—Que estos alimentos sean dulces como la miel en tu boca y que el agua sagrada refresque tu espíritu como el Nilo nutre las Dos Tierras.

Esperaron a que el toro acabara de comer antes de prepararlo para el baño ritual. Hekai colocó un collar de flores de papiro y loto alrededor del cuello del animal. Antes de que los mozos se lo llevaran al patio, donde se realizaría la purificación matinal, el sacerdote recitó:

—Que las aguas purificadoras de Osiris limpien tu piel de toda impureza y que el perfume de loto envuelva tu ser para el gozo de los dioses.

Acabado el ritual matinal, Hekai tomó de la mano a Neferkay y juntos se dirigieron a ver a Pashedemheb. Se detuvieron frente al despacho, pero cuando el sacerdote iba a llamar a la puerta, Neferkay le susurró:

—Perdona… ¿Puedes soltarme de la mano?

El joven retiró la mano, ruborizado, y entró precipitadamente en el despacho sin avisar.

En cuanto se abrió la puerta, todas las miradas se volvieron hacia los recién llegados.

Neferkay no supo dónde esconderse al descubrir que todas sus compañeras estaban allí.

Con timidez, ambos entraron en una sala rectangular de techos altos, iluminada por la luz que se filtraba desde una ventana alta a través de una celosía que había en el muro oriental.

Pashedemheb estaba sentado en un banco con respaldo, mientras sus acompañantes lo hacían sobre cojines, con las piernas cruzadas.

—Nos estábamos preguntando dónde te habías metido, Neferkay, pero ahora vemos que estabas muy bien acompañada —advirtió el sumo sacerdote.

A Neferkay no se le escapó la cómplice sonrisa que Pashedemheb dedicó a Hekai.

—Me estaba enseñando los establos de Apis y… —empezó a decir Neferkay.

La sacerdotisa fue consciente de que estaba entrando en un terreno pantanoso al escuchar la risita de Zayineth y optó por quedarse callada.

—La culpa es mía —medió Hekai—. Le pedí que me acompañara al ritual de despertar del toro sagrado y se nos fue el tiempo allí. Aquí tiene el informe, mi señor.

El sacerdote entregó a Pashedemheb una tablilla con el registro del día.

—Estábamos decidiendo por dónde empezar la investigación sobre el paradero de la madre de Zayineth y hemos acordado acudir al archivo del puerto, por si su nombre aparece en los registros —informó Sat-Ire.

—De hecho, os estábamos esperando para salir para allá, tortolitos —añadió Zayineth con un guiño.

—¿Ya habéis desayunado? —preguntó Pashedemheb. No esperó respuesta—. ¡Nadie sale de este templo con el estómago vacío! Vamos a la cocina para que nos preparen un tentempié.

Tras el refrigerio, la comitiva se personó en el edificio de archivos del puerto, situado junto al muelle. Desde fuera no destacaba por su tamaño, y en la fachada solo había marcado el símbolo de Seshat [60] , diosa de la escritura, en azul y dorado.

Al acceder al interior, se encontraron en una sala amplia y fresca atiborrada de estanterías de madera de sicomoro que se alzaban por las paredes, repletas de rollos de papiro atados con cordones de lino y etiquetados con tiras de cerámica.

El ambiente olía a papiro seco y a resina de cedro, usada para proteger los documentos de los insectos.

Se acercaron a una de las mesas bajas, que estaba ocupada por un archivero de unos sesenta años, con la espalda encorvada y gesto timorato, que se dejaba los ojos mientras hacía un registro en un papiro.

Al percatarse de que alguien se había acercado a su mesa, alzó la vista y los observó con el más absoluto desinterés.

—¿Qué desean? —preguntó con voz cansada.

Hekai le entregó una orden de Pashedemheb escrita en un papiro sellado. El archivero dejó de escribir y leyó parsimoniosamente el documento.

—Deseamos que nos busque el nombre de una persona en el registro: en el papiro están los datos —le indicó Hekai.

—¿Estás de broma? ¿Sabes la cantidad de documentos que hay en este lugar? —se mofó el archivero.

—Solo tendrá que revisar los registros de las transacciones que se realizaron hace doce o trece años —precisó Zayineth.

El funcionario suspiró con desdén y respondió:

—No será tarea fácil. Aquí se guardan las entradas y salidas de mercancías por año, mes y comerciante. ¿Recuerdan algún nombre, producto o embarcación?

—La persona que estamos buscando es mi madre. Se llama Nehura y solía tratar con productos con destino o procedencia del país de Punt. O sea, incienso y mirra, ébano, oro y…

—Ya lo he pillado —la interrumpió—. Acompáñenme.

El archivero las llevó a una sala lateral, más oscura, donde los documentos más antiguos se conservaban en cofres de madera forrados de cuero.

Con manos precisas, fue sacando rollos y fue revisando inscripciones, fechas, nombres de mercaderes, procedencias y destinos.

Durante un largo rato, lo observaron trabajar con una monotonía casi ritual, hasta que, al dar con un documento, su rostro impasible se transformó en lo que pareció apenas una leve sonrisa.

Les enseñó el documento, un registro fechado en el segundo año de reinado de Tutmosis III, del tercer mes de Shemu [61] , que citaba así:

«Puerto de Menfis, rollo 47.

Cargamento declarado:

Entrega de diez fardos de lino fino, veinte vasijas de aceite perfumado y un cofre de madera de cedro con piezas de artesanía.

Comerciante: Khamudi, hijo de Panefer.

Intermediaria: Nehura, emisaria de Punt.

Procedencia: Punt.

Destino: Casa de comercio de Saqqara».

Había una nota añadida en tinta roja que decía:

«Custodiado en almacén 4, pendiente de inspección».

El archivero les comentó que aquel almacén pertenecía a una red de depósitos que controlan a ciertos comerciantes influyentes y que algunos estaban asociados con rutas discretas hacia el sur y el desierto occidental.

—¿Y eso se traduce en…? —preguntó Zayineth.

El funcionario levantó la vista y torció el gesto.

—Cabe la posibilidad de que su madre fuera retenida junto con sus mercancías por la policía portuaria y llevada ante el juez de turno, muy probablemente al Kenbet [62] del templo de Ptah. Me temo que en este archivo no van a encontrar nada más —dijo dando por terminada su tarea.

El archivero enrolló el papiro y fue guardando los documentos que había consultado con ritmo parsimonioso.

—No os desaniméis —repuso Hekai—. Conozco a Meriamon, uno de los jueces que ejerce en el Kenbet. Él nos ayudará a revisar lo que quedó registrado en el archivo sobre esa causa. ¿Nos vamos?

La cara de Neferkay era un poema. Desde que habían llegado a Menfis, temía, tanto como deseaba, el momento en que pudiera reencontrarse con Meriamon. Sin embargo, ahora que se le ofrecía la ocasión en bandeja de plata, ya no le entusiasmaba tanto la idea.

Tras salir del archivo del puerto, siguieron la avenida del mercado fluvial, salpicado de numerosos puestos de frutas, cereales, pescados, e incluso de animales, como cabras y gansos.

Cruzaron la plaza de las caravanas que partían hacia el desierto y tomaron la calle de los talleres de bronce, más estrecha y con las paredes ennegrecidas de hollín.

Desde allí, caminaron hasta la avenida procesional.

Esta vía conectaba el recinto del palacio con los templos principales de la ciudad.