12
Los monarcas de Punt
La tienda se quedó en silencio cuando Sat-Ire acabó de relatar su experiencia en Onírica.
Unos rayos de sol se colaron por la rendija de la puerta aliviando un poco la tensión que se respiraba en el interior.
Ponerle cara a la persona destinada a asesinar a la princesa Neferura suponía un avance crucial para intentar alterar el destino.
Sin embargo, la revelación era poco precisa para dar con el asesino y Sat-Ire temía verse obligada a regresar al mundo de los sueños para encontrar la pista definitiva, pese al riesgo que eso entrañaba.
Neferura no dejaba de pensar en lo mucho que había menospreciado a Zayineth cuando apenas sabía nada de ella.
No solo era una gran guerrera, sino que, bajo la tutela de Nebuy y gracias a la sabiduría ancestral heredada de sus raíces en Punt, había desarrollado una sensibilidad especial para percibir e interpretar lo invisible.
Sin duda, la intuición de Sat-Ire no había fallado, y la princesa se sentía muy afortunada de contar con la presencia de una mujer tan valiente y capaz como Zayineth.
La voz de Neferkay la sacó de sus pensamientos:
—¿Pudiste reconocer al asesino? —le preguntó a su hermana.
Sat-Ire negó con la cabeza.
—Nunca antes había visto a ese individuo, aunque sería capaz de identificarlo entre un millón. Ese rostro es imposible de olvidar.
—Entonces, no sirvió de nada que pusieras tu vida en riesgo. ¡Me siento fatal, Shaït! —dijo la princesa.
—¿Puedes describirme al sujeto? —inquirió Zayineth.
Las hermanas se miraron con incredulidad. Sat-Ire cerró los ojos con la intención de no omitir ni un detalle de su fisonomía.
—Tiene un aura perversa y aterradora, su mirada es profunda y vacía y su rostro posee unas cadavéricas facciones que le confieren una apariencia fantasmagórica. Además…
—¡Corta! —dijo la guardiana mientras clavaba sus grises ojos en los de Sat-Ire—.
Es extremadamente alto, y su boca, pálida como una piedra de Tura, desprende un hálito gélido como la muerte.
Por no citar sus pronunciados pómulos y sus profundos y vacíos ojos, capaces de atrapar la luz.
¿No es así como percibiste a ese individuo?
Sat-Ire no podía creerlo. Zayineth había descrito a aquel sujeto como si hubiera estado presente en su sueño.
—¿Sabes quién es? —preguntó boquiabierta.
—Sé lo que es… Un devorador de almas —anunció con semblante serio.
—¡¿Un devorador de almas?! —exclamaron todas al unísono.
—¿Acaso es un ser de ultratumba? —preguntó Neferura.
Zayineth las miró seriamente.
—Las cosas se han complicado, ¡y mucho! Ese ser es tan humano como cualquiera de nosotras, pero debió de sufrir un tormento inimaginable que lo abocó a transitar al borde del mundo de los muertos.
Muy pocos logran regresar de ese umbral, y los que lo consiguen viven gobernados por el odio y el resentimiento.
No están muertos, pero tampoco vivos, y lo único que logra calmar su dolor es infligir un daño mayor a sus víctimas. Son seres que disfrutan asesinando.
Neferkay no podía salir de su asombro.
—Entonces, ¿existen esos demonios? En nuestros archivos se conservan textos antiguos que recogen las fechorías perpetradas por unos seres que mataban bajo el mandato de Seth [38] .
Los llamaban Am-ib [39] y eran implacables ejecutando a sus víctimas —dijo con gesto constreñido—.
Hasta ahora, había creído que se trataba de leyendas.
—Los mitos y leyendas no aparecen porque sí; mi madre decía que no hay que temer a la oscuridad, sino a los seres que se amparan en ella para hacer el mal.
Puedo asegurarte que no se trata de espectros atormentados; son tan personas como tú y yo —advirtió Zayineth—.
No obstante, un devorador de almas siempre actúa movido por un motivo personal.
¿Qué puede tener en contra de ti, Neferura?
—¿Contra mí? Si ni siquiera conocía de su existencia —respondió esta, arqueando las cejas.
Zayineth se quedó pensativa, mordiéndose las uñas, hasta que chasqueó los dedos y anunció:
—Alguien conoce el origen de su maldición y debe de estar extorsionándolo.
Tenemos que descubrir qué motivó que se convirtiera en un devorador de almas, y tal vez esta información nos conduzca a los instigadores de esta trama.
Sat-Ire, deberás regresar al mundo de los sueños para revelar el secreto que oculta ese asesino.
—¿¡Te has vuelto loca!? —le recriminó Neferura.
Zayineth la acalló con un gesto.
—Tranquila, esta vez la acompañaré en la aventura. La misión será mucho más fácil si se cuenta con un oráculo, y en el país en el que nací hay uno, el más poderoso que existe sobre la faz de la Tierra.
Sat-Ire contuvo a la princesa, que iba a volver a protestar.
—Iniciamos este viaje para encontrar respuestas y no regresaremos sin ellas, amor.
Zayineth, creo que tenemos mucho de lo que hablar antes de llegar a Punt.
Estoy dispuesta a poner mi vida en tus manos, pero tendrás que dar garantías de que regresaré sana y salva o, de lo contrario, deberás enfrentarte a Neferura.
La decisión estaba tomada.
Arribaron al puerto de Mersa Gawasis cuando las luces del ocaso teñían de rojo el atardecer.
La comitiva embarcó en un navío marino de altos mástiles y pasaron la noche en el camarote, pues partirían al amanecer.
La travesía duraría entre veinte y veinticinco días, si las condiciones climatológicas eran favorables.
El capitán ordenó realizar los rituales de protección a Min, Hathor y Amón antes de zarpar.
Hicieron una primera parada de avituallamiento en el cabo de Ras Banas.
Siguieron navegando por aguas tranquilas hasta que llegaron al puerto natural de Adulis, donde tomaron tierra para cargar una partida de seda.
La tercera y última parada fue en las islas Dahlak, conocidas por los marinos egipcios como las «islas del mar interior».
Desde allí, la travesía continuó bordeando la costa hasta que llegaron a la desembocadura de un gran río llamado Iteru-Punt.
El mar Rojo, que hasta entonces había sido de un azul profundo, se tornó verde esmeralda y las olas se volvieron más sumisas y ondeadas.
A lo lejos, un arco de tierra se abría entre dos cabos rocosos custodiados por sendas atalayas de madera y piedra coralina desde donde los vigías de Punt observaban la llegada de las naves extranjeras.
El Iteru-Punt no era un río ancho, pero sí lo suficientemente profundo para ser navegable, y se extendía como un abanico en tres brazos de agua que se adentraban en la tierra.
A cada lado, unos manglares espesos escondían aves de plumaje rojo y blanco, y la brisa estaba impregnada de un aroma intenso a mirra.
Más allá de la primera curva del río, comenzaron a verse las casas sobre pilotes, con techos de palma y paredes cubiertas de redes secándose al sol.
Entre ellas, había pequeños embarcaderos de madera que se adentraban en el agua, donde hombres y mujeres de negra piel los saludaban con las manos mientras veían el barco pasar.
El navío fondeó en un banco arenoso, y desde allí las sacerdotisas tomaron tierra a bordo de unas canoas enviadas por los mandatarios de Punt.
Ya en la orilla, se dirigieron hacia una plataforma ceremonial cubierta con esteras y telas de vivos colores.
Allí las esperaba el rey Parahu, alto y delgado, con un tocado de plumas blancas y negras y un collar de ámbar y lapislázuli.
A su lado, la reina Ati estaba sentada en un trono bajo, vestida con una túnica de lino ceñido en tonos carmesíes.
Su corpulencia imponía tanto como su mirada.
Zayineth se acercó a Neferura y le susurró:
—Los dioses deben de estar de nuestro lado, princesa.
Esta noche es luna llena, el momento propicio para consultar un oráculo.
¿Pillas lo que te quiero decir? —La princesa se encogió de hombros y negó con un gesto—.
¡Caray, qué corta eres! —murmuró—. Invéntate una excusa para que nos lleven al oráculo esta misma noche o tendremos que esperar un mes para hacerlo.
¿Qué haces ahí parada? Sigue andando, que nos quedamos atrás —la instó al ver que sus compañeras doblaban por un recodo del camino.
En cuanto la comitiva, formada por el capitán del barco, las sacerdotisas y un nutrido número de porteadores egipcios cargando cofres con presentes, estuvo cerca de la plataforma ceremonial, un grupo de músicos empezó a tocar tambores y flautas hasta que se detuvieron delante del rey.
El monarca de Punt alzó la voz y habló en la extraña lengua de aquel país. Un hombre de avanzada edad, de barba trenzada, que se presentó como Namepu, se encargó de traducir lo que el rey había dicho:
—El rey Parahu da la bienvenida a las hijas del Nilo y a quienes viajan bajo la protección de la Gran Casa. El río es vuestro camino y Punt, vuestro hogar.
Neferura dio un paso al frente y le habló a la reina, que le dedicó una intensa mirada.
—Su majestad, en nombre de la reina Hatshepsut, le agradezco la cálida bienvenida que nos está dando —dijo mientras le ofrecía un collar de oro—. Este regalo representa la amistad que mi madre le profesa al pueblo de Punt.
La reina se levantó del trono y tomó de buena gana la ofrenda. Namepu trasladó a los reyes lo que había dicho la princesa Neferura, y les tradujo las palabras de agradecimiento que pronunció el rey por el regalo recibido.
—Punt recibe este oro como símbolo de unión. A cambio, el rey Parahu os abre el mercado, los bosques y las casas. También os emplaza a la cena de gala en honor a las hijas del Nilo.
En ese instante, Zayineth le dio un ligero golpe con el codo a la princesa Neferura y susurró:
—¿A qué estás esperando para decírselo?
—Mi señora Ati, perdóneme si soy atrevida si le hago una petición precipitada —intervino Neferura, algo ruborizada.