Las hijas del visir 18
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Maquinación

Era entrada la tarde cuando Pacer se dirigía de mala gana hacia el templo de Min.

El gran escriba lo había citado urgentemente a su despacho y tenía la sospecha de que algo iba mal.

Mientras recorría las aún concurridas calles, meditó sobre los posibles motivos de aquella inesperada reunión.

Todo apuntaba a alguna noticia relacionada con sus corruptelas.

Había procurado ser cuidadoso y pulcro, escogiendo a los comerciantes más avaros y sobornando con generosidad a quienes conocían sus secretos, pero sabía bien que en aquel negocio toda precaución nunca era suficiente.

Al llegar al templo, se encaminó hacia la sala de escribas, alisándose la túnica.

En un primer instante no prestó mucha atención a la sacerdotisa que salía del despacho de su jefe; era habitual que acudieran con encargos de Nebuy.

Sin embargo, tras dar unos pasos, reconoció los marcados y hermosos rasgos de aquella mujer, y el corazón se le detuvo en seco.

La sacerdotisa pasó por su lado sin prestarle la más mínima atención y se alejó por el corredor. Mil preguntas comenzaron a agolparse en la mente de Pacer cuando el gran escriba apareció en el umbral de su despacho.

—¡Por fin llegas! Venga, entra, que tengo algo importante que decirte —lo apremió Hori.

Pacer entró y tomó asiento en una silla frente a la mesa de trabajo de Hori.

—¿Qué quiere de mí, señor?

—¿A qué viene esa cara de pasmo? ¿Señor? ¡Llámame Hori! No es necesario que seas tan formal en privado —lo regañó con cariño—. Siempre eres tan locuaz que se me hace extraño verte así, como si se te hubiera comido la lengua el gato.

Pacer seguía mudo de la impresión.

—Perdóname, Hori. Hoy ha sido un día duro en el puerto y estoy agotado —dijo mientras improvisaba una sonrisa—. ¿No tenía que darme una importante noticia? Me muero de ganas por conocerla.

El gran escriba lo miró sonriendo.

—Has visto a una sacerdotisa saliendo de aquí, ¿verdad?

Os habéis tenido que cruzar en el pasillo —le explicó—.

Es hija de un importante noble tebano que está organizando una expedición comercial a Punt y me ha pedido referencias sobre ti porque necesita contratar los servicios de un escriba de confianza.

—El gesto de Pacer se tensó, para sorpresa de su jefe—.

¿A qué viene esa cara? Te he recomendado sin dudar por un instante —alegó Hori con una nerviosa sonrisa.

—¿Sabe usted quién es su padre? —preguntó con voz áspera.

—¿Qué te pasa, Pacer? Nunca te he visto tan alterado.

—¡Le he preguntado que si sabe quién es su padre! —voceó. Hori lo miró perplejo—. Oh… Discúlpeme, mi señor. Debería alegrarme por la noticia, pero el cansancio me ha hecho perder los modales —añadió, dejándose caer de rodillas.

El gesto conmovió a Hori, que siempre había visto en él a un hijo.

—No hace falta que te muestres tan devoto, Pacer. Levántate, por favor —dijo con un tono fraternal—. La verdad es que no pregunté quién era su padre, pero, por el interés que mostraban, hice todo lo posible para que confiaran en ti.

Pacer apretó los dientes para contener la ira. Necesitaba información, y su jefe era el único que podía dársela.

—Ha hablado en plural, Hori. Por casualidad, ¿las sacerdotisas que se interesaron por mí no serían hermanas? —aventuró.

—Ignoro el parentesco que tienen las muchachas que vinieron a verme. Solo sé que viven en casa de Nebuy y que una de ellas es una gran sanadora que atiende a las parturientas en el Per Ankh. ¿Por qué lo preguntas? ¿Las conoces?

—No las conozco, señor, solo pregunté por curiosidad —respondió pensativo—. Será un honor formar parte de esa expedición, si usted me lo permite.

Hori miró hacia la ventana y vio que el sol se estaba ocultando.

—¡Claro que sí! Seguro que te reporta una muy buena recompensa económica y has trabajado muy duro desde que fuiste destinado a Coptos —señaló sonriente—. ¿Te apetece ir a tomar una cerveza? Llevas trabajando aquí mucho tiempo y todavía no hemos salido juntos.

—Tendrá que ser otro día, señor. Esta noche el cuerpo solo me pide irme a la cama —se disculpó—. Con su permiso…

Pacer arrastró los pasos hacia la puerta con la sensación de que salía con más dudas de las que traía al entrar.

Aquel atardecer, el escriba regresó directamente a casa.

No tenía el ánimo para emponzoñar su conciencia con alcohol, opio y mujeres.

Su único objetivo era sobrevivir, y solo había un ser en todo Coptos capaz de sacarle de aquel embrollo, por mucho que le pesara tener que confesarle que se encontraban en serios apuros.

Al entrar, cogió una jarra de su mejor vino y se dejó caer en un banco largo con respaldo. La tensión que sentía estaba a punto de hacerle perder los nervios.

—¿Qué grata sorpresa, amigo mío? Es la primera vez que llegas a casa antes del anochecer. ¿Qué celebramos?

De la penumbra emergió la alta figura del devorador de almas.

—Coge un vaso y siéntate conmigo —dijo Pacer con una trémula voz—. Estamos en problemas.

No había acabado de decir la frase cuando percibió un fétido aliento a su lado.

—¡Ya me estás diciendo qué coño has hecho para quedarte ahí parado, temblando delante de mí! —murmuró el asesino a su oído.

—Verás…, creo que alguien me ha identificado y me temo que ya no estamos a salvo aquí.

—¡Ve al grano, inútil! —dijo, arrastrando las palabras.

—Las hijas del gobernador de Tebas están aquí y han estado preguntando por mí.

El devorador de almas aulló de rabia antes de empotrar a Pacer contra la pared de un puñetazo. Acto seguido, saltó sobre él con la daga en la mano.

—¿Cuántas veces te he advertido que fueras prudente y que te montaras tus fiestecitas con sucias furcias en lugares discretos para no ponernos en aprietos? —bramó apoyando el filo de su daga junto a su yugular.

—¡Por favor, no me mates! —le suplicó al sentir un líquido caliente deslizándose por el cuello.

—Has echado a perder el trabajo de varios meses, bastardo, no me pidas clemencia… —murmuró con los ojos saliéndose de las órbitas.

—¡Conozco tu secreto y sé quién puede llevarte hasta el paradero de la persona que te convirtió en lo que eres! —se apresuró a decir.

El devorador de almas vaciló apenas un instante.

—¡Maldita sabandija! ¿Por qué crees que decidí acompañarte a este horrible lugar? —bramó—. Lo siento, pero no creo que tengas nada que me interese más que matarte lentamente. Además, Khnumose me entregará a vuestro líder enmascarado —anunció, esbozando una sonrisa cruel.

A Pacer solo le quedaba una baza que jugar.

—¿Y crees que lo hará? —replicó, al sentir que el filo de la daga se hundía un poco más en su piel—. Él no es más que un peón con delirios de grandeza. Yo, en cambio, puedo ofrecerte a uno de los eslabones más importantes de la cadena de poder.

El asesino torció el gesto, pero retiró lentamente la daga de su cuello.

—Habla —dijo mientras lo escrutaba con la mirada.

El escriba se recostó contra la pared para recuperar el aliento.

—Sé que en tu juventud eras el jefe de los embalsamadores reales y que sufriste una gran traición que te empujó a asesinar a las personas que más confiaban en ti. Engañado, mataste al hombre que fue un padre para ti y a la única mujer que has amado en tu vida. ¿Me equivoco?

Al devorador de almas le sobrevino una arcada. El dolor insoportable de la frustración y el arrepentimiento, que creía sepultado en lo más hondo del corazón, emergió con una violencia inesperada.

—¿Cómo sabes todo eso de mí?

—Porque me lo contó la persona que tiene contacto directo con el ser que te engañó —respondió el escriba, más sereno al percibir que la furia del monstruo comenzaba a remitir.

—¿No me estarás engañando para salvar tu miserable vida? —lo amenazó, deslizando el filo de la daga a un palmo de sus ojos.

—¡No te traicionaré! ¡Haré todo lo que me pidas!

—¿Aun a sabiendas de que torturaré a ese bastardo hasta sonsacarle la última palabra? —Pacer asintió, temblando—. ¿Y que, si no obtengo una respuesta satisfactoria, no habrá ningún pútrido rincón en este mundo donde puedas esconderte de mí?

—Sí… Asumo cualquier castigo que quieras imponerme. ¿Quieres saber su nombre?

El devorador de almas lo liberó y se apartó unos pasos. Hacía muchos años que no sentía aquel opresivo dolor. Bastó recordar el origen de su sufrimiento para sentirse miserable… y vulnerable.

—Eso puede esperar —dijo al fin, pensativo­—. Lo prioritario es arreglar tu maldito desaguisado.

—¿Qué vamos a hacer? No creo que esas sacerdotisas tarden en caer sobre nosotros.

—Hagamos de este problema una solución beneficiosa para los dos —respondió mientras en su mente comenzaba a urdirse un plan.

Ambos hombres pasaron la noche recopilando la documentación que debía ser conservada y se deshicieron de la que no.

Los líderes de la conspiración necesitaban establecer alianzas estratégicas fuera de la capital, tanto económicas como militares, con las que comprar las voluntades y allanar su ascenso al poder.

Pacer era su brazo ejecutor en Coptos, encargado de recaudar apoyos financieros gracias a la conexión que tenía la ciudad con Nubia y con las rutas al desierto oriental, por donde llegaban grandes cargamentos de piedras y metales preciosos desde las minas de turquesa, cobre y oro.

En Menfis, centro administrativo y militar del país, tenían a otra persona infiltrada que negociaba con los comandantes más díscolos con la actual corona bicéfala para atraerlos al nuevo régimen que querían instaurar.

Y en Tebas se encontraba la cúpula de la organización, moviendo los hilos de la trama con el objetivo de derrocar al actual régimen.

—Quédate en casa quemando estos documentos mientras yo traslado el tesoro y el resto de documentación estratégica a un lugar seguro —ordenó el devorador de almas.

—¿Pretendes abandonarme a mi suerte? —señaló Pacer con desconfianza.

El asesino lo fulminó con la mirada.

—¿Quieres vivir, despojo? Por tu falta de discreción nos vemos metidos en este embrollo, y aún no eres capaz de discernir el alcance de tu imprudencia.

¡Estamos acabados, amigo! En cuanto tus líderes sepan que hemos fracasado, pondrán precio a nuestras cabezas.

Necesitamos una vía de escape y un lugar seguro donde ocultar el tesoro. ¡Es nuestro seguro de vida!

—Pero…

—¿Acaso tienes un plan mejor, estúpido?

Pacer palideció.

—Haré lo que me pidas —dijo con un hilo de voz.

—Entonces escucha bien. Destruye estos documentos y empaca lo indispensable para salir de la ciudad en dos días.

—¿Y qué haremos después?

—Cuando tus amigos empiecen a inquietarse por los fondos de Coptos, será nuestro turno de negociar.

—¿Negociar?

Pacer parecía no estar entendiendo nada.

—Tú salvarás tu miserable vida —dijo mientras se relamía los labios—, y yo obtendré mi venganza en cuanto me digas el nombre de esa persona que va a conducirme al líder de la organización. ¿Tenemos un trato?

Al escriba no le quedaban más fuerzas para discutir.

—Si conseguimos escapar con vida de Coptos, dalo por hecho.

—Bien. Tú sigue con tu rutina diaria sin levantar sospechas. Recuerda que te están vigilando.

—No lo entiendo…

El asesino lo atravesó con la mirada.

—No tienes nada qué entender. Obedece sin cometer ningún error. ¡Es tu última oportunidad!

—¿Y tú qué harás? —preguntó con cautela.

—Si esas furcias están en la ciudad, la heredera de Hatshepsut no debe de andar muy lejos. Aprovecharé tu infame error para darme una loca noche de placer, asesinando a Neferura y eliminado a las únicas testigos de tu error.

Dicho esto, salió dando un portazo.

Pacer permaneció en la casa, quemando la documentación.

Poco antes del alba, se dio un baño y se vistió para ir a su puesto de trabajo.

En el patio se encontró un mensaje sobre un banco.

Era del devorador de almas. Tras leerlo, entró a la casa y se deshizo de él echándolo a las brasas que aún quemaban en el brasero.

La calle estaba desierta y se dirigió hacia el puerto siguiendo la ruta habitual.

En cuanto se acercó a la zona portuaria, empezó a encontrarse con más gente.

Se preguntó si alguna de las personas que tenía a su alrededor sería espía de las sacerdotisas, sin saber que el devorador de almas lo seguía muy de cerca.

El escriba cumplió con su jornada, como de costumbre, y al caer la noche, acudió a cobrar un soborno acordado con un comerciante de Elefantina. Aquella noche, Pacer se excedió en sus placeres pensando que tal vez sería la última vez.

De madrugada, abandonó el burdel, pero, antes de salir, se detuvo frente a una mujer que dormitaba con la cabeza recostada sobre la mesa, rodeada de varias jarras de cerveza vacías.

—No te hagas la dormida, maldita espía —la espetó, propinándole una patada—. ¿Creíste que no sabría que me estabas siguiendo?

—¡Déjame en paz, idiota! —balbució ella.

—Yo no perdería más el tiempo aquí. El devorador de almas ha ido a visitar a tu padre y a tus amigas para pasar un buen rato con ellos. ¿No querrás perdértelo?

Zayineth lo miró a los ojos y supo que decía la verdad.

Salió corriendo del burdel, con las lágrimas cubriéndole el rostro. Al llegar a la avenida que conducía a la casa del escriba, se desvió por un callejón para ir a buscar a Sat-Ire, que aguardaba con parte de la guardia.

Al verla, jadeante, solo pudo decir:

—¡Shaït, abortamos la misión!