6
Un trato entre hermanas
Sat-Ire abrió los ojos, pero solo consiguió distinguir dos borrosas siluetas que parecían moverse frente a ella. Su mente era un caos, incapaz de alinear sus pensamientos. Todo en su cabeza estaba borroso, como distorsionado, y el único sentimiento que la invadía era un profundo desasosiego.
—Parece que ya vuelve en sí.
La voz parecía lejana, apenas un susurro, pero reconoció que pertenecía a Tiaret.
«¿Qué me está pasando? ¿Estoy soñando?», pensó.
—¿Se puede saber qué estáis haciendo las dos en un burdel? —escuchó decir a Neferkay, pero con una voz más cercana.
Entonces recordó que había entrado en el burdel Perkheset Nefert, y eso la hizo reaccionar. Sat-Ire logró incorporarse un poco y miró a Tiaret con gesto contrariado.
—¿Qué hace ella aquí? ¿La has llamado tú? —preguntó, incapaz de comprender la presencia de su hermana mayor en un lugar tan poco digno como aquel.
Tiaret soltó una carcajada.
—Aún estoy colocada y no sé ni dónde estoy. ¿Cómo me preguntas eso? —señaló, volviéndose hacia Neferkay—. Por cierto, ¿cómo nos has encontrado? ¿Las sacerdotisas de Amón también frecuentan prostíbulos? ¡Qué fuerte! —añadió, soltando una risita.
Neferkay la increpó con la mirada.
—Las noticias vuelan rápido por la ciudad, sobre todo si involucran a las hijas de Rejmira y a un burdel. Y si lo he sabido yo, ¿no creéis que pronto lo sabrá él?
Tiaret se puso en pie mientras se pellizcaba las mejillas, intentando espabilarse.
—Tienes razón. Será mejor que me vaya ahora mismo al Per Ankh a cumplir con mis obligaciones médicas.
Neferkay la sujetó por el brazo.
—Será mejor que salgamos de aquí las tres juntas… Tenemos que hablar.
La seriedad del semblante de la hermana mayor abortó cualquier atisbo de discusión. Desde niñas compartían un pacto tácito: en el momento en que una de ellas reclamara la presencia de las otras, acudirían sin hacer preguntas.
Salieron del burdel y se dirigieron hacia el templo de Amón. Rejmira nunca iría a buscarlas allí, ya que evitaba en lo posible a Hapuseneb. Neferkay conocía un lugar donde poder hablar sin interferencias de ningún tipo.
En cuanto llegaron a Karnak, dejaron atrás el asfixiante calor y sintieron cómo se les aligeraba un peso en el alma. Aquel lugar era su hogar, en un sentido literal. No en vano, las hermanas habían pasado allí gran parte de su infancia.
El sumo sacerdote de Amón las quería como si fuesen sus hijas, aun sabiendo que Rejmira las había colocado en su templo con la intención de utilizarlas en su propio beneficio llegado el momento.
Sin embargo, para él, la llegada de las niñas había sido una bendición, tanto por el talento que habían demostrado como por la nobleza de su carácter.
Además, bajo su amparo, gozaban de una libertad absoluta, tanto de pensamiento como de obra.
El lugar que escogió Neferkay para reunirse con sus hermanas fue el jardín de Sekhmet [24] , un pequeño recinto oculto al norte del templo principal, entre el santuario de Ptah [25] y el lago sagrado.
Altos muros rodeaban un espacio rectangular abierto al cielo, y en su centro, se alzaba la estatua de la diosa sentada, con la cabeza de leona erguida, sosteniendo el Anj [26] y el cetro uas [27] .
En su interior se extendía un jardín de papiros y flores de loto, atravesado por una acequia que traía el agua directamente desde el lago sagrado.
Las hermanas se sentaron en un banco de granito de forma semicircular y permanecieron en silencio durante un buen rato.
Aquel lugar era perfecto para el recogimiento: el suave tintineo del agua al correr por la acequia y el aroma de las hojas secas que emanaba de la tierra invitaban a la calma.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuvieron juntas que se les hacía extraño estar reunidas de nuevo.
—Tengo la extraña sensación de que nuestro encuentro de hoy no ha sido casual —dijo Neferkay rompiendo el hielo—. Cuando os he visto esta mañana, me ha dado un vuelco el corazón. ¿Qué os está pasando? Jamás os había visto así de decaídas.
Por un momento, Neferkay se sintió responsable del deplorable estado que mostraban sus hermanas. Ella era la mayor y las había abandonado por un impulso egoísta.
—Yo estoy bien, solo algo mareada por el alcohol y la falta de sueño —mintió Tiaret.
Neferkay miró a su hermana menor y le preguntó:
—¿Y qué me dices de ti, Shaït? Has perdido mucho peso y estás demacrada. Me recuerda a cuando… —En ese instante, la sacerdotisa tuvo un pálpito—. ¿No me digas que han vuelto los sueños premonitorios?
Sat-Ire no pudo negar la evidencia.
—No os voy a engañar. ¡Siento que estoy a punto de colapsar y fui a buscar a Tiaret porque necesitaba su ayuda! —exclamó con lágrimas en los ojos—. La persona a la que más amo en este mundo está en grave peligro y no sé qué hacer.
—¡Cuéntanos lo que te pasa, Shaït! Tus hermanas están aquí —dijo Neferkay mientras la abrazaba.
La historia que les relató Sat-Ire las dejó abrumadas.
Neferura siempre había sido una persona dispuesta a ayudar; toda bondad y entrega.
El único pecado del que se la podía acusar era el de haber nacido mujer en un mundo dominado por los hombres, y la idea de que su destino era morir brutalmente asesinada les revolvió el estómago.
Tenían que ayudar a Sat-Ire a salvar a Neferura de aquel destino cruel.
—¿Y a ti qué te pasa, Tiaret? Te has quedado pálida —se interesó Sat-Ire al ver su rostro desencajado.
—¿Es cierto que en tus sueños has visto morir así a Neferura? —preguntó con voz trémula.
—¿Por qué lo preguntas? —replicaron al unísono sus hermanas.
La sanadora intentó poner en orden su mente abotargada y comenzó a relatar:
—Hará unos seis o siete meses, se produjeron una serie de asesinatos en la ciudad cuya forma de actuar se asemeja mucho a la descripción que has hecho en tus sueños.
Las víctimas eran mujeres que no llegaban a la veintena, y murieron desangradas a causa de profundas heridas en el vientre, infligidas por un arma muy afilada.
»La primera víctima murió por las graves lesiones, que le perforaron el útero y grandes arterias.
Llegó ya cadáver al Per Ankh. A la segunda, le asestó unas puñaladas similares, pero con una mayor precisión, por lo que le redujo los daños internos y prolongó la agonía, resultando en una muerte lenta y dolorosa.
Y la tercera víctima fue apuñalada con una precisión casi quirúrgica: se desangró lentamente y murió poco después de llegar al Per Ankh.
Esta alcanzó a describirme vagamente al asesino, y su apariencia coincidía con la del individuo que apareció en tus sueños —concluyó.
—¡Es horrible! Parece ser que ese engendro ha ido depurando su técnica con cada víctima. ¿Habrá estado practicando el asesinato de Neferura? —vaticinó Neferkay, torciendo el gesto.
—¿Y no ha vuelto a actuar recientemente? —inquirió Sat-Ire.
Tiaret se pensó la respuesta unos instantes.
—Al parecer, ese monstruo abandonó Tebas tras el último asesinato. No ha habido más muertes similares en estos últimos meses.
—¿Cómo es que no han trascendido esos asesinatos? —preguntó Neferkay.
—La mayoría de las víctimas eran prostitutas y no tenían familias que reclamasen sus cuerpos.
Esa es la triste realidad en la que viven miles de personas en esta ciudad.
Mientras los nobles vivimos en el lujo y la abundancia, basta con darse una vuelta por los suburbios de Tebas para contemplar las penurias que sufre el pueblo.
Yo veo esa miseria a diario en el Per Ankh.
¡Este mundo es una mierda! —exclamó con rabia Tiaret—.
¿Ahora entendéis por qué intento evadirme de la miseria que nos rodea?
Sat-Ire se quedó pensativa mientras se rascaba la nariz.
—A ti te pasa algo más, Tiaret. ¿Cuál es la causa de tu aflicción?
Tiaret sopesó sus palabras antes de contestar:
—En aquel entonces, yo tonteaba con un joven medjay .
Nada serio —mintió—. Lo conocí cuando llegó la primera víctima al Per Ankh; él era uno de los policías que la llevaron.
Era muy guapo, y desde el primer momento me sentí poderosamente atraída por él.
Tras aquel encuentro, empezamos a cruzarnos a menudo por la ciudad, hasta que un día me invitó a una fiesta en el burdel de Perkheset Nefert.
Aquella noche me transportó a un paraíso de placer que no había experimentado con ningún otro hombre.
La mezcla de alcohol y opio y su deliciosa forma de hacerme el amor lograron apartar de mi mente incluso de los horribles asesinatos.
Gracias a él, pude sobrellevar el estrés y el miedo que sentía al caminar sola por las calles de regreso a casa y…
—En ese momento, fue consciente de que acababa de abrir en canal su corazón ante sus hermanas—.
Y ya está —finalizó, ruborizada hasta las orejas.
—Así que nada serio, ¿verdad? —bromeó Neferkay con una sonrisa.
—¿Y qué pasó con ese galán? —preguntó Sat-Ire.
Tiaret no pudo contener las lágrimas.
—¿Te dejó? —aventuró Neferkay—. ¿Cómo se llama ese desgraciado? Puedo investigar en los registros de la policía para encontrar su paradero y darle un escarmiento.
—¿Crees que no lo hice? Me dio un nombre falso y desapareció de Tebas —declaró Tiaret, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.
A Sat-Ire se le encogió el alma al descubrir las vicisitudes por las que había tenido que pasar Tiaret.
Sin embargo, gracias a aquella revelación, por primera vez podía situar en un contexto real lo que había visto en sus sueños.
Y lo más importante: tenía un hilo del que tirar, una posible vía que quizá la condujera hasta el asesino.
En estos pensamientos se encontraba cuando Neferkay comentó:
—Yo también tengo algo que anunciar. —Su gesto no presagiaba buenas noticias—. Padre quiere casarme con un alto funcionario que es dieciséis años mayor que yo. Pero eso no es todo. Estoy enamorada de otro hombre.
Aquella noticia sorprendió a Tiaret mientras se secaba las lágrimas.
—¿¡Enamorada!? ¿¡Tú!? —exclamó.
Neferkay les explicó que había conocido al joven juez Meriamon un mes atrás, cuando este acudió al templo de Karnak para instruir un posible caso de corrupción tras detectar irregularidades en la contabilidad de las últimas mercancías que habían llegado desde las tierras de Punt.
Durante todo el proceso de instrucción, se mostró muy afectuoso y terminó eximiendo a cualquier persona vinculada con el templo de los posibles sobornos que estaba investigando.
—Por desgracia —prosiguió—, no es un amor correspondido. Nuestros encuentros siempre han sido casuales, apenas unas miradas y unas pocas palabras.
—Pero ¿le has preguntado qué siente él? —le espetó Tiaret.
—¿Cómo voy a hacerlo? ¡Qué vergüenza! —respondió, ruborizándose—. Además, es juez en Menfis y tan solo viene a Tebas por temporadas, para visitar a su madre. Lo conocí porque Hapuseneb supo que estaba en la ciudad y le pidió el favor de que investigara ese posible caso de corrupción.
—¿Y qué fue lo que te enamoró de él? —indagó Tiaret mientras la miraba con ojos pícaros.
—La cosa más simple —dijo, perdiendo la mirada—.
Meriamon vino al templo a revisar los registros de incienso procedentes de la partida de Punt y me buscó para advertirme de un error en una transcripción que yo misma había hecho en el documento de entrega.
Mis dedos temblaron nada más tocar el papiro, y mi piel se estremeció cuando susurró: «Quien escribió este registro no escuchó lo que decía su pluma.
¿Quizá estaba distraída?». Ese fue nuestro primer momento juntos.
No fue el deseo ni la cortesía lo que me conmovió, sino el respeto con el que me habló.
¿Podéis creer lo estúpida que soy? —añadió al darse cuenta de que ambas la observaban en silencio.
—Padre no puede obligarte a casarte con un hombre al que no amas —declaró Tiaret—. Otra cosa será que te de su bendición para que lo hagas con ese tal Meriamon. En el peor de los casos, eres sacerdotisa de Amón y no tienes la obligación de casarte. Siempre podríais vivir como amantes.
Sat-Ire percibió que aquel no era el verdadero problema de Neferkay.
—Padre no vino a verte solo para eso, ¿verdad?
—Así es. Quería que espiara a Hapuseneb.
—La ambición de ese hombre no tiene fin —explotó Tiaret—.
Hiciste bien en largarte de casa; yo haré pronto lo mismo.
Creo que padre también tiene planes matrimoniales conmigo; se lo escuché decir a madre una noche, en el patio de casa.
¡Antes de casarme por obligación, me arrojo a la próxima crecida del Nilo!
Rejmira había comenzado a mover sus hilos a través de sus hijas, y cuando tenía un objetivo en mente, era implacable.
—Estamos en problemas, hermanas —advirtió Sat-Ire—.
No creo que padre esté involucrado en la planificación del asesinato de Neferura, pero está claro que Tutmosis saldría muy beneficiado con la muerte de la princesa, y eso también le favorecería para proyectarse como su futuro chaty .
La única forma de escapar de esta tela de araña que se está tejiendo a nuestro alrededor es trabajar juntas.
Ahora sí puedes afirmar que este encuentro no ha sido casual, Neferkay. ¡Os he echado tanto de menos!
Mientras las tres hermanas se abrazaban, fueron conscientes de que el lazo que las había mantenido unidas desde niñas se había restaurado.
Lo iban a necesitar, pues en aquel preciso instante estaban a punto de emprender un peligroso camino, sin vuelta atrás.