17
Pacer, el impostor
Tiaret llegó a la casa cuando el sol se alzaba por encima de los tejados.
Se dirigió a la habitación y abrió la puerta con cuidado para no despertar a sus compañeras.
Neferkay dormía en una cama, sola; era la única que no compartía lecho.
Sat-Ire y Neferura lo hacían juntas, y ella lo hacía con Zayineth.
Como esperaba, su compañera, estaba ya despierta, sentada en el colchón con las piernas cruzadas mientras afilaba sus puñales.
—¿No ha habido suerte esta noche, Tiaret? —se burló Zayineth sin alzar la vista.
—¡Chis! No hables tan alto o las vas a despertar.
Demasiado tarde. Sat-Ire abrió un ojo y le preguntó:
—¿A qué viene esa cara? Vienes muy entera… Y no hueles a alcohol. A ti te ha pasado algo, ¿verdad?
—Luego os lo cuento. Aún hay dos personas durmiendo y no he pegado ojo en toda la noche —susurró Tiaret.
—Yo no duermo, solo tengo los ojos cerrados —replicó Neferura.
En ese instante, Neferkay se incorporó como si tuviera un resorte.
—Está claro que nadie va a dormir ya. ¿Por qué no nos cuentas tus cuitas mientras desayunamos, Tiaret? ¡Me muero de hambre!
—Pero ¡yo no he dormido aún! —protestó la sanadora.
Las chicas tomaron a Tiaret del brazo y la arrastraron a la cocina. Nebuy había dejado unas hogazas de pan de cebada recién horneadas sobre la mesa y las observaba con gesto complaciente. El viejo sacerdote se había ganado el corazón de sus invitadas con su bondad y discreción.
Se prepararon unas rebanadas con aceite de sésamo, que acompañaron con queso de cabra fresco, miel y dátiles.
Tras el almuerzo, Tiaret les contó su inesperado encuentro con el hombre que le rompió el corazón en Tebas, ahora reconvertido en escriba, y su firme convicción de que se trataba del mismo individuo que había seducido a la adepta del oráculo de Punt.
—¿Qué os parece mi tesis? —les preguntó.
—Los indicios apuntan a que es él —replicó Zayineth—. La cuestión ahora es decidir qué vamos a hacer. Está claro que ese mujeriego está involucrado en la trama y, por lo que nos has contado, no se encuentra aquí por casualidad. Todo indica que está recaudando fondos para la organización.
—¿Insinúas que Pacer está implicado con quienes planean asesinar a Neferura? —señaló Tiaret, con gesto contrariado.
—Las evidencias son claras: él fue quien elaboró el papiro secreto con el que pretendía desestabilizar las relaciones entre Tutmosis y Hatshepsut, y además actúa como escriba corrupto en Coptos —argumentó Zayineth.
—Me resulta extraño que no lo hayamos visto nunca por la sala de los escribas —añadió Neferkay.
—Un individuo tan advenedizo debe mantener un perfil bajo para evitar atraer miradas indeseadas —terció Neferura—.
Es probable que maneje sus corruptelas a espaldas de sus compañeros y superiores.
Tendremos que investigarlo a fondo para destapar qué lucrativos negocios se trae entre manos; quizá así obtengamos alguna pista que nos conduzca a los verdaderos líderes de la trama.
Como de costumbre, Sat-Ire tomó la palabra, aplicando su lógica analítica para trazar un plan:
—Debemos consultar en los archivos de los escribas si ese es su verdadero nombre, desde cuándo trabaja en este lugar, qué cargo ocupa y cuál es su rutina diaria.
Si ejerce como escriba del puerto, es un cargo que requiere un nombramiento oficial, y no será difícil rastrearlo.
Tiaret, ¿estás segura de que tu examante no te reconoció?
—Dudo que lo hiciera —respondió—. Estaba demasiado colocado y entretenido como para fijarse en nada más. Además, mantuve el rostro oculto en todo momento, así que estoy convencida de que no me reconoció.
—Perfecto. Te quedarás ejerciendo como sanadora en el templo; es vital que pases desapercibida para él —apuntó Sat-Ire al ver que Tiaret negaba con la cabeza—.
Zayineth, tú te encargarás de seguirlo durante unos días para registrar su rutina.
Conoces la ciudad mejor que nadie y sabrás convertirte en su sombra.
Aun así, extrema las precauciones: no sabemos si tiene cómplices que le cubran las espaldas.
Nosotras tres —prosiguió— nos dedicaremos a investigar al misterioso escriba en los archivos.
Necesitamos recabar toda la información útil para completar su perfil: contactos, movimientos y posibles colaboradores.
Si, como sospechamos, se codea con las altas esferas, tendremos que actuar con la máxima cautela.
—¿Y qué haremos después, Shaït? —preguntó Neferura.
—Cuando tengamos todas las piezas sobre la mesa, desvelaremos ese acertijo. Por ahora, la prioridad es obtener la máxima información con la que podamos incriminar al escriba en una trama de corrupción. ¿Nos ponemos en marcha?
Zayineth se encargó de hacer un seguimiento de los movimientos de Pacer durante varios días.
No tardó en confirmar que el escriba seductor realmente se llamaba Pacer y trabajaba en el puerto fluvial.
Ocupaba el cargo de escriba de los registros de comercio y aduanas del puerto de Gebtu [48] , y era subordinado del gran escriba Hori, máximo responsable de la administración portuaria de la ciudad.
Su labor consistía en anotar y sellar las mercancías que llegaban tanto por el Nilo como por las caravanas procedentes de Uadi Hammamat.
Zayineth se reunió con sus compañeras para contarles todo lo que había averiguado de Pacer. En su rostro se acentuaban unas profundas ojeras y se la veía más delgada. No en vano, se había pasado unos cuantos días, con sus noches, haciendo la misma rutina que el corrupto escriba.
—En cuanto os relate la vida y obra de ese galán, me voy a tirar dos días seguidos durmiendo —declaró mientras se dejaba caer sobre una silla.
El escriba acudía cada amanecer al puerto fluvial y se encargaba, junto con otro compañero, de inspeccionar los barcos que llegaban por el Nilo desde Tebas, el Delta o Elefantina, así como las caravanas que llegaban por tierra desde el desierto oriental.
Revisaban el cargamento, las cartas de carga y anotaban en papiro las mercancías que transportaban.
Cuando se trataba de artículos de lujo, el registro se hacía en un archivo especial que era custodiado por un escriba de mayor rango.
Al mediodía, hacían una pausa para comer junto a otros escribas y funcionarios del puerto, tras lo cual revisaban la documentación que debía entregarse al escriba mayor y a los inspectores enviados desde Tebas.
Por la tarde, su compañero trasladaba los documentos oficiales al archivo del templo de Min: copias de las cuentas del día o resoluciones de las disputas menores entre mercaderes. Pacer cerraba la jornada a media tarde, con la entrega del sello y los registros a uno de los guardias del puerto.
Tras un duro día de trabajo, el escriba solía frecuentar diferentes tabernas o casas de placer, donde se reunía con mercaderes para recibir el pago de sus corruptelas.
Las prácticas más habituales consistían en falsear el peso de las mercaderías para repartirse el excedente con los comerciantes o en calcular a la baja la tasa de impuestos que debían abonar.
Con ese método, el escriba amasaba una pequeña fortuna cada día.
Tras los negocios, se entregaba a sus placeres carnales, casi siempre con más de una mujer, y rara vez regresaba a casa antes de la cuarta hora de la noche. A pesar de trasnochar, se levantaba antes del alba y acudía puntual a su cita diaria en el puerto fluvial.
—¿Y no tiene amistades ni cuenta con un cómplice? —preguntó Neferkay.
—No lo he visto relacionarse con nadie fuera de su trabajo, dejando a un lado a los mercaderes que lo sobornaban y, bueno…, ¡ya sabes! Es un mujeriego y no anda falto de damiselas —atajó Zayineth.
—¿Y vive solo? —inquirió Tiaret, recordando la sombra que percibió en el patio de su villa.
—En las pocas horas que pasa en casa, no he visto entrar ni salir a nadie —respondió la espía—. ¿Y vosotras? ¿Qué habéis descubierto?
Las pesquisas de las sacerdotisas también habían resultado fructíferas. Nebuy les presentó al escriba mayor, Hori, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto bonachón, que les facilitó toda la información de que disponía sobre el funcionario en cuestión.
Según les explicó, la primera vez que Pacer se había presentado en su despacho había sido a principios del año anterior.
Lo describió como un funcionario íntegro y formal: no había faltado ni un solo día sin justificar y se había integrado a la perfección con el resto del equipo.
Confirmó, además, que unos meses antes había acompañado como escriba a una expedición a Punt y había regresado sin reportar ninguna incidencia reseñable.
Al preguntarle quién había destinado al funcionario a Coptos, el escriba mayor les reveló que había sido el gobernador de Tebas. Aquella noticia hizo que las hermanas intercambiaran una mirada cargada de inquietud.
Cuando se despedían de Hori, este quiso saber a qué se debía el interés por uno de sus escribas.
—¿Ha hecho algo malo ese muchacho? —preguntó con gesto preocupado.
Sat-Ire salió al rescate argumentado que su padre, un noble muy rico de Tebas, estaba preparando una caravana a Punt y buscaba un escriba de máxima confianza que se encargara de la expedición.
—Hemos oído hablar muy bien del escriba Pacer en la zona portuaria y queríamos contrastar esa reputación con la persona que mejor lo conoce —añadió dando por concluida la conversación.
Con las pruebas ya reunidas, había llegado el momento de tomar una decisión.
Neferura convocó a sus compañeras en una cámara del templo de Min.
Tras una larga deliberación, decidieron que la mejor opción era planificar una incursión para arrestar al escriba y obligarlo a confesar para quién trabajaba.
El momento idóneo sería su regreso a casa después de una de sus habituales juergas: llegaría ebrio y opondría una mínima resistencia cuando los soldados de la guardia real lo arrestasen en las puertas de su vivienda.
Una vez capturado, lo trasladarían al templo de Min, donde sería interrogado por Neferura y Neferkay.
Mientras tanto, Sat-Ire y Zayineth se encargarían de registrar la casa del funcionario en busca de pruebas que vincularan su trama corrupta con sus superiores o con sus contactos en la corte.
Una vez reunida toda la información, sería el momento de desvelar el acertijo y, con suerte, descubrir quiénes estaban detrás de la conspiración.
La misión la ejecutarían al día siguiente.
Enviarían a seis soldados a arrestar a Pacer, mientras el resto de la guarnición se quedaría en el templo de Min.
Confiaban en que con unos pocos hombres armados con palos y porras serían suficientes para reducir a un individuo embriagado.
Aun así, Zayineth continuaría con su seguimiento diario al escriba e informaría de cualquier novedad.
Las chicas pasaron el resto del día organizando la logística del plan, y Zayineth se fue directamente a dormir. Sin embargo, Neferkay no dejaba de darle vueltas a una cuestión que la tenía muy preocupada.
Conocía muy bien a su padre y sabía que entre sus muchos defectos, no se encontraba el de la corrupción.
Para quedarse tranquila, abandonó la casa al caer la tarde y se dirigió a la sala de escribas para hablar con Hori.
El escriba mayor le enseñó el documento oficial del nombramiento de Pacer, y, tal y como había intuido, la persona que había decretado la asignación del escriba a Coptos no había sido Rejmira, sino Hekhem, un alto funcionario tebano que ella conocía demasiado bien: el mismo hombre que su padre había elegido como su futuro esposo.
Con la mente ofuscada ante aquella revelación, Neferkay no fue consciente de la persona con la que se cruzó por el pasillo al salir del despacho de Hori. Al regresar a casa de Nebuy, decidió no compartir lo que había averiguado con sus compañeras y se fue a dormir.
Zayineth salió antes del alba para seguir los pasos del escriba.
Las demás se levantaron temprano y redactaron la lista de preguntas con las que interrogarían a Pacer.
Pasaron lentamente las horas del día sin que tuvieran noticias de su compañera, lo que las tranquilizó al ver hundirse el sol en el horizonte.
Cerca de la segunda hora de la noche, recibieron un mensaje. Lo traía una niña recadera de uno de los burdeles de la ciudad y decía: «El pájaro vuelve al nido» . Era el momento de iniciar la segunda fase de la misión.
Una comitiva formada por seis soldados de la guardia real y Sat-Ire salió del templo de Min rumbo a la casa de Pacer.
Los soldados se apostaron cerca de la puerta, fuera del alcance de la vista, armados únicamente por palos y cuerdas.
El objetivo era reducir a un hombre ebrio y drogado sin armar demasiado revuelo en el barrio.
Entonces se escucharon unos pasos en la avenida. Sat-Ire asomó la cabeza por la esquina y vio a una figura avanzar dando tumbos hacia la vivienda. Era Pacer.
En ese instante apareció Zayineth, jadeante.
—¡Shaït, abortamos la misión!
—¿Qué…?
—¡Todos los que están en la casa corren peligro! ¡El devorador de almas va a por ellos!
Sat-Ire se quedó petrificada. Zayineth, sin perder ni un segundo, le agarró la mano y tiró de ella para echar a correr de regreso al templo de Min.
Cuando llegaron, se encontraron con una escena dantesca.
El resto de la guarnición de soldados yacían muertos en un patio ensangrentado, y Nebuy se enfrentaba, armado tan solo con una vara, a una sombra gigantesca que lo acechaba en la puerta.
—¡Quédate aquí, Shaït! —ordenó Zayineth mientras le hacía un gesto a los soldados para que la protegieran. Acto seguido, blandió dos puñales y gritó—: ¡Deja al viejo tranquilo y enfréntate a mí, demonio!
El devorador de almas se volvió y el filo de una daga destelló en mitad de la noche.
—Vaya… Ese desecho de Pacer te ha dado el aviso antes de que terminara mi faena. ¡Qué lástima! —murmuró—. Aunque has llegado justo a tiempo para ver morir a tu padre, zorra.
Nada pudo hacer Zayineth para impedirlo. El devorador de almas agarró a Nebuy por la pechera y lo degolló con un rápido movimiento.
—Padre… —musitó ella, horrorizada—. ¡Bastardo, vas a morir!
Zayineth se lanzó contra el devorador de almas, blandiendo los puñales y con la vista nublada por las lágrimas.