13
El oráculo de Punt
La reina Ati tomó una senda serpenteante que ascendía por una colina, y las sacerdotisas la siguieron conteniendo el aliento.
Era la primera vez que visitaban un oráculo ubicado más allá de las fronteras de Egipto, pero la fama que precedía a sus vaticinios provocaba que sus corazones latieran con fuerza; las expectativas de hallar respuestas en aquel lugar eran muy elevadas.
En lo alto se vislumbraba un edificio rectangular, alumbrado por la luz de la luna.
El oráculo estaba construido en piedra coralina y madera, con techos altos y ocupaba una única planta.
Una terraza circular ofrecía una vista de trescientos sesenta grados, desde la que podían contemplarse la ciudad, el estuario y hasta las lejanas luces de las embarcaciones que faenaban para atraer peces y cangrejos.
Era una cámara oscura que solo se iluminaba durante las noches de luna llena, cuando la claridad se filtraba a través de unas aberturas del techo.
En el centro de la estancia, había un estanque circular, alimentado por las aguas de un manantial.
Las paredes estaban pintadas con motivos náuticos, animales exóticos y figuras femeninas alzando las manos hacia el sol.
Las sacerdotisas depositaron las ofrendas sobre un pequeño altar situado junto al estanque sagrado. Después dejaron caer flores de loto sobre la superficie del agua en señal de respeto a las deidades del oráculo, y guardaron unos instantes de silencio antes de retirarse.
—Bien, aquí acaba la visita general. Aquellas que quieran consultar el oráculo, que vayan al estanque y descubran si son dignas de acceder a sus misterios —las informó la reina Ati—.
Porque esa es, en realidad, la verdadera razón por la que habéis pedido venir a este lugar, ¿no es así? —añadió fijando la mirada en Zayineth.
Las muchachas se miraron entre sí avergonzadas.
—¿Y cómo sabremos si somos dignas? —preguntó Zayineth sin tapujos.
—Nadie sabe qué mostrará el manantial sagrado, pues para cada persona es diferente y depende de los miedos que lleve consigo.
A menudo revela el camino sin necesidad de que el oráculo intervenga —vaticinó mientras dirigía la mirada hacia la puerta que había frente a ella—.
En aquel lugar encontraréis la fuerza rectora de este oráculo: la cámara del Susurro.
—Agradezco la oportunidad que nos brinda, mi señora —señaló Zayineth.
—Por lo que parece, ya tenemos una primera candidata a consultar el oráculo.
¿Hay alguien más que quiera participar? —Sat-Ire dio un paso al frente.
La reina Ati sonrió—. Creo que sois las candidatas perfectas.
No desaprovechéis esta oportunidad para llenar el corazón con un poco de luz. Nosotras nos retiramos.
—¿Y no participará la suma sacerdotisa del oráculo en los vaticinios? —quiso saber Sat-Ire.
—Percibo mucha intuición en vuestros corazones y no quisiera adulterar con mi presencia aquello que el oráculo desee revelar.
Por cierto, deberéis entrar por turnos para en la cámara del Susurro: solo puede hacerlo una persona cada vez.
Ha llegado el momento de que nosotras abandonemos este lugar —añadió mirando a Neferura, Tiaret y Neferkay.
Cuando se quedaron solas, sintieron una profunda liberación, como si los pesares arraigados en sus almas se hubieran disipado, de pronto por la quietud del lugar.
—¿Recuerdas lo que debes hacer, Shaït? —le preguntó Zayineth en cuanto se arrodillaron en el margen del estanque.
Sat-Ire repasó mentalmente lo que habían planeado durante las últimas jornadas a bordo del navío y asintió con gesto serio. Fijó la vista en las tranquilas aguas y proyectó en su mente una única imagen: un espejo de jade [43] .
En unos instantes, la silueta de su reflejo se difuminó y, en su lugar, apareció un objeto circular de algo menos de medio codo real [44] de diámetro, de color verde oscuro veteado de blanco, con un borde engastado en un aro de oro mate.
El espejo de jade comenzó a desvanecerse, pero aún no sabía dónde se encontraba.
Cerró los ojos y retuvo la imagen en su mente.
El objeto se fue haciendo más pequeño hasta que fue engullido por la oscuridad.
Entonces emergió la imagen de un cofre oculto bajo una butaca de madera de ébano.
—¡Ya lo tengo! —susurró Sat-Ire—. Es tu turno.
Zayineth dirigió la mirada al estanque, si bien, antes de atreverse a fijarla en su interior, tuvo que enjugarse las lágrimas. Había soñado mil veces con estar en aquel lugar, y, sin embargo, en el momento más trascendental empezó a aflorar el temor ante lo que aquellas aguas le podían desvelar.
Al bajar la vista, tan solo distinguió su propio reflejo.
Su rostro transmitía una tristeza que rápidamente se propagó por todo su ser.
Una lágrima logró escapar a su control y cayó en el agua, provocando un eco sordo.
Su imagen se desdibujó y en su lugar apareció el semblante de su madre, sonriente, tal y como lo recordaba.
Aquella visión despertó un recuerdo que le conmovió el alma: el del último día que pasó con ella.
*
Su madre la había llevado a casa de Nebuy. Sonreía, aunque su mirada transmitía premura.
—Él te cuidará, mi pequeña. Pórtate bien mientras esté fuera y aprende mucho de él, ¿vale? —le dijo, esforzándose por contener las lágrimas.
—¿Adónde vas, mamá?
—Debo hacer un último trabajo al que no te puedo llevar. Recuerda que siempre estaré velando por ti y que algún día nos volveremos a encontrar, si no olvidas lo que te voy a decir. ¿Vas a prestarme atención, Zayineth?
—Claro, mamá.
—Cuando el destino te obligue a escoger entre dos caminos, guíate por el corazón —le reveló mientras se quitaba su colgante—.
Este amuleto es un diente de ballena que me ha protegido desde que me lo regaló mi madre.
Llévalo siempre atado al cuello y recuerda que forma parte de un acertijo que deberás descifrar algún día. ¿Estás preparada para escucharlo?
—¡Qué bien, me encantan tus adivinanzas!
La mujer le entregó un documento sellado a Nebuy y miró a la pequeña Zayineth con una sonrisa dulce.
—Llegado el momento, recibirás la visita de unas emisarias de tierras lejanas, y vuestros destinos quedarán ligados de forma inquebrantable.
Será entonces cuando debas abrir ese papiro, y las hijas de Amón sabrán leer lo que los ojos no ven.
¿Lo recordarás, Zayineth? —La niña asintió mientras acariciaba el amuleto que su madre acababa de atarle al cuello—.
Tengo que irme, mi amor. Puede ser que la vida se torne muy dura, pero nunca olvides tus raíces, y, sobre todo, no renuncies a ser feliz.
—Seremos muy felices juntas, mamá, ¡ya lo verás!
Su madre se enjugó las lágrimas y la abrazó con tanta fuerza que Zayineth pudo sentir el acelerado latido de su corazón.
**
—¿Te encuentras bien? —se interesó Sat-Ire.
—Por fin he encontrado lo que había venido a buscar a este lugar —respondió Zayineth emocionada—. Ahora te toca a ti. ¡Ya sabes lo que tienes que hacer!
—¿No vienes conmigo?
—¿No escuchaste a la reina? Solo puede entrar una persona en esa cámara. Yo te guiaré por Onírica desde aquí, ayudándome del poder del espejo de jade.
—¿Cómo sabías que existía un objeto mágico en este lugar? —inquirió Sat-Ire, extrañada.
—No te he dicho que mi madre era una poderosa vidente, ¿verdad? Es una larga historia, pero este no es el momento de contarla. No te preocupes, no te dejaré sola allí.
Con el ánimo más resuelto, Sat-Ire entró en la cámara del Susurro.
La estancia era diminuta. En el centro había una mesa baja, y de las paredes colgaba un conjunto de máscaras que representaban a los espíritus guardianes del oráculo.
Por fortuna, el brillo de la luna llena inundaba cada rincón de la sala a través de un óculo que había en el techo.
Sobre la mesa había una cajita. La abrió y extrajo una pequeña cantidad de incienso de Kyphi que quemó en un brasero de sobremesa. Después, se agachó y buscó bajo la butaca hasta que dio con un falso fondo de madera.
Introdujo los dedos en una estrecha ranura y tiró con cuidado de la lámina de madera hasta que cedió, dejando al descubierto un cofre. En su interior encontró el espejo de jade y un atril de madera.
Tomó asiento y lo examinó con calma. La superficie estaba perfectamente pulida, pero su reflejo no era nítido y ofrecía una imagen distorsionada, como si se estuviera mirando a través de agua quieta; le recordó a la sala del Espejo Negro del burdel de Perkheset Nefert.
Sat-Ire observó el reverso y descubrió que estaba decorado con incrustaciones de nácar que formaban la figura de un ojo cerrado.
El espejo de jade tenía el poder de establecer un puente entre el mundo visible y el invisible, imprescindible para llevar a buen término la misión que estaban a punto de iniciar.
—Ha llegado el momento —susurró.
Sat-Ire colocó el espejo de jade en el atril y, tras orientarlo hacia la luz de la luna, este empezó a refulgir con un resplandor hipnótico.
La intérprete de sueños concentró sus sentidos en la energía que desprendía el espejo y, al instante, percibió otra presencia a su lado: era Zayineth.
Juntas, atravesaron el umbral que separaba ambos mundos conectadas con la energía del jade, y, en un abrir y cerrar de ojos, su entorno se transformó por completo.
Sat-Ire se encontró en mitad de un vergel, sola y sin rastro de Zayineth. Aquel no podía ser el mundo de los sueños, pues el paisaje parecía muy real. «Algo ha salido mal», pensó mientras se abría camino por un angosto paso que discurría entre zarzales.
Continuó avanzando por aquel laberinto de plantas, arbustos y árboles intentando encontrarle alguna lógica a aquella situación. El canto de los pájaros y los extraños sonidos que resonaban a su alrededor la mantenían en estado constante de alerta, impidiéndole pensar con claridad.
De pronto, creyó escuchar unas voces, aunque no supo precisar su procedencia. Detuvo el paso y agudizó el oído, pero el murmullo parecía haberse desvanecido. Instantes después, un grito resonó con nitidez, no muy lejos de donde se encontraba.
Corrió en aquella dirección, ignorando los arañazos de las zarzas que iba sorteando por el camino y que le estaban enrojeciendo las piernas, hasta que llegó a una explanada. La escena que se encontró le cortó la respiración.
Una sombra gigantesca tenía agarrada por el cuello a Neferkay. Tiaret yacía inmóvil en el suelo, envuelta en un charco de sangre, y más allá distinguió el cuerpo de Neferura tendido sobre la tierra. A juzgar por la forma en que se arrastraba, intentando huir, estaba herida.
El monstruoso ser extrajo una larga daga que orientó hacia el vientre de su hermana mayor.
—¡Detente, demonio! —gritó Sat-Ire.
El devorador de almas volteó la cabeza y sonrió.
—¡Shaït, vete de aquí! —voceó Neferkay.
El asesino miró a su víctima antes de asestarle una puñalada por debajo del esternón. Neferkay se quedó paralizada mientras intentaba atrapar un poco de aire a bocanadas.
Sat-Ire cogió una voluminosa piedra del suelo y la lanzó con todas sus fuerzas contra el devorador de almas.
La roca le impactó en la cabeza, abriéndole una brecha por la que empezó a brotar sangre a borbotones.
El asesino dejó caer el cuerpo inerte de Neferkay y se fue acercando lentamente a Neferura.
—¡No escaparás, zorra! —bramó mientras la agarraba del tobillo.
Sat-Ire tomó otra piedra y echó a correr tras él. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarlo, el monstruo apuñaló a Neferura en el muslo y, acto seguido, le insertó una segunda puñalada en el pecho.
Lo que sucedió a continuación fue inesperado.
—¿Por qué me haces esto, amor mío?
Aquella voz no pertenecía a Neferura. El asesino miró a su víctima, desconcertado, antes caer de rodillas al suelo. El desgarrador alarido que brotó de la garganta del devorador de almas congeló el alma de Sat-Ire, que tampoco entendía nada de lo que estaba sucediendo.
La mujer que yacía en el regazo del asesino no era Neferura. Al alzar la vista hacia el lugar donde habían caído sus hermanas, la intérprete de sueños se dio cuenta de que todos aquellos cuerpos pertenecían a la misma mujer.
El devorador de almas lloraba desconsolado mientras la moribunda le acariciaba las mejillas, mirándolo con unos ojos repletos de amor. Finalmente, la desdichada murió entre sus brazos.
—¡Tú tienes la culpa, maldita enmascarada! ¡Tú debes morir! —murmuró el devorador de almas mientras se levantaba con la mirada perturbada.
El asesino se abalanzó sobre Sat-Ire con las mandíbulas desencajadas. No tenía escapatoria, pero una fuerza invisible tiró de su voluntad y la alejó de las garras del devorador de almas.
Al abrir los ojos, Sat-Ire se encontraba de nuevo en la cámara del Susurro. Zayineth se encontraba a su lado.
—¡Mis hermanas! ¡Neferura! ¡El devorador de almas…! ¡Esa mujer! —clamaba Sat-Ire, presa de la agitación.
—¡Corta, Shaït! ¡Ya estás a salvo! —atajó la guardiana.
Zayineth musitó un conjuro en la extraña lengua de Punt, y Sat-Ire cayó en un profundo sueño.