Las hijas del visir 11
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Lo que acecha tras el umbral

Neferura corrió hacia la tienda, pero Zayineth se le adelantó y entró al interior con un puñal en la mano.

Se encontraron a Sat-Ire de pie, con los ojos en blanco y moviendo los labios, aunque sin articular ni una palabra.

Sus hermanas intentaban hacerla reaccionar dándole unas leves bofetadas en la cara, pero la intérprete de sueños parecía estar en trance.

Zayineth examinó la tienda a fondo y, tras cerciorarse de que no había ningún peligro oculto, se acercó hacia Sat-Ire y le impuso las manos sobre las sienes.

Entre las tres, la dejaron estirada en una alfombra y la taparon con una manta, pues empezó a temblar de frío. A los pocos segundos, Sat-Ire abrió los ojos y fijó la mirada en el techo de la tienda.

—¿Shaït, te encuentras bien? —preguntó Neferura, angustiada.

—¡Corta, princesa! Déjala respirar, que aún no ha regresado de Onírica —atajó Zayineth.

La guardiana se arrodilló a su lado y extrajo una pata de chacal del interior de una bolsa que llevaba atada al cinto. La colocó sobre el escote de Sat-Ire y recitó:

— Anubis sari koriok shama zahat. Narum khemu etka runek nahut shemu! [34]

Un ligero rubor comenzó a instalarse en las mejillas de Sat-Ire y su mirada empezó a tornarse más natural. Zayineth recogió el amuleto y lo guardó antes de ponerse en pie.

—¿Cómo estás, Shaït? —le preguntó Tiaret mientras le tomaba el pulso.

—¿Qué ha pasado? —musitó Sat-Ire con un hilo de voz.

—¡Parece que ha vuelto en sí! —exclamó Neferura—. ¿Me reconoces, amor?

La intérprete de sueños las observó con extrañeza.

—¿Por qué me miráis todas así?

—¿No recuerdas nada, Shaït? Has despertado en trance y por un momento pensamos que no ibas a regresar de tu sueño —le explicó Neferkay.

—Ahora debe descansar —intervino Zayineth con la frente perlada en sudor.

La guardiana se acuclilló al lado de Sat-Ire y le susurró unas palabras al oído, tras las cuales la joven que se quedó dormida. Luego se dejó caer en el suelo, con la mirada perdida.

—¿Te encuentras bien, Zayineth? —indagó Neferkay.

En ese momento, la guardiana perdió el conocimiento, tomándolas por sorpresa a todas excepto a Neferura. La princesa se arrodilló de inmediato y la sostuvo en su regazo.

—La ha mordido una víbora de alfombra por mi culpa. Por favor, Tiaret, usa tu medicina para salvarla —señaló con voz quebrada.

La sanadora se arrodilló junto de Zayineth y la zarandeó con firmeza hasta que abrió los ojos.

Su respiración era entrecortada, tenía una sudoración fría y estaba taquicárdica.

Destapó la herida y vio las marcas de los colmillos en su antebrazo izquierdo.

Por fortuna, la inflamación estaba limitada y no habían aparecido hematomas.

—¡Neferkay, tráeme mi bolsa! —La sacerdotisa le acercó el bolso de medicinas y se quedó a su lado—. No dejes que cierre los ojos. Si se duerme, morirá.

Tiaret sacó un mortero y machacó unos ajos con cúrcuma.

Añadió a la mezcla un poco de miel, resina de acacia, unas gotas de infusión de loto azul y ceniza de higuera para elaborar un ungüento.

La crema tenía una base antiinflamatoria, cicatrizante, sedante y absorbente.

Le aplicó una buena cantidad sobre la herida y la cubrió con un paño de lino.

—Anubis, sostén su sombra. Aún no le ha llegado su momento —recitó Tiaret mientras vendaba el apósito.

La respiración de Zayineth se tornó más pausada y profunda, antes de quedarse dormida.

—Yo debí recibir el veneno de esa víbora —musitó Neferura, con los ojos cubiertos de lágrimas—. Si Zayineth no llega a estar a mi lado… ¿Se salvará, Tiaret?

La sanadora la miró con gesto preocupado.

—Ahora su alma está en manos de Osiris. Esperemos que el ungüento haya podido extraer la mayor parte de la ponzoña que le inoculó la serpiente. Ella es una mujer fuerte y creo que resistirá —dijo antes de mirar a su hermana—. ¿Cómo está Shaït?

Neferura se levantó y se acercó a su amada.

—Duerme profundamente —respondió con una sonrisa.

Su rostro había recuperado el rubor y parecía haber entrado en un profundo sueño.

Acomodaron a Sat-Ire y a Zayineth encima de unas mantas y las dejaron descansar. Todavía quedaban muchas horas hasta el amanecer.

—Vosotras dos descansad —ordenó Tiaret—. Shaït estará bien y de Zayineth ya me encargo yo. Ya habrá tiempo mañana de ponernos al día de lo que ha ocurrido en esta aciaga noche.

Tiaret se quedó al cuidado de la guardiana, velando para controlar la fiebre con paños de agua, hasta que el cansancio la venció y se quedó dormida.

La sanadora despertó sobresaltada al percatarse de que Zayineth había desaparecido de su regazo. Las demás dormían plácidamente. Salió de la tienda y se la encontró sentada frente a una pequeña fogata.

—Deberías descansar, Zayineth. Debes de sentirte muy débil por el veneno de la víbora.

La guardiana la miró y se limitó a decir:

—Gracias por traerme de vuelta.

Tiaret se le acercó y se acuclilló a su lado.

—Por lo menos, déjame comprobar cómo está la herida —dijo mientras le quitaba el vendaje.

Le sorprendió ver que la piel había cicatrizado casi por completo.

—¿A qué viene esa cara? Me suelo recuperar bastante rápido de las heridas, y tú eres una excepcional médica —señaló al tiempo que dirigía la mirada hacia la tienda—. Sat-Ire se acaba de despertar. Vamos a ver qué nos tiene que contar.

Tiaret vio sonreír a Zayineth por primera vez y la acompañó a la tienda con una sonrisa pintada en la cara.

Como había adivinado la guardiana, encontraron a Sat-Ire sentada con las piernas entrelazadas. Nada más verlas entrar, se levantó y tomó de las manos a Zayineth.

—¿Cómo puedo agradecerte lo que has hecho por mí? De no ser por ti, habría quedado atrapada en el mundo de los sueños —confesó.

En ese momento, despertó Neferkay y zarandeó suavemente a Neferura.

—Jamás habíamos visto a Shaït en un estado de trance así tras despertar de un sueño. ¿Acaso también eres una intérprete de sueños, Zayineth? ¿Qué tipo de conjuro recitaste para rescatarla de allí? —la interrogó Tiaret.

—Ya os daré las explicaciones más tarde. La prioridad ahora es que vuestra hermana nos expliqué qué ocurrió en Onírica y por qué enfadó tanto al Señor de los Sueños —apuntó la guardiana.

—¿Cómo sabes lo de…?

—¡Corta! Has sido muy imprudente vulnerando las leyes que rigen en Onírica.

Nadie puede desafiar al Señor de los Sueños sin pagar las consecuencias.

¿No lo sabías? Así que ahora explica qué ocurrió en tu sueño.

Quiero saber qué cosa tan importante te llevó a cometer tal locura —añadió mientras la escudriñaba con la mirada.

Sat-Ire asintió con un gesto y relató todo lo que recordaba del sueño.

*

Su llegada a Onírica había sido totalmente diferente: se precipitó por un oscuro vacío hasta que se zambulló en el agua. El intenso frío le agarrotaba los músculos y articulaciones, y apenas tuvo fuerzas para nadar hasta la superficie antes de quedarse sin aire en los pulmones.

Cuando emergió, se encontró rodeada por un inmenso océano y tuvo la sensación de flotar en mitad del firmamento al ver el cielo estrellado reflejado en sus oscuras aguas.

A lo lejos, vislumbró un obelisco roto que apuntaba hacia una luna llena gigantesca, como si fuera una señal. Comenzó a nadar en esa dirección hasta alcanzar la orilla de lo que debería ser una isla solitaria, ubicada en mitad del océano.

Al salir del agua, Sat-Ire avanzó por un terreno etéreo que la condujo hasta los pies del obelisco. Más allá, distinguió la entrada de un templo y luz en su interior. Se acercó con sigilo al pilono y, tras cruzar el umbral, caminó por un angosto pasillo conformado por muros de obsidiana líquida.

Sat-Ire observó cómo aquellas paredes reflejaban sus pensamientos pasados, o quizá futuros, mientras sus pasos la llevaban hasta el final del corredor. Frente a ella se alzaba una puerta sin bisagras, que se abrió sin siquiera tocarla.

Al atravesarla, una voz surgió en su mente: «Aquí no se habla ni se escucha ni se siente. Aquí se ve lo que aún no ha sucedido”» .

Sat-Ire apareció en una sala circular sin techo, alumbrada por centenares de lámparas de aceite. A su alrededor, dispuestos como guardianes inmóviles, doce figuras encapuchadas custodiaban la cámara. Eran los que nunca hablaron, aquellos que soñaron y nunca despertaron; los Custodios del Silencio.

De pronto, se desvaneció la sala y se encontró en el escenario de su sueño recurrente, aunque desde una perspectiva distinta: observaba la escena desde atrás.

Neferura estaba de pie, contemplando cómo la silueta siniestra de una sombra se aproximaba de forma amenazante. Al instante, la figura nebulosa se detuvo y se giró hacia el lugar donde se encontraba Sat-Ire. Se le detuvo el corazón cuando la sombra se desvaneció y apareció flotando delante de ella.

La figura vestía una túnica negra y llevaba el rostro oculto bajo una capucha.

Su envergadura era estremecedora, aunque aún no alcanzaba a distinguir sus facciones.

El miedo no la paralizó, ni siquiera cuando, de entre los pliegues de la túnica, apareció el destello del doble filo de una larga daga.

Sabía que quizá no tendría otra oportunidad de desvelar la identidad del asesino y, sin pensárselo dos veces, retiró la capucha con un rápido e inesperado movimiento.

La sombra emitió un escalofriante alarido antes de desvanecerse, pero Sat-Ire alcanzó a ver su rostro durante una fracción de segundo, lo suficiente para que quedara grabado a fuego en su memoria.

Ya no tenía nada más que hacer en aquel lugar. Solo le quedaba regresar, aunque pronto descubrió que no le iba a resultar nada fácil hacerlo.

Había desaparecido todo a su alrededor. Únicamente persistía una bruma vaporosa que le impedía ver el terreno que pisaba. Nerviosa, empezó a deambular sin rumbo, acompañada por unas extrañas energías. Eran el Ba [35] de miles de almas que erraban por el país de los Sueños.

Sat-Ire se vio arrastrada por una fuerza invisible hasta quedar envuelta por una densa niebla. Caminó sin rumbo, buscando una salida, aunque sus pasos no la llevaban hacia ninguna parte; el paisaje se mantenía inalterable, fuera cual fuese la dirección que tomara.

«¿A qué esperas para decir mi nombre?» , oyó, quizá en su mente.

—Senu [36] , ¿dónde estás? —se escuchó decir Sat-Ire.

Poco a poco, la bruma se fue disipando y el suelo se volvió consistente, como de piedra caliza. Frente a ella, apareció un muro conformado por velos verdes que se alzaban hasta que se perdían de vista.

— ¡Bienvenida al Umbral de los Velos, la frontera que separa Onírica de tu mundo! —la voz tronó en la sala haciendo tambalear hasta los cimientos—. No te quedes ahí parada. Quiero observarte de cerca.

Sat-Ire no sabía de dónde procedía aquella voz, así que dio unos dubitativos pasos hacia adelante. El suelo crujió a su paso, como si fuera de papiro seco, y se detuvo temiendo que cediera bajo sus pies.

—¿Hacia dónde se supone que debo ir? —voceó mientras miraba a su alrededor.

Los colores de los velos empezaron a cambiar, como si se tratara de un tornasol, y de su interior emergió una figura inmaterial que fue conformándose hasta cobrar una apariencia humana.

Aquel ser no tenía un rostro perfilado; le iba cambiando de forma constantemente: a veces era un hombre, otras, una mujer, y en alguna ocasión se convertía en una sombra. Lo mismo ocurría con el manto que lo cubría, que parecía transmitir escenas de sueños olvidados.

—Creo que no me he presentado como es debido —dijo, también con una distorsionada voz—. Mi nombre es Senu-Resu-Shetep [37] , pero puedes llamarme Señor de los Sueños o Senu, como me llamaste la primera vez.

Sat-Ire desconfió de su zalamería.

—Te agradezco la cariñosa bienvenida, pero debo salir de este mundo, porque no pertenezco a él. Si eres tan amable de indicarme la salida…

El muro de los velos se transformó en un manto ensangrentado, idéntico a la túnica que vestía el Señor de los Sueños.

—¡Nadie puede abandonar mi reino si ha violado con su presencia la Cámara de las Verdades Silenciosas! —bramó.

—¿Qué delito he cometido, si las puertas se abrieron sin que yo las tocara? Más bien, el que debería cumplir dicha condena es el responsable de haberme permitido entrar sin oposición a esa cámara.

La réplica de Sat-Ire provocó la ira de Senu, y su rostro mostró la cara del devorador de almas.

—¿¡Cómo te atreves a contrariarme!? ¡Ningún mortal debe profanar la Cámara de las Verdades Silenciosas y desvelar un secreto que puede alterar el destino!

—¡Yo no soy cualquier mortal! Los dioses me otorgaron el don de poder transitar por el país de los sueños, y solo a ellos debo rendir cuentas. ¿Acaso el poderoso Senu-Resu-Shetep puede desafiar a los dioses? —atajó Sat-Ire.

El señor de Onírica suavizó el semblante y volvieron a aparecer unos tonos verdes pastel en el muro de los velos.

—Este es mi mundo, yo dicto las reglas y nunca he recibido ninguna queja de los dioses —dijo con voz pausada—. Si te encomiendas a ellos, no tengo nada que objetar. Que sean los dioses los que te saquen de aquí.

Sat-Ire se quedó sin habla. Sabía que detrás de aquellos muros estaba la salida. Tan cerca y tan lejos a la vez. El Señor de los Sueños parecía haber dado por acabada aquella conversación y dio media vuelta para regresar por donde había llegado.

—¡Espera! —voceó Sat-Ire—. Se supone que, si los dioses deciden dejarme salir de este lugar, estaré libre de culpa y seré amnistiada por su excelencia, ¿verdad?

—Así será —respondió él.

—¿Eso significa que seré libre de transitar por Onírica como lo he sido hasta este momento?

—¿Libremente?

—Libremente, aunque respetando las leyes de este lugar, ahora que las conozco —precisó con una pícara sonrisa.

Senu meditó su respuesta.

—Tienes mi palabra, aunque no creo que tus plegarias sean escuchadas. Jamás nadie que haya violado nuestra ley ha conseguido salir de…

En ese instante se abrió una brecha en el muro de los velos y se coló una voz a través de ella. Por un momento, Senu creyó que era la voz de los dioses, pero pronto advirtió que era una voz de mujer. Se le dibujó una sonrisa en el rostro hasta que reconoció el hechizo que transportaba aquella voz.

Intentó cerrar la rendija abierta en su frontera, pero no lo consiguió. Sat-Ire se dejó llevar por aquel extraño lenguaje que la llamaba y sintió cómo su cuerpo fluía libremente absorbido por una poderosa fuerza que tiraba de ella sin resistencia.

Lo último que escuchó antes de abandonar aquel lugar fue el atronador bramido del Señor de los Sueños.

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