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Rejmira
Ubicada en el ala sur del palacio real de Tebas, la Sala del Loto Azul era uno de los espacios más preciados de Tutmosis III.
No había sido diseñada para la pompa palaciega; más bien, se trataba de una estancia sobria a la que solía acudir cada mañana el faraón para meditar y tomar decisiones trascendentales.
Hacía allí se dirigía Rejmira, con paso decidido, sin prisas y con la mente perdida en sus pensamientos.
De estatura media y cercano a los cuarenta años, tenía el rostro alargado y un semblante severo y simétrico.
Llevaba siempre una barba corta y bien cuidada, con la punta ligeramente teñida de negro.
Sus ojos, de un ámbar oscuro, observaban con la astucia de un escriba curtido en mil batallas de la corte.
El gobernador de Tebas se plantó delante de la puerta de la Sala del Loto Azul, custodiada por dos estatuas de obsidiana de Horus, y se alisó los puños de la túnica, bordados con hilo de oro, antes de hacerle una señal a los guardias reales para que abrieran la puerta.
—¡Mira quién está aquí! —exclamó Useramon al ver entrar a su sobrino a la sala—. Nos tienes con el alma en vilo con tanto secretismo, y eso no es propio de ti.
Rejmira alzó la vista y contempló la solemnidad que desprendían aquellos altos techos sostenidos por ocho columnas de piedra arenisca.
En las bases de cada columna florecían lotos tallados y pintados con pigmento azul.
El suelo era de alabastro pulido y estaba cubierto por alfombras de lino tejidas en Menfis con motivos geométricos y bordes dorados.
Al fondo, sobre una plataforma de madera de cedro importado del Líbano, se alzaba un trono.
Sentado en él, Tutmosis contemplaba la escena con una media sonrisa dibujada en la cara.
Al ver que el faraón lo estaba mirando, Rejmira hizo una reverencia y se acercó lentamente acompañado por el visir.
—Señor de las Dos Tierras, que tu Ka viva eternamente, Horus dorado. Tu siervo trae palabras desde el templo si su grandeza desea escucharlas —dijo protocolariamente mientras se postraba a sus pies.
—Te he dicho mil veces que en privado sobran estas formalidades, Rejmira, y más con el calor que hace —señaló Tutmosis con tono afectuoso—. ¿Te apetece una copa de vino?
El gobernador se incorporó y esbozó una tímida sonrisa. Sabía que contaba con la plena confianza del faraón, pero el carácter recto que le había inculcado su padre, junto con la admiración que profesaba a su tío, le impedían tomarse cualquier licencia en presencia del rey.
—Prefiero un poco de agua, mi señor. He salido de casa sin almorzar y no desearía enturbiar mi limitado juicio con tan delicioso elixir.
Tutmosis hizo caso omiso y se acercó hacia la mesa de alabastro que había en un lateral de la sala. Tomó una jarra de cerámica vidriada y escanció su contenido en sendas copas.
—No declinarás tomar aunque solo sea un sorbo de un vino de la décima añada del viticultor Khay, ¿verdad?
El faraón era amante de los buenos vinos, y el que les ofrecía a sus fieles servidores era uno de la Casa del Alto Jardín, producido en el valle del Nilo medio, un caldo equilibrado y con dulce buqué.
—Ya sabe lo prudente y diligente que es mi sobrino en sus funciones, su excelencia, pero seguro que estará encantado de degustar un vino tan selecto —alegó Useramon mientras le hacía un guiño a Rejmira.
El gobernador se aprestó a tomar la copa, pero esperó a que Tutmosis tomará el primer trago antes de mojarse los labios con aquel delicioso vino.
—Exquisito, mi amado Horus —señaló Rejmira al percatarse de que Tutmosis lo observaba con impaciencia.
—¡Bien! Ahora ya puedes desvelarnos la noticia que te ha mantenido la noche en vela. El visir y yo estamos muy intrigados.
Rejmira dejó la copa sobre la mesa y se mesó la perilla, meditando cómo iniciar la conversación.
—He investigado un rumor que se ha propagado como una plaga entre los nobles de la ciudad y me temo que he hallado indicios de que está perfectamente fundamentado. El problema es que tiene que ver con Hatshepsut —dijo con cautela.
—¿Otra sibilina conspiración de mi amada reina contra mi persona? ¡Estoy harto de las conjuras que se le atribuyen! —advirtió Tutmosis malhumorado.
—Calmaos, mi rey. Estoy convencido de que Rejmira dispone de argumentos sólidos para sustentar dicha acusación —intervino Useramon, lanzando a su sobrino una mirada escrutadora.
—Así es, su divinidad. Mi lengua es polvo ante su majestad, y la voz de su siervo le habla con temor reverente pero con la verdad de Maat —aseveró Rejmira sin variar ni un ápice su gesto—.
Como usted sabe, recientemente regresó una expedición procedente de Punt cargada con grandes riquezas que se dirigieron directamente al palacio de Hatshepsut.
Dicen que de Punt no solo trajeron mirra, incienso, marfil y ébano.
Afirman que también enviaron palabras escritas con fuego y que esas palabras nombraban a una joven de ojos de loto como la única señora de las Dos Tierras.
Sabe lo que eso significa, ¿verdad, su excelencia?
Tutmosis miró con incredulidad al gobernador.
—¿Y las reveladoras pruebas?
El tranquilo rostro de Rejmira contrastaba con el sudoroso de Useramon, quien respiró más tranquilo cuando su sobrino extrajo de la bolsa un papiro en el que aparecía el sello [20] roto de Hatshepsut.
—Este escrito lleva el sello del oráculo de Punt, y según he podido averiguar, al interrogar a uno de los oficiales de la expedición, su contenido fue revelado por los dioses durante el plenilunio del solsticio de verano.
«El humo de la mirra ascendió en el momento en que el sol llegaba a su cenit y la Sacerdotisa de las Raíces pronunció unas palabras que nadie oyó ni vio.
Y así apareció el papiro. No escrito, no dictado, solo recibido» .
Esa fue la confesión que le sonsaqué al oficial, y doy fe de que lo que dijo era la verdad.
—¿Y qué dice ese texto? —preguntó Useramon.
Sin inmutarse, el gobernador desplegó el papiro y recitó:
—«Desde el este, donde Mandyet [21] empieza a recorrer las doce provincias, hasta el sur, la voz de Amón proclama: una hija nacerá de la madre coronada bajo el signo de Hathor cuando la luna duplique su rostro.
Su sangre será pura, su sombra, protegida por el halcón, y su lengua proclamará la regla de Maat.
Ella llevará la doble pluma antes de que el dios de la guerra empuñe el cetro.
Donde los lotos florezcan sin río, se sentará en el trono dorado.
Y todos los hombres la seguirán, pues será la portadora de la justicia y la verdad.
La primera dinastía de las reinas de Egipto se iniciará con Neferura».
El faraón no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
—¿De dónde has sacado ese infame documento?
—Lo encontraron en una cámara secreta del templo de Karnak, su excelencia.
Aquella revelación apuntaba como máximo instigador al sumo sacerdote de Amón, Hapuseneb.
—Me niego a creer que Hatshepsut haya ideado un golpe de Estado. ¿Has investigado si ese es su sello?
—No hay dudas, mi señor —respondió Rejmira sin titubear.
Tutmosis tomó el papiro y examinó el sello.
Era el de la reina. Aquel documento podría resultar clave en el caso de que prosperara un posible ascenso al trono de Neferura, pues permitiría presentarla ante los nobles, los ejércitos y el pueblo como la nueva emisaria enviada a gobernar Egipto en nombre de los dioses.
En ese momento, a Tutmosis se le cayó el mundo a los pies. Hatshepsut, la persona que había cuidado de él desde que se convirtiera en faraón y de la que había aprendido tanto, quería imponer en el trono de las Dos Tierras a su hija. No podía creerlo.
Useramon fijó la mirada en el papiro que sostenía el rey y declaró:
—Mi señor, las evidencias son contundentes y apuesto a que tanto Hapuseneb como Senenmut son los encargados de orquestar esta trama, aunque es fácil imaginar quién maneja los hilos.
Se quieren ganar el favor de los nobles para que apoyen la entronización de Neferura, y nada mejor que un mensaje enviado por los mismísimos dioses para inclinar la balanza a su favor.
Tal vez quiera mostrar el documento cuando finalicen las obras del templo de Dyeser-Dyeseru, en el día de su inauguración —vaticinó—.
He de reconocer que es muy buena estratega nuestra reina.
El faraón se resistía a dar crédito a aquel relato. Incluso, de ser cierto, no podía enfrentarse abiertamente a Hatshepsut debido a las poderosas alianzas que la secundaban, sobre todo la del sumo sacerdote de Amón.
—Rejmira, investiga a fondo a Hapuseneb y cerciórate de que realmente existe esa conspiración.
Tu hija mayor es sacerdotisa del templo de Karnak y su mano derecha, ¿verdad?
—El gobernador asintió—. Por favor, dile que sea diligente y cuidadosa buscando información.
No sabemos qué otros cómplices pueden tener y cuán peligrosos pueden ser.
—No se preocupe, su excelencia. Sé el celo que pone mi hija en su trabajo y confío plenamente en su inteligencia.
Si Hapuseneb maquina algo, lo descubriré y le presentaré las pruebas —alegó Rejmira poniendo la mirada en el papiro—.
Por el momento, será mejor que vuelva a colocar este documento en su sitio.
Me aseguraré de restaurar el sello de la reina para no levantar sospechas.
Tutmosis le entregó la prueba del delito y se quedó pensativo.
—Useramon, conciértame una cita con la reina y pon como excusa que me gustaría ver las maravillas que le trajeron de Punt. Asegúrate de que también esté presente Neferura. Tal vez va siendo hora de proponerle matrimonio a la princesa.
—Debo regresar a mis obligaciones, mi amado Horus —dijo Rejmira, a modo de despedida.
—No olvidaré todo lo que estás haciendo por mí y por Egipto, amigo mío. Deseo que mi querido Useramon tarde muchos años en tomar la barca hacia Aaru [22] , pero podrá irse tranquilo, porque su puesto estará cubierto por el mejor reemplazo.
El gobernador, que no era un hombre al que influyeran los halagos, solo tenía en mente encontrar la manera de echar por tierra los maquiavélicos planes de la reina.
—Que mi sombra no perturbe su luz, majestad.
Sin añadir nada más, Rejmira dio media vuelta y salió de la Sala del Loto Azul con la misma presteza y porte con los que había entrado.
El celo con el que servía al hombre más poderoso sobre la faz de la Tierra le impedía ser plenamente consciente de cuán henchido tenía su orgullo tras la revelación del rey.
Gracias a ello, podía poner todos sus sentidos en servirlo con lealtad y rectitud, sin preocuparse por alcanzar su mayor anhelo: aquel que lo desvelaba desde niño cada noche: convertirse en el chaty del faraón.