15
Un encuentro y una despedida
Las sacerdotisas pasaron unos días alojadas en la casa recuperándose del largo viaje y reponiendo fuerzas después de lo sucedido en la cámara del Susurro.
La reina Ati insistió en que podían consultar tantas veces como quisieran el oráculo y el espejo de jade, pero ellas declinaron la invitación alegando que ya tenían suficientes cabos de los que tirar y no querían que Sat-Ire asumiera más riesgos.
No obstante, aún quedaba un misterio más por desvelar: quién habría ideado la creación del mensaje del papiro secreto rubricado con el sello del oráculo de Punt.
Durante una cena con la monarca, Neferura le preguntó:
—Mi señora, ¿ha recibido la visita de algún súbdito de Egipto pidiendo consultar el oráculo en los últimos meses?
La respuesta de la reina fue tajante:
—Nadie ha requerido una consulta del oráculo. ¿Por qué lo preguntas, princesa?
Aquella afirmación las tomó por sorpresa.
—¿Está segura de ello? —intervino Sat-Ire. La reina afirmó con un gesto—. ¿Nadie más, aparte de usted, está autorizado a realizar consultas en el oráculo?
—Bueno… —meditó la reina—. La única persona que tiene acceso a la cámara del Susurro es una joven adepta que lleva unos años bajo mi tutela, aprendiendo a interpretar los designios del oráculo. Sin embargo, aún es inexperta y solo entra en la cámara bajo mi supervisión.
—¿Cree que podría haber consignado por escrito los designios del oráculo sin su consentimiento? —inquirió la princesa.
La reina la miró contrariada.
—¿Qué está pasando aquí, Neferura? ¿Acaso dudáis de mi honestidad?
La conversación se tensó de repente.
—Nos llegó un papiro con el sello del oráculo que, de haber caído en las manos equivocadas, habría podido desencadenar un gran conflicto de Estado —reveló la princesa.
Neferura dejó sobre la mesa el papiro. Ati lo desenrolló y leyó su contenido. Se quedó pálida al reconocer el sello del oráculo al pie del documento.
—¡No puede ser! —exclamó, dejándose caer sobre el respaldo de la silla—. El sello es auténtico, pero es imposible que mi adepta haya sido capaz de transcribir el designio del oráculo en ese papiro: no sabe leer ni escribir vuestro idioma.
Ati tenía la frente perlada de sudor y respiraba con dificultad.
—¿Podemos hablar con la joven adepta? —le insistió Neferura.
—¡Faltaría más! Ahora mismo ordeno que vayan a buscarla.
Al rato, un guardia entró en el salón del palacio acompañando a una muchacha de unos quince años con el rostro descompuesto por el miedo. La reina le hizo un gesto para que se acercara. La adepta obedeció y se detuvo delante de la monarca con las manos entrelazadas sobre las faldas.
Ati fijó la mirada en la muchacha y le habló en la lengua de Punt.
—Tefnuti, voy a hacerte una pregunta y quiero que me contestes con sinceridad y sin miedo. —La joven asintió, mordiéndose los labios—. ¿Hiciste una consulta al oráculo sin mi permiso?
La adepta abrió los ojos de par en par.
—No… Claro que no, su excelencia.
Era evidente que mentía.
—Te daré una última oportunidad —prosiguió la reina, con voz glacial—, pero quiero dejarte clara una cosa: si vuelves a mentirme, no tendré clemencia contigo y el castigo será severo.
La chica no pudo aguantar por más tiempo la mirada acusadora de su reina y lo confesó todo al ver el papiro extendido sobre la mesa.
—Él me engañó y se fue sin mí. ¡Perdóneme la vida, mi señora! ¡Se lo suplico! —dijo postrándose a sus pies.
Ati cerró los ojos y permaneció un largo rato en silencio. Finalmente, preguntó:
—¿Quién te sedujo para que hicieras algo tan desleal, Tefnuti?
—No lo sé, apenas entendía su lengua y…
—¡Niña tonta! ¿Te atreviste a traicionar mi confianza por un amorío? ¡Mereces morir!
La adepta se humilló a sus pies.
—¡Clemencia, por favor! —exclamó entre sollozos.
La reina se levantó muy enfadada y estuvo a punto de apartarla de un puntapié. La joven adepta se hizo un ovillo temblando de miedo.
—¡No quiero volverte a ver más delante de mí! Estás desterrada. ¡Desaparece de mi vista, Tefnuti! —bramó la reina.
—No sea tan dura con la muchacha —intervino Zayineth mientras ayudaba a la adepta a levantarse—. ¿Puedo hablar un momento con ella? —Ati asintió con un gesto; no podía articular palabra debido al estrés del momento—. Tú no escribiste ese designio, ¿verdad?
—Nunca me atrevería a desobedecer a mi reina; no realicé auspicio alguno en el oráculo sin su consentimiento. Solo fui allí para tomar su sello, porque él lo necesitaba para ponerlo en ese papiro —dijo, lanzando una furtiva mirada al documento.
—¿Puedes decirnos algo que ayude a reconocer a ese hombre que te sedujo, Tefnuti? ¿Su nombre o alguna característica de su fisonomía que destacara? —insistió Zayineth.
—Era joven y muy atractivo. Nunca me dijo su nombre, pero… —aseguró tras unos instantes de duda—, llevaba un amuleto precioso con forma de escarabeo. En él aparecía un dios con una pluma doble en la cabeza y el falo erecto —concluyó, poniéndose colorada.
Zayineth esbozó una amplia sonrisa.
—Mi señora, no sea tan severa con la muchacha; todavía es muy joven y tengo la intuición de que será una excelente vidente del oráculo. Además, gracias a la información que nos ha dado, tengo una idea bastante clara de dónde encontrar a ese malnacido. Os lo ruego, perdonadla.
Ati negó con la cabeza, aunque se le había suavizado el semblante con la confesión de la adepta. Pese a ello, ante la insistencia de Zayineth, no le quedó más remedio que concederle el perdón a Tefnuti, a condición de que consagrara su vida al oráculo.
Una vez que Tefnuti abandonó la sala, agradecida, Zayineth relató a sus compañeras la conversación que la reina y ella habían mantenido con la adepta, así como la conclusión a la que había llegado respecto a la identidad del autor del papiro secreto.
—El dios Min es el patrón de Coptos. ¿Y no utilizan los escribas escarabeos como amuletos? —razonó—. El hombre que sedujo a la adepta es alguien que ejerce como escriba en Coptos.
La satisfacción de Zayineth se empañó de inmediato cuando la reina cayó inconsciente al suelo. Ati respiraba con dificultad y su piel estaba cubierta por un sudor frío y pegajoso. Tiaret le tomó él puso y descubrió que era rápido e irregular.
—Shaït, tráeme mi bolsa y un brasero. Necesito hacer rápido una infusión antes de que la reina colapse —la apremió.
Sat-Ire dejó su bolsa de sanadora sobre la mesa y se dirigió hacia la cocina de palacio en busca de un brasero.
Mientras esperaba, Tiaret acomodó a la reina con cojines, elevándole el torso para facilitarle la respiración.
En cuanto su hermana llegó con el brasero, calentó un poco de la cerveza que había sobrado de la cena junto con miel y machacó en un mortero unas semillas de fenogreco [47] .
A la infusión añadió después una pasta de higos, unas hebras de canela y unas gotas de aceite de loto azul.
Dejó reposar el tónico unos minutos y se lo dio a beber a pequeños sorbos a la reina mientras recitaba un conjuro a Hathor para que le abriera el camino al aliento y recuperara el ritmo del corazón.
Acto seguido, Tiaret le ungió el pecho con aceite de moringa y resina de terebinto, aplicando un lento masaje desde el esternón hacia los hombros para abrir el paso del aire.
Poco a poco, la reina fue recuperando el color en las mejillas y el ritmo cardíaco se reguló.
—Ya me encuentro mucho mejor, gracias. Eres una gran médica, Tiaret —musitó la reina, más despierta.
En cuanto Ati recuperó un poco las fuerzas, la ayudaron a levantarse para acomodarla en una silla con respaldo. La reina volvió a agradecerles la ayuda prestada y se disculpó por el reprochable comportamiento de su adepta y el daño que hubiera podido causar el documento sellado por el oráculo.
—Por lo menos, ahora sabemos que el que instigó la creación del papiro secreto es un hombre egipcio, y es muy probable que podamos averiguar algo más de él en cuanto lleguemos a Coptos. Todos los emisarios egipcios que llegan a Punt parten desde allí —señaló Neferura.
—¿Cómo puedo ayudaros a saber más sobre ese individuo? ¿Seguro que no queréis consultar otra vez el oráculo? —insistió Ati.
—Le agradecemos todo lo que está haciendo por nosotras, pero no es necesario que le causemos más problemas dado su delicado estado de salud, mi señora. Ahora nos urge planificar el viaje de regreso a Coptos para iniciar una investigación que nos conduzca hasta ese traidor —señaló Neferura.
—¡Me siento tan avergonzada! —se apenó Ati, con gesto cansado.
—Lo que tiene que hacer es cuidarse un poco más —intervino Tiaret—.
Le dejaré por escrito la receta de la infusión que acaba de tomar para que se la preparen dos veces al día.
A partir de hoy, deberá vigilar su dieta, respetar las horas de descanso y, sobre todo, tomarse las cosas con más tranquilidad.
Su corazón le está avisando y no lo debe obviar —le aconsejó—.
No se preocupe; dejaré mi tratamiento detallado y, si sigue mis indicaciones, aún vivirá muchos años más.
—Creo que ya va siendo hora de irnos a dormir —aludió Neferkay con un bostezo—. Nos quedan solo unos días para pensar en cuáles van a ser nuestros próximos movimientos antes de partir, y debemos tener la mente despierta.
Durante los días que estuvieron en Punt, Tiaret se encargó de cuidar personalmente de la salud de la reina Ati.
Zayineth visitó a los pocos parientes que tenía en la ciudad, acompañada por Neferkay, mientras la princesa Neferura y Sat-Ire se permitieron disfrutar de su amor recorriendo los rincones más hermosos de la capital.
El día de zarpar rumbo a Coptos, los reyes de Punt se despidieron de las sacerdotisas en la orilla del río. Tras prometerle a la reina que volverían a visitarla, subieron a un bote que las condujo hasta el mismo navío que las había llevado a aquellas tierras.
El viaje de vuelta fue mucho más accidentado, debido al viento y a las tormentas que las acompañaron durante casi toda la travesía.
Las muchachas apenas salían del camarote, y los bruscos vaivenes de la nave les procuraron muchas noches en vela, orando a los dioses para que las llevasen salvas a tierra firme.
Por fortuna, el tiempo mejoró en cuanto divisaron las costas del puerto de Mersa Gawasis.
Sentir el calor del sol y escuchar el revolotear de las gaviotas mientras se acercaban al puerto resultó balsámico para el ánimo de todas ellas.
El resto del trayecto, a través del desierto hasta llegar a Coptos, fue mucho más placentero, aunque el desgaste del viaje se hizo patente en sus rostros en cuanto cruzaron el umbral de la casa de Nebuy.
El viejo se había esmerado en prepararles una estancia con camas para las cinco y les tenía preparada la primera cena decente que habían disfrutado en muchos días.
Aquella noche, comieron, bebieron y rieron sin medida. Tanto que, nada más apoyar la cabeza en el colchón, cayeron rendidas en un sueño profundo, vencidas por el cansancio y la calma de sentirse, por fin, a salvo en casa.