21 #2
—Espero que os guste vuestra habitación.
La cámara se hallaba en el ala sur del patio y contaba con una ventana alta orientada al este desde la que podían verse el Nilo y, más allá, las tres viejas pirámides.
Era una estancia rectangular, de unos seis codos de ancho y el doble de largo [58] , con cinco camas individuales, tres colocadas en la pared norte y las otras dos, en la sur.
Los muros estaban encalados con un zócalo pintado de ocre con motivos de papiro.
Al fondo, en la pared oeste, había un cofre grande y una mesita baja sobre la que había una lámpara de aceite, unos cuencos de alabastro con agua y un recipiente de piedra caliza pulida para la higiene.
El suelo estaba cubierto parcialmente por unas alfombras de junco para evitar el contacto directo con la piedra fría.
Las sacerdotisas le agradecieron al sumo sacerdote de Apis la hospitalidad y se acomodaron en la alcoba en cuanto estuvieron a solas.
Sat-Ire y Neferura se afanaron en unir dos camitas para descansar juntas mientras las demás se dejaban caer sobre el mullido colchón.
Casi sin darse cuenta, se quedaron dormidas.
Al atardecer, un joven sacerdote, bastante alto, de complexión delgada y piel bronceada, se detuvo delante de la habitación de las sacerdotisas.
—¡Buenas tardes, señoritas! Mi nombre es Hekai, soy el supervisor de los establos sagrados y secretario personal de Pashedemheb —dijo a modo de presentación—. ¿Puedo pasar?
La curiosidad embargó, de inmediato, a las muchachas.
—Pase, por favor —se apresuró de decir Tiaret.
El sacerdote iba vestido con una falda corta de lino fino plisada. Tenía un rostro armonioso, de mandíbula fina, y unos ojos oscuros, perfilados, con matices ambarinos que captaron de inmediato la atención de las damas. El joven se ruborizó al sentirse observado por las cinco mujeres.
—Por favor, acompáñenme a los salones privados del sumo sacerdote. Hemos preparado una cena de bienvenida, señoritas —dijo sin apenas alzar la vista—. A partir de este momento, seré la persona encargada de atenderlas en todo lo que puedan necesitar.
—¡Oh, qué bien! Me llamo Tiaret, y estoy soltera y sin compromiso —se presentó la sanadora mientras se le colgaba del brazo—. ¿A qué estáis esperando? No hagamos esperar a nuestro anfitrión.
Las demás se fueron presentando al joven sacerdote, sin disimular las pícaras miradas que se iban intercambiando.
Hekai, que rondaba los veinticinco años, fue muy correcto con cada una de ellas, aunque, al cruzar su mirada con la de Neferkay, no pudo evitar arquear las cejas de asombro, cosa que no les pasó desapercibida a las demás.
Acompañaron a Hekai hacia la zona noble del templo. El sacerdote aprovechó el paseo para ejercer de guía, deteniéndose junto a los almacenes de heno, los abrevaderos y los establos sagrados, mientras explicaba la función de cada espacio con voz pausada y ceremoniosa.
Mientras hacían una parada en uno de los establos, Zayineth aprovechó la oportunidad para susurrarle a Neferkay:
—Parece que has captado la atención del guapo sacerdote. A este paso, no vas a dar abasto con tantos pretendientes —bromeó.
Al llegar al final de una sala hipóstila, accedieron a las dependencias de Pashedemheb.
Atravesaron el umbral del edificio y avanzaron por un pasillo silencioso hasta llegar a una estancia situada al fondo.
Las paredes estaban decoradas con escenas del toro Apis escoltado por sacerdotes.
Las lámparas de aceite colgaban de unos soportes de bronce cuya luz suave bañaba la sala en delicados tonos pastel.
Las sacerdotisas se sentaron en el suelo, alrededor de una mesa baja de madera de sicomoro, rodeada de esteras de junco y cojines de lino.
Sobre la mesa se disponían unos cuencos con panes redondos de trigo y cebada, una bandeja con pescado asado con hierbas y recubiertos por una fina capa de miel, y otra con gansos rellenos con dátiles y frutos secos.
Hekai sirvió una cerveza clara, ligeramente espumosa, a todos los comensales y colocó unos cuencos con pasta de garbanzo y salsa de sésamo encima de la mesa, antes de tomar también asiento al lado de Pashedemheb.
El sumo sacerdote observó con detenimiento a sus invitadas, como si les estuviera haciendo una evaluación.
—Sé que el motivo que os ha traído a la Ciudad Blanca es encontrar a la madre de Zayineth.
Me lo explicó la reina Hatshepsut en su escrito —les contó—.
Hekai es muy diligente buscando información, y si ella estuvo en Menfis, hallará su rastro y os ayudará a dar con su paradero.
Sin embargo, me interesa mucho más la información que ha omitido en su escrito —añadió para sorpresa de las presentes—.
Aquí estaréis a salvo, por ahora, aunque no creo que pueda ofreceros la máxima protección si antes no sois sinceras conmigo.
—Por favor, siéntase libre de preguntarnos lo que desee saber, mi señor —dijo Sat-Ire, aguantándole la mirada.
—He aprendido a no dejar pasar por alto lo que otros consideran trivial.
La experiencia me ha enseñado que esos detalles, cuando se entrelazan, suelen resultar trascendentales.
Me refiero a las inquietantes noticias que me han llegado esta misma tarde desde Coptos sobre un altercado que concluyó con unos soldados de la guardia real asesinados por un ser tenebroso, y un escriba portuario de alto rango acusado de corrupción y alta traición.
Por si fuera poco, el asesino consiguió escapar con vida, junto con su cómplice, llevándose una importante cantidad de oro y joyas.
Todo ello podría haberse quedado en una anécdota, de no ser porque en ese suceso murió Nebuy y estuvieron involucradas su hijastra, la princesa y varias nobles sacerdotisas tebanas que ahora mismo tengo sentadas ante mí —desveló sin dejar de mirarlas—.
¿Debo saber alguna cosa más, señorita Sat-Ire?
—Tiene razón —admitió la intérprete de sueños—, estamos involucradas en una trama cuya complejidad aún no somos capaces de discernir, y si le hemos pedido su protección es porque realmente tememos por nuestras vidas. Esa es la verdad.
—¿Y qué llevó a unas jovencitas de vuestra posición a viajar a Punt de forma clandestina y con una mínima escolta? —replicó él.
Esta vez fue Neferura quien tomó la palabra:
—Porque alguien ha puesto precio a mi cabeza, y no nos íbamos a quedar de brazos cruzados —resolvió con firmeza—.
Ese escriba corrupto y el desalmado asesino, al que llaman devorador de almas, solo son la punta visible de una organización criminal que busca desestabilizar Egipto para derrocar a mi madre atacándola donde más le duele.
Si considera que estas explicaciones no son adecuadas para ofrecernos su protección, no debe preocuparse.
Nos iremos de inmediato de aquí —aseguró la princesa al tiempo que se levantaba de la mesa.
Pashedemheb escrutó con la mirada a Neferura.
—No es necesario que actúe de una forma tan impulsiva e imprudente, princesa. Como he argumentado con anterioridad, mi única intención es ofrecerles la máxima protección, pero necesito conocer los riesgos que debo afrontar para llevar a buen término esa función —esgrimió el sumo sacerdote.
—¿Sus recelos no estarán relacionados con el hecho de que no desea enemistarse con el faraón? —preguntó Neferura.
Pashedemheb la retó con la mirada.
—Quiero dejar bien claro que nunca he tomado partido a nivel político ni por Hatshepsut ni por Tutmosis, ni lo haré en el futuro —le advirtió.
—Mucho me temo que ya estará tomando partido si, finalmente, decide acogernos bajo su techo, mi señor —replicó la princesa.
La sala se quedó en silencio. Pashedemheb era plenamente consciente de lo que se estaba jugando al tener que tomar aquella decisión.
—Sería un desperdicio tomar un atajo para resolver un enigma tan fascinante.
La experiencia me ha enseñado que el verdadero placer de la vida reside en deshilvanar, hilo a hilo, cada misterio que el destino coloca en nuestro camino —anunció—.
Aclaradas las cosas, será mejor no dejar enfriar la cena devanándonos los sesos con problemas que no se resolverán hoy.
¡Bienvenidas a Menfis, señoras mías! ¡Bienvenidas a mi hogar!
El resto de la cena discurrió en un ambiente más distendido. La aventura en Menfis justo acababa de comenzar.