20
Un acertijo resuelto
Las sacerdotisas se refugiaron del azote del sol en uno de los patios secundarios de la necrópolis, bajo la sombra de una higuera.
—¿Qué habrá sido de ese demonio? —preguntó Neferkay.
—¿Del devorador de almas? Es muy probable que haya muerto debido a la grave herida que le provocó Zayineth —respondió Sat-Ire.
—A menos que haya recibido atención médica. Por lo que has contado, el asesino huyó con el puñal clavado en el cuello, y eso lo pudo salvar de morir rápidamente desangrado —vaticinó Tiaret.
—No creo que un asesino buscado por los medjay y la guardia de Coptos se haya presentado en la Per Ankh para que un sanador cure sus heridas —señaló Neferura.
Tiaret chasqueó la lengua mientras negaba despacio con la cabeza.
—Me consta que existen curanderos hititas que ejercen clandestinamente en antros insalubres de las grandes ciudades. Además, contaba con la ayuda de Pacer y una fortuna más que suficiente para sufragar cualquier tratamiento. No creo que esos dos anden muy lejos de aquí —aseveró Tiaret.
—¡Qué extraña pareja! —exclamó Neferkay—.
Si el devorador de almas acompañaba a Pacer, solo puede haber una explicación: la organización no se fiaba de la honestidad del escriba, algo comprensible, conociendo sus antecedentes.
Entonces, ¿por qué enviarían a alguien en quien no confían a recaudar fondos para la causa?
—Solo hay dos posibles motivos: porque era el más capacitado para hacerlo o porque ocupa un cargo importante en la organización —respondió Neferura.
—O por ambas razones —apuntó Tiaret—. Por lo poco que conocemos de él, es sumamente inteligente y persuasivo. No debe de ser nada fácil lidiar con mercaderes facinerosos dispuestos incluso a matar con tal de obtener un beneficio extra. Eso explicaría también la presencia del devorador de almas.
—Sin embargo, ese demonio debió de mantener un perfil bajo durante su estancia en Coptos o, de lo contrario, Zayineth lo habría descubierto, ¿no creéis? —aventuró Neferura—. ¿Cómo habrá sabido Pacer que íbamos tras su pista?
Neferkay bajó la mirada.
—Tal vez fue por mi culpa —confesó con voz quebrada—.
Me reconcomía no saber si había sido mi padre quien había decidido enviarlo aquí, y el día antes de la misión fui a hablar con el escriba mayor para averiguarlo.
Puede que Pacer me viera por los pasillos y me reconociera.
¿Y si por mi culpa murieron Nebuy y los soldados?
Neferkay estaba devastada. Llevaba muchos días sin poder sacar fuera aquel sentimiento de culpa, pues la prioridad absoluta había sido velar día y noche por la vida de Zayineth.
—No debes atormentarte por eso, hermana. No sabíamos que ese asesino estaba con Pacer, y de haber ejecutado el plan original también habría causado muchas muertes —la consoló Tiaret mientras la estrechaba entre sus brazos—. ¿Y qué averiguaste en el despacho de Hori?
—La persona que nombró a Pacer como escriba portuario de Coptos fue Hekhem —respondió, apretando los puños.
—¿Qué sabes de él? —indagó Sat-Ire.
—Muy poca cosa —confesó Neferkay.
—Es un viejo engreído que solo ansía una esposa respetable con la que engendrar un heredero antes de que no se le levante la verga —apuntó Tiaret con cara de asco—.
Lo sé porque frecuenta tugurios refinados de Tebas en busca de compañía masculina y porque es notorio su talante misógino.
No obstante, lo tendremos que investigar a fondo en cuanto regresemos a Tebas: seguro que está implicado en la trama.
Neferkay torció el gesto y apenas pudo contener una arcada al escuchar lo que decía su hermana de Hekhem, cosa que no pasó desapercibido por sus acompañantes.
—¿Qué te ocurre? —se interesó Sat-Ire.
La muchacha alzó el mentón mientras cerraba los ojos.
—Hekhem es el hombre con el que me quiere desposar, padre. ¿Podéis creerlo? —dijo dejando escapar una lágrima—. Esto me supera, y no sé cómo voy a reaccionar cuando deba enfrentarme a ese problema. ¿Sabrá padre que ese cretino es un criminal?
Neferura se apresuró a tomarla de las manos.
—Expulsa inmediatamente esa tristeza de tu alma, Neferkay. Estaremos a tu lado y velaremos para que jamás se llegue a producir ese matrimonio. ¡Te lo prometo! —aseguró la princesa.
Sat-Ire le estaba dando vueltas a una cuestión que le preocupaba más que averiguar si su padre o Hekhem formaban parte de la conspiración.
—A partir de ahora, tendremos que ser muy cautas con nuestros movimientos —advirtió—. No tardará en llegar a oídos de nuestros enemigos que la trama corrupta de Pacer y del devorador de almas en Coptos ha quedado al descubierto, y eso nos expondrá a un mayor peligro.
—¿Qué propones hacer, Shaït? —preguntó Tiaret.
—Por las informaciones que nos ha proporcionado el escriba mayor, ya se están conociendo algunas de las corruptelas de su empleado ejemplar, aunque dudo que lleguen a averiguar jamás el verdadero alcance de sus fechorías.
Lo que sí es seguro es que todas las miradas están apuntando hacia nosotras: llegamos a Coptos custodiadas por algunos de los soldados que murieron a manos del devorador de almas y nos alojamos en la casa de Nebuy.
Eso nos deja en una situación muy delicada —advirtió preocupada—.
Lo más prudente es abandonar la ciudad cuanto antes.
Tiaret negó con un gesto.
—Aún quedan muchos días para el entierro de Nebuy, y Zayineth no querrá dejarlo solo —señaló la sanadora.
—Debe velarlo y darle el último adiós antes de que su alma parta para Occidente. Ya le hemos causado demasiado dolor con nuestros problemas —anunció Sat-Ire.
—¡Corta! —intervino Zayineth, que las había estado escuchando a hurtadillas—. ¿Acaso creéis que iréis a algún sitio sin mí? Si no recuerdo mal, estáis en deuda conmigo. ¡Prometisteis que me ayudaríais a encontrar a mi madre!
Sat-Ire negó aquella posibilidad rotundamente.
—No vamos a permitir que vuelvas a ponerte en peligro por nosotras, Zayineth.
—Esa decisión no te corresponde a ti, Shaït —atajó ella—. Mi destino quedó ligado al vuestro desde que lo vaticinara mi madre en nuestro último encuentro. Además…, ahora vosotras sois mi única familia —añadió con lágrimas en los ojos.
Tiaret fue la primera que se acercó a consolarla. A esta la siguieron Neferkay y Neferura. A Sat-Ire no le quedó más remedio que aceptar una petición que, muy en el fondo de su corazón, ya sabía que era la correcta.
—Dijiste que el oráculo te desveló una pista sobre el paradero de tu madre. ¿De qué trata, Zayineth? —preguntó Neferura.
—Cuando lleguemos a casa, os lo diré.
Al llegar, Zayineth fue a buscar algo a la habitación y regresó con un papiro cuidadosamente doblado entre las manos.
—Este es el legado que me dejó mi madre. Gracias a este mapa y a vosotras, podremos encontrarla —aseguró al tiempo que desplegaba el documento sobre la mesa.
El mapa mostraba las principales ciudades del Alto y Bajo Egipto.
—¿Y dónde tenemos que buscar? No hay ninguna señal en el mapa —afirmó Neferura tras revisar el papiro.
—¿No lo sabéis? —exclamó Zayineth decepcionada—. La profecía de mi madre decía que las hijas de Amón sabrían leer lo que los ojos no ven. Pensé que vosotras seríais capaces de interpretarlo.
Sat-Ire tomó el mapa y lo observó con detenimiento.
—Parece un mapa de doble signo —advirtió al cabo de un momento—. Eso significa que debe existir un segundo elemento que lo completa. ¿Tu madre no te legó algún otro objeto?
Zayineth se desató del cuello el amuleto que le había regalado su madre y se lo entregó a su compañera.
—Esto es lo único que tengo de ella, Shaït. Pero ¿qué tiene que ver este amuleto con el mapa? —preguntó ansiosa.
—¿Aún no lo ves? —dijo Sat-Ire mientras le desataba la correa de cuero del amuleto—. Si te fijas, el mapa solo contiene el nombre de unas pocas ciudades de las Dos Tierras, pero, si lo observas con más detenimiento, descubrirás una marca diminuta en un punto concreto. ¿La ves?
—¡Corta, sí! —exclamó Zayineth.
Había una señal verde, con forma de círculo incompleto.
—Pues ¡veamos dónde nos señala el amuleto de tu madre!
Sat-Ire colocó la punta del diente de ballena completando el círculo y fue orientando la base hasta que esta coincidió, con una precisión milimétrica, con la ciudad de Menfis.
—¿Su madre está en Menfis? —preguntó Neferkay.
—El amuleto no encaja con ninguna otra ciudad —dijo Sat-Ire—.
Zayineth, no faltaremos a nuestra promesa y te ayudaremos a reencontrarte con tu querida madre.
Si el destino nos pone rumbo a Menfis, hacia allí dirigiremos nuestros pasos.
Pero debes saber que el camino no será fácil: a partir de este momento, el peligro será nuestro más fiel compañero de viaje.
—Más razón para que confiéis en mis maravillosas destrezas marciales. Mis puñales nos protegerán a donde quiera que vayamos —afirmó sonriente la guardiana.
Desde la muerte de su padre, Zayineth no había vuelto a sonreír. Aquel gesto bastó para que se liberara de toda la energía negativa.
Era el momento de dejar que la alegría volviera a nutrir sus almas. La necesitarían para hacer frente al nuevo desafío que ya se perfilaba en el horizonte.