Las hijas del visir 3
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Tiaret

Los pilonos del complejo de Karnak extendían su sombra hacia la plaza del mercado.

A aquellas horas, la ciudad no dormía: bullía y palpitaba.

Un escriba con túnica clara tomaba notas en su tablilla de madera dando fe de una transacción de pescado.

Una panadera alardeaba sobre las bondades de su pan de cebada golpeteando la corteza con la palma de la mano mientras en otro puesto se intercambiaban telas de lino por aceite y miel.

Los tenderetes blancos de lino temblaban bajo la brisa del Nilo.

El ambiente estaba perfumado con una mezcla de cominos y aceites esenciales, mientras los niños correteaban gritando entre los puestos de dátiles y dulces.

Sat-Ire serpenteaba entre las tiendas, sudorosa, cerca del templo de Amón. Una mujer con una cinta azul en el cabello le ofreció una loción milagrosa a base de jengibre y miel embotellada en un bote de alabastro.

—Bébete esta pócima y atraerás a un buen marido, niña —voceó, mostrando su sonrisa.

La muchacha declinó su oferta con amabilidad y se dirigió hacia el lugar donde un viejo tocaba un sejem [14] bajo la sombra de una acacia. Allí había un grupo de niñas que bailaban risueñas, descalzas y polvorientas, al son del arpa.

Una de ellas corrió hacia Sat-Ire, loca de alegría, en cuanto la vio.

—¡Hola, Shaït! ¿Tienes dulces? —gritó al tiempo que se tiraba a sus brazos.

—Te estaba buscando, Nubet. ¿Has visto a mi hermana Tiaret?

La niña, hija menor del mayordomo de su casa, era la debilidad de Sat-Ire debido a que cuidaba de ella desde que la madre de la pequeña murió durante el parto.

Nubet extendió la palma de la mano y sonrió.

—¿Me das un dulce primero? —Sat-Ire sacó del bolso una pequeña bola envuelta en una hoja de papiro, que la niña rápidamente cogió con su diminuta mano—. ¡Miel del templo de Hathor [15] ! ¡Qué rica!

Sat-Ire se quedó mirando cómo desenvolvía el dulce y se lo metía todo en la boca.

—Y ahora, ¿vas a responder? —La niña asintió mientras masticaba la golosina—. Has visto a Tiaret, ¿verdad?

La chiquilla señaló hacia una de las calles que conducían al Nilo.

—La vi irse por allí ayer, al atardecer, y se metió en una de las lujosas casas. Seguro que sigue allí, pues esta mañana no estaba en la casa cuando me levanté. —Sat-Ire chasqueó la lengua y se rascó la nariz—. ¿Qué pasa, Shaït? ¿Estás enfadada conmigo?

—No, preciosa. Pero conozco a alguien que va a lamentar verme esta mañana.

Sat-Ire corrió calle abajo hasta plantarse ante la puerta del burdel más lujoso de toda Tebas, ubicado en uno de los barrios orientales de la ciudad.

El local se ocultaba detrás de una discreta fachada de piedra clara y unas puertas de madera con incrustaciones de marfil.

Perkheset Nefert [16] era como lo llamaban, y en su interior se reunía la flor y nata de la ciudad.

Tiaret era un alma libre que disfrutaba de los placeres de la vida como si no hubiese un mañana.

A Sat-Ire no le molestaba aquella conducta, pero sí que faltase a sus deberes como médica en el Per Ankh del templo de Amón.

Su hermana mediana llevaba demasiado tiempo dedicándose más a los placeres mundanos que a preparar ungüentos y recitar fórmulas mágicas para tratar a sus pacientes.

Uno de los camareros del local se apartó al verla entrar. Tras atravesar el atrio central, en el que había una piscina rectangular repleta de pétalos de flor de loto y aceites perfumados, Sat-Ire entró en las salas privadas del burdel.

Las esteras del pasillo estaban perfumadas, y el olor de la mirra se mezclaba con el del vino y las risotadas de las mujeres.

Descorrió la cortina de la primera habitación y halló a dos hombres en pleno acto sexual que ni siquiera se inmutaron al verla aparecer.

Entonces miró al frente, donde se encontraba la sala del Espejo Negro, una habitación reservada en exclusiva para los amantes más lascivos.

Se dirigió con determinación hacia la sala, pero le cerró el paso una bella dama irrumpiendo desde una de las estancias privadas.

—¿Dónde vas con tanta prisa, Shaït? —inquirió mientras la devoraba con sus enigmáticos ojos verdes.

Bastet era la propietaria de la casa y la cortesana más famosa del burdel. Una mujer de armas tomar a la que era mejor no tener como enemiga, dados los amplios y poderosos contactos que tenía en la corte del faraón.

—He venido a buscar a Tiaret y no tengo tiempo para pelear contigo —cortó mientras intentaba rodearla.

La meretriz la sujetó por la muñeca y la detuvo en seco.

—Esta es mi casa y estas son mis reglas —terció con voz desafiante—. Para estar aquí debes hacer una consumición u ofrecer algo a cambio.

Bastet se humedeció los labios con la lengua y Sat-Ire no se lo pensó: le dio un húmedo beso y luego la apartó con un empujón.

—¿Contenta?

—¡Qué fierecilla más bonita! Lástima que no hayas heredado la simpatía de tu hermana —dijo con un guiño—. Por cierto, no seas muy dura con ella… Todas tenemos derecho a divertirnos, ¿no?

Sat-Ire le sacó la lengua antes de entrar en la sala del Espejo Negro.

Tras cruzar la cortina, no escuchó nada, solo el latido de su corazón y unos insondables susurros que quizá no provenían de aquel mundo.

El aroma a incienso de Kyphi [17] y a opio volvía el aire casi irrespirable en una estancia sin puertas ni ventanas.

Recorrió un corto pasillo y entró en la cámara.

Las paredes estaban recubiertas de telas granates de lino, tan finas que absorbían la luz de las lámparas de aceite como si fuera humo.

Sin embargo, el objeto más inquietante de aquella sala ovalada era un espejo de cobre ennegrecido, situado sobre un pedestal de granito azabache con forma de udjat [18] .

La imagen que devolvía no era nítida, parecía como si se estuviera mirando a través de agua agitada, de modo que las figuras adquirían un aspecto fantasmagórico.

A ambos lados del espejo, dos columnas de obsidiana pulida sostenían unas lámparas con forma de flor de loto invertida que emitían una tenue luz.

Se acercó a un diván bajo, rodeado de cojines de color púrpura, del que surgían unos jadeantes resuellos y en donde se intuían unos cuerpos moviéndose con un ritmo hipnótico.

Sat-Ire fijó la mirada en la espalda desnuda de una mujer y susurró:

—Tiaret, ¿eres tú?

De las sombras emergió un brazo que la arrastró hacia la banca.

De pronto, se vio envuelta en mitad de la orgía.

Alguien deslizó la mano entre sus muslos, pero consiguió apartarla de un manotazo.

Aun así, no consiguió incorporarse debido a que otra persona la atrajo hacia sí para besarla en la boca.

Era Tiaret, mirándola con las pupilas miopes.

—¡Qué hermosa eres! —dijo con voz gangosa.

Tiaret volvió a acercar lentamente los labios a los de su hermana, pero ni siquiera llegó a rozarlos: una bofetada la apartó de inmediato.

—¡Basta ya, Tiaret!

El grito segó el silencio como si se hubiese quebrado un bloque de hielo.

—Shaït, ¿eres tú?

De repente, las tres personas que acompañaban a Tiaret abandonaron a toda prisa la sala, provocando un gran revuelo.

—¡Por fin te encuentro! ¿Sabes las vueltas que he dado hasta dar contigo?

Tiaret buscó a tientas algo con lo que cubrirse, pero estaba tan borracha que lo único que consiguió fue perder el equilibrio y caer de bruces al suelo. Sat-Ire tomó un vestido de tirantes que había encima de una silla y se lo tiró a la cara.

—Gracias —musitó Tiaret mientras esbozaba una tímida sonrisa.

—Vístete y salgamos de este agobiante lugar.

—Hermana, ¿no puedo dormir un poco antes? Estoy demasiado ebria para presentarme ante el mundo.

—¡Ya dormirás cuando mueras!

—¡Déjame en paz! —De pronto, Tiaret se puso a llorar—. ¿Qué tengo que hacer para olvidarme de él? ¿Qué debo hacer para encontrar una razón por la que vivir?

Aquella repentina confesión dejó descolocada a Sat-Ire.

—¿De qué estás halando, Tiaret? ¿Quién te ha roto el corazón?

La sanadora se acurrucó en el suelo y se quedó llorando en posición fetal. Sat-Ire nunca había visto a su hermana tan devastada, así que decidió darle un poco de tiempo para que se recuperara de la borrachera. Al menos, por fin había descubierto la razón de su extraño comportamiento.

Sat-Ire se puso en pie y, al alzar la vista, se encontró con su reflejo en el espejo negro.

Durante un instante, solo distinguió su silueta distorsionada, pero, poco a poco, comenzó a formarse otra imagen a su espalda.

Creyó que Tiaret se había levantado y que aquel era su reflejo, aunque algo no encajaba: la figura era mucho más alta que ella y estaba cubierta de pies a cabeza por una larga capa.

De pronto, dos ojos brillantes surgieron de la nada y se clavaron en los suyos, helándole el alma.

Luego, todo se sumió en la oscuridad.