Las hijas del visir 10
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Una larga travesía

Antes de despuntar el alba, las cuatro sacerdotisas ya estaban preparadas para iniciar la etapa más dura del viaje.

Los animados rostros de Sat-Ire y de Neferura contrastaban con los de Neferkay y Tiaret, que no habían tenido más remedio que dormir en el suelo, sobre unas mantas extendidas junto al hogar.

Nebuy llevaba horas despierto y les preparaba unas bolsas con vituallas para el camino. A su lado, una joven de estatura mediana, cuerpo ágil y fibroso y cabello azabache recogido en unas finas trenzas que se cruzaban en la nuca las observaba mientras afilaba un puñal doble con una piedra plana.

Las sacerdotisas se sentían un poco intimidadas ante aquellos ojos grises, que las miraban como si de un halcón se tratara, y por la pequeña cicatriz que surcaba su pómulo izquierdo.

—Se llama Zayineth, y es mi hija adoptiva —aclaró Nebuy a modo de presentación.

El viejo continuó empacando higos secos en una de las bolsas, sin dar más explicaciones, mientras su hija seguía afilando el puñal sin prestarles la más mínima atención.

—Hola, me llamo Neferkay, y estas son mis hermanas, las sacerdotisas Tiaret, Sat-Ire y…

Cuando iba a presentar a Neferura, se quedó callada al ser consciente de que no había utilizado sus identidades falsas en la presentación.

—Ella es la princesa Neferura, ¿no? ¿A qué viene tanto misterio? —atajó Zayineth con voz seca.

La mujer sacudió la piedra de afilar con unos golpecitos contra el muslo y la envolvió en una tira de lino oscuro. Luego deslizó el puñal en su vaina, junto a otros dos que ya llevaba en el fajín de cuero ceñido al torso.

Sat-Ire tuvo la extraña sensación de que la hija de Nebuy no estaba allí por casualidad y la intuición de que se iban a llevar bien. Lo supo en cuanto se cruzaron sus miradas.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó al viejo guardián del templo.

Nebuy volteó ligeramente la cabeza antes de responder:

—Será vuestra compañera de viaje. Es parca en palabras, pero muy elocuente cuando se suelta a hablar con sus puñales —añadió con una sonrisa mellada—.

Os será útil en caso de dificultad y será una gran anfitriona cuando lleguéis a Punt.

Ella es nativa de allí y lleva años realizando la ruta comercial desde Coptos. Así que…

—¡Corta, padre! —atajó Zayineth.

—No os preocupéis por su mal carácter; en cuanto coge confianza, es muy cariñosa —soltó Nebuy entre carcajadas.

A Neferura no le entusiasmó aquella idea.

—Le agradecemos el gesto, pero no es necesario que su hija nos acompañe en esta expedición. Disponemos una guarnición de soldados que velará por nuestra seguridad hasta Punt.

Nebuy acabó de empacar y la miró seriamente antes de sentenciar:

—Son órdenes de su madre, princesa.

Aquella revelación impactó a las cuatro jóvenes.

—¿Sospechan algo desde palacio? —se apresuró a preguntarle Sat-Ire.

—Lo ignoro. La orden cayó en mis manos al mismo tiempo que vuestra llegada a Coptos. Además, así seréis cinco miembros en la compañía, como los cinco elementos espirituales del ser humano [31] —añadió—. Se os hace tarde, señoritas.

La princesa seguía desconfiando de aquella mujer.

—¿No llamará la atención vistiendo así? —advirtió.

La piel bronceada de Zayineth destacaba bajo la túnica corta de lino blanco.

—Me temo que nadie se fijará en mi presencia entre tantas nobles damas. Ni tan siquiera tú, princesa. Estoy acostumbrada a pasar desapercibida en todas las expediciones que he realizado —precisó al tiempo que se colocaba una ligera capa de viaje con capucha ligera.

Sat-Ire tomó de la mano a Neferura y le guiñó un ojo.

—A mí me cae muy bien nuestra guardaespaldas. ¿Nos vamos?

La escolta de soldados las esperaba a las puertas del templo de Min.

La compañía partió en un carro tirado por burros desde los márgenes orientales de Coptos, donde las casas de adobe dejaban paso al polvo seco del desierto.

La ruta hacia el mar Rojo no era un camino, sino una herida abierta entre colinas secas y el desierto.

Llegaron a una explanada cercana al lecho de un río seco, donde las esperaba una comitiva formada por caravanas, obreros y escribas que las acompañarían hasta Mersa Gawasis, el puerto del mar Rojo, con la máxima seguridad.

El plan era embarcar hacia Punt en una semana y de esta manera completar el viaje en menos de treinta días.

Hicieron una primera parada en Bir el-Hammam, una estación de pozos donde se abastecieron de agua y pasaron la noche.

La segunda parada fue en un valle estrecho rodeado de formaciones rocosas llamado Wadi el-Qash.

La siguiente parada fue en las minas de oro de Bir Umm Fawakhir, donde pudieron proveerse de agua y de comida para acometer el tramo más largo del recorrido, el Uadi Hammamat, una larga y monótona travesía a través de un desértico cañón.

Después de tres interminables días deambulando por un mar de arena y dunas, la comitiva instaló su último campamento en una ligera depresión de Bir Abu Sha’ar, a una sola jornada del puerto de Mersa Gawasis.

Era un lugar desértico y pedregoso que tenía acceso a un pozo natural que había sido lugar de parada obligatoria para las expediciones hacia el mar Rojo desde épocas remotas.

El sol ya había iniciado su descenso por las colinas cuando acabaron de montar el campamento. Las sacerdotisas se alojaron en una tienda triangular de lino que había sido instalada sobre una plataforma de arena apisonada y cubiertas con alfombras de palma trenzada.

Las cinco jóvenes se sentaron alrededor de un fuego ceremonial que se había encendido fuera de la tienda para disfrutar de los aromas del incienso de mirra mezclado con el de pan recién horneado en vasijas de barro.

Tras la cena, las sacerdotisas se fueron a dormir a la tienda.

La travesía estaba haciendo mella en el grupo y cada noche caían dormidas nada más apoyar la cabeza en el cojín.

Zayineth, como de costumbre, hacia guardia en las inmediaciones de la tienda afilando sus puñales.

Disfrutaba de la quietud de la noche sobre el desierto y del silencio que propagaba su invisible manto sobre las dunas.

Sin embargo, una luna nueva apareció en el cielo estrellado, circunstancia que la incomodaba desde que era niña.

«Nada bueno pasa en el desierto cuando la luna crece», pensó mientras escudriñaba el horizonte con los sentidos.

Pasada la medianoche, Neferura salió de la tienda a tomar un poco de aire fresco; se había desvelado con los ronquidos de Tiaret.

Zayineth dormitaba al lado del fuego, recostada sobre las rodillas.

Su presencia ya no le desagradaba tanto, pues había cumplido a pies juntillas lo de pasar inadvertida y rara vez se dejaba ver cerca de ellas.

La miró de reojo y por un momento pensó en acercarse para hacerle un poco de compañía, pero finalmente decidió dejarla descansar.

La princesa alzó la vista al cielo estrellado y dio unos pasos adelante mientras se desperezaba.

—¿Tanto te incomoda mi presencia?

Neferura se volteó con un respingo.

—Pensé que dormías. Perdona si te he despertado —se disculpó sin saber muy bien qué hacer.

—¿No querías hablar? Acércate. No muerdo —dijo Zayineth con un gesto.

Neferura se sentó a su lado y se acurrucó entre las piernas.

De repente, le había entrado frío. Ante la ausencia de conversación, Zayineth sacó su piedra de pulir y comenzó a afilar uno de sus puñales.

Le divertía la timidez que mostraba la heredera del trono de Egipto cuando se encontraba cerca de ella.

—Cuidas mucho el filo de tus armas. ¿Las sueles usar con frecuencia? —preguntó Neferura por romper el hielo.

—Hay que practicar cada día para que no se desvíe la puntería ni se entumezcan los músculos. Pero, si lo que querías preguntar es si he matado a alguien, debo contestar que sí, aunque siempre ha sido en defensa propia —respondió sin dejar de afilar el puñal.

Aquella confesión no supo si la había tranquilizado o inquietado aún más. La princesa alzó la cabeza y se cruzaron ambas miradas. Los ojos de Zayineth eran tan penetrantes que tuvo que apartar la vista y, al hacerlo, la fijó en la cicatriz que tenía bajo su pómulo izquierdo.

—No preguntes —atajó la guardiana.

—Perdona, no era mi intención incomodarte —dijo Neferura, apartando la vista de inmediato—.

De hecho, hace ya un tiempo que quería disculparme contigo por la desconfianza que te he mostrado desde el momento en que supe que ibas a formar parte de la expedición.

—Zayineth parecía ignorarla y la miraba por encima del hombro—.

¿Se puede saber qué pasa contigo? ¿Por qué me miras así?

—¡Corta, princesa!

La guardiana la apartó de un golpe y, de un salto, se plantó delante de ella.

Neferura iba a soltarle una patada, pero se quedó paralizada al ver cómo una imponente víbora reptaba velozmente hacia ella emitiendo un silbido seco y vibrante.

Su cuerpo, de escamas ásperas, se deslizaba formando espirales irregulares y se agitaba con movimientos nerviosos.

Zayineth lanzó el puñal que tenía en la mano y la hoja se clavó justo delante de la serpiente, desviando su trayectoria por un instante.

Sin embargo, la víbora, lejos de asustarse, decidió reanudar su ataque.

Esta vez no iba a errar su objetivo y saltó sobre Neferura con las fauces abiertas, mostrando sus aterradores y afilados colmillos.

La princesa cerró los ojos y se protegió la cara con los brazos, pero nada sucedió. Cuando los volvió a abrir, vio a Zayineth decapitando a la víbora, que aún tenía enganchada en el brazo.

La guardiana retiró de inmediato la cabeza de la serpiente y sacó una cinta de cuero del fajín. Se la anudó con fuerza por encima de la herida, ayudándose de los dientes, para cortar la circulación.

—¿Estás bien? —preguntó Neferura, con el corazón galopando en el pecho.

Zayineth aspiró el veneno con la boca y lo escupió varias veces. La había mordido una víbora de alfombra [32] y su vida corría grave peligro.

—No te preocupes por mí y mantén los ojos bien abiertos; puede haber más.

La princesa no sabía qué hacer. Miró con inquietud a su alrededor, intentando distinguir algún sospechoso movimiento en la penumbra.

Aquella situación la estaba superando, y, cuando creía que las cosas no podían ir a peor, un desgarrador gritó rasgó la noche y Neferura sintió cómo se le congelaba el alma.

Giró la cabeza y comprendió que procedía del interior de la tienda. Y la garganta de la que había brotado no era otra que la de su amada Sat-Ire.