Las hijas del visir 29
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Un sueño revelador

Sat-Ire dormía inquieta aquella noche. Despertó, o creyó despertar, con la frente perlada de sudor.

Echó la mano a un lado y le extrañó no toparse con el cálido tacto de la piel desnuda de Neferura.

Y no fue lo único que percibió fuera de lugar.

El ambiente era gélido, exhalaba un halo de vapor por la boca y la luz de aquel lugar desprendía un brillo irreal.

—Estás en el umbral de los Susurros Hundidos.

Era la voz del Señor de los Sueños.

—¿Cómo he llegado aquí?

El eco de su voz se fue concatenando, formando una cacofonía.

— Digamos que te encuentras en lo más profundo de Onírica, en un paso que transita hacia las regiones inexploradas y salvajes en las que habitan las memorias ajenas.

Sat-Ire miró, inquieta, a su alrededor buscando el lugar de procedencia de aquella voz.

—¿Por qué no te veo? ¿Aún sigues resentido conmigo desde la última vez?

— No es eso. Es que, verás, el lugar en el que te hayas es de alto riesgo y puedes perder tu identidad si te atreves a atravesar sus límites. Y eso me incluye a mí.

—¡Vaya, gracias por avisar! Te juro que no iba a dar un paso en tu feudo sin antes consultarte. De hecho, ni siquiera sabía que estaba soñando —se justificó. El Señor de los Sueños se carcajeó—. ¿Ahora se toma a broma mis sinceras palabras?

— No es eso, Sat-Ire. Es que me sorprende la capacidad que tienes para entrar a tu libre albedrío por mis dominios sin que yo sea capaz de detenerte. No obstante, esta vez no caminas sola, hija del destino. Otra alma, o lo que queda de ella, ha entrado contigo.

—¿El devorador de almas? —aventuró, sintiendo un pálpito.

— Mucho me temo que debe de ser él, aunque, en mi reino los nombres, las personas, e incluso las almas suelen tomar formas inverosímiles e imposibles de descifrar. ¿Te gustaría discurrir por su sueño?

Hacía mucho tiempo que no soñaba con él, y aquella revelación la había tomado por sorpresa.

—¿Cómo? ¿Puedo hacerlo?

Nada más acabó la frase, se abrió a sus pies una sinuosa escalera que caracoleaba hacia las profundidades. Una parpadeante luz se mantuvo flotando encima del primer escalón iluminando el camino.

— Ya conoces el riesgo, ahora debes decidir si quieres asumirlo. La primera vez, cuando tuve el gusto de conocerte, decidiste transitar por Onírica, aun a riesgo de permanecer encerrada aquí para siempre. ¿Querrás volver a intentarlo? Eso depende de ti.

—¿Te dio gusto conocerme? Eres más cínico de lo que pensé la primera vez que te vi.

Sat-Ire esperó contrarréplica, pero nadie se manifestó durante un buen rato, o eso le pareció. De forma súbita, apareció la fisonomía del Señor de los Sueños frente a ella. Sus caleidoscópicos ojos cambiaban de forma y de color de forma hipnótica.

—Delante de ti parte la Escalera de las Voces.

Si desciendes por ella, escucharás a cada paso la percepción que tiene el devorador de almas de sí mismo; quizá te ayude a comprenderlo un poco mejor —apuntó—.

La escalera te conducirá al puente de arena suspendida.

Si osas atravesarlo, caminando por sus inestables travesaños, conocerás sus recuerdos más marcados y también sus temores.

Sin embargo, debo advertirte que, una vez inicies tu andadura por él, no habrá vuelta atrás; a cada paso dado desparecerá la parte del puente que hayan pisado tus pies —la previno—.

Al otro extremo se abre la llanura de los recuerdos olvidados, una extensión infinita que conduce hacia el cementerio de los sueños rotos.

En él desvelarás el recuerdo que ha motivado el sueño del devorador de almas.

La propuesta le pareció muy tentadora a Sat-Ire, pero recordó la advertencia de su anfitrión y prefirió asegurarse una posible salida de Onírica antes de tomar una decisión.

—¿Y cómo saldré de tu feudo?

—Eso dependerá de cómo lo haga él. A partir del momento en que transites por su sueño, vuestros destinos en Onírica irán enlazados.

Te encuentras en una zona restringida para cualquier mortal que no posea tu don.

La única forma de llegar aquí es arrastrado por un recuerdo desenterrado del olvido, cosa que acontece cuando alguien acaba de morir y su alma se desprende de su cuerpo atraído por él.

—Entonces, ¿el devorador de almas acaba de morir?

Los ojos del Señor de los Sueños se tornaron azules.

—Es lo que he acabo de decir. Más aun no está muerto.

Sat-Ire frunció el ceño.

—¡Explícate!

—Mi reino está al otro lado de la frontera que linda con el mundo real, pero existen unos límites en el entramado espacio-tiempo por los que las almas que abandonan el cuerpo mortal pueden aventurarse a traspasar mis dominios atraídas por un recuerdo olvidado.

Sin embargo, la única manera que tienen de salir de aquí es que el alma encuentre un motivo por el que regresar al mundo real; de lo contrario, quedará atrapada en mi feudo por toda la eternidad. ¿Qué pasará con el devorador de almas?

—Ese es el quid de la cuestión —apuntó Sat-Ire.

El señor de Onírica asintió con un guiño.

—Tuya es la decisión.

Sat-Ire meditó las opciones antes de decidir. Mientras se debatía entre un mar de dudas, se le vino a la mente la promesa que le había hecho a Neferura. «Es demasiado arriesgado, déjalo pasar» , meditó.

—Creo que esta vez le haré caso a mi corazón —dijo dando media vuelta.

—¡Sabia elección! —señaló el Señor de los Sueños—. Te acompaño a la salida. ¡Sígueme!

«¡No lo hagas, Shaït!» .

Sat-Ire sintió el gélido tacto de una mano en su hombro y, al voltear la mirada, descubrió una fantasmagórica silueta flotando frente a ella. Sus cabellos azabaches y sus ojos le recordaron a los de Zayineth.

—¿Eres Nehura? —preguntó con el vello erizado.

—¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! —exclamó el Señor de Onírica—. Te he dicho más de mil veces que nunca saldrás de aquí. ¡Lárgate, espectro!

El fantasma de Nehura se estremeció de miedo y se ocultó detrás de Sat-Ire.

—No le temas. Es un bravucón, pero tiene un gran corazón —la tranquilizó—. ¿Por qué me has detenido, Nehura?

«Porque debes perseguir el alma de ese asesino. Debes conocer su verdad, pues él debe regresar» , respondió.

—¡No te metas en sus asuntos! —le espetó el Señor de los Sueños—. Vamos, Sat-Ire, regresa a la realidad.

—¡No! Debe de existir una razón para que el alma de Nehura continúe todavía aquí después de tanto tiempo, ¿verdad? —le preguntó al espectro.

«Las videncias son una bendición, pero también una tortura.

Este ha sido mi destino durante los trece años que llevo encerrada en este horrible lugar.

Sin embargo, ha valido la pena cada uno de los segundos de espera.

Ahora sé que mi querida Zayineth tiene una familia de verdad, aquella que fui incapaz de darle yo.

Por favor, ¿puedes decirle a mi niña lo mucho que la quiero? ».

—¿Por qué la tuviste que abandonar? —preguntó Sat-Ire—. Ella te ha echado muchísimo de menos.

Nehura le sonrió con gesto melancólico.

«Zayineth debía vivir a toda costa, y yo estaba destinada a morir. La elección fue fácil. Te ruego que no se lo digas, no quiero que se sienta culpable ahora que ha recuperado la felicidad. Buena suerte, Shaït, y gracias por cuidar tan bien de mi pequeña» .

El espectro de Nehura de desvaneció con un soplo de viento.

—¿¡Cómo!? ¡Esa maldita alma atormentada ha conseguido salir de mi reino! —exclamó el señor de Onírica.

—Creo que voy a ser imprudente, Señor de los Sueños. Espero que nos volvamos a ver —dijo Sat-Ire antes de comenzar a bajar los primeros peldaños de la Escalera de las Voces.

En cuanto puso un pie en la escalera, todo lo que la rodeaba se desvaneció.

Con cada escalón que descendía, escuchaba voces, en un principio ininteligibles, pero que se fueron haciendo más presentes a cada paso.

«¡Traidor! ¡Asesino! ¡Monstruo! ¡Desalmado!

» , eran las voces que se repetían en su mente.

Sat-Ire se estremeció al saber que aquellas voces eran fruto del remordimiento que sentía el devorador de almas.

«¿Qué atrocidades ha debido de hacer ese maldito ser?

», pensó mientras bajaba a toda prisa por la interminable escalera de caracol.

Tras descender incontables peldaños, de pronto se encontró con el puente de arenas suspendidas delante de ella.

Este comunicaba dos extremos de tierra yerma separados por un insondable abismo.

Sat-Ire se acercó al pie del puente y descubrió que los peldaños parecían estar conformados por una especie de niebla densa, igual que el pasamanos que había a ambos costados.

Echó el pie hacia adelante y, al dejarlo caer, comprobó que el travesaño aguantaba su peso sin problemas.

Más segura, dio unos pequeños pasos y se giró.

Como le había advertido su anfitrión, los listones que había recorrido desaparecieron, y, a cada paso que daba, surgían en su mente los recuerdos olvidados del devorador de almas.

En el primero, aparecía una mujer joven y bonita, de cabellos azabaches trenzados y ojos almendrados.

En el siguiente paso, percibió el embriagador aroma del perfume de aceite de moringa.

Dio un paso más y emergió la figura de un joven, muy alto y atlético, tocado con una peluca corta negra y que vestía con una túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos.

En una mano llevaba una vara corta de madera de ébano con el jeroglífico de Tutmosis II grabado en un extremo, típica del jefe de los embalsamadores reales.

Era un hombre atractivo, de penetrantes ojos grises.

Ajustada en su cinturón ancho de lino plisado, llevaba una daga larga, idéntica a la que encontraron junto a los restos de Nehura.

«De modo que así te veías cuando eras un hombre normal», pensó Sat-Ire.

De repente, las imágenes cobraron movimiento y observó al embalsamador paseando por un patio ajardinado de la mano de la bella joven de cabellos azabaches. Sus miradas, enamoradas, brillaban más que las estrellas que titilaban en el firmamento.

Sat-Ire tuvo que detenerse para taparse los oídos cuando volvieron a aparecer las voces en su cabeza: «¡Traidor! ¡Asesino! ¡Monstruo! ¡Desalmado!» . En ese instante, un rompecabezas se reconstruyó en su mente y emergió la aterradora figura del devorador de almas gritando:

—¡Satsobek, perdóname!

Al abrir los ojos, Sat-Ire ya no se hallaba en el puente. Ante sí se abría un arenal que se extendía a lo largo y ancho de aquel mundo cambiante. Aquella debía de ser la llanura de los recuerdos olvidados.

De repente, apareció la silueta del devorador de almas frente a ella. Sat-Ire intentó retroceder, pero un muro invisible se lo impidió. El asesino se fue acercando lentamente hasta que se detuvo a escasos centímetros de su rostro.

Sat-Ire parpadeó y el devorador de almas había desaparecido, y en su lugar emergió la figura de un ser enmascarado.

La voz que emitía el individuo era metálica y distorsionada.

A continuación, en la mente de Sat-Ire se fueron reproduciendo los recuerdos más profundos y macabros del devorador de almas: cómo el ser enmascarado le adulteró la mente para manipular sus pensamientos y así convencerlo de que perpetrara el doble asesinato.

De esta forma, Sat-Ire fue testigo del envenenamiento del faraón Tutmosis II y del apuñalamiento de Satsobek a manos de su prometido, todo ello revivido desde la perspectiva del embalsamador: sintiendo todas las emociones que había experimentado él.

El último recuerdo fue el más aterrador: el de su arrepentimiento.

—¿¡Qué he hecho!? —dijo con una desgarradora voz.

Satsobek lo agarró fuertemente del brazo y musitó:

—No dejes que la ira rija tus actos, Nebamun. Yo te perdono, mi amor. Nos volveremos a encontrar en el Inframundo. Te amo… —dijo antes de exhalar su último aliento.

Al mirar hacia el suelo, Sat-Ire descubrió que la arena no era tal, sino fragmentos de vidrio traslúcidos a través de los cuales podían verse diferentes secuencias de imágenes. Recordó que el Señor de los Sueños le había dicho que al final del trayecto llegaría al cementerio de sueños rotos.

En todas las imágenes aparecían el embalsamador y la joven dama. Sat-Ire había descubierto su nombre, Nebamun, y lo que estaba contemplando eran lo que le tenía deparado el destino a aquel hombre y nunca fue.

Nebamun llegó a una casa noble acompañado por dos ayudantes que portaban unas ofrendas: unos panes recién horneados, dos vasijas de cerveza oscura, unos fardos con lino fino y un pequeño amuleto de Hathor en oro. Aquel recuerdo roto se correspondía al día de pedida de mano de Satsobek.

El embalsamador se dirigió al padre de su prometida y declaró:

— No vengo como extraño, sino como servidor de la Casa Real y hombre justo. Deseo unir mi destino y mi corazón con el de su hija para cuidarla en esta vida y en la eternidad. Amo a Satsobek y quiero hacerla mi esposa.

La joven, que estaba presente en la reunión, no habló hasta que el padre le preguntó si aceptaba. Ella inclinó la cabeza ligeramente y sonrió, dando su consentimiento.

El siguiente sueño truncado de Nebamun era el banquete de compromiso.

Se celebró en los jardines del palacio real y estaban presentes los reyes, los padres de la novia y el embalsamador.

En el banquete había cerveza, pan, carne de ave y dátiles con miel.

También había música de flautas y un canto a Hathor para bendecir el futuro matrimonio.

El rostro de Nebamun irradiaba una infinita felicidad.

Tras el banquete, ambas partes firmaron un contrato matrimonial en el que se especificaba la dote de Satsobek, con alhajas, lino fino y un pequeño terreno de cultivo en la ribera del Nilo.

A cambio, las promesas del prometido de protegerla con sus bienes y hacerla feliz eternamente.

La promesa quedó sellada cuando Satsobek recibió un collar con cuentas de tjehenet [67] azul que su amado le colocó en el cuello.

Allí se acabaron los sueños que Nebamun nunca llegó a hacer realidad. Aquellas imágenes mostraban el futuro que le tenía deparado el destino al devorador de almas antes de que fuera truncado por su traición.

Sat-Ire despertó sobresaltada y comenzó a llorar sin consuelo.

Aquel demonio que la había martirizado en sueños resultó ser un alma mancillada por un cruel engaño.

Una víctima más de un monstruoso ser que había estado urdiendo una conspiración desde hacía años para alzarse con el poder a cualquier precio.

Más que nunca, Sat-Ire se prometió desenmascarar a los verdaderos responsables de aquella trama, aunque en ello debiera poner en riesgo algo más que la vida.