Las hijas del visir 9 #2
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Poco antes del mediodía, con las bodegas cargadas de provisiones, ofrendas rituales y mobiliario destinado a los templos de Punt, el capitán dio la orden de zarpar.

La navegación por el Nilo se realizaba en barcos fluviales de fondo plano, propulsados por velas y remos dirigidos por marineros expertos en las corrientes del río.

Acompañando a la caravana de mercaderes, Hapuseneb había incluido a un reducido grupo de escribas y una guarnición de veinte soldados, el contingente habitual que solía acompañar a aquel tipo de viajes, para no levantar sospechas durante la travesía a Coptos.

La mayor protección que tenían sus pupilas era el anonimato, aunque no estarían completamente solas cuando llegasen a la ciudad.

Tras ocho días de travesía, llegaron al puerto de Coptos.

Este se extendía a lo largo de la ribera del Nilo, con grandes extensiones de palmeras datileras y cañas altas.

Había numerosas barcazas de vela cuadrada atracadas junto con los barcos de los templos y barcas estatales adornadas con emblemas sagrados.

Mercaderes, sacerdotes, soldados y caravanas tiradas por burros y bueyes cruzaban el muelle en un interminable vaivén de mercancías entre un constante murmullo de voces y órdenes.

Las sacerdotisas desembarcaron con las últimas luces del atardecer, acompañadas por una pequeña guarnición formada por sacerdotes de Amón, escribas y soldados reales.

Tomaron una avenida que conducía hacia la ciudad escoltadas por unos pocos hombres y se dirigieron hacia el templo de Min, dios patrón de Coptos, atravesando calles repletas de talleres artesanos que ya se recogían para volver a sus casas antes de que cayera la noche.

Hapuseneb les propuso que se alojaran en la casa del sacerdote del templo de Min, un muy buen amigo suyo. Se trataba de una residencia anexa al santuario, construida en adobe blanco y protegida por muros de caña y sicomoros.

Salió a recibirlas un sacerdote anciano de aspecto bonachón, llamado Nebuy.

Lucía una túnica deslucida y caminaba encorvado por el peso de los años.

Las guio hasta una sala rectangular de techos altos donde había banquetas de madera de sicomoro con cojines tejidos en lino blanco.

No había lujo, pero sí una quietud reverente que solo los lugares sagrados desprenden.

Nebuy era parco en palabras, pero parecía tener buena mano con la cocina, a juzgar por la cena que les había preparado.

De entrante, les sirvió una ensalada de lentejas rojas mezclada con hinojo fresco y aceite de moringa.

También había una bandeja con tiras de pato asado con miel de dátil y una rosca de pan ácimo aún tibio.

Además, sacó una jarra de cerveza espesa de trigo, para alegría de las jóvenes.

De postre, dejó encima de la mesa un cuenco con higos secos y dátiles prensados antes de irse a dormir.

La fresca brisa que se colaba por la ventana transportaba unos dulces efluvios de pétalos de rosa y albahaca que procedían del patio interior de la casa. Las sacerdotisas tuvieron la cena más decente que habían tenido en días, relajadas y sin tener que ocultarse del resto de la gente.

Tiaret, que estaba algo embriagada de cerveza, se acercó a Neferkay y le susurró:

—¿Crees que el viejo sabrá quiénes somos?

—Me preocupa más saber dónde vamos a dormir —respondió antes de vaciar el vaso de cerveza.

—Por cierto, ¿dónde están Shaït y Neferura? —preguntó Tiaret mirando a su alrededor—. Hace un momento estaban aquí.

Neferkay forzó una sonrisa y respondió:

—Supongo que ellas ya han encontrado su nidito de amor. Venga, vamos a buscar una habitación. Se ha hecho tarde y mañana madrugamos.

En una pequeña y fresca celda, se escuchaban unos joviales cuchicheos. Neferura y Sat-Ire estaban recostadas en un estrecho camastro, abrazadas. Hacía mucho tiempo que no tenían un momento a solas, y aún les quedaban asuntos pendientes que tratar.

—¿Te molestó que no te guardara el secreto? —preguntó la princesa.

Sat-Ire la miró con dulzura y negó con un leve gesto.

—Te amo demasiado como para guardarte ningún rencor. Además —añadió mientras le acariciaba la mejilla—, no habríamos podido hacerle frente a este problema solas. Gracias a Hapuseneb, hemos podido embarcarnos en esta aventura asumiendo el menor riesgo posible.

Neferura alzó la vista al techo y puso un semblante serio.

—Siento mucho que tuvieras que enterarte de mi compromiso con Tutmosis de forma tan abrupta. Yo tampoco lo esperaba y todo se precipitó con la aparición del papiro de Punt. De lo contrario, te lo habría dicho en persona. Ya sabes que no hay secretos entre nosotras y…

—No hace falta que te justifiques, cariño —dijo Sat-Ire—.

Ambas sabemos que nuestro amor está condenado a ser clandestino.

Como heredera del trono de Egipto, tus obligaciones están por encima de tus deseos, y eso lo acepto, pues sé a quién le pertenece tu corazón.

Así que no me pidas disculpas por ser quien eres.

La princesa no pudo sujetar las lágrimas ante aquella muestra de amor.

—No sé qué decir —confesó tras enjugarse los ojos—. Estoy confusa y llevo varios días con los sentimientos a flor de piel. Tengo la sensación de que camino sobre arenas movedizas y que me hundo a cada paso que doy.

—Precisamente por eso estamos aquí. Debemos discernir quiénes son aliados y quiénes enemigos para poder diseñar la mejor estrategia. Por el momento, solo podemos confiar en nosotras mismas, pero sé que lo lograremos.

Ambas se miraron y en sus ojos brillaba la misma luz.

—Te amo, Shaït —musitó la princesa mientras le acariciaba los hombros. En ese momento fue consciente de que tenía los huesos pegados a la piel y se alarmó—. ¡Estás más delgada! ¿Has vuelto a tener esas pesadillas?

—Tranquilízate, Neferura. Te prometí que no me excedería y llevo varios días siguiendo una dieta específica para ganar peso, bajo la severa supervisión de Tiaret. Solo es estrés acumulado —declaró—. Por desgracia, aún no he tenido ningún sueño que arroje más luz sobre nuestro problema.

—¿Y lo lamentas?

—¡Claro que no! Pero…

—¡No hay peros que valgan! —atajó—. Ahora ya tenemos una pista que nos puede conducir a los instigadores. No hace falta que tientes a la suerte cuando aparezcan esos malditos sueños.

Sat-Ire llevaba tiempo preparándose para afrontar aquel desafío y, aunque su apariencia física denotase una extrema delgadez, sentía que su energía interior era tan poderosa como la de un toro. Aun así, prefirió no preocupar más a su amada.

—Te hice una promesa y la cumpliré a rajatabla —le recordó con un guiño—. Creo que mañana tenemos que madrugar, amor. ¿Me das un beso de buenas noches?

Neferura no desaprovechó aquella tentadora petición y dio rienda suelta a su incontenible pasión.