Las hijas del visir 16
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El escriba

Los primeros días de las sacerdotisas en la ciudad fueron de aclimatación.

Zayineth les hizo de guía y las llevó a los mercados, tabernas y templos más importantes de Coptos.

La idea era que pasaran inadvertidas como unas sacerdotisas tebanas de paso por la ciudad, y para lograrlo, decidieron integrarse en la dinámica del templo de Min ayudando a Nebuy en sus quehaceres diarios.

Neferkay se ofreció a ser su ayudante y lo acompañaba en las tareas litúrgicas diarias del templo.

Tiaret comenzó a ejercer de médica, atendiendo a parturientas y a niños, mientras Sat-Ire y Neferura colaboraron con Nebuy en la administración de los bienes del templo.

Aquellas ocupaciones les permitían, además, controlar discretamente las entradas y salidas de la sala de los escribas, ubicada en una dependencia anexa.

Los días fueron pasando monótonamente sin que se produjera ningún avance.

Los escribas que acudían a diario a la sala eran demasiado viejos o no encajaban con el perfil de hombre joven y seductor, capaz de enamorar a una doncella tan bella como la adepta del oráculo de Punt.

Sin embargo, la fortuna dio un giro cuando Tiaret se topó con una inesperada sorpresa en una de sus habituales salidas nocturnas por la ciudad.

Después de asistir a un parto complicado, que desgraciadamente acabó con las muertes de la madre y del feto, decidió ahogar su frustración en una taberna que se hallaba cerca del puerto fluvial.

El tugurio estaba repleto de mesas bajas, bancos corridos junto a las paredes y algún que otro reservado con cojines gastados.

Nada más entrar, vio que había muy buen ambiente y se sentó en una mesita ubicada en una discreta zona de la taberna, muy poco iluminada, desde donde podía observar lo que sucedía sin llamar la atención.

Rechazó a varios jóvenes marineros que la habían repasado de arriba abajo mientras se dirigía a la mesa, pues aquella noche Tiaret no tenía intención de tener sexo.

Solo quería beberse unas copas en el local y evadirse de sus pesares contemplando el bullicio del lugar: a los hombres mayores de edad dejándose querer por las prostitutas, y a los comerciantes cerrando tratos entre jarras de cerveza.

Además, estaba cansada de las infructuosas jornadas esperando que apareciera el misterioso escriba seductor; era más probable que lo encontrase en algún tugurio que trabajando entre montones de papiros y tablillas de contabilidad.

A la sirviente que le trajo su primera cerveza, una joven de rasgos bonitos y peluca lisa, le preguntó si solían acudir escribas a aquel lugar.

—¿Crees que soy adivina? —atajó mientras apartaba la mano de un marinero borracho de su entrepierna.

Tiaret observó cómo la joven mesera noqueaba al insistente marinero con un certero pescozón antes de llevarse la jarra a los labios y dar un largo trago de cerveza.

—¡Ostras, está muy buena! —musitó al percibir notas de miel.

Paseó la vista por el antro hasta que, en una esquina, captó algo que le llamó la atención.

Era un apuesto hombre, de armoniosas facciones, acompañado por dos jóvenes meretrices.

Percibió algo en aquel joven que le resultó inquietantemente familiar.

Sin embargo, la escasa iluminación del local y la distancia que los separaba le impidieron discernir qué era.

Todo cambió cuando reconoció su inconfundible voz.

—¿Qué narices hará este tipejo en Coptos? —se dijo mientras torcía el gesto.

Era el mismo hombre que le había roto el corazón en Tebas. Verlo en aquel tugurio, abrazando a una pizpereta prostituta con cada brazo, le revolvió el estómago. Se sintió sucia y tonta por haber caído en el pasado en las redes de aquel mujeriego sin escrúpulos.

—Encima, ese idiota se lo está pasando en grande —murmuró mientras se ocultaba el rostro bajo la capucha.

El hombre, visiblemente embriagado, hablaba en voz alta, pero Tiaret no alcanzaba a distinguir lo que decía debido al vocerío del local.

Decidió entonces cambiar de sitio. Tomó la jarra de cerveza y se levantó para sentarse en una silla que acababa de quedar libre justo a su lado.

Desde allí podría observarlo y escucharlo con mayor claridad.

—Os veo esta noche un poco apagadas, chicas. ¡Vamos, no seáis melindrosas y tratadme bien! Tenéis mi soldadito un poco abandonado —dijo, señalándose el falo con descaro.

—¿Serás tan generoso como siempre, Pacer? —le preguntó una de las prostitutas.

«Así que ahora te haces llamar así», pensó Tiaret.

El hombre sacó una abultada bolsa de su túnica y vació una buena cantidad de cobre y plata sobre sus genitales.

—¿Suficiente? —se carcajeó.

Mientras una de las jóvenes recogía el botín, la otra se apresuró a hacerle una felación.

—¿De dónde sacas tantas riquezas? Te pasas todas las noches aquí hasta altas horas de la madrugada y apenas te mantienes en pie cuando sales. Es imposible que por la mañana puedas trabajar —aseveró la joven, con una sagaz sonrisa.

El hombre la miró contrariado, aunque enseguida estalló en una sonora carcajada.

—Jamás he faltado a mi puesto de trabajo, y con un par de horas de sueño, rindo como un toro. Además, soy un importante escriba del puerto en la ciudad que más comercio genera en todo Egipto. Sabéis lo que significa eso, ¿verdad? —añadió jactancioso.

La prostituta que le estaba haciendo la felación dejó su faena y se atrevió a aventurar:

—¿Que eres un escriba muy celoso de tu trabajo?

Pacer soltó una carcajada burlona.

—Pero ¡qué puta más tonta! ¡Coptos es el paraíso de los sobornos! —anunció—. Si os portáis bien, mañana os daré mucho más.

A Tiaret le asqueó escuchar cómo aquel patán alardeaba sin pudor de su corrupción.

Sin embargo, en ese mismo instante tuvo una revelación: el falso policía tebano resultaba que, en Coptos, era un escriba: joven, atractivo, simpático y peligrosamente seductor.

¿Sería posible que fuera el escriba que había embaucado a la joven adepta del oráculo de Punt?

, pensó con el pulso acelerado. Sin duda, aquel sujeto encajaba a la perfección.

—¡Uy, la víbora ha cobrado vida! —exclamó una de las prostitutas mientras masajeaba su pene erecto.

—¡Que empiece la fiesta! —exclamó la otra.

El escriba sacó una bolita envuelta en una tela y se la colocó entre los labios a una de las meretrices.

El olor a opio llegó al olfato de Tiaret, removiéndole unos recuerdos que creía enterrados.

La joven mordió la bola antes de reemplazar a su compañera en su trabajo manual.

El escriba tomó otras dos bolas de opio y las repartió entre la otra prostituta y él mismo.

La cosa empezaba a ponerse muy caliente, así que Pacer alzó a las dos chicas en volandas y se las llevó a un reservado cercano para continuar allí con la orgía.

Tiaret tuvo que soportar los gemidos y retoces de los amantes hasta la madrugada, tiempo más que suficiente para reflexionar sobre su vida disoluta en Tebas, y se prometió romper de una vez por todas con aquel bucle de desenfreno.

Acabada la bacanal, el escriba descorrió la cortina del reservado y salió desnudo, renqueante y con el pene flácido. Apenas reparó en la figura encorvada que dormitaba en una silla, con la cabeza entre las rodillas, antes de ponerse a orinar en una esquina del local.

Tiaret abrió un ojo y vio el amuleto que llevaba colgando en el cuello. ¡Era idéntico al descrito por la adepta del oráculo de Punt!

«Maldito cabrón, te las haré pagar todas juntas», pensó volviendo a cerrar los ojos.

—¡Eh, tú! ¡Sal a mear a la calle, imbécil! —le espetó el tabernero desde la barra—. Y no te largues sin pagar.

El escriba arrastró los pies hasta el reservado, cogió sus ropas y se encaminó dando tumbos al mostrador.

—No te pongas así, hombre… Sabes que siempre me porto bien contigo —añadió mientras dejaba un par de deben de cobre.

Después, se acabó de vestir y salió de la taberna. Tiaret lo siguió a una prudencial distancia.

Durante el trayecto, el hombre se detuvo en varias ocasiones a vomitar y orinar. Finalmente, Pacer se paró ante el pórtico de una pequeña villa de una sola planta, situada en la zona alta de Coptos. No era muy lujosa, pero inaccesible para alguien de su rango.

Abrió la puerta y desapareció por un patio interior, donde Tiaret alcanzó a distinguir un jardín. Pero tuvo que ocultarse tras un muro al percibir movimiento en su interior, presa de un mal presentimiento. Tras unos segundos interminables, la puerta se cerró y todo quedó en silencio.

El sol empezaba a alzarse en el cielo cuando decidió regresar a casa. Tenía que contarles a sus compañeras su inesperado hallazgo: había encontrado al misterioso seductor que había falsificado el papiro del oráculo de Punt.