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Hatshepsut
La sala de trabajo de Senenmut ocupaba una estancia rectangular ubicada en un ala secundaria del palacio real de Hatshepsut.
Los muros del estudio eran altos, estaban encalados y el arquitecto había trazado sobre ellos bocetos a carboncillo, como perfiles de pilonos, rampas ascendentes, jeroglíficos con fórmulas rituales y la silueta escalonada del templo funerario Dyeser-Dyeseru.
Disponía de un amplio ventanal orientado al este para que los rayos del amanecer incidieran directamente sobre la mesa de granito pulido.
Sobre el escritorio, y estratégicamente colocados, había papiros, pigmentos, reglas de madera, hilos tensores y compases de cobre entre otros instrumentos que solía utilizar el arquitecto.
También había un modelo en miniatura del templo, tallado en madera y alabastro, que disponía de piezas móviles que le permitían reproducir cómo se articularían las terrazas y las rampas.
Senenmut estaba obsesionado con la construcción de su obra magna, un templo de millones de años digno de la primera reina-faraón que había reinado en Egipto en toda su historia.
Para asegurarse de que fuera del gusto de su soberana, no escatimaba en recursos y pasaba largas horas en su despacho y en el Valle de los Reyes, velando para que hasta el último detalle del templo fuera perfecto.
Pese a ello, los nervios del arquitecto no dejaban de ir en ascenso.
La reina entró en la sala acompañada de Neferura y Djehuty. Desde que la princesa había sido nombrada esposa del dios, solía acompañar a su madre, asumiendo funciones que, por lo general, le correspondían a la reina consorte, como acudir a actos diplomáticos o ceremoniales.
Asistir a una reunión con el arquitecto real para conocer el avance de las obras del templo funerario de la reina era, de hecho, una de las pocas obligaciones a las que acudía de buen grado.
Neferura sentía una profunda admiración por Senenmut, que había sido su tutor, y con quien mantenía una gran complicidad, a pesar de que desde niña había tenido que escuchar los persistentes rumores que lo señalaban como su verdadero padre.
—Vas a dejarte la vida entre estas cuatro paredes, Senenmut —comentó Hatshepsut al entrar en el despacho del arquitecto.
Senenmut dejó lo que estaba haciendo y saludó a las recién llegadas.
—Mis señoras, las estaba esperando. Acercaos a la mesa y os enseñaré los últimos avances en el diseño del templo.
—¡Ejem! —se escuchó la tenue voz de Djehuty carraspeando detrás de la reina.
—Perdonadme, mi señor, no os había visto, embargado como estaba con la emoción de recibir a tan distinguidas damas. Por favor, acercaos también. Al fin y al cabo, el coste de la obra depende en gran medida de su buen hacer —se disculpó con un deje de ironía.
Hatshepsut se sentó en una alta silla de madera dorada y Neferura se quedó a su lado contemplando la maqueta de la construcción que había sobre la mesa. Djehuty decidió ignorar al arquitecto y se puso a mirar por la ventana.
—¿Cómo van las cosas en la obra? —le preguntó la reina.
—Los trabajos del templo avanzan a buen ritmo y con orden, bajo la protección de Ptah y el favor de los vientos del oeste.
A nivel estructural, la obra está prácticamente concluida, aunque se produjo un retraso en la llegada de algunos materiales procedentes de la cantera de Gebel el-Silsila, debido a que el transporte fluvial se ha ralentizado por falta de remos nuevos.
—No te andes por las ramas y dime cuándo estará acabado mi templo —indicó Hatshepsut con sequedad.
Senenmut palideció y empezó a rebuscar entre los documentos de la mesa hasta dar con un papiro que contenía un plano y varias anotaciones de su puño y letra. Orientó el documento hacia la luz y carraspeó antes de decir:
—Bien… Empezaré por el patio del primer nivel.
La columnata central ya está erigida y pintada.
Los relieves de las primeras campañas militares de Tutmosis III han sido inscritos conforme a sus órdenes.
El jardín ha sido plantado con árboles procedentes del sur, aunque algunas especies traídas del Punt aún no han enraizado.
—El arquitecto hizo una pausa para secarse las gotas de sudor que se deslizaban desde su cabeza rasurada—.
En la segunda terraza, la escalinata ya está pavimentada con piedra caliza, las estatuas osiriacas de su majestad han sido talladas y solo resta colocarlas.
Los relieves de la expedición a Punt están completados en un ochenta por ciento, aunque todavía falta aplicar algunos pigmentos.
Los dos santuarios laterales, dedicados a Anubis y a Hathor, ya han sido cerrados y decorados —enumeró antes de volver a tomar aliento—.
En la terraza del nivel superior se han colocado todas las columnas, y las paredes internas del santuario solar han sido esculpidas con escenas rituales.
Solo falta la cubierta de oro, que llegará desde Menfis, para concluir la estancia donde se depositará la barca de Amón.
Por último, los muros del sanctasanctórum ya están revestidos, aunque aún queda por inscribir el ciclo completo de los Himnos del Despertar del Dios.
—Entonces… —apremió la reina.
—Majestad, el templo ya habla con tu voz esculpida y su sombra se extiende sobre las terrazas como las alas protectoras de Isis. En menos de tres estaciones, Dyeser-Dyeseru estará listo para eternizar tu nombre en Occidente.
Hatshepsut sonrió satisfecha y le hizo un gesto a su hija. Neferura se acercó a Senenmut y le entregó el papiro que llevaba en la mano.
—¿Qué es? —le preguntó el arquitecto con una media sonrisa.
La princesa miró a la reina de reojo antes de contestar. Sabía que aquella orden no le iba a gustar nada a Senenmut.
—Es el diseño que ha realizado Djehuty de las puertas del templo —respondió Neferura.
El arquitecto rompió el sello de Hatshepsut y desenrolló el papiro con manos temblorosas, mientras miraba de soslayo al supervisor de los tesoros de la reina.
El documento se iniciaba de la siguiente manera:
«Año 14 del reinado de Maatkare Hatshepsut, Señora de las Dos Tierras, Amada de Amón. Redactado por la mano fiel de Djehuty, supervisor del tesoro y portador del sello del Alto Egipto. Escrito en la Cámara del Tesoro, ante la imagen de Amón que escucha.
Que se forjen las Puertas del nacimiento Eterno con cobre rojo del Sinaí refinado tres veces por fuego puro, sin escoria y batido bajo la mirada de Ptah-Sokar».
Luego daba instrucciones sobre el diseño:
«Las hojas serán dobles, alzadas sobre bisagras de bronce oscuro, embutidas en marcos de piedra caliza esculpida con la flor de loto en ascenso.
En su centro, se dispondrá un relieve del disco solar de Ra, con el círculo según la medida sagrada del codo de la Casa de la Vida, y será revestido de oro blanco [28] trabajado en frío».
Senenmut no pudo disimular su desencanto, pero se abstuvo de hacer cualquier comentario que pudiera enojar a la reina.
Djehuty era demasiado poderoso y astuto, por no decir que contaba con el favor de Hatshepsut desde que fuera proclamada reina-faraón.
Su ego podía soportar que aquel miserable ser se llevase el mérito de diseñar las puertas del templo funerario.
Al fin y al cabo, Senenmut sería recordado eternamente como artífice del lugar del ascenso celestial de su querida Hatshepsut.
El arquitecto dejó el documento encima de la mesa y se esforzó por esbozar una sonrisa.
—Reproduciré hasta el mínimo detalle el diseño del distinguido Djehuty para que cumplan con su función. Esas puertas no son para los vivos ni para los muertos: son el umbral del renacimiento y solo se abrirán cuando Amón sea invocado por su hija.
La reina respiró aliviada al comprobar que su petición no había suscitado recelos en su leal Senenmut. Contentar a dos de sus más fieles súbditos no era tarea fácil, pero intuía que el arquitecto sabría reconocer, a su manera, el valor del trabajo de Djehuty.
—Ya tengo la información que he venido a buscar. Te dejamos trabajar tranquilo, pues seguro que nuestra visita ha alterado tu rutina de trabajo matinal. Además, hemos quedado con Hapuseneb a mediodía —dijo la reina mientras se levantaba de la silla—. ¿Nos vamos, Neferura?
—Adelántese, madre. Hacía mucho tiempo que no veía a Senenmut y me gustaría quedarme un rato hablando con él.
—No faltes a la comida con Hapuseneb. ¡Recuérdalo! —apuntó con rostro serio.
En cuanto Hatshepsut y Djehuty salieron de la sala, Neferura cogió de las manos a Senenmut y lo guio hacia el diván.
—Trabajas demasiado y me tienes abandonada —le reprochó con cariño—. La verdad es que llevaba unos días queriendo venir a hablar contigo, pero siempre surge algo que echa por tierra mis planes.
Senenmut percibió algo raro en el semblante de Neferura que le encendió una señal de alarma.
—¿Te ocurre algo malo?
La princesa suspiró, sopesando sus palabras. Había ensayado muchas veces aquel discurso, pero, como le solía suceder, llegado el momento se quedaba encallada.
—Verás… Sí y no. ¿Has percibido algún movimiento fuera de lo común en la corte? Me refiero… —añadió al ver que la escudriñaba con la mirada— a si has observado algo sospechoso entre los seguidores de Tutmosis.
—¡Ah! ¿Eso es lo que te preocupa? —respondió aliviado—. Todo lo que hacen los esbirros de tu hermanastro resulta sospechoso, y más en estos tiempos en los que el poder de tu madre no deja de crecer. ¿Por qué estás tan alterada? —preguntó al ver que la princesa fruncía aún más el ceño.
Neferura recordó la advertencia de Sat-Ire y decidió reformular la pregunta que estaba a punto de hacer:
—Creo que la reunión que tenemos con Hapuseneb tiene que ver con un rumor que está corriendo como una tormenta de arena —dijo bajando el tono de voz—. Tengo la sensación de que Tutmosis quiere desposarse conmigo.
Senenmut arqueó las cejas al escuchar la noticia.
—¿Y por ese rumor estás así? Si he de serte sincero, me parece una muy buena noticia que Tutmosis esté interesado en tenerte como esposa. Aliviaría las tensiones con tu madre y te situaría en lo más alto de la escala social. Créeme, es una buena noticia.
—Ya soy la esposa de Amón. No me interesa casarme con él.
El arquitecto tomó las manos de la princesa y le advirtió:
—No es prudente rechazar los deseos del faraón, y dudo que tu madre esté de acuerdo contigo. Piénsalo bien, Neferura, antes de tomar una decisión de la que podrías arrepentirte.
—No pienso ceder, Senenmut. Además, tengo el mismo derecho que él a heredar el trono de Egipto, y mi corazón ya está ocupado.
Nada más decirlo, Neferura supo que se había equivocado.
—¿Todo este revuelo es por esa niña? No seas estúpida y escúchame con atención —señaló con gesto severo—.
Si Tutmosis quiere desposarte, cásate con él y asegúrate de que te nombre gran esposa real.
Nada te impedirá seguir con tu amante. En esta vida, las cosas no son blancas o negras.
El peligro acecha por cada rincón de la corte y a menudo proviene de donde menos lo esperamos. ¿Lo has entendido, Neferura?
La princesa trataba de asimilar lo que le dictaba la razón y lo que le reclamaba el corazón. Aun así, los argumentos de Senenmut eran demasiado contundentes como para ignorarlos. Y, para complicarlo todo aún más, también estaba la premonición de su muerte a manos de un asesino.
La cabeza de Neferura parecía una olla de grillos, pero prefirió no preocupar a Senenmut con más problemas.
—No te preocupes, te haré caso y aceptaré desposarme con Tutmosis si él me lo propone —le informó antes de darle un beso en la mejilla—. Gracias por tu apoyo, Senenmut. ¡No sabes cuánto lo necesito!
El arquitecto sonrió complacido.
—Haces lo correcto, Neferura. Como hija de Hatshepsut cuentas con el favor de los dioses; como gran esposa de Tutmosis ascenderás al estatus de diosa. Con el apoyo de las personas más poderosas de las Dos Tierras nadie se atreverá a hacerte daño, ni este mundo ni en el otro —añadió con orgullo.
Los ojos de Senenmut eran cristalinos, y la princesa pudo percibir en ellos el profundo amor que le profesaba.
Neferura tenía pocas certezas en la vida, pero sabía que podía confiar en su círculo más íntimo: el amor incondicional de Sat- Ire, la fuerza protectora de su madre y la lealtad silenciosa de Senenmut.