Las hijas del visir 9
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Bajo los vientos del sur

El sol despuntaba por el horizonte. El Nilo, inmóvil hasta entonces, pareció despertar con un suave estremecimiento cuando los primeros rayos de luz acariciaron el agua desprendiendo unos destellos que danzaban como escamas de peces celestiales.

La vida portuaria en Tebas comenzaba a despertar con el murmullo de los mercaderes, los rezos de los sacerdotes y el sordo retumbar del paso de los bueyes arrastrando pesados carros cargados de mercaderías hacia la embarcación que estaba a punto de zarpar.

Unos mozos acompañaron a las sacerdotisas a un camarote situado en el centro de la embarcación.

La estancia era suficientemente grande para que instalaran cuatro lechos bajos sostenidos con trenzas de cuero.

La estructura estaba construida con madera de acacia y sicomoro, y reforzada con paneles de lino tensado que actuaban de aislamiento térmico.

En el resto del camarote reinaba la austeridad.

Una vez instaladas, se desprendieron de los velos que ocultaban parcialmente sus caras y se estiraron encima de las camas. Por fin podían respirar tranquilas.

Sat-Ire corrió para acurrucarse en el regazo de Neferura.

—Te he echado tanto de menos, amor —musitó con ojos pícaros.

—¿Podrías ser un poco más discreta, Shaït? Las demás no tenemos la suerte de viajar tan bien acompañadas —le recriminó Tiaret.

Las muchachas se echaron a reír, liberando la tensión acumulada durante los últimos días.

La presencia de las hijas de Rejmira y la princesa en aquella embarcación que estaba a punto de partir rumbo a Coptos, como primera escala del viaje hacia el país de Punt, era la consecuencia de una larga historia que había comenzado a fraguarse cinco días atrás, con el hallazgo del papiro secreto.

*

A Neferkay no le agradó que Hapuseneb la enviara a llevar unos importantes documentos al archivo del templo de Amón en plena noche.

Sin embargo, había una razón de peso para ello.

Los rollos que portaba la sacerdotisa contenían el acuerdo matrimonial que Tutmosis III y Neferura habían firmado aquel mismo día en presencia de Hatshepsut.

Era preciso trasladarlos cuanto antes a un lugar seguro, y el sumo sacerdote de Amón no le habría confiado aquella misión a nadie que no fuera Neferkay.

El destino quiso que, de camino al archivo, la sacerdotisa tropezara con un papiro en mitad del corredor, un documento que resultaría ser trascendental para el grave asunto que tenían entre manos.

Neferkay llevó de inmediato el escrito, protegido con el sello de Hatshepsut, para que lo examinara Hapuseneb.

Como había sospechado Neferkay, al leer su contenido se reveló que alguien había intentado ocultarlo en los archivos privados del templo de Amón con la intención de incriminar al sumo sacerdote en una presunta conspiración contra Tutmosis III.

Con aquella maniobra, además, se ponía en el punto de mira tanto a Hatshepsut como a la princesa Neferura.

A la mañana siguiente, Hapuseneb y Neferkay acudieron a una audiencia con la reina para ponerla en antecedentes. La casualidad quiso que también estuviera presente Neferura, que había acudido a visitar a Hatshepsut tras ser informada de que la reina había sufrido un achaque nocturno.

Tras leer el escrito, a Hatshepsut se le nubló el semblante.

—Está claro que quien haya creado este documento se está tomando muchas molestias para involucrarme en una conspiración contra Tutmosis.

Lleva el sello del oráculo de Punt y lo han hecho aparecer después de la llegada de la última expedición procedente de ese país.

¡Malditos traidores! —advirtió con serio gesto—.

Lo que no alcanzo a comprender es por qué se arriesgarían a llevar este documento a archivos privados de Karnak. ¿Tienes alguna hipótesis, Hapuseneb?

—En un primer momento, pensé que la intención de los instigadores era introducir el documento en nuestros archivos para que fuera hallado durante una inspección rutinaria por alguno de sus acólitos y presentado como prueba ante Tutmosis.

Sin embargo, al examinar con detenimiento el sello, descubrí que ya había sido desprecintado con anterioridad.

Eso me lleva a pensar que el documento ya ha sido leído por el faraón y que ha sido él mismo quien ha ordenado su traslado al archivo con el propósito de incriminarnos.

Hatshepsut estrujó el papiro con la mano hasta hacerlo una bola.

—Por fortuna, Neferkay estuvo providencial descubriendo el documento. Pero ¿qué hacía el papiro tirado en mitad del pasillo? —quiso saber la reina.

—Creo que debió de caérsele a la persona encargada de llevarlo cuando me escuchó llegar por el corredor —aventuró la sacerdotisa.

—¡Oh, estuviste en peligro, Neferkay! Menos mal que ese desgraciado no te hizo ningún mal —exclamó Hatshepsut, aliviada—.

La prioridad ahora es disipar cualquier malentendido entre el faraón y yo.

Iré a verlo y le dejaré claro que no tenemos nada que ver con esa trama, y menos aún ahora que ya hemos firmado las capitulaciones nupciales entre Tutmosis y Neferura.

La princesa, que había estado escuchando con atención la conversación, no pudo contener por más tiempo la voz de su conciencia y le reveló a la reina:

—Madre, me temo que los que han urdido ese documento no solo pretenden enturbiar vuestras relaciones.

—¿Qué pretendes decir, hija?

Neferura se mordió el labio mientras ordenaba sus pensamientos.

—Hace poco supe que alguien está planeando mi asesinato. Sat-Ire tuvo un sueño premonitorio en el que vio mi muerte.

—¿Qué…? —profirió Hatshepsut, presa de un vahído.

La princesa se apresuró a sujetar a su madre por los brazos y la ayudó a tomar asiento. En cuanto Hatshepsut se recompuso, ordenó que llamaran de inmediato a la intérprete de sueños.

A Sat-Ire no le quedó más remedio que revelar a la reina el contenido de sus sueños premonitorios.

—Hay que encontrar a ese sujeto cuanto antes, Hapuseneb, aunque tengas que revolver cielo y tierra.

—Creemos que ese criminal ha abandonado Tebas —intervino Sat-Ire—. Su modo de actuar coincide con el de un asesino en serie que mató a tres mujeres hace unos meses y que, desde entonces, no ha vuelto a actuar.

El rostro de Hatshepsut se descompuso al escuchar la noticia.

—¿Ese niño malcriado de Tutmosis conspirando contra mí? ¿Qué vamos a hacer, Hapuseneb?

El sumo sacerdote se encontraba en una encrucijada que le impedía ver con claridad qué camino tomar. La respuesta llegó de la mano de Sat-Ire:

—Lo más prudente es no declararle la guerra al faraón, pues no tenemos la certeza de que el documento incriminatorio sea obra suya ni sabemos si el sicario que anda tras Neferura obedece sus órdenes —señaló—.

Tengo la intuición de que eso es precisamente lo que buscan los instigadores: provocar un enfrentamiento de poder entre ambos reyes.

Sin embargo, podemos aprovechar la ocasión para desenmascararlos, ahora que contamos con una pista de la que antes carecíamos.

Sabemos que ese documento fue creado en el oráculo de Punt, y estoy convencida de que allí hallaremos las respuestas que buscamos.

—No me parece un mal plan, Sat-Ire —admitió la reina—.

Dentro de cuatro días, zarpará hacia Coptos un cargamento que Hapuseneb había planeado enviar al país de Punt.

Podríamos enviar también a un buen número de soldados, escribas y policías a que investiguen el origen del documento en el oráculo. ¿Puedes encargarte de ello, Hapuseneb?

—Perdonad mi intromisión, mi reina, pero sería imprudente proceder así —alegó Sat-Ire—. En cuanto los instigadores adviertan que se han movilizado tantos recursos desde el palacio de la reina, se pondrán alerta y, muy probablemente, borrarán cualquier huella que hayan dejado en el oráculo de Punt.

—¿Y qué propones hacer, niña? —la interrogó Hatshepsut.

—Nosotras seremos quienes llevemos a cabo esa investigación —aseveró con una seguridad que les sorprendió—.

Mis hermanas y yo podemos hacernos pasar por unas sacerdotisas de Amón que realizan un retiro temporal a Coptos.

Pasaremos desapercibidas y, una vez estemos en la ciudad, podremos poner rumbo hasta Punt sin levantar sospechas.

—¿Estás segura de querer asumir tanto riesgo? —preguntó la reina.

Neferura no pudo callar por más tiempo y advirtió:

—¡Y yo también iré!

—¡Ni hablar de eso! —replicó Hatshepsut.

—¿Acaso crees que voy a permitir que ellas asuman todo ese riesgo por mí? No sería una digna heredera al trono de Egipto si eludo mis propios problemas, madre.

—Neferura, eres la única familia que me queda, y solo puedo garantizar tu seguridad manteniéndote a mi lado. No me pidas que permita poner en peligro a la única persona que le da sentido a mi vida. ¡Nunca lo aprobaré! —zanjó Hatshepsut.

Hapuseneb decidió intervenir para poner orden en la discusión:

—Mi reina, deja que yo me encargue de organizar el viaje de las muchachas. Puedo asegurarte que el riesgo será mínimo si conseguimos que abandonen Tebas en el más absoluto anonimato.

Las palabras del sumo sacerdote parecieron convencer a Hatshepsut, y al final dio su brazo a torcer.

Hapuseneb planeó en secreto los pormenores del viaje para garantizar la seguridad de sus pupilas y de la princesa.

A través del escriba que planificaba las rutas comerciales hacia Coptos, encargó cuatro pasajes en la embarcación que partiría rumbo a la ciudad, asignados a las sacerdotisas bajo identidades falsas.

Desde Coptos, seguirían la ruta comercial de Uadi Hammamat hasta el puerto de Mersa Gawasis, en la costa del mar Rojo. Las sacerdotisas viajarían integradas en una caravana de mercaderes, y, como era habitual en las rutas comerciales, estarían escoltadas por una dotación de soldados.

Una vez allí, embarcarían en un gran navío para hacer la travesía por el mar Rojo hasta Punt. Si los vientos eran favorables, el viaje duraría poco más de cuarenta días.

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