Las hijas del visir 19
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La emboscada

Zayineth se abalanzó sobre el devorador de almas esgrimiendo ambos puñales.

El asesino, sorprendido por la destreza de su contrincante, apenas pudo esquivar las estocadas con las que lo atacaba.

Lejos de amedrentarlo, encontrarse por primera vez una digna rival lo motivó y empezó a mostrar su repertorio de sablazos.

Uno de ellos impactó sobre el brazo de Zayineth, provocándole una herida superficial, pero ella aprovechó que lo tenía cerca para marcarle la cara con el filo de un puñal.

—¡Eres buena, mocosa, pero no lo suficiente para mí! —masculló el devorador de almas mientras se enjugaba la sangre con el dorso de la mano.

—Hablas demasiado, carcamal. Tú solo eres capaz de matar a sangre fría a mujeres indefensas, como a tu querida prometida. ¿Por eso nos odias tanto?

El asesino se volvió loco con la provocación y empezó a lanzar rápidos y furiosos golpes de daga. Zayineth los esquivó con una sonrisa en la cara. «¡Eso es, maldito! —pensó—. Cánsate y muéstrame tu patrón de ataque. ¡Hoy será el día en que termine tu mísera vida!».

El devorador de almas comenzó a resollar de cansancio, aunque no disminuyó la ferocidad de su ataque.

Zayineth resistía, eludiendo los envites en el último momento, aun a riesgo de salir herida.

Sin embargo, el asesino se mostraba cada vez más confiado y, en uno de sus lances, intentó insertarle la daga en el corazón.

Zayineth apoyó la mano izquierda en el suelo y arqueó el cuerpo hacia atrás, provocando que su contrincante errara el golpe y trastabillara. Aprovechó la corta distancia para asestarle una puñalada en el cuello con la mano derecha.

El asesino aulló de dolor, pero logró aferrarla por el brazo antes de que ella pudiera alejarse de él y la acuchilló en el vientre con su afilada daga.

Zayineth echó una bocanada de sangre y cayó al suelo, mientras el devorador de almas, con el puñal clavado aún en el pescuezo, se alejaba tambaleándose y echaba a correr por el patio.

Los soldados, al verlo aproximarse, se apartaron instintivamente, porque solo iban armados con palos y cuerdas. Nada pudieron hacer para detenerlo y lo dejaron escapar.

Sat-Ire, rápidamente, corrió hacia su compañera y se arrodilló a su lado.

—¡Tiaret, sal rápido! ¡Zayineth está gravemente herida! —gritó en cuanto la sostuvo entre sus brazos.

—Shaït, ¿lo has visto? He apuñalado a ese demonio… —musitó Zayineth, con un hilo de voz.

—No hables —atajó Sat-Ire mientras presionaba la herida con un pañuelo de lino—. Te pondrás bien, ¿me oyes? Aguanta conmigo.

En ese momento salió Tiaret con su bolsa de médico. La acompañaban Neferkay y Neferura, que contemplaron horrorizadas el baño de sangre que teñía el patio de carmesí.

—Incorpórala un poco más para que respire mejor, hermana —le indicó la sanadora.

Tiaret inspeccionó la herida y descubrió que era la misma que había atendido en Tebas cuando empezaron los asesinatos en serie. Por fortuna, ya sabía cómo proceder en esos casos, y Zayineth aún no había perdido demasiada sangre.

—Llevémosla dentro de la casa para que pueda examinarla mejor.

Sus compañeras llevaron a Zayineth en volandas y la depositaron sobre una mesa de la cocina.

Encendieron varias lámparas de aceite mientras Tiaret extraía el pañuelo que taponaba la herida.

Aún brotaba sangre, pero lo hacía de forma continua, señal de que no había ninguna arteria afectada.

Sacó un paño de lino de la bolsa y presionó los bordes de la herida para detener el sangrado.

—Shaït, aprieta con fuerza mientras preparo el material de sutura —le explicó.

Tiaret extrajo una aguja de cobre y un hilo de lino encerado.

La enhebró y empezó a coser la vena lesionada hasta que consiguió parar la hemorragia.

Acto seguido, limpió con abundante agua el interior de la herida para comprobar si el intestino había resultado dañado.

Al constatar que no había más complicaciones, continuó suturando hasta cerrar la incisión y, al terminar, la cubrió con un empasto de miel, grasa de oca y resina de pino para sellarla y protegerla.

—¿Cómo está? —se interesó Neferura en cuanto Tiaret terminó de vendar la herida.

—Ha perdido mucha sangre, pero, si evitamos que se infecte la herida y le aplico el tratamiento, sobrevivirá —aseveró—. Será mejor que nos la llevemos a la cama. La noche aún será muy larga.

—Yo te ayudo a cuidarla, Tiaret —dijo Neferkay—. Y vosotras dos no hace falta que os quedéis aquí. Id a casa de Pacer y traedlo de inmediato aquí.

Sat-Ire y Neferura, acompañadas por el resto del retén de soldados, armados con espadas y lanzas, se dirigieron a la casa del escriba.

Por desgracia, no había ni rastro de Pacer ni del devorador de almas.

Como era de esperar, tras registrar la vivienda en busca de evidencias que involucraran a Pacer en la conspiración, descubrieron que se habían encargado de eliminar cualquier vestigio del delito.

—Parece que ese desgraciado sabía que lo estábamos esperando y ha huido llevándose toda evidencia de su crimen —vaticinó Neferura.

En el hogar, los rescoldos aún calientes que se consumían en el brasero confirmaron sus sospechas.

Era casi mediodía cuando la comitiva que había registrado la casa de Pacer regresó al templo de Min. Allí supieron, por boca de una criada, que acababan de llevarse a Zayineth al interior del templo para someterla a un ritual de sanación.

Sat-Ire se temió lo peor al entrar en una de las salas sagradas.

El cuerpo desnudo de Zayineth yacía extendido sobre una estera de lino, frente a un pequeño altar presidido por una imagen de Sekhmet.

Tiaret, arrodillada junto a su paciente, le tomaba el pulso en la muñeca con los ojos cerrados.

Por la estancia se esparcía un aroma a incienso Kyphi.

A un lado de Zayineth se encontraba Neferkay. Sostenía un sistro [49] de bronce que tintineaba suavemente al compás de sus movimientos. Vestía una túnica de lino fino y llevaba el cabello trenzado y recogido bajo una delicada redecilla dorada.

Neferkay tomó un cuenco de alabastro, que contenía agua sagrada del Nilo, y la vertió lentamente sobre hojas de palmeras y flores de loto, dejando que un dulce aroma se mezclara con el humo del incienso. La humareda ascendió en aspírales envolviendo el cuerpo de Zayineth.

—¡Oh, Sekhmet, señora del Aliento Ardiente! Aparta la lanza invisible que hiere a tu hija —entonó Neferkay, mirando al techo.

—¡Oh, Hathor, señora de la Alegría! Devuelve el vigor de la sangre a su corazón —recitaron unos sacerdotes de Min.

Tiaret continuaba controlando el pulso de Zayineth, que se mantenía débil y errático.

Uno de los sacerdotes extrajo un amuleto sanador con forma de escarabeo [50] del interior de un cofre y lo colocó sobre el vendaje que cubría la herida.

Neferkay mojó un pincel fino en un recipiente que contenía un pigmento rojo de cinabrio y trazó una cruz ansada sobre el apósito, como símbolo de la vida.

Ambos comenzaron a recitar un conjuro de sanación, alternando sus voces:

—Sal, veneno que hieres —dijo el sacerdote.

—Retrocede, cuchillo que cortas —replicó Neferkay.

—Que la sangre fluya por los canales de la vida.

—Y no por los senderos de la muerte.

Con cada frase, Neferkay rociaba unas gotas de agua perfumada con loto azul alrededor de la herida, creando un círculo protector. Acto seguido, tomó un cuenco con pan, cerveza y miel, y lo llevó al altar como ofrenda a Sekhmet.

Tiaret posó las manos sobre el pecho de Zayineth y recitó:

—Ahora estás bajo la protección del ojo de Horus. Ninguna sombra te alcanzará.

El altar se cubrió con un tul blanco y con aquella acción se completó la liturgia de sanación.

—Ahora es mi turno. Busca el cuenco más grande y limpio que tengas y llénalo de agua hirviendo —instó Tiaret a su hermana.

En cuanto se lo trajo, Tiaret echó hojas de mirto y las dejó infusionar un rato para que atemperaran.

Luego retiró la venda y vio que el paño que cubría la herida estaba teñido de sangre seca.

Al quitar el apósito, comprobó que la herida estaba inflamada, con restos de coágulos, pero sin signos de infección.

Vertió una pequeña cantidad de agua sobre la herida para arrastrar los restos de sangre y del ungüento, y, con una espátula de cobre, separó con cuidado los bordes para observar la cicatrización.

Todo parecía evolucionar correctamente, a juzgar por la leve sonrisa que se dibujó en el rostro de la médica.

Con la misma espátula, aplicó una capa de miel espesa mezclada con resina de terebinto, grasa de oca y polvo de malaquita para favorecer el proceso de cicatrización y proteger la herida de la infección.

Tapó la herida con un paño de lino y realizó un vendaje compresivo alrededor del abdomen de Zayineth.

En ese instante, la paciente abrió los ojos y emitió un ligero quejido de dolor.

—¿Qué diablos estoy haciendo aquí? —susurró al tiempo que hacía el ademán de incorporarse.

El dolor frenó su ímpetu y Tiaret se apresuró a calmar a su paciente.

—Nada de movimientos bruscos —le advirtió seriamente—. Has sido apuñalada y has perdido mucha sangre, así que deberás portarte bien durante los próximos días si no quieres acelerar tu juicio ante Osiris.

Zayineth asintió y volvió a tumbarse. Poco a poco, comenzaron a aflorar los recuerdos: el asesinato de Nebuy, su enfrentamiento con el devorador de almas y el momento en que le ensartó uno de sus puñales en el cuello.

—¿Qué ha pasado con Pacer? ¿Y el devorador de almas? —preguntó, agitada.

—¿No has escuchado a Tiaret? Nada de movimientos. Ahora solo debes descansar —la reprendió Neferkay.

—Pero…

—¡Corta! —replicó la sacerdotisa, emulando su muletilla.

Aquella súplica pareció hacer efecto en el ánimo de Zayineth, cosa que aprovechó Tiaret para darle de beber a pequeños sorbos un néctar que había preparado a base de miel, aceite de adormidera, leche de cabra y polvo de loto azul.

Como era de esperar, el dulzor de la bebida, unido a la intensa sed provocada por el sangrado, ayudó a que Zayineth se tomara medio cuenco antes de quedarse profundamente dormida.

Tiaret, satisfecha conforme estaba yendo el tratamiento, sonrió y murmuró para sí:

—Que tu ib se mantenga fuerte este día, y que los dioses hagan el resto.

Zayineth durmió por el resto del día y durante toda la noche, con pequeñas interrupciones pautadas por la médica.

En ellas le hacía reponer líquidos, a base de unas bebidas energéticas, y también aprovechaba para hacerle la cura de la herida aplicándole bálsamo de mirra [51] .

Su estado fue mejorando, aunque se pasaba la mayor parte del tiempo dormitando y hacía algún pico febril que Tiaret trataba aplicando compresas tibias por su cuerpo.

A partir del cuarto día, las horas de vigilia fueron superando a las de sueño.

Zayineth fue incorporando alimentos sólidos muy nutritivos a su dieta, como huevos de pato, pescado asado y frutas.

También empezaron a movilizarla, ayudándola a dar cortos paseos para evitar la pérdida muscular.

En una semana, Zayineth ya era capaz de caminar sola durante largos trayectos por el interior de la casa, y a Tiaret le resultaba cada vez más difícil controlarla, por lo que decidió darle el alta.

La fortuna y la fuerte constitución de Zayineth habían querido que sobreviviera a un ataque del devorador de almas. Ninguna de sus víctimas lo había conseguido hasta entonces.

Por el momento, contaban con el favor de los dioses.