5
Neferkay
Entrar en el sanctasanctórum del templo de Amón en Karnak era atravesar un umbral entre lo terrenal y lo divino.
La penumbra dominaba el espacio, quebrada tan solo por los haces de luz que se colaban entre las ranuras superiores de piedra.
Contemplar aquella maravillosa sala hipóstila, donde ciento treinta y cuatro monumentales columnas se alzaban como papiros de granito negro para sostener el techo, era un privilegio reservado a unos pocos: solo quienes gozaban de libre acceso en aquel recinto sagrado podían recibir semejante don.
Mientras deambulaba por aquella estancia a primera hora de la mañana, Neferkay no podía evitar dejarse embriagar por el efecto magnético, casi mágico, que le producía contemplar las doce columnas de casi veintiún metros de altura que se elevaban en la nave central.
Al alzar la vista, se recreó en los capiteles con formas de papiros abiertos y cerrados, símbolos del Alto y Bajo Egipto.
Sin embargo, aquella grandeza palidecía ante la belleza de los relieves policromados que adornaban las columnas y muros.
Incluso en la penumbra, las pinturas despertaban los tonos rojos, verdes y dorados que reflejan la luz como el Nilo al amanecer, acariciados por los primeros rayos de sol.
La sacerdotisa llevaba un vestido de lino blanco, una peluca ritual y una jarra con agua recién cogida del Nilo.
—¿Ya estás aquí, Neferkay? Puntual como de costumbre —retumbó la voz de Hapuseneb.
El sumo sacerdote, vestido con una túnica también de lino blanco, llevaba un pectoral de oro con el disco solar. Se acercó a Neferkay y la miró paternalmente.
La hija mayor de Rejmira había revelado su vocación sacerdotal siendo aún una niña, impulsada por la terrible enfermedad que consumía a Sat-Ire.
Hapuseneb no tardó en descubrir el don que tenía aquella muchacha esbelta, de profunda mirada y apariencia fría, para memorizar los versos que acompañaban a los rituales del templo.
Con el tiempo, ella también se ganó su afecto gracias a su templanza y actitud serena.
—Nunca he faltado a mi cita con el despertar del dios ni osaría llegar tarde al ritual. ¿Vamos? Se nos está yendo el tiempo.
La sacerdotisa siempre actuaba así de seca cuando ejercía su profesión, pero en la intimidad era una persona afable, sobre todo con Hapuseneb, al que respetaba más que a su padre.
Recorrieron los pocos metros que los separaban del lugar sagrado en el que realizarían el ritual, muy cerca del sanctasanctórum del templo.
Entraron en una sala estrecha y larga, construida en piedra lisa y cuyos muros estaban ornamentados con bajorrelieves que narraban ofrendas de los faraones del pasado.
En aquella estancia no había ventanas, la luz entraba a través de una pequeña abertura cenital que estaba alineada para que los rayos de sol tocaran la imagen del dios en un momento preciso del día.
El techo de la sala estaba pintado de azul oscuro con estrellas doradas, evocando el cielo nocturno del que surge el dios cada amanecer.
Y en el extremo opuesto a la entrada había un pequeño pedestal de granito sobre el que se ubicaba la estatua de Amón-Ra, cubierta con un velo de lino que se colocaba al final de cada día.
Neferkay quemó mirra en un pebetero y entró descalza en la sala. Hapuseneb la siguió por el pasillo y se detuvieron delante de la imagen velada del dios. El sumo sacerdote sacó el anillo de apertura y una pluma de avestruz, como símbolo de la pureza de la palabra ritual.
Ambos se inclinaron tres veces ante la estatua de Amón-Ra y, acto seguido, Neferkay roció con agua del Nilo el altar mientras Hapuseneb recitaba:
—Que este lugar sea tan puro como el lago del loto. Que el dios despierte en paz.
La sacerdotisa depositó en un brasero incienso blanco, mirra y resina negra, que situó a los pies de la estatua, y esperó a que el sumo sacerdote los quemara. Después, ambos recitaron:
—¡Respira, oh, Amón, el aliento de tu pueblo! Despierta con el perfume de tu casa.
En ese momento, llegó el punto clave del ritual: esperar a que emergiera el primer rayo de sol por el óculo superior.
Hapuseneb alzó la pluma de Maat y la orientó hacia la frente de la deidad. Entonces, Neferkay entonó el canto:
—Ra se eleva desde el horizonte de oriente y el cielo tiembla de gozo. ¡Despierta, amado de la creación! Tu barca esta lista.
Neferkay retiró el velo blanco del rostro de Amón-Ra, con las manos ungidas en aceites esenciales, mientras Hapuseneb recitaba:
—Contempla el mundo que has creado.
Un haz de luz tocó en ese instante la frente de la estatua. El sumo sacerdote lo interpretó como la aceptación del dios y proclamó:
—¡Maat ha sido restaurada! ¡Egipto vivirá otro día de prosperidad!
Neferkay realizó la primera ofrenda de la jornada y dejó una bandeja con pan, cebada y un pequeño cuenco con vino a los pies del dios. Hapuseneb le ofreció una flor de loto blanca que dejó sobre el altar.
Ambos se inclinaron una última vez y se retiraron hasta el anochecer, momento en que la estatua volvería a ser bañada, ungida y cubierta por un velo.
Después del ritual, Hapuseneb y Neferkay se fueron a almorzar a la ciudad.
Durante el trayecto, la sacerdotisa se mostró mucho más recatada que de costumbre, y eso alimentó la curiosidad de su acompañante, aunque decidió no asaltarla a preguntas confiando en que el vino de la taberna le soltaría la lengua.
Junto al mercado del sur había un local modesto pero muy limpio, al que los funcionarios del templo conocían como «la casa del vino claro». La taberna estaba situada en una calle de sombra estrecha, flanqueada por talleres de papiro, vendedores de amuletos y perfumerías.
Los muros encalados daban acceso a un patio donde se había instalado una pérgola de cañas para proteger a los comensales del sol. La miscelánea de olores a comino, nuez moscada y pan recién horneado abría el apetito a quiénes atravesaban sus puertas.
Se sentaron en una mesa de madera, bajo la sombra que les proporcionaba el toldo.
La mesera les sirvió un estofado de lentejas con dátiles y carne de ganso, y les dejó una jarra de vino ligero del oasis de Dakhla.
Hapuseneb pidió una ración de pan de centeno tibio con semillas, higos y uvas, para acompañar el guiso, y tras servirle la segunda copa de vino a Neferkay, le preguntó:
—¿Va todo bien?
La sacerdotisa se mordió el labio delatando su preocupación.
—A veces los sueños son ilusiones que no deben alimentar el alma, porque los sueños, sueños son.
—Hapuseneb se quedó en silencio. Sabía que aquellas palabras no formaban parte de ningún ritual, pero escondían un significado trascendental—.
Creo que he cometido un error. No en los textos ni en el canto o la danza.
Mi error radica en unos sentimientos que me impiden realizar las ofrendas a Amón cada mañana, porque no se puede purificar un corazón que desea lo prohibido —manifestó sonrojada.
Hapuseneb alzó una ceja, en parte desconcertado, mientras sopesaba hacia dónde dirigir sus palabras.
—¿Quién es él?
Neferkay escondió la mirada en el guiso.
—Se llama Meriamon. ¿Lo conoces?
Hijo de una familia noble tebana, caída en desgracia y vinculada a la administración militar, Meriamon era un prestigioso juez de Menfis.
De niño, había sido enviado a la Ciudad Blanca, donde estudió leyes en el Per Ankh y se ganó por méritos propios el puesto de magistrado.
Era tres años mayor que Neferkay, y no era un mal pretendiente como esposo para la hija del gobernador.
—¿Y cuál es el problema? Es un juez sabio que interpreta la regla de Maat con la máxima diligencia.
Nunca ha olvidado sus orígenes y suele visitar regularmente a su madre, pues su gran anhelo es ejercer su profesión en la capital, cerca de los suyos.
Además es un erudito de los textos antiguos, por lo que viene a verme a menudo para consultar la extensa colección de escritos que guardamos en nuestra biblioteca.
Es un gran muchacho, Neferkay, y seguro que es del agrado de tu orgulloso padre.
—Algo no iba bien. Los ojos de la sacerdotisa se cubrieron de lágrimas—. ¿Qué te pasa, pequeña?
—¡Que mi padre nunca aceptará que me case con él!
—Él tiene su propio candidato, ¿verdad? —adivinó el sumo sacerdote—. ¿Puedo saber quién es?
Neferkay recordó la reunión que había mantenido recientemente con su padre y le reveló solo el nombre del hombre que había escogido para casarse con ella. Sin embargo, obvió la petición de espiarlo, pues la descartó de inmediato.
—¿Conoces a Hekhem? —El rostro de Hapuseneb palideció—. ¿Crees que merezco a alguien así? Ese hombre es perverso, alguien que solo se ama a sí mismo y que no me ve más que como un objeto con el que acrecentar su prestigio personal.
Hapuseneb conocía muy bien a aquel individuo.
Hekhem pertenecía a una familia influyente de Heliópolis y ostentaba el cargo de supervisor del clero y de los registros militares del templo de Montu [23] en Armant.
Era un alto funcionario que tenía largos tentáculos que lo relacionaban con el clero y con los oficiales de la guarnición de Tebas.
Sin duda, casar a su hija mayor con un ser tan influyente, que se movía como pez en el agua entre el poder religioso y militar, establecía una alianza estratégica muy alineada con las ambiciones de Rejmira.
—No es una mala opción, Neferkay —dijo con prudencia—.
Tampoco veo el drama. Si no te gusta ese hombre, solo tienes que declinar la oferta de tu padre aludiendo que te quieres enfocar en tu devoción como sacerdotisa de Amón.
Incluso podrías casarte con el dios y así estarías exenta de tus deberes matrimoniales.
La sacerdotisa lo atravesó con la mirada.
—¿Qué pasa con Meriamon entonces? ¿He de renunciar al amor para escapar de un pretendiente no deseado?
Aquella reacción no era propia de Neferkay y despertó un sexto sentido en Hapuseneb.
—No te reconozco. Eres una persona sensata, poco dada a dejarte llevar por los sentimientos, y mucho menos a anteponerlos a lo que más valoras en la vida: tu devoción por Amón.
—Neferkay bajó la mirada avergonzada—. Entiendo tu preocupación acerca del pretendiente que quiere imponerte tu padre y también tus sentimientos por ese otro hombre.
Sin embargo, no debes tomar decisiones cuando el corazón está gobernado por la efervescencia del amor, pues no suele ser buen consejero.
Medita con calma la situación, por en orden tus sentimientos y busca consejo en tus hermanas.
—La sacerdotisa lo miró contrariada, pero Hapuseneb hizo caso omiso y declaró—: Tiaret tiene la mente analítica y racional de las sanadoras.
Y Sat-Ire tiene esa aura sensorial capaz de ver más allá de lo que los ojos pueden detectar; no en vano, es la mejor intérprete de sueños de las Dos Tierras.
Hazme caso y deja enfriar las brasas del amor antes de tomar una decisión.
Aquellas palabras fueron balsámicas para ella y removieron un sentimiento que había permanecido olvidado en su corazón. Hacía mucho tiempo que había perdido la conexión con sus hermanas y fue consciente de lo mucho que las echaba de menos.
—¿Tienes algo más que contarme, Neferkay?
Aquella pregunta la pilló a contrapié. Lógicamente, la sacerdotisa omitió referirle la desleal petición que le había hecho su padre de ser su espía en Karnak.
—¿Te parece poco el chisme? —comentó sin alzar la mirada.
Hapuseneb amagó una sonrisa al ver cómo volvía a sonrojarse su discípula.
—Entonces, creo que iré a ver a la reina. La lista de tareas en palacio es interminable, y ya voy tarde —expresó mientras se levantaba de la mesa—. Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, ¿verdad? —Ella asintió—. Mi querida Neferkay, nos vemos al anochecer.
La sacerdotisa no dejó de sonreír mientras observaba cómo se alejaba el sumo sacerdote por la calle. Se sentía muy afortunada de contar con el apoyo incondicional de Hapuseneb, alguien capaz de descubrir una brizna de luz donde ella solo veía oscuridad.