Las hijas del visir 14
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En busca de la verdad

Los gritos de Sat-Ire alertaron a sus compañeras, que esperaban en la terraza del oráculo.

La primera en llegar a la cámara del Susurro fue Neferura, y al ver el estado en el que se encontraba su amada, se quedó petrificada.

Neferkay y Tiaret llegaron detrás; también se quedaron paralizadas de la impresión.

La última en llegar, casi sin resuello, fue la reina Ati.

Sat-Ire tenía los pómulos y los labios amoratados, y sangraba profusamente por la nariz.

—No os preocupéis, está dormida y en breve recuperará la vitalidad —las tranquilizó Zayineth—. Tiaret, ¿no tendrás un paño limpio a mano?

La médica sacó un apósito de su bolsa y taponó la hemorragia haciendo presión por encima de la nariz.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estabais las dos aquí? —le preguntó la reina a Zayineth.

—Ha sido una emergencia, y yo…

—¿¡Qué hace el espejo de jade ahí!? —bramó la monarca, con los ojos desorbitados, al verlo colocado en el atril—.

¿Cómo sabíais que…? —La reina Ati clavó la mirada en Zayineth y le preguntó—: ¿Sabes lo peligroso que es usar ese espejo en el oráculo cuando hay luna llena?

—Sus ojos la delataron—. ¡Claro que lo sabías, pequeña sabandija! ¿Quién demonios eres?

Zayineth miró a la reina con rabia, provocando un tenso silencio.

—Soy la hija de Nehura. La conoces, ¿verdad?

—¿Qué…?

La reina palideció.

—Creo que tengo derecho a estar en esta cámara y a utilizar este espejo, ¿no es así, su majestad? —declaró arrastrando sus palabras.

Entre Neferkay y Neferura sostuvieron a la reina para evitar que cayera al suelo cuando desfalleció, presa de un ataque de ansiedad.

—Sacadla de aquí —les pidió Tiaret—. Esta estancia es muy pequeña y necesita tomar aire fresco o, de lo contrario, colapsará. Ya hemos tenido demasiadas emociones fuertes por esta noche.

Neferkay y Neferura acompañaron a la reina fuera del oráculo. En cuanto se quedaron solas, Zayineth le comentó a Tiaret:

—Será mejor que también saquemos a Shaït de este lugar. Ayúdame a cargarla a la espalda.

—¿La has llamado Shaït? ¿Cuándo os habéis hecho tan íntimas? —bromeó Tiaret.

Zayineth dejó a Sat-Ire tumbada, al resguardo de una palmera, bajo el cuidado de la sanadora y Neferura, y se dirigió después hacia el lugar donde se encontraban Neferkay y Ati.

La guardiana se sentó al lado de la reina mientras sacaba la piedra de pulir.

Ati había recuperado el color en las mejillas, pero su mirada permanecía perdida en el estuario.

—No debemos exponer más a Shaït a esos malditos sueños; solo conseguiremos matarla —la reprendió Neferkay con serio semblante.

—No ha sido un sueño, sino una videncia guiada por el espejo de jade —la corrigió Zayineth.

—¿Y qué más da si es un sueño o una videncia? El resultado es el mismo, ¿no?

—No, no lo es. Es mucho más peligroso —apuntó la guardiana mientras afilaba el puñal—. Sat-Ire ha experimentado una videncia canalizada por el espejo de jade, y eso implica adentrarse un paso más allá en el mundo de los sueños.

—¿Puedes ir al grano, Zayineth? No entiendo nada de lo que estás diciendo —señaló Neferkay.

—Lo que intenta decirte es que una videncia permite vislumbrar con mayor claridad aquello que se desea revelar, pero asumiendo un riesgo mucho mayor —terció Ati—.

Cuando mueres en un sueño, el cuerpo reacciona despertando de él.

En cambio, si te hieren o te matan durante una videncia, los efectos pueden resultar letales.

—¿Y tú lo sabías? —le recriminó Neferura.

Zayineth dejó de afilar el puñal y respondió:

—Sí, y Shaït también conocía los riesgos antes de prestarse a hacerlo. No me mires así; yo misma velé en todo momento por su seguridad y contábamos con un poderoso objeto con el que escapar si algo salía mal.

—¿Y qué vio? —intervino Tiaret.

—Eso deberá contarlo ella, aunque intuyo que será muy revelador. Yo me limité a traerla de vuelta sana y salva.

Neferkay no dejaba de darle vueltas a una idea.

—¿Cómo sabes tanto sobre el mundo oculto, Zayineth? —advirtió con admiración.

—Porque su madre fue una vidente excepcional; la mejor que haya ejercido su don en el oráculo —respondió la reina Ati—. ¿Queréis conocer la historia que nos unía a Nehura y a mí?

Las hermanas se volvieron hacia la monarca, dispuestas a escuchar.

*

La reina Ati y Nehura coincidieron como adeptas en el oráculo.

Ambas tenían trece años y nacieron en el mismo año y el mismo día; Ati entró para ser formada como futura suma sacerdotisa del oráculo, cargo que ocupaba su madre, mientras que Nehura fue aceptada por su gran intuición y por poseer una especial sensibilidad para captar la energía del universo.

Pasaron varios años formándose como adeptas y su amistad fue creciendo a medida que las dotes videntes fueron despertando en las dos jóvenes.

Ati se consagró como sacerdotisa del oráculo, a base de esfuerzo y dedicación, en cuanto tuvo su primera videncia.

Nehura lo tuvo mucho más fácil, debido a que la primera profecía apareció a la semana de ser acogida como adepta: vaticinó la futura llegada de un faraón mujer a Punt que iniciaría una relación comercial muy próspera para ambos pueblos.

Ati, que ya se había alzado con el trono cuando llegó la primera expedición egipcia a Punt, vio en aquella alianza una oportunidad de oro para alejar a Nehura del oráculo y la nombró embajadora ante Egipto con el fin de establecer vínculos entre ambos pueblos.

La vidente pasó largas temporadas en Coptos aprendiendo el idioma y las costumbres egipcias en casa de Nebuy, a instancias de Ati.

Al poco tiempo, Nehura se enamoró de un oficial egipcio con el que se casó pocos meses después, a pesar de que ya había vaticinado que él moriría en una batalla por las tierras de Hatti [45] cuando ella estuviera embarazada.

Después del nacimiento de Zayineth, la vidente regresó a Punt porque tuvo una profecía que debía comunicarle a la reina Ati en persona. Se trataba del espejo de jade.

Nehura, que sabía lo mucho que anhelaba su amiga convertir el oráculo de Punt en uno de los más poderosos del mundo, la convenció para que se hiciera con él costase lo que costase.

El objeto se hallaba en el santuario de Shahrisabz, ubicado en la costa oriental de Makán [46] , y tenía la cualidad de reflejar lo invisible si se miraba a través de él.

Tras pagar una buena cantidad de oro, Nehura regresó con el espejo de jade, maravillada con las extraordinarias propiedades mágicas del objeto.

Como había vaticinado Nehura, el oráculo de Punt se convirtió en muy poco tiempo en uno de los más reputados de la zona, y los vaticinios de la reina también se afinaron hasta límites insospechados con la influencia del espejo de jade.

Por desgracia, Nehura desapareció poco tiempo después sin dejar rastro, dejando un hondo vacío en su corazón.

**

En cuanto la reina Ati acabó de narrar la historia, se levantó y se acercó a Zayineth.

—Siento mucho ser la responsable de haberte quitado a tu madre siendo tan solo una niña.

Supongo que no puedo pedirte que no me guardes rencor —dijo con la voz quebrada—.

No puedo devolverte a tu madre, pero sí hacer todo lo que esté a mi alcance para ayudarte a encontrarla.

Porque ese es el motivo por el que has venido al oráculo, ¿verdad?

—Así es, majestad, y necesitaré de toda la ayuda posible para hallar sus restos y hacerlos descansar en paz —respondió Zayineth.

Ati palideció.

—Entonces…, ¿murió?

—Nunca había esperado encontrarla con vida, pero juro por los dioses que descubriré quiénes son los culpables de su desaparición y les haré pagar por ello —añadió escupiendo en el suelo—.

Gracias a la revelación del oráculo, recordé algo que me desveló mi madre el último día que la vi, y que me llevará hasta ella.

—Y nosotras te ayudaremos a encontrarla, Zayineth —señaló Sat-Ire, mirándola con los ojos vidriosos—. Estoy en deuda contigo y puedo asegurarte que moveremos el cielo y la tierra hasta encontrar a tu madre.

—¡Por fin regresaste! —señaló Zayineth, expulsando la tristeza—. Más te vale que recuerdes todo lo que ha pasado en el oráculo. ¡No sabes lo que me ha costado traerte de vuelta!

Sat-Ire les relató la visión que le había revelado el oráculo.

—¿Qué pasa, Zayineth? —le preguntó al ver que fruncía las cejas, pensativa—. ¿Acaso has sacado alguna conclusión sobre la videncia?

—Ese demonio debió de cometer un acto atroz con la mujer que lo amaba, y por esa razón disfruta asesinando a mujeres. Pese a ello, cuando iba a matar a Neferura, apareció su antiguo amor. Quizá esté cambiando algo en su interior, ¿no creéis?

—¿Y qué tiene que ver con nosotras ese cambio? En la visión de Shaït, acabamos todas muertas —apuntó Neferkay.

Zayineth recordó las largas conversaciones que había mantenido con su madre, haciéndole mil preguntas sobre las videncias.

—No exactamente. Cada vez que el devorador de almas mata revive el asesinato de la mujer que amaba —razonó—. Las visiones son complejas y deben descifrarse como acertijos. Lo mismo sucede con el destino, que está hilvanado pero no escrito. ¿Comprendéis lo que quiero decir?

—¿Adónde quieres llegar, Zayineth? —dijo Tiaret, confusa.

—El destino se va escribiendo a medida que van aconteciendo los hechos, y solo deja de hacerlo en el momento de nuestra muerte.

No es lineal, y existen factores que pueden intervenir en él, como las visiones o los sueños —precisó, haciendo una breve pausa antes de continuar—: La clave está en saber descifrar correctamente estos mensajes encriptados y utilizar la información para corregir el curso del destino.

Ahora sabemos quién es el asesino y la posible causa que lo convirtió en un devorador de almas.

Nuestra misión, a partir de este momento, consiste en resolver poco a poco el acertijo y rezar para que el destino nos conceda el tiempo suficiente para encajar todas las piezas.

—¡Es sorprendente tu capacidad de discernir la raíz de los problemas! —exclamó Neferura.

—Tal vez estén empezando a florecer sentimientos olvidados en la febril mente del devorador de almas y, quién sabe, quizá ese pequeño cambio termine alterando el curso del destino de todas nosotras —vaticinó Zayineth.

—¡Vaya…! —exclamó Tiaret, boquiabierta—. Tienes una mente privilegiada y muy perspicaz, amiga mía. ¡Menudo tándem hacéis Shaït y tú!

—No seré vidente ni intérprete de sueños, pero siempre me he jactado de tener una intuición tan afilada como la hoja de mis puñales. ¿No creeríais que me uní a vuestra aventura únicamente porque Nebuy me lo pidió? —añadió con un guiño.

Sat-Ire recordó el día que conocieron a Zayineth. Neferura había sido reacia a aceptarla como compañera, y solo comenzó a confiar en Zayineth cuando esta cambió su destino al recibir el veneno de la víbora que iba destinado a ella. Algo similar había sucedido con sus hermanas.

Poco a poco, Zayineth se había ganado el corazón de todas ellas y había terminado convirtiéndose en una persona indispensable en sus vidas.