21
Pashedemheb
Las muchachas decidieron no retrasar el viaje a Menfis más de lo estrictamente necesario.
Tiaret retiró los puntos de sutura de la herida de Zayineth a los quince días y tuvieron que esperar aún dos días más hasta que encontraron unos pasajes en una de las barcazas fluviales que partían hacia Menfis con un cargamento de vasijas de cerveza y piedras preciosas.
Zayineth les había pedido a los sacerdotes de Min que se encargaran del funeral de Nebuy, tal y como el viejo deseaba: enterrándolo en un lugar soleado cerca del Nilo, y les prometió regresar para hacerle las ofrendas funerarias en cuanto le fuera posible.
—Pero ¿él te conoce personalmente, Zayineth? —le preguntó Neferura poco antes de embarcar.
—Lo vi hace muchos años, la última vez que vino a visitar a Nebuy a Coptos, aunque el sumo sacerdote igual ya no se acuerda de mí.
—¿Qué pasará si no te reconoce? —terció Tiaret.
—Entonces le entregaré esta credencial que escribió mi padre para él —dijo enseñándoles un papiro que portaba el sello de Min.
La princesa no las tenía todas consigo. Sabía que su madre no tenía muy buena relación con el clero menfita, defensor de una legitimidad dinástica masculina, y no le hacía mucha gracia hospedarse en un lugar en el que tal vez no fuera bien recibida.
—¿Y podemos confiar en él? —inquirió Neferura.
—Tanto como confiasteis en mi padre —atajó Zayineth.
Tenían por delante un viaje de cerca de 60 iteru [55] , que duraría unos veinte días, dependiendo de las condiciones del viento.
Neferura entregó al oficial de los soldados de la guardia real que las acompañaban un mensaje destinado a la reina Hatshepsut donde la informaba sobre lo que habían descubierto en Coptos y le anunciaba el nuevo destino.
Para pasar más desapercibidas en Menfis, habían decidido asumir el riesgo de viajar sin escolta.
La primera parada fue en Dendera, donde hicieron una ofrenda de incienso en el templo de Hathor para pedir protección durante el viaje.
Tras pasar la noche amarrados a la orilla del río, iniciaron una navegación por tierras del Alto Egipto durante seis días y una sola parada de descanso en Abidos.
A la semana, desembarcaron en Asyut, donde hicieron una reparación en la barcaza debido a que habían tenido un pequeño contratiempo con una roca que rozó la quilla.
En la ciudad se avituallaron de pescado seco y pan fresco, y zarparon al alba tras pernoctar una noche.
A partir de aquel momento, la navegación se hizo más lenta debido a zonas del río donde la corriente era más irregular.
Durante el tramo intermedio, hicieron dos paradas de aprovisionamiento y descanso en Minya y Hermópolis.
En el día doce de viaje, antes de que el cauce del Nilo se ensanchara al entrar en la región del Bajo Egipto, el paisaje cambió y pasaron por muchos campos de cereales y aldeas construidas de adobe.
Ya se hallaban en la región menfita, una zona en la que la navegación por el río se volvía más lenta y los remeros tuvieron que emplearse a fondo debido a la ausencia de viento.
Tras tres días más de travesía, pasaron la última noche en un pueblo de Saqqara desde donde contemplaron, a lo lejos, las antiguas pirámides [56] teñidas por el rojo atardecer.
Al día siguiente, a mediodía, entraron por el puerto fluvial de Menfis, rebosante de embarcaciones mercantes. Frente a ellas se alzaba el imponente templo del Ptah, mientras la ciudad bullía alrededor de los muelles con un frenético ir y venir de caravanas.
Nada más desembarcar, fueron rodeadas por un enjambre de niños que les pedían golosinas.
Neferura reunió a la chavalería formando un círculo y les repartió unos dulces de miel y almendras, lo que provocó el alborozo general.
Después, se abrieron paso lentamente por las abarrotadas calles de la ciudad en dirección al complejo de Ptah.
Las sacerdotisas accedieron al recinto por el gran pilón oriental, flanqueado por estandartes de lino blanco con el nombre de Ptah inscrito en jeroglíficos.
Ante ellas, se abrió el gran patio de procesiones.
Avanzaron por el eje central, donde se cruzaron con peregrinos, escribas y sacerdotes, acompañadas por el constante repiqueo de los martillos sobre bronce que emergía de los talleres del templo.
Finalmente llegaron al recinto de Apis, en cuya puerta había un relieve del toro coronado por el disco solar. Los guardias del templo revisaron la credencial que les entregó Zayineth y uno de ellos las acompañó a través de un fresco pasillo hacia el patio del oráculo de Apis.
El atrio estaba empedrado y rodeado de pórticos.
Un pesado toro deambuló por delante de ellas y se alejó hacia los graneros.
Era un gran ejemplar, de pelaje negro azabache, de tres codos y cuatro palmos [57] a la cruz, con un cuerpo musculado y armonioso, como si hubiera sido esculpido en basalto vivo.
En un rincón aireado había un hombre sentado en un banco. Pasaba la cincuentena, tenía una complexión fuerte, con hombros anchos y porte erguido. Tenía la cabeza afeitada y una barba postiza, pero lo que más destacaba en su faz eran unos oscuros y sagaces ojos negros.
El guardia se adelantó y le entregó el papiro escrito por Nebuy. Tras leerlo, alzó la mirada y miró directamente a Zayineth.
—Sin duda, tú debes de ser la hija de Nebuy, ¿verdad? —adivinó mostrando una perfecta sonrisa.
El sumo sacerdote se levantó, alisándose su plisada túnica de lino fino, y abrazó a la muchacha, que se quedó inmóvil sin saber qué hacer.
—Hola, mi señor. ¿Se acuerda de mí? —dijo con voz nerviosa.
—¿Cómo no recordar esa mirada gris? Pero, ¡dime!, ¿cómo está ese viejo diablo? ¿Por qué no te ha acompañado? —inquirió mirando hacia la entrada del patio, como si esperase verlo entrar por allí.
El rostro de Zayineth respondió antes que su boca.
—Mi padre murió. Bueno… Fue asesinado —dijo con voz temblorosa.
—¡No puede ser cierto! Tienes que contármelo todo, esa noticia me ha dejado consternado —instó con gesto apenado—. Pero ¡qué descortés estoy siendo! Debéis venir muy cansadas de un largo viaje y no hacéis más que escuchar los desvaríos de un viejo. ¿Cómo se llaman tus acompañantes?
Zayineth se giró y fue presentando a sus compañeras:
—Las sacerdotisas que me acompañan son mi familia: Sat-Ire, Tiaret, Neferkay y Neferura. Usted debe de ser Pashedemheb, ¿no es así?
—O lo que queda de él —dijo con voz afable—.
Los años han hecho mella en mí y ahora solo soy una sombra del hombre que fui.
Sin embargo, percibo unas grandes cualidades en tus amigas.
¡Espero no equivocarme! —añadió, dirigiendo la mirada hacia Sat-Ire—.
Tú debes de ser la intérprete de sueños…
Y tienes otro nombre. Déjame adivinarlo: ¿Shaït?
—¡Caramba! —musitó Sat-Ire, haciéndose la sorprendida—. Es usted una persona muy perceptiva y perspicaz.
Sat-Ire tuvo la sensación de que aquel hombre sabía mucho más de lo que debería saber.
Pashedemheb continuó caminando hasta detenerse delante de Tiaret.
—Percibo el olor dulce y balsámico de la miel, con un fondo cálido y amaderado de la mirra, y un matiz penetrante y fresco de resina que emana de tu bolsa… Tú debes de ser Tiaret, la prestigiosa médica tebana. ¿Acerté?
—¡Vaya, es impresionante! —exclamó la sanadora.
Había llegado el turno de Neferura.
—Por el porte, la fijeza de tu mirada y esa aura que tienen las personas que están destinadas a ser grandes entre las grandes, sin duda eres la princesa Neferura —proclamó con una leve reverencia—.
A tu madre le debo grandes favores, y por fin ha llegado el día en que podré saldar parte de mi deuda.
—Se lo agradezco, mi señor —musitó Neferura mientras lo escrutaba.
El sumo sacerdote posó la mirada en Neferkay.
—En tu caso, no importa el nombre ni tu profesión, sino el dolor que anida en tu corazón, el dolor de un amor encadenado que va devorando tus sentimientos a su paso. ¿Por qué has desterrado del alma a tu verdadero amor?
Neferkay se quedó paralizada y, sin saber por qué, rompió a llorar. Pashedemheb la abrazó y dejó que se desahogara, ante el asombro de sus compañeras.
—¿Es usted vidente? —se atrevió a preguntar Zayineth.
—Lo que soy es un hombre demasiado viejo que ha conocido a mucha gente en la vida y que sabe leer tan bien la fachada como el interior del templo humano.
Créeme, esta gracia unas veces es una bendición y muchas más, una maldición —declaró mientras liberaba a Neferkay de su abrazo—.
¡Bienvenidas a mi casa, que es la vuestra!
A partir de este momento, estáis bajo mi protección.
Sat-Ire se quedó pensativa por un momento.
—Tengo el presentimiento de que ya nos estaba esperando, ¿no es así? —le preguntó.
Pashedemheb se ruborizó.
—He sido demasiado pedante con esta fingida demostración de mis dotes de intuición, ¿verdad?
Perdonad a este viejo y aburrido sacerdote —se excusó—.
Lo cierto es que hace dos días me llegó un mensaje de Hatshepsut advirtiéndome de vuestra llegada y me pidió que os brindara cobijo mientras estuvierais en Menfis.
Sin embargo, no tenía ni idea de que mi buen amigo Nebuy hubiese muerto.
Su pérdida me ha dejado desolado. Tendréis que contármelo todo, pero antes debéis descansar y tomar una comida como es debido —añadió, sacudiéndose la melancolía—.
¡Acompañadme, damas! Os mostraré mi feudo.
Salieron del patio por el pórtico oeste y recorrieron un corredor sombreado, protegido por celosías de madera que bordeaban los establos sagrados.
El aire traía aromas a heno fresco, natrón y aceite de sándalo.
Tras atravesar un arco bajo, llegaron a un alargado patio, delimitado por palmeras, con un pozo en el centro.
A su alrededor había varias puertas cerradas con estores de lino, que conducían a las estancias destinadas a los huéspedes.
Pashedemheb abrió una cortina y las invitó a pasar.